Lo que el Camino despertó entre los cuatro
Llevaban cuatro días caminando cuando el Camino dejó de ser una ruta y se convirtió en otra cosa.
Habían salido de Saint-Jean-Pied-de-Port con las mochilas pesadas y la ilusión intacta de los que nunca han hecho esto: Marcos y Lucía, cuatro años juntos y el camino ya hecho otras veces, que conocían los ritmos y los silencios; Rubén y Sofía, cinco años de relación y una convivencia que funcionaba como funcionan las cosas que ya no sorprenden a nadie. El plan era simple: tres semanas, Santiago, algo que recordar.
Lo que no estaba en el plan era todo lo demás.
A Sofía le llamó la atención desde el primer día la manera en que Marcos miraba a Lucía. No era posesión ni vigilancia: era atención real, el tipo de atención que uno presta a las cosas que todavía importan de verdad. Rubén la miraba a ella también, claro, pero de otra manera, con la familiaridad que acaba pareciéndose a la distracción. Sofía lo conocía bien. Demasiado bien, quizás.
La primera noche importante fue en Logroño. Una mesa larga bajo una parra en el patio del albergue, vino de La Rioja, los otros peregrinos retirándose uno a uno hasta que quedaron los cuatro solos con la botella a medias y las estrellas encima.
Fue Rubén quien preguntó. Lo preguntó con el tono del que ya ha bebido lo suficiente para ser curioso en voz alta:
—Ese tantra del que siempre habláis. ¿Qué es exactamente?
Marcos lo miró un segundo, eligiendo cómo.
—Es la idea de que el cuerpo no es el problema —dijo—. Que no hay que trascenderlo ni disculparse por él. Que el cuerpo es el camino, no el obstáculo.
—Eso lo dice cualquier libro de autoayuda —dijo Rubén.
—Y también los textos sánscritos que llevan tres mil años diciéndolo, que tienen algo de ventaja.
Sofía sonrió sin querer. Rubén también, un momento después.
—¿Y en la práctica? —dijo Sofía. Lo preguntó mirando a Lucía, no a Marcos.
Lucía sostuvo esa mirada un momento.
—En la práctica —dijo— es aprender a estar muy quieta con una polla muy dentro sin necesitar que se mueva. Es tener el coño empapado durante una hora sin correrte, sin querer correrte, dejando que el placer se te acumule hasta que no cabe.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tenía que durar. Sofía notó cómo se le apretaban los muslos debajo de la mesa.
***
Esa noche, en el baño compartido del albergue, Sofía encontró a Lucía sola. No era incomodidad: era el tipo de casualidad que el Camino fabricaba todos los días, que ponía a personas en el mismo espacio sin aviso.
Se ducharon con esa naturalidad que impone la falta de privacidad. Sofía era delgada, con los hombros finos y una cadera más pronunciada de lo que su ropa solía sugerir, los pezones rosados y pequeños endurecidos por el cambio de temperatura, el vello púbico recortado en una franja fina. Lucía era otra cosa: abundante, completamente segura en su cuerpo, sin la capa de autoconciencia que hacía a la mayoría de las personas habitar el suyo como si fuera una casa prestada. Sus tetas eran grandes, pesadas, con pezones oscuros y anchos que apuntaban ligeramente hacia afuera; el coño lo tenía completamente depilado, los labios llenos, visibles, sin nada que disimulara nada.
Sofía se sorprendió mirándolos. Lucía lo notó y no apartó la vista.
—El tantra —dijo Sofía, con la garganta más seca de lo que debería estar bajo el agua caliente—. ¿Cómo llegasteis a eso, en serio?
Lucía sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de recuerdo y algo de otro estado de ánimo que no se nombraba fácilmente.
—Marcos llevaba años con el yoga —dijo—. Yo fui a mi primera clase pensando que iba a ser incómodo y raro y lleno de gente con ropa suelta.
—¿Y era eso?
—Era eso exactamente —dijo Lucía—. Y también era lo más honesto que había hecho en mucho tiempo.
—¿Honesto en qué sentido?
—En el sentido de que nadie te pide que finjas que no sientes lo que sientes. Al contrario. Te piden que lo sientas más. Que te quedes ahí, con ello, sin escapar hacia el siguiente pensamiento. —Hizo una pausa. Se pasó la mano llena de jabón por el pecho, sin coquetería, con la naturalidad de quien se lava—. La mayoría de la gente, cuando siente algo muy intenso, corre. El placer, el miedo, el deseo. Corre hacia algo más manejable. El tantra es lo contrario: quieta, ahí, con toda la intensidad. Sin que pare.
—¿Y eso se traduce en algo… concreto? —Sofía se odió por la vacilación al final.
Lucía la miró de frente. El agua le caía por la cara, por el cuello, por el canalillo entre las tetas.
—Se traduce en follar tres horas sin correrte —dijo—. En que Marcos me la meta y se quede quieto y yo aprenda a sentir cada centímetro sin necesitar que se mueva. En correrme diez veces seguidas porque el cuerpo, cuando le das tiempo, se abre en sitios que no sabías que tenía. Se traduce en que él me la chupa media hora antes de dejarme correr, y cuando por fin me deja, no es un orgasmo, es un derrumbe.
Sofía notó cómo se le encogía el vientre. Un pulso muy claro entre las piernas, humedad que no era del agua.
—Joder —dijo, en voz baja.
—Sí —dijo Lucía—. Joder es la palabra.
Sofía pensó en Rubén. En los cinco años y en el sexo que era correcto y agradable y completamente predecible. Quince minutos, dos posturas, un orgasmo suyo antes del de él, buenas noches.
—¿Y eso cambia cómo estás con Marcos?
—Cambia cómo estoy con todo —dijo Lucía—. Con el cansancio de hoy, con este calor, con el paisaje de esta tarde. —Una pausa muy breve. Sus ojos bajaron un instante por el cuerpo de Sofía y volvieron a subir—. Con ciertas miradas.
Sofía no preguntó a qué miradas se refería. El silencio que siguió contenía más información que cualquier respuesta posible. Cuando salió de la ducha y se envolvió en la toalla, tenía los pezones tan duros que le dolían y el coño palpitándole con una insistencia que no se había podido sacar de encima ni cuando volvió a la cama con Rubén y él ya dormía de espaldas roncando bajo.
Se tocó ella misma esa noche, debajo del saco, mordiéndose el labio para no hacer ruido, pensando en las tetas de Lucía y en la palabra "derrumbe". Se corrió en silencio, con dos dedos y sin permitirse pensar en nada más.
***
En Burgos, tres días después, Marcos propuso hacer algo de yoga antes de cenar. Habían tomado una casa rural para esa noche, con una sala de techos altos y suelo de madera y ventanas que daban a los campos castellanos.
Rubén llegó veinte minutos después de la ducha con cara de haber dormido dentro de ella.
—¿Hay que moverse? —dijo.
—Solo estirar —dijo Marcos—. La diferencia entre levantarse mañana y no levantarse.
Los cuatro se pusieron en el suelo de la sala. Marcos los guio por un trabajo de caderas y zona lumbar que después de cuatrocientos kilómetros de Camino era puro alivio. Veinte minutos, posturas largas, respiración lenta. Rubén no protestó. Había algo en el tono de Marcos que hacía que las instrucciones no sonaran a instrucciones sino a información.
Después vinieron las torsiones. Y después Marcos dijo:
—Hay un ejercicio que hacemos Lucía y yo para conectar antes de una práctica larga. ¿Lo probamos?
Se sentaron frente a frente en el suelo de madera. Marcos cruzó las piernas y Lucía hizo lo mismo, y se acercaron hasta que las rodillas de ella quedaron sobre los muslos de él, encajados, sus cuerpos formando un nudo compacto y simétrico. Ella puso las manos en los hombros de Marcos, los antebrazos apoyados en los suyos. Él la rodeó por la cintura, firme pero sin apretar. Y se quedaron así, frentes casi juntas, los ojos abiertos, mirándose.
No dijeron nada.
Rubén y Sofía los observaron. Había algo en la imagen que resultaba difícil de clasificar: no era exactamente erótico, no era exactamente espiritual, era algo anterior a esas categorías, y por eso resultaba más inquietante que cualquiera de las dos cosas por separado. La respiración de Marcos y Lucía se fue sincronizando sin que ninguno de los dos hiciera nada visible para lograrlo. En algún momento dejaron de ser dos personas mirándose y fueron otra cosa.
—¿Lo probáis vosotros? —dijo Marcos, en voz baja, sin apartar los ojos de Lucía.
Rubén miró a Sofía. Sofía miró a Rubén. Se sentaron frente a frente con esa torpeza de quien hace algo por primera vez. Las rodillas no encajaron bien a la primera. Cuando encontraron la postura y se miraron con esa intención y esa proximidad, algo cambió en el aire que los dos notaron y ninguno nombró.
—A veces con alguien con quien no tienes la historia cotidiana es más fácil soltar —dijo Marcos—. Cambiemos de pareja. Lucía trabaja con Rubén y yo con Sofía.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tarda una idea en volverse real.
Rubén caminó hacia Lucía con una expresión de hombre que va hacia algo que quiere y ha decidido no examinar demasiado. Se sentó frente a ella. Las rodillas de Lucía eran suaves y cálidas contra sus muslos cuando encajaron. A veinte centímetros, en esa posición, sin la distancia habitual de las cenas y los caminos, el rostro de Lucía era diferente: más presente, más detallado. Los ojos oscuros que en la distancia parecían simplemente bonitos de cerca tenían una profundidad casi intimidante. Rubén notó que había dejado de respirar con normalidad sin saber cuándo había ocurrido eso, y notó también lo que su propio cuerpo estaba haciendo al respecto con una evidencia que los pantalones de deporte no dejaban espacio para negar: la polla se le había puesto durísima, marcándose contra la tela, apuntando hacia arriba de una manera que Lucía no podía no ver. Cuando ella bajó los ojos un instante y volvió a subirlos sin cambiar la expresión, la humillación y la excitación se le mezclaron a Rubén en un mismo latido.
Al otro lado de la sala, Marcos se sentó frente a Sofía. Sus manos rodearon la cintura de ella, y en el momento en que lo hicieron, Sofía sintió algo que empezaba ahí y no terminaba en ningún sitio concreto. Lo miró. Sus ojos la miraban con una atención que no era evaluación sino presencia pura, sin juicio, sin agenda, lo cual resultaba en cierta manera más desconcertante que cualquier otra cosa. Los pulgares de Marcos se movieron una vez, muy despacio, contra la tela fina de su camiseta, justo encima del hueso de la cadera, y Sofía notó cómo el coño se le empapaba de golpe con una brutalidad que la asustó.
—Respirad —dijo Marcos, hablando para los cuatro—. Sin sincronizar, sin intentarlo. Solo respirad y dejad que el cuerpo haga lo que quiera hacer.
Lo que los cuerpos querían hacer era evidente. Nadie lo dijo.
***
Esa noche, las paredes de la casa rural tenían el grosor justo para que los sonidos del dormitorio de al lado llegaran con una claridad que no dejaba lugar a interpretaciones.
Sofía estaba tumbada junto a Rubén cuando empezaron. Primero un roce, un susurro, algo que podría haber sido nada. Luego el crujido inconfundible de las tablas del suelo: Lucía bajándose de la cama y arrodillándose. La respiración de Marcos cambiando. Un sonido húmedo, mojado, inequívoco: Lucía chupándosela. Chupándosela despacio, con paradas, con esa lentitud tántrica de la que había hablado. Se oía cada movimiento de su boca sobre la polla de él, el ruido de la saliva, la respiración de Marcos convirtiéndose en gemidos bajos que no se molestaba en disimular.
—Así —dijo Marcos, al otro lado de la pared, con una voz baja que atravesó los tabiques como si no existieran—. Toda entera. Hasta el fondo.
Lucía hizo un sonido con la garganta llena. Un gorgoteo suave, un ahogo controlado. Se la estaba metiendo hasta la campanilla. Sofía cerró los ojos en la oscuridad de su propia habitación y notó cómo se le agolpaba la sangre entre las piernas.
Rubén también lo oía. Su respiración cambió al lado de ella. Se giró hacia Sofía. La besó, con una urgencia que hacía meses que no tenía, y su mano fue directa entre las piernas de ella. Cuando la encontró tan mojada que sus dedos se hundieron sin resistencia, exhaló contra su boca:
—Joder, Sofía, estás empapada.
Nunca la había sentido así de rápido, nunca con esa urgencia que no era exactamente para él.
Al otro lado de la pared, la cama empezó a moverse. Un ritmo lento, pesado, que hacía crujir el somier con una regularidad de metrónomo. Lucía gimiendo cada vez, con una nota grave y abierta, como si cada embestida le sacara el aire de un sitio distinto. Marcos respirando encima, sin decir nada, solo el ritmo de sus caderas contra el culo de ella o contra sus muslos, imposible saber en qué postura estaban pero fácil imaginar cualquiera de ellas.
Rubén se bajó los calzoncillos y se subió sobre Sofía sin más preámbulo. Se la metió de una sola vez, hasta el fondo, y Sofía arqueó la espalda con un gemido que se le escapó antes de poder pensarlo. Rubén empezó a follársela con una fuerza que no era la suya de siempre, embistiéndola contra el colchón mientras Lucía, al otro lado, empezaba a gemir más fuerte, con esa cadencia que anuncia el orgasmo cuando todavía está lejos.
Sofía cerró los ojos y ya no estaba en su cama. Estaba en el baño de Logroño, con Lucía frente a ella, jabonándose las tetas. Estaba de rodillas frente a Lucía. Le estaba comiendo el coño depilado, los muslos morenos apretándole la cara, la mano de Lucía en su pelo diciéndole dónde y cuánto. La lengua de Sofía moviéndose muy despacio, con la lentitud tántrica que Lucía le había enseñado sin enseñarle nada, chupándole el clítoris hinchado, haciendo tiempo, dejándola crecer.
Rubén empujaba contra ella con fuerza. La polla entrando y saliendo con un ruido mojado que se sumaba a los ruidos de la habitación de al lado. El placer subía, subía, y se quedaba flotando en el borde, intenso e insoportable, pero sin llegar nunca del todo, porque su cabeza no estaba ahí, no estaba con Rubén, no lo había estado en semanas.
—Córrete —dijo Rubén en su oído, jadeando—. Vamos, córrete conmigo.
Al otro lado de la pared, Lucía se corrió. Un gemido largo, roto por la mitad, que se prolongó durante varios segundos y luego se deshizo en una respiración temblorosa. Y luego Marcos, con un gruñido bajo, un "joder" apretado entre los dientes, y el ritmo de la cama frenando hasta detenerse.
Rubén se corrió dentro de Sofía con dos embestidas más y un jadeo ronco. Se derrumbó sobre ella, sudado, satisfecho.
Sofía fingió el orgasmo con un temblor calculado y unos gemidos justo antes que los de él. Se odió por ello un segundo, y luego se quedó tumbada en la oscuridad escuchando el viento entre los pinos y pensando en las manos de Lucía y en que el Camino todavía tenía una semana por delante.
Cuando Rubén se durmió, se levantó al baño. Se sentó en el váter con las bragas por los tobillos, se metió tres dedos entre las piernas y se corrió en dos minutos pensando en la boca de Lucía sobre la polla de Marcos, y en la boca de Lucía sobre su propio coño.
***
Lo que pasó entre Sofía y Marcos ocurrió cuatro días después, en las termas naturales de Outariz, junto al río Miño.
Rubén tenía una ampolla grave que le había obligado a quedarse en el albergue de Ourense. Lucía se había quedado con él, que era lo que Lucía hacía, cuidar a la gente de manera natural y sin adornos. Marcos y Sofía llegaron a las termas solos, con las piedras volcánicas calientes y el agua a cuarenta grados y la tarde cayendo sobre el río.
No había nadie más. Era martes, tarde, media hora antes del cierre. Se metieron en la poza más alejada, la que quedaba escondida detrás de una lengua de roca, con el rumor del Miño a diez metros y los eucaliptos filtrando la luz.
Estuvieron un rato sin decir nada, sumergidos hasta el cuello, mirando el agua correr.
—Llevas tres días sin mirarme —dijo Marcos.
—No es verdad —dijo Sofía.
—Es verdad. Y sé por qué.
Sofía tragó saliva. Notaba el bañador pegado al cuerpo bajo el agua caliente.
—Marcos, no.
—Vale.
Pero él no se movió. Y ella tampoco.
Fue Sofía quien acortó la distancia. Cruzó los dos metros de agua caliente y se puso delante de él, y cuando estuvo lo bastante cerca para que sus rodillas se rozaran bajo el agua, levantó las manos y le puso las palmas en el pecho. Marcos no la tocó. Solo la miró.
—Dime que pare —dijo ella.
—No —dijo él.
Sofía se subió a horcajadas sobre él en el borde de la piedra, con el agua hasta la cintura de los dos. Su boca encontró la de Marcos y se besaron con una violencia que no había estado en ninguno de los gestos anteriores. Las manos de Marcos fueron a su culo sobre el bañador, apretándola contra él, y Sofía sintió a través de las dos capas de tela que él estaba durísimo, tan duro como llevaba estándolo probablemente días.
—Quítame esto —dijo ella contra su boca.
Marcos deslizó los tirantes del bañador y le bajó la parte de arriba. Sus tetas pequeñas y firmes salieron a la luz de la tarde, los pezones rosados endurecidos por el contraste del aire con el agua caliente. Bajó la cabeza y le chupó uno, y luego el otro, con una lentitud que Sofía reconoció aunque nunca la hubiera vivido. Estaba tomándose su tiempo. Estaba haciendo tantra con sus pezones.
—Dios —dijo ella, echando la cabeza hacia atrás—. Dios, Marcos.
—Shh —dijo él contra su piel—. Respira. No corras.
Le llevó cinco minutos solo con los pechos. Cinco minutos chupando, mordisqueando, pasando la lengua alrededor del pezón sin tocarlo, luego cerrando la boca entera sobre él y succionando hasta que Sofía notaba que se iba a correr solo con eso. Cuando su mano bajó por debajo del agua y le apartó la tela del bañador y le metió dos dedos en el coño, Sofía se corrió al instante, con un temblor largo, agarrándose a los hombros de Marcos y apretando la cara contra su cuello para no gritar.
—Joder —dijo, cuando pudo hablar—. Joder, joder.
—El primero —dijo Marcos, sin sacar los dedos—. Ese es solo para que te abras.
La cargó en brazos, con el agua chorreándoles del cuerpo, y la llevó a la hierba junto al borde de la poza. La tumbó de espaldas. Le acabó de quitar el bañador y se quitó el suyo. Su polla salió liberada, curva y gruesa, hinchada de una manera que Sofía llevaba días imaginando sin permitírselo.
Se arrodilló entre sus piernas. Le abrió los muslos con las dos manos. Y bajó la boca hasta su coño con la misma calma con la que había hecho todo lo anterior.
Sofía se corrió tres veces más antes de que él la penetrara. La primera con la lengua plana contra el clítoris, muy despacio. La segunda con dos dedos dentro moviéndose en gancho mientras la lengua no paraba. La tercera solo con la punta de la lengua, casi sin tocarla, dibujando algo que no era un movimiento, era una insinuación, y que la hizo derrumbarse con un gemido que asustó a un pájaro entre los eucaliptos.
Cuando por fin se colocó sobre ella y le metió la polla, Sofía ya estaba en un estado en el que no reconocía su propio cuerpo. Marcos entró hasta el fondo de una sola embestida larga, y se quedó ahí. Quieto. Enterrado. Mirándola.
—No te muevas —dijo Sofía, con voz de alguien que ha entendido algo—. Quédate.
Se quedó. Un minuto entero, quizás más. Sofía sentía cada centímetro de la polla dentro, la palpitación de las venas contra las paredes de su coño, el ritmo del corazón de Marcos contra el suyo. El placer no bajaba. Al contrario. Crecía en pulsos lentos, se acumulaba, se hacía denso.
Cuando Marcos empezó a moverse, lo hizo con una lentitud imposible. Salir casi entero, entrar de nuevo, un segundo de pausa hasta el fondo, salir otra vez. Sofía empezó a llorar sin darse cuenta. Lágrimas silenciosas que le corrían por las sienes hasta el pelo. No era tristeza. No sabía qué era.
—Está bien —dijo Marcos, viendo las lágrimas—. Es normal. Suéltalo.
Se corrió una cuarta vez. Y una quinta, sin apenas transición, cuando él aceleró un poco. Y cuando por fin Marcos empezó a follársela en serio, ya cerca del final, con esa fuerza que había estado guardando, Sofía se corrió una sexta, la más profunda, la que le sacudió el cuerpo entero desde los pies hasta la coronilla y la dejó gritando contra el hombro de Marcos sin ninguna capacidad de contenerse.
Marcos se corrió sobre su vientre, retirándose en el último segundo, con un gruñido bajo. Su semen caliente sobre la piel mojada de Sofía, sobre sus tetas, sobre el ombligo. Se derrumbó a su lado en la hierba.
No hablaron durante mucho rato. Sofía miraba el cielo entre los eucaliptos, con el semen enfriándose sobre su cuerpo y el sonido del río abajo. Pensó que tendría que sentir culpa y no la sentía. Solo sentía el cuerpo, limpio y quieto y abierto de una manera nueva, y que algo había llegado exactamente donde tenía que llegar.
Se metió al agua otra vez, se limpió, se puso el bañador. Marcos hizo lo mismo. Volvieron al albergue en silencio, caminando cerca sin tocarse.
***
La casa que habían alquilado para la última noche estaba a las afueras de Santiago, con jardín y terraza y vistas a los campos húmedos de Galicia. Era absurdamente hermosa. Rubén dijo "no puede ser real" y los demás le dieron la razón en silencio, cada uno con sus propias razones.
Fue en la cena cuando Rubén lo preguntó.
Lo preguntó con el tono del que ha esperado lo suficiente y ha decidido que ya no merece la pena esperar más:
—¿Sois conscientes de que ha pasado algo en este viaje? ¿Lo reconocéis, o seguimos con la función?
Marcos no lo negó. Hubo una pausa de un segundo, y luego solo la quietud de alguien que ha decidido no mentir.
—Sí —dijo.
El monosílabo cayó en la terraza y se quedó ahí.
—¿Y tú? —dijo Rubén, mirando a Lucía.
Lucía sostuvo la mirada.
—Sí —dijo.
La silla de Rubén raspó la madera cuando se levantó. No con violencia: con el movimiento de alguien que necesita distancia física para procesar algo que el cuerpo no cabe.
—Joder —dijo. Y luego otra vez—: Joder.
Caminó hasta el borde de la terraza, de espaldas a los tres, mirando los campos oscuros.
—Yo sintiéndome una mierda por mirarte el culo cada día y vosotros follando en las termas mientras yo me pudría en un albergue con la ampolla. —Se giró—. El más tranquilo, el más sabio, el más espiritual. Con tu tantra y tu yoga y tu presencia. Menudo hipócrita.
—Rubén —dijo Lucía, con voz baja y directa—. Para.
—¡Que no me hables tú! —Se giró hacia ella—. Tú te has follado a mi novia. Y yo allí en el albergue con la ampolla como un idiota.
Luego miró a Sofía, que estaba sentada con las manos quietas sobre la mesa y los ojos brillantes y que no había dicho nada desde el principio.
—¿Y tú, Sofía? ¿Hay alguien que no te hayas follado en este viaje?
—Eso no es justo —dijo Lucía.
—¿Justo? —La risa de Rubén fue lo más doloroso de todo lo que había dicho esa noche—. ¿Me hablas de justicia ahora?
—Puedo escucharte o puedo explicarme —dijo Marcos, sin moverse—. No puedo hacer las dos cosas a la vez.
—No me expliques nada. —Rubén cogió la botella que quedaba y caminó hacia el interior de la casa—. Que os jodan a los tres.
La puerta del dormitorio se cerró.
No dio un portazo. Eso fue lo más definitivo.
***
Media hora después, Lucía entró en el dormitorio de Rubén.
La habitación estaba en penumbra, con solo la luz de la luna filtrándose por la ventana entreabierta. Rubén estaba tumbado de espaldas en la cama, con el brazo sobre los ojos y la respiración de alguien que está despierto y finge que no.
—Sofía, te he dicho que...
Se quitó el brazo de la cara.
Lucía estaba en el umbral con un camisón blanco de tirantes que la luz de la luna convertía en algo levemente translúcido. Se le marcaban los pezones oscuros a través de la tela, y la sombra del pubis depilado. El cabello negro suelto. Los pies descalzos sobre las tablas del suelo.
Cerró la puerta detrás de ella.
Se acercó al borde de la cama sin apresurarse, y cuando llegó a su lado se arrodilló en el suelo con una naturalidad que desarmaba cualquier respuesta preparada. Lo miró. Él la miraba desde abajo con la expresión del hombre al que acaban de quitar el suelo.
—No he venido a pedir perdón —dijo Lucía—. He venido porque llevas veinte días mirándome como si me quisieras follar y yo llevo veinte días queriendo que lo hagas.
Rubén tragó saliva. No pudo decir nada.
Lucía le puso la mano en la entrepierna sobre la sábana. La polla estaba dura, había estado dura desde que la había visto en el umbral. Ella se la apretó, midiéndola con la palma.
—Esto lleva días queriendo hablar —dijo Lucía—. Escúchalo.
Le retiró la sábana. Le bajó los calzoncillos hasta los muslos. La polla saltó liberada, gruesa, tensa, con una gota de líquido preseminal ya en la punta. Lucía la cogió con la mano derecha, la sostuvo, la miró como quien mira algo que va a estudiar con atención. Y luego bajó la cabeza y se la metió entera en la boca de una sola vez, hasta el fondo, hasta que Rubén notó el fondo de la garganta de ella apretándose alrededor del glande y tuvo que morderse el labio para no correrse ahí mismo.
—Joder —jadeó—. Joder, Lucía.
Ella subió despacio, con los labios apretados a lo largo de toda la longitud, sacándole hasta la punta con un ruido húmedo. Le dio un beso pequeño en el glande y volvió a bajar, esta vez más despacio todavía, sintiendo cómo se hundía centímetro a centímetro. Cuando volvió a tenerla hasta el fondo, se quedó ahí, sin moverse, con la polla dentro de la boca hasta la garganta y la lengua trabajándola por debajo con un movimiento lento y minucioso.
Rubén miraba el techo con los ojos muy abiertos. Nunca en su vida se la habían chupado así. Sofía le hacía sexo oral como concesión, rápido, mecánico, con la impaciencia de quien quiere pasar al siguiente episodio. Lucía se la estaba chupando como quien reza. Con presencia. Con hambre. Con todo el tiempo del mundo.
Lo tuvo así diez minutos. Diez. Sin prisa, sin acelerar cuando él le apretaba el pelo, retirándose cuando notaba que estaba demasiado cerca y volviendo cuando él respiraba de nuevo. Le lamió los huevos, uno y otro, se los metió en la boca, subió por el tronco con la lengua plana, chupó el glande solo, con succiones cortas, como quien saborea. Cuando Rubén intentó decir "voy a correrme", ella le apretó los muslos con las manos y no lo dejó, redujo el ritmo hasta un punto en el que Rubén sentía que se iba a morir si no acababa y que se iba a morir si acababa.
—Todavía no —dijo Lucía, con la boca llena—. Aguanta.
Cuando por fin lo soltó, se levantó del suelo. Levantó la pierna y se puso a horcajadas sobre él. El camisón se abrió sobre sus muslos hasta dejar visible la piel interior, suave y morena. Se lo quitó por la cabeza en un solo movimiento fluido y quedó completamente desnuda sobre él, la luz de la luna resbalándole por los hombros, por las tetas grandes, por el vientre, por el pubis liso.
Las manos de Rubén fueron a sus caderas por instinto puro, subieron por los costados, encontraron sus tetas y las cogieron. La carne abundante se desbordó entre sus dedos con un calor que era casi inabarcable. Los pezones oscuros y anchos se le endurecieron bajo las palmas. Un sonido salió de su garganta que no tenía nombre.
Lucía cerró los ojos un momento. Cuando los abrió había algo diferente en ellos, algo que el cuerpo conoce aunque la cabeza no siempre tenga palabras para nombrarlo.
Se echó hacia atrás un poco, cogió la polla de Rubén con la mano, se la colocó en la entrada. La deslizó por sus labios sin metérsela, mojándola con su propia humedad, empapándola. Rubén notaba el calor del coño de ella contra la punta y se retorcía debajo intentando empujar hacia arriba.
—Quieto —dijo Lucía—. Yo lo hago.
Y descendió sobre él muy despacio, con los ojos abiertos y mirándolo. Rubén la sintió abrirse a su alrededor con un calor y una densidad y una estrechez que hizo que cerrara los ojos y luego los abriera porque no quería estar en ningún otro sitio que no fuera exactamente aquí. Le costó tres pasadas cortas y una larga hasta el fondo tener toda la polla dentro. Cuando la tuvo entera, Lucía dejó escapar un suspiro largo, hondo, se quedó quieta con él enterrado hasta la raíz.
—Así —dijo—. Ahora respira.
No se movió durante casi un minuto. Rubén tampoco. Sintió el latido del coño de Lucía apretándolo desde dentro, palpitaciones pequeñas involuntarias, la manera en que las paredes se le ajustaban a la polla como si lo estuvieran memorizando. Cuando por fin empezó a moverse, lo hizo con esa lentitud imposible que él había oído desde el otro lado de la pared en Burgos: subir casi hasta la punta, bajar despacio, quedarse un instante hasta el fondo. Los pechos de Lucía moviéndose con ese balanceo suave que el movimiento producía, las manos de Rubén subiendo hasta ellos de nuevo porque no podía no tocarlos.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás. Un sonido bajo, desde dentro.
—Fóllame —dijo Lucía. Y luego, más bajo—: Fóllame como llevas queriendo follarme desde Logroño.
Rubén se incorporó, la abrazó, y la volteó. La tumbó de espaldas sobre el colchón sin salir de ella, y se puso encima. Lucía abrió las piernas de par en par, las levantó, las cerró alrededor de su cintura. Y Rubén empezó a follársela como llevaba queriendo, con toda la fuerza contenida de tres semanas de mirarle el culo caminando delante de él por los senderos, con toda la rabia que quedaba de la cena en la terraza, con todo lo que era.
El colchón golpeaba contra la pared. Lucía gemía, alto, abierto, sin ninguna intención de disimular. Se dejaba embestir con una entrega total, moviendo las caderas hacia arriba para recibirlo, apretándolo con las piernas, con las manos en el culo de él tirando de él hacia dentro cada vez.
—Más fuerte —jadeó—. Más adentro.
Rubén la follaba con una furia limpia, casi salvaje. La cogió por debajo de las rodillas, le abrió las piernas hasta casi ponérselas junto a las orejas, y la penetró más profundo, con embestidas que hacían que Lucía diera un grito corto cada vez.
—Sí —decía ella—. Ahí. Ahí, joder, ahí.
La cambió de postura. La puso de rodillas, de espaldas a él, el culo en pompa, los pechos colgando pesados hacia abajo. Le entró desde atrás, sujetándola por las caderas, y la embistió con toda la fuerza que le quedaba. Le sonaban las nalgas contra sus muslos cada vez, un chasquido carnal, seco, obsceno. Le cogió una teta con una mano, se la apretó, encontró el pezón entre los dedos y lo pellizcó. Con la otra mano le cogió del pelo, con firmeza pero sin tirar, y Lucía echó la cabeza atrás para dejarse guiar.
—Voy a correrme —dijo ella—. Vas a hacerme correrme así, dame más.
La sintió tensarse de una manera específica, ese instante anterior en que el cuerpo se recoge antes de abrirse, y sujetó sus caderas con más fuerza y empujó hasta el fondo con tres embestidas rápidas y Lucía hizo un sonido largo y roto y se corrió con una sacudida profunda, todo el cuerpo temblándole, apretando la polla de Rubén desde dentro con espasmos rítmicos que él sintió uno a uno, que lo arrastraron, que no le dejaron otra opción que seguirla.
—Dentro —dijo Lucía, jadeando contra la almohada—. Córrete dentro.
Se corrió dentro. Con un gruñido largo que salió de un sitio que no conocía, vaciándose en ella en oleadas mientras Lucía seguía corriéndose, apretándolo, sacándoselo todo. Cuando por fin paró, se dejó caer sobre la espalda de ella, con la polla todavía dentro, la cara enterrada en su pelo negro que olía a jabón y a sudor.
Se quedaron así un rato. Luego Lucía se giró despacio bajo él, quedando de frente, con la polla saliéndose de ella con un ruido húmedo y una hebra de semen escurriéndose por el muslo. Se abrazó a Rubén. Él a ella. Sin salir del todo, sintiendo la polla ir ablandándose contra su vientre.
—Otra vez —dijo Lucía, después de un rato, con la boca contra su cuello—. Ahora despacio. Como te enseño yo.
Y le enseñó. Estuvieron una hora más. Rubén encima de ella, moviéndose apenas, con la polla que se le volvió a poner dura sin que él supiera cómo, sintiendo por primera vez en su vida lo que Lucía había descrito aquella noche en Logroño: la intensidad que no busca salida, el placer que se acumula, la quietud dentro de otro cuerpo. Lucía se corrió tres veces más así, temblores lentos, largos, silenciosos. Él no se corrió otra vez. No hizo falta. Cuando por fin salió de ella, no tenía nada más que dar y no sentía que le faltase nada.
Lucía no se movió de inmediato. Se quedó a su lado, con la cabeza apoyada en su hombro, el camisón olvidado en algún sitio del suelo, la respiración volviendo despacio a ser la de siempre. La mano de Rubén estaba en su espalda, abierta, quieta, sin pedirle nada.
Afuera, el campo oscuro. Santiago a veinte kilómetros, esperando con su catedral y sus miles de años de peregrinos y su absoluta indiferencia ante lo que la gente hacía de noche en las casas rurales de los alrededores.
Dentro, el silencio de dos personas que acaban de estar completamente en el mismo sitio y que saben que mañana ese sitio habrá cambiado, y que eso no deshace lo que ha sido, porque las cosas que han sido no se deshacen. Se suman. Se convierten en parte de lo que uno es cuando nadie está mirando.
Lucía levantó la cabeza. Lo miró. Él la miró.
Levantó una mano y apartó un mechón de su cabello de la cara de ella con un gesto que era, de todo lo que había hecho en veinte días de Camino, el más honesto.
Lucía se incorporó despacio. Recogió el camisón del suelo. Se lo puso por la cabeza. Se quedó de pie sobre las tablas del suelo con los pies descalzos y el camisón blanco y el cabello negro suelto, y con el semen de Rubén escurriéndosele todavía por el interior del muslo, sin molestarse en limpiárselo.
Caminó hacia la puerta.
En el umbral, sin girarse, se detuvo un segundo.
Luego salió.
Y Rubén se quedó solo en la penumbra, mirando el techo, con algo en el pecho que no era exactamente paz, pero se le parecía. El sitio justo antes de la paz, cuando el cuerpo ya ha soltado todo lo que llevaba cargando y la cabeza todavía no sabe que puede hacer lo mismo.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en semanas, durmió sin soñar con nada.

