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Relatos Ardientes

El trío que nadie había planeado aquella noche

3.8(6)

Hay personas que, en apariencia, no encajan con ninguna fantasía particular. Mi ex marido era así: reservado, puntual, de los que doblan la ropa antes de acostarse y dejan las llaves siempre en el mismo gancho. Tardó meses en confesarme lo que quería. Y cuando por fin lo hizo, una noche de invierno con la calefacción puesta y media botella de vino encima, a mí no me sorprendió tanto como a él le sorprendió mi reacción.

Quería verme follar con otro hombre. Quería estar presente, observar desde cerca cómo otra polla me abría el coño, ser parte de algo que no podía controlar del todo. Eso era lo que le empalmaba a Mateo: estar ahí, sin moverse, mientras la mujer que amaba se dejaba coger por otro.

Yo llevaba tiempo pensando en Rodrigo. Era un amigo cercano, de esos que conocés de toda la vida y con quienes la conversación siempre termina durando más de lo planeado. Había algo entre nosotros que nunca habíamos nombrado, una tensión que se disolvía en carcajadas cada vez que nos acercábamos demasiado. Atractivo sin ser evidente, tranquilo sin parecer desinteresado. De los que escuchan cuando hablas y no miran el teléfono.

Cuando Mateo me planteó su fantasía, el primero en quien pensé fue en él.

Lo llamé un martes por la mañana. Con Rodrigo no había manera de andar con rodeos, así que fui directa: le expliqué lo que Mateo quería, lo que yo quería, y le pregunté si estaría dispuesto a follarme delante de mi marido.

Hubo un silencio breve al otro lado del teléfono.

—Sí —dijo, sin añadir nada más.

Después me confesó que estuvo nervioso toda la semana. Que en su cabeza no terminaba de encajar la dinámica de ese tipo de acuerdo, pero que la polla se le había puesto dura antes de que la mente entendiera nada. Era la primera vez que hacía algo así. Por eso había pensado en él y no en nadie más.

***

Elegimos el fin de semana del puente de octubre. Teníamos acceso a una casa en la costa, de esas que pertenecen a la familia de alguien y que huelen a verano aunque llegues en otoño. Fachada blanca, contraventanas celestes, una terraza con vista directa al mar y una piscina pequeña en la parte de atrás. Dos plantas y espacio de sobra.

Llegamos los tres pasadas las seis de la tarde, con el sol ya tocando el horizonte sobre el agua. Mateo y Rodrigo se conocieron en el garaje, mientras sacábamos los bolsos del coche. Hubo el apretón de manos de los que no se conocen pero ya saben que tienen algo en común. Ninguno de los dos mencionó lo que estaba por pasar. Tampoco hacía falta.

Cenamos en la terraza. Vino tinto, algo de queso, marisco. La conversación fue fácil, más de lo que esperaba. Hablaron de trabajo, de viajes, de películas. Yo los observaba a los dos y pensaba que nadie que nos viera desde afuera podría adivinar que en un par de horas iba a tener una polla en la boca y otra en el coño.

Pero cada vez que Rodrigo me miraba, había algo en esa mirada que no tenía nada de amistoso. Era la mirada de un tío que ya me estaba desnudando por debajo del vestido, calculando cómo me iba a abrir de piernas.

Alrededor de las nueve y media subimos.

***

Nadie dijo nada cuando entramos al cuarto. Los dos me miraban, y yo sabía que alguien tenía que romper el hielo, así que fui yo. Me acerqué a Rodrigo despacio, sin prisa, y apoyé una mano en su muslo. Él no se movió. Le pasé los dedos por el cuello, rozando apenas, y sentí cómo su respiración cambiaba. Bajé la mano y le apreté el bulto por encima del bañador. Ya estaba dura. Empalmada de escucharme respirar, nada más.

Mateo se acomodó en el sillón del rincón y encendió un cigarrillo.

Rodrigo es de esas personas que, una vez que decide hacer algo, no se detiene a la mitad. No tardó en responder. Me agarró por la cintura, me sentó sobre sus piernas a horcajadas y empezó a besarme el cuello, los hombros, el borde del escote. Me bajó los tirantes del vestido y me sacó las tetas de un tirón. Cuando cerró la boca sobre un pezón y empezó a chupar, mordiendo el bulto duro con los dientes, tirando hacia arriba hasta que el pezón se le escapaba de los labios con un chasquido húmedo, yo ya tenía las bragas empapadas. Lo hacía con una combinación de suavidad y fuerza que no esperaba: sabía exactamente cuánta presión aplicar y cuándo detenerse para dejar que el deseo acumulara. Pasó al otro pecho, mordisqueó, chupó más fuerte, y una mano bajó a meterse por debajo del vestido, apartando la tela mojada de las bragas, encontrando el clítoris con dos dedos y frotándolo en círculos lentos que me hicieron temblar encima de él.

Me olvidé de Mateo durante varios minutos. El tiempo se volvió impreciso.

Rodrigo llevaba un bañador de tela fina, y la polla empalmada se marcaba entera desde que me senté encima de él. Empecé a moverme sobre él sin quitarme la ropa, restregando el coño mojado contra el bulto duro, sintiendo cómo la tela del bañador se humedecía con mis propios flujos. Cada roce me raspaba el clítoris hinchado y me arrancaba pequeños gemidos que se me escapaban sin control. Rodrigo me agarró del culo con las dos manos, apretó fuerte y empezó a moverme él mismo, marcando el ritmo, restregándome contra su polla como si ya estuviera follándome con la ropa puesta. Eso fue suficiente para hacerme perder el hilo de cualquier pensamiento racional. Mateo fumaba sin moverse, los ojos fijos en nosotros, y la mano libre ya se había desabrochado el pantalón.

—¿Pasamos a la cama? —dijo desde el rincón. Tenía la voz ronca.

Los dos asentimos.

***

En la cama, Rodrigo se quedó de pie junto al borde. Me arrodillé frente a él y le bajé el bañador despacio. La polla se soltó de un golpe, dura, apuntando hacia arriba, a la altura de mi cara, y en ese momento el cuerpo aceleró sin que yo le diera ninguna orden consciente. Era más grande y más gruesa que la de Mateo, sin circuncidar, la punta cubierta y brillante, con una gota espesa de líquido preseminal asomando por el prepucio. Dos huevos lisos, depilados, pesados, que me cabían justo en la palma de la mano.

Empecé por la base, con la lengua. Un lametón largo y plano desde los huevos hasta la punta. Subí despacio, explorando, jugando con el pliegue de piel que cubría la punta y que podía desplazar solo con los labios. Cuando el capullo quedó al descubierto, brillante y rosado, lo besé, lo chupé despacio, saqué la lengua y lamí la gota de precorrida que se había juntado. Salado, denso. Me la tragué y volví a bajar, esta vez metiéndomela entera en la boca, todo lo que pude, hasta sentir la punta golpearme el fondo de la garganta.

Rodrigo no hacía ruido al principio. Solo respiraba hondo con los ojos entrecerrados. Luego apoyó una mano en mi nuca, suave, sin presionar, y empezó a marcarme el ritmo, empujándome la cabeza hacia abajo, un poquito más cada vez, hasta que sentí los pelos de la base contra la nariz y los ojos se me llenaron de agua. Me la sacó de la boca con un hilo de baba colgando y me la restregó por la cara, por los labios, por las mejillas. Volví a abrir la boca y él la metió de nuevo, esta vez follándome la boca despacio, agarrándome del pelo con las dos manos. Con una mano libre le agarré los huevos, se los amasé, me los llevé a la boca uno por uno y se los chupé mientras seguía masturbándole la polla con la otra mano, embadurnándosela con mi propia saliva hasta dejársela brillante.

Mateo se había recostado en la cama, un poco más atrás, mirando en silencio. La polla afuera, dura, la mano moviéndose despacio. No decía nada. Solo miraba con esa concentración que yo le conocía y que significaba que estaba completamente presente.

Rodrigo me recostó y empezó a bajarme el vestido y las bragas hasta dejarme desnuda. Me abrió las piernas, se acomodó entre ellas y bajó la cabeza. Cuando la lengua me tocó el clítoris di un respingo. Empezó lento, lamiendo desde la entrada del coño hasta el clítoris con lametones largos y planos, saboreándome entera. Luego cerró los labios alrededor del clítoris y empezó a succionar, metiendo dos dedos a la vez, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto que solo se encuentra cuando el que está abajo sabe lo que está haciendo. Lo encontró en menos de un minuto.

Tuve que hacer un esfuerzo por no pedirle que parara. No porque no estuviera bien, sino porque estaba demasiado encendida como para aguantar mucho más. El clítoris inflamado, palpitando, el coño chorreando sobre las sábanas, el cuerpo entero concentrado en ese punto. Le agarré la cabeza con las dos manos y le apreté la cara contra el coño.

—Ya —le dije—. Métemela. Fóllame ya.

Se levantó, se agarró la polla con la mano, me la pasó por la raja del coño de arriba abajo, embadurnándose la punta con mis flujos, y la apoyó en la entrada. Empujó de una sola vez, hasta el fondo. Suspiré cuando entró. Fue ese tipo de suspiro que no se puede controlar, que sale solo desde algún lugar que no es exactamente el pecho, un gemido largo y grave que rebotó contra las paredes del cuarto. Cada estocada llegaba más lejos de lo que estaba acostumbrada, la polla gruesa abriéndome por dentro, chocándome contra el fondo, y el cuerpo respondía con esa mezcla de dolor y placer que cuesta distinguir y que uno aprende a buscar.

—Qué rica la tenés, hijo de puta —dije en algún momento. No lo pensé. Salió solo.

—Toda para vos —contestó él, apretándome las tetas con las dos manos, follándome más fuerte, haciendo chocar sus huevos contra mi culo con cada embestida.

Desde la cama escuché a Mateo moverse. Me giré un segundo y lo vi: empalmado, mirando, con la polla en la mano y los ojos abiertos de una manera que no le había visto antes. Se estaba masturbando despacio, sin apuro, como si quisiera aguantar. Esa expresión valió por sí sola.

Rodrigo me puso las piernas en alto, las rodillas casi a la altura de las orejas, las plantas de los pies apuntando al techo. Desde esa posición la penetración era diferente. Más directa, más profunda, sin margen para ignorar ningún centímetro de polla entrándome. Cada embestida sonaba húmeda, con ese chasquido inconfundible del coño empapado tragándose una polla dura. Me aferré a las sábanas hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

—No pares —fue lo único que pude decirle—. No pares, no pares, no pares.

No paró. Me folló así hasta que sentí que el primer orgasmo me subía desde los pies. Me corrí gritando, apretándole la polla con el coño en espasmos, y él siguió empujando sin cambiar el ritmo, alargándome el placer hasta el límite.

***

Después me giré. A cuatro patas, con la cara hundida en la almohada y el culo en pompa, ofrecido. Rodrigo me agarró de las caderas y me la metió de nuevo desde atrás, esta vez más fuerte, más rápido, dándome palmadas en el culo que sonaban como látigos en el cuarto. Desde esa posición lo sentía entrar hasta un lugar distinto, y cada golpe me sacaba un gruñido que no podía contener. Me escupió en el culo y me pasó el pulgar por el agujero, presionando sin llegar a meterlo, jugando con la idea. En un momento levanté la cabeza y vi a Mateo recostado a mi lado, a centímetros de mi cara, con la polla en la mano, empalmada y goteando.

Me incliné hacia él. Se la tomé con la boca, me la tragué entera, saboreando el gusto conocido, el que tantas veces había probado. Mientras Rodrigo seguía cogiéndome por detrás, yo encontré el ritmo de los dos al mismo tiempo, un equilibrio que nadie había calculado pero que funcionaba de manera casi instintiva. Cuando Rodrigo empujaba, la polla de Mateo me entraba hasta el fondo de la garganta. Cuando Rodrigo se retiraba, yo subía por la polla de Mateo, chupando fuerte, dejando un hilo de baba colgando de los labios. Los dos movimientos. Los dos hombres. Dos pollas usándome a la vez. Todo pasando al mismo tiempo.

—Todavía no —le dije a Mateo cuando sentí que se acercaba, sacándomela de la boca un segundo—. Espera.

—¿Para qué? —preguntó, con la voz cortada.

No respondí. Solo me la volví a meter en la boca y seguí.

***

Me giré. Mateo quedó abajo, yo encima a horcajadas, de espaldas a él, con su polla clavada en el coño hasta la base. Empecé a moverme, subiendo y bajando, sintiendo cómo me penetraba desde ese ángulo distinto. Rodrigo se quedó de pie al lado de la cama, mirándonos, la polla mojada de mis flujos brillando en la mano. En algún momento, sin haberlo pensado realmente antes de decirlo, lo dije en voz alta.

—Rodrigo. Vos también. Metémela también.

Los dos se quedaron quietos.

—¿Las dos? ¿A la vez? —dijo Mateo, incrédulo, con la voz temblando debajo de mí.

—No sé si entran —respondí, jadeando—. Pero intentemos. Quiero las dos.

Rodrigo era más grande, así que le pedí que se acostara y me subí encima de él primero, empalándome en su polla despacio, para que no se saliera con el movimiento. Me incliné hacia adelante hasta apoyar el pecho contra el suyo, dejando el culo bien expuesto hacia arriba. Mateo se arrodilló detrás. Escupió, se pasó la saliva por la polla y me pasó el pulgar por el coño, mojándose bien. Tomaron su tiempo. Sentí la punta de la segunda polla apoyarse contra la entrada de mi coño, junto a la de Rodrigo, buscando espacio. Empujó despacio. La resistencia era brutal al principio, la carne estirándose, ardiendo, luchando por hacer sitio. Contuve la respiración.

—Despacio —dije entre dientes—. Muy despacio.

Mateo empujó otro poco. La punta entró. Después un centímetro más. Otro. Los dos entraron a medias, ajustando el ángulo, mientras yo respiraba hondo, obligándome a relajarme. Fue extraño. Fue incómodo durante los primeros segundos, la sensación de estar completamente llena, más de lo posible, con dos pollas duras compartiendo el mismo espacio, rozándose por dentro a través de la fina pared que las separaba. Y después, en algún punto que no supe identificar con precisión, dejó de ser incómodo y se convirtió en algo completamente distinto.

Empezaron a moverse alternando, uno entrando cuando el otro salía, después los dos a la vez. Una presión que venía de todos lados al mismo tiempo, sin margen para ignorar ninguna parte de lo que estaba pasando. Sentía cada vena, cada latido, las dos pollas frotándose entre sí dentro de mí, el clítoris aplastado contra el hueso de Rodrigo con cada empuje. El cuerpo respondió de una manera que no había experimentado antes: un orgasmo que no venía de un solo punto sino de todo el coño a la vez, una descarga que me atravesó entera y que me hizo apretar a las dos pollas al mismo tiempo con contracciones que no podía controlar.

No sabía que esto era posible, pensé en algún momento, gimiendo contra el hombro de Rodrigo. Y luego dejé de pensar.

No duramos mucho en esa posición. Cinco minutos, quizás menos. Pero fueron suficientes para que los tres termináramos en una cadena que ninguno había planeado. Rodrigo fue el primero: sentí cómo la polla se le hinchaba dentro y descargaba, chorros calientes llenándome por dentro, gimiendo apretado contra mi cuello. La sensación del semen chorreándome adentro me hizo saltar a mí, el segundo orgasmo encima del primero, gritando sin pudor. Y Mateo, con las contracciones apretándole la polla y el semen de Rodrigo resbalándole por el glande, aguantó tres o cuatro embestidas más antes de correrse él también, hundiéndose hasta el fondo, mezclando su corrida con la del otro dentro de mí. Un encadenamiento que funcionó como si lo hubiéramos ensayado durante semanas.

Cuando salieron, primero uno y después el otro, sentí un hilo espeso y caliente escurrirse por la cara interna de los muslos. No me molesté en limpiarlo.

***

Después nos quedamos los tres en silencio durante un rato largo. La brisa del mar entraba por la ventana que habíamos dejado abierta. Rodrigo miraba el techo con los brazos cruzados sobre el pecho. Mateo tenía los ojos cerrados. Yo estaba entre los dos, con el cuerpo completamente agotado, el coño palpitando todavía, el semen de los dos secándose entre las piernas, y la cabeza más despejada que en semanas.

—¿Estás bien? —me preguntó Mateo.

—Muy bien —dije, y era verdad.

Rodrigo se rio. Una risa corta, casi sorprendida de sí misma.

—No esperaba que terminara así —dijo.

—Nadie lo esperaba —respondí.

—Eso es lo mejor —dijo Mateo.

Nos quedamos callados otro rato. El ruido del mar llenaba el cuarto.

***

Eso fue hace varios años. El matrimonio con Mateo terminó por otras razones, sin ninguna relación con aquella noche. Él guarda ese recuerdo como uno de los momentos en que fuimos completamente honestos el uno con el otro, y yo creo que tiene razón en eso.

No volví a hacer algo parecido. No porque no quiera, sino porque ese tipo de cosas pide una combinación específica de personas, confianza y circunstancias que no se repite fácilmente. Se dio aquella noche en esa casa frente al mar, de esa manera exacta, y fue suficiente por sí sola.

Rodrigo y yo seguimos siendo amigos. Nos vemos de vez en cuando, tomamos un café, hablamos durante horas. Nunca lo mencionamos directamente. No hace falta. Está ahí, entre los dos, como algo que no necesita palabras para seguir existiendo.

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Comentarios(8)

PatricioK

Excelente relato!!! Seguí así, muy buen trabajo

Romi_84

Por favor una segunda parte, me quede con ganas de saber como termino todo esto

LectorNocturno

Me recordo a una situacion parecida que me toco vivir hace tiempo, aunque mucho menos elaborada jajaja. Muy bueno

LuciaRosario

Lo que mas me gusto es que se siente espontaneo, nada forzado. Felicitaciones y gracias por compartirlo

Fercho22

la parte del primer paso... tremendo, se siente la tension desde ahi. Muy bien logrado

DeltaLector

Buenisimo. Es historia real o ficcion? De cualquier manera esta muy bien escrito, se nota el detalle

NachoBaires

Que bueno leer algo asi un sabado a la noche! Saludos desde argentina y seguí escribiendo por favor

Sandra

increible!!! quiero mas

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