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Relatos Ardientes

La gota negra que cambió todo entre nosotros

4.6 (5)

Daniela Ríos llevaba siete años siendo la mejor amiga de un hombre al que no podía tener.

La villa de Ibiza era el escenario perfecto para ese tormento: tres plantas de piedra blanca colgadas sobre el Mediterráneo negro, piscina infinita que desaparecía en el horizonte, música electrónica pulsando desde los altavoces como un corazón artificial. Las luces bajo el agua teñían los cuerpos de azul y verde. Olía a sal, a Creed Aventus, a champán caliente y a ese tipo de deseo que nadie se atreve a nombrar en voz alta.

—¡Esta noche no hay normas! —gritó Lucía Peña desde el trampolín antes de lanzarse al agua con el bikini plateado puesto. Era la dueña de la villa, hija de un constructor valenciano que había levantado media Costa Blanca, y tenía el carisma natural de quien nunca ha pagado las consecuencias de nada.

Daniela la observó desde una tumbona al borde de la piscina, copa de cava en la mano, los pies metidos en el agua tibia. Morena, veintidós años, pelo largo suelto y húmedo de la última zambullida. Por fuera: tranquila. Por dentro: ardiendo.

Sus ojos no se apartaban de él.

Rubén Cano estaba en el extremo opuesto, recostado en una hamaca de madera, camisa de lino abierta dejando ver el pecho bronceado, unos shorts negros que le marcaban las piernas. Veintiséis años, pelo largo por encima de los hombros, cara de actor italiano de los setenta, risa grave que Daniela sentía en el estómago cada vez que iba dirigida hacia ella. Tenía un vaso de whisky en la mano y estaba contando algo que hacía que Rami Khalil y Teo Morales se inclinaran hacia él con expresión hambrienta.

Siete años. Desde el Colegio Montserrat, el internado donde los padres de media Europa mandaban a sus hijos a aprender idiomas y a perder la ingenuidad. Rubén había llegado en tercero con una maleta de cuero y esa sonrisa que hacía que todo el mundo quisiera ser su amigo. Daniela fue la primera. Y la que más tiempo duró.

La primera también en saber que era gay.

Él se lo dijo en la terraza de la biblioteca, una noche de octubre, mientras fumaban cigarrillos robados. Sin drama. Sin disculpa. Como quien anuncia que es zurdo.

—No te lo digo porque me gustes —aclaró, con esa sonrisa suya—. Te lo digo porque eres la única persona aquí que no va a hacer el ridículo con eso.

Tenía razón. Y sin embargo.

Daniela jamás le dijo nada. Se convirtió en su confidente, en la persona que lo esperaba despierta, en la que escuchaba cada historia sin que le temblara la voz. Las historias llegaron a decenas a lo largo de siete años: el chico de Salamanca que la primera noche lo tuvo tres horas sin que ninguno se cansara, el diseñador de interiores de Madrid, el surfista australiano de Lisboa, el bombero de Berlín que lo puso contra la ventana de un quinto piso.

Y cada noche, cuando volvía a su cuarto, Daniela cerraba los ojos e imaginaba que era ella quien había estado en esa habitación.

***

—Cuéntanos otra vez lo de Berlín —pidió Rami desde el borde de la piscina, con esa voz calma que siempre sonaba a cálculo.

Rubén soltó una risa baja.

—Ya lo habéis escuchado cuatro veces.

—Cinco. Y cada vez está mejor.

Rubén bebió un sorbo, se acomodó en la hamaca y empezó. Daniela ya no necesitaba escucharlo. Se lo sabía de memoria: el club en Prenzlauer Berg, el hombre de los tatuajes en las manos, el baño donde cabían exactamente dos personas, lo que pasó durante la siguiente hora y media. Rubén lo contaba con precisión cinematográfica, sin pudor ni adorno, y el grupo se callaba y escuchaba como se escucha a alguien que sabe narrar de verdad.

Daniela apretó la copa hasta que le dolieron los dedos.

Siete años escuchando cómo otro lo tiene. Siete años siendo la amiga perfecta. Siete años.

Se levantó sin decir nada. Cogió las llaves del Porsche de Lucía del gancho junto a la puerta de la cocina y se fue.

***

La fiesta estaba en una finca del interior de la isla, detrás de un camino de tierra flanqueado de pinos. Para entrar hacía falta un código que había recibido tres semanas antes a través de un conocido de un conocido, junto con un precio que prefería no recordar. Dentro: luces bajas, música que parecía respirar sola, gente con máscaras venecianas moviéndose entre sombras sin prisa.

Y en el centro del salón principal, con una copa de agua con gas en la mano y los ojos clavados en ella desde que puso un pie dentro:

Ezequiel Morel.

Treinta y tantos años, tal vez más. Traje gris oscuro, camisa sin corbata, pelo canoso en las sienes. No era el hombre más guapo de la sala, pero tenía esa densidad particular de las personas que saben exactamente lo que están haciendo en cada momento. Cuando la miró, Daniela sintió que la había leído de arriba abajo sin moverse del sitio.

Se acercó a ella. Sin rodeos.

—Daniela Ríos —dijo. No como pregunta.

—¿Nos conocemos?

—No. Pero sé lo que llevas buscando siete años y no has encontrado.

La llevó a una sala del piso de arriba. Sillas de cuero oscuro, una lámpara de pie en una esquina, un espejo de cuerpo entero en la pared del fondo. Sin cama, sin nadie más. Solo ese silencio particular que tienen los lugares donde pasan cosas que cambian algo.

Ezequiel abrió la chaqueta y sacó del bolsillo interior un frasco pequeño, cilíndrico, de cristal negro mate. Dentro había algo espeso y oscuro que parecía moverse solo, como si tuviera temperatura propia.

—Una sola gota —dijo—. El cambio es completo. El tiempo que dure depende de lo que tú hagas con él.

Daniela lo miró.

—¿Y el precio?

—El precio es que entiendas exactamente lo que estás eligiendo. —Hizo una pausa—. No es reversible de forma inmediata. El cuerpo recuerda. Cada vez que lo uses, algo de lo que eras queda atrás. Puede que al final no quede nada de lo que fuiste. ¿Lo entiendes?

Pensó en Rubén. En siete años de espera. En todas las noches que lo había visto salir de una habitación oliendo a alguien más, con esa sonrisa satisfecha que ella nunca había puesto en su cara.

Cogió el frasco. Destapó el corcho. Se llevó el filo a los labios y dejó caer la única gota espesa que había dentro.

El sabor fue metal y dulzura al mismo tiempo. Duró menos de un segundo.

Lo que vino después duró mucho más.

***

El dolor llegó de inmediato, desde el centro del pecho hacia afuera, como si algo tirara del esqueleto en todas las direcciones posibles. Cayó de rodillas sobre la alfombra con un sonido que salió de muy adentro, entre grito y quejido ahogado.

Sus manos en el suelo, extendiéndose. Los dedos se alargaron, los nudillos se marcaron, las venas aparecieron bajo una piel que se oscurecía levemente y perdía suavidad. Las muñecas se ensancharon con un crujido sordo.

El pecho fue lo más extraño. Sintió primero presión intensa, luego calor, como si alguien le pusiera las palmas ardiendo sobre el tejido y empezara a reabsorberlo hacia adentro. Los pezones se tensaron hasta doler, y luego el dolor cambió de naturaleza: el peso familiar desapareció, reemplazado por músculo que se comprimía y se asentaba con una firmeza completamente nueva.

La cintura se ensanchó. Las caderas se estrecharon con otro crujido que prefirió no escuchar demasiado.

Y luego, entre los muslos, la transformación más radical y más extraña: los tejidos que había conocido toda su vida reordenándose en algo diferente. Pesado. Caliente. Desconocido y suyo al mismo tiempo. Apretó la mandíbula hasta que el dolor cedió y su respiración se fue calmando.

Cuando abrió los ojos, el espejo del fondo mostraba a un hombre.

Alto. Espalda ancha. Mandíbula marcada con barba incipiente. Los labios todavía los mismos, aunque la cara que los rodeaba era completamente otra. Pelo más corto, oscuro, revuelto. Un cuerpo que no reconocía y que sin embargo respondía exactamente como ella quería.

—Joder —murmuró. La voz salió grave, rasposa, desde mucho más abajo de donde siempre había estado.

Ezequiel había dejado doblada sobre la silla la ropa que traía: pantalón negro, camisa negra, zapatillas. Daniel se vistió despacio, sin apartar los ojos del espejo.

***

Eran las dos de la mañana cuando el Porsche frenó en el camino de la villa. Las luces de la piscina seguían encendidas pero el grupo había mermado. Teo dormía en una tumbona. Rami y Lucía habían desaparecido dentro de la casa.

Rubén estaba solo en la terraza del piso de arriba, apoyado en la barandilla de piedra, mirando el mar.

Daniel subió las escaleras sin hacer ruido. El olor a sal y a madera caliente. La silueta de Rubén contra el horizonte negro, camisa abierta ondeando con la brisa, pelo suelto cayéndole por los hombros. Hermoso de una forma que ahora Daniel podía mirar de frente, sin tener que convertirlo en otra cosa.

—No te había visto en toda la noche —dijo Rubén sin girarse. Como si supiera que alguien subía.

—Tuve que salir un momento.

Rubén se giró. Lo miró. Frunció el ceño levemente, con esa expresión de quien intenta recordar algo que tiene justo fuera del alcance.

—¿Nos conocemos?

—Más de lo que crees.

Rubén sonrió despacio. Una sonrisa diferente a la que Daniela conocía de memoria: menos irónica, más atenta. Más presente.

—¿Cómo te llamas?

—Daniel.

—Daniel. —Lo repitió como si lo estuviera probando—. ¿Y qué hace Daniel en mi terraza a las dos de la mañana?

—Lo que lleva siete años queriendo hacer.

No esperó más. Dio un paso hacia él, le puso una mano en la nuca y lo besó. Rubén tardó exactamente dos segundos en responder: primero la sorpresa, luego el abandono. Le devolvió el beso con las manos abiertas en la espalda de Daniel, jalándolo hacia su cuerpo, sin espacio entre ellos.

Cuando se separaron, Rubén tenía los ojos entornados y la respiración cambiada.

—¿Qué eres tú? —murmuró.

—Lo que necesitas esta noche.

***

Rubén tiró de él hacia la barandilla y lo empujó suavemente contra la piedra. Le deshizo los botones de la camisa uno por uno, sin apartar los ojos, con esa lentitud que decía que tenía tiempo y que pensaba usarlo. Cuando tuvo el pecho de Daniel al aire, lo recorrió con las manos de arriba abajo con la atención de quien conoce bien lo que hace.

Luego se arrodilló sobre la piedra de la terraza.

Daniela, desde dentro de ese cuerpo que todavía no terminaba de reconocer como suyo, sintió lo que vino después como algo entre el desmayo y el relámpago. La boca de Rubén, cálida y sin prisa, trabajando con una precisión que no dejaba lugar a la duda. Sus manos en las caderas de Daniel sujetándolo con firmeza. El ritmo que fue marcando poco a poco, acelerando cuando notaba que funcionaba, deteniéndose justo antes del límite.

Daniel le puso una mano en el pelo y clavó la vista en el cielo negro, contando estrellas para no hacer ruido y despertar a nadie abajo.

Cuando Rubén se levantó, Daniel lo giró contra la barandilla. Le bajó los shorts de un solo movimiento. Le pasó las manos por las caderas, por la espalda, aprendiendo de memoria la forma de un cuerpo que había mirado durante siete años desde una distancia que hasta esa noche había sido imposible cruzar.

—¿Qué llevas pensando toda la noche? —preguntó Rubén contra la piedra.

—En esto exactamente.

—Entonces hazlo.

Lo que siguió fue torpe al principio, como todo lo que se hace por primera vez con un cuerpo nuevo. Pero Rubén fue paciente y directo: señaló lo que necesitaba, corrigió el ángulo con una mano en la cadera de Daniel, y luego dejó de corregir porque ya no hacía falta. Cada embestida encontraba el lugar correcto. Cada vez que Rubén apretaba los dedos contra la piedra y decía algo en voz baja, Daniel aprendía algo nuevo.

—Ahí. Así. No pares.

—No voy a parar.

El orgasmo de Rubén llegó con un sonido que Daniel reconoció de siete años de conversaciones nocturnas, pero que ahora era completamente distinto porque lo causaba él, porque lo sostenía con las manos en las caderas, porque lo sentía desde adentro. Le besó la nuca después. Le pasó los pulgares por las costillas. Rubén se giró despacio y lo miró con una expresión que Daniela nunca le había visto en esa cara.

—¿De dónde has salido? —preguntó en voz muy baja.

Daniel sonrió en la oscuridad.

—De un lugar que no podrías entender esta noche.

Rubén rio suavemente, recostó la cabeza contra su hombro y los dos se quedaron mirando el mar durante un rato largo sin decir nada más. El aire traía olor a sal y a pinos. La piscina brillaba abajo, completamente sola.

Daniela, desde dentro de ese cuerpo que todavía no terminaba de reconocer como propio, pensó que había tocado algo que no tenía nombre exacto. Pensó también, más despacio, más en frío, que el frasco estaba vacío y que Ezequiel Morel no había explicado cuánto duraba. Ni cómo se volvía atrás. Ni si se volvía.

***

Cuando amaneció, Rubén dormía en la tumbona donde habían acabado recostados. Daniel se levantó con cuidado de no despertarlo. Bajó a la cocina, bebió agua directamente del grifo y se miró en el espejo del baño durante mucho tiempo.

La cara que le devolvía la mirada era la de la noche anterior. Todavía.

¿Cuánto dura?, había querido preguntar. Ezequiel no había respondido a eso.

Salió al jardín. El sol empezaba a salir por el lado del mar, convirtiendo el agua en algo anaranjado y quieto. Un barco muy lejos se movía despacio sin ninguna prisa.

Daniela pensó en que Rubén se despertaría pronto y preguntaría por Daniel. Pensó en que no había forma de explicar nada. Pensó en que, por primera vez en siete años, no sentía el peso de querer algo que no podía tener.

Solo sentía el peso de lo que había pagado por tenerlo.

Y todavía no sabía si había sido demasiado.

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4.6 (5)

Comentarios (10)

SergioBernal

Increible, de verdad que me dejo sin palabras. Espero mas relatos asi.

Tomás_BA

La ambientacion del mediterraneo le da algo especial. Se siente el calor y la tension desde el principio. Muy bien escrito.

MiriamBCN

Buenisimo!!! hay segunda parte?

Sinfonista

Hace tiempo que no leia algo que me llegara tanto. La decision que toma al final se siente valiente y real. Gracias por compartirlo.

Balta63

me corto el aliento en el ultimo parrafo, no me lo esperaba para nada jaja

LauraM22

Me encanto el tono, sin ser burdo pero con mucha intensidad. Sigue publicando por favor!

Ricky_MX

excelente!!! quiero la continuacion ya

furias

Me recordo a esas decisiones que uno toma cuando ya no le queda otra. Bien narrado, te atrapa desde el primer parrafo.

Carlos

Muy bueno. El titulo ya lo dice todo.

NocheBCN

Solo con el excerpt ya queria leer todo de un tiron. Tremendo relato, espero el proximo.

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