Lo que el Camino despertó entre los cuatro
Llevaban cuatro días caminando cuando el Camino dejó de ser una ruta y se convirtió en otra cosa.
Habían salido de Saint-Jean-Pied-de-Port con las mochilas pesadas y la ilusión intacta de los que nunca han hecho esto: Marcos y Lucía, cuatro años juntos y el camino ya hecho otras veces, que conocían los ritmos y los silencios; Rubén y Sofía, cinco años de relación y una convivencia que funcionaba como funcionan las cosas que ya no sorprenden a nadie. El plan era simple: tres semanas, Santiago, algo que recordar.
Lo que no estaba en el plan era todo lo demás.
A Sofía le llamó la atención desde el primer día la manera en que Marcos miraba a Lucía. No era posesión ni vigilancia: era atención real, el tipo de atención que uno presta a las cosas que todavía importan de verdad. Rubén la miraba a ella también, claro, pero de otra manera, con la familiaridad que acaba pareciéndose a la distracción. Sofía lo conocía bien. Demasiado bien, quizás.
La primera noche importante fue en Logroño. Una mesa larga bajo una parra en el patio del albergue, vino de La Rioja, los otros peregrinos retirándose uno a uno hasta que quedaron los cuatro solos con la botella a medias y las estrellas encima.
Fue Rubén quien preguntó. Lo preguntó con el tono del que ya ha bebido lo suficiente para ser curioso en voz alta:
—Ese tantra del que siempre habláis. ¿Qué es exactamente?
Marcos lo miró un segundo, eligiendo cómo.
—Es la idea de que el cuerpo no es el problema —dijo—. Que no hay que trascenderlo ni disculparse por él. Que el cuerpo es el camino, no el obstáculo.
—Eso lo dice cualquier libro de autoayuda —dijo Rubén.
—Y también los textos sánscritos que llevan tres mil años diciéndolo, que tienen algo de ventaja.
Sofía sonrió sin querer. Rubén también, un momento después.
—¿Y en la práctica? —dijo Sofía. Lo preguntó mirando a Lucía, no a Marcos.
Lucía sostuvo esa mirada un momento.
—En la práctica —dijo— es aprender a estar muy quieta con algo muy intenso sin necesitar que pare.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tenía que durar.
***
Esa noche, en el baño compartido del albergue, Sofía encontró a Lucía sola. No era incomodidad: era el tipo de casualidad que el Camino fabricaba todos los días, que ponía a personas en el mismo espacio sin aviso.
Se ducharon con esa naturalidad que impone la falta de privacidad. Sofía era delgada, con los hombros finos y una cadera más pronunciada de lo que su ropa solía sugerir. Lucía era otra cosa: abundante, completamente segura en su cuerpo, sin la capa de autoconciencia que hacía a la mayoría de las personas habitar el suyo como si fuera una casa prestada.
—El tantra —dijo Sofía, sin pensarlo demasiado—. ¿Cómo llegasteis a eso, en serio?
Lucía sonrió. Era una sonrisa que tenía algo de recuerdo y algo de otro estado de ánimo que no se nombraba fácilmente.
—Marcos llevaba años con el yoga —dijo—. Yo fui a mi primera clase pensando que iba a ser incómodo y raro y lleno de gente con ropa suelta.
—¿Y era eso?
—Era eso exactamente —dijo Lucía—. Y también era lo más honesto que había hecho en mucho tiempo.
—¿Honesto en qué sentido?
—En el sentido de que nadie te pide que finjas que no sientes lo que sientes. Al contrario. Te piden que lo sientas más. Que te quedes ahí, con ello, sin escapar hacia el siguiente pensamiento. —Hizo una pausa—. La mayoría de la gente, cuando siente algo muy intenso, corre. El placer, el miedo, el deseo. Corre hacia algo más manejable. El tantra es lo contrario: quieta, ahí, con toda la intensidad. Sin que pare.
Sofía pensó en Rubén. En los cinco años y en el sexo que era correcto y agradable y completamente predecible.
—¿Y eso cambia cómo estás con Marcos?
—Cambia cómo estoy con todo —dijo Lucía—. Con el cansancio de hoy, con este calor, con el paisaje de esta tarde. —Una pausa muy breve—. Con ciertas miradas.
Sofía no preguntó a qué miradas se refería. El silencio que siguió contenía más información que cualquier respuesta posible.
***
En Burgos, tres días después, Marcos propuso hacer algo de yoga antes de cenar. Habían tomado una casa rural para esa noche, con una sala de techos altos y suelo de madera y ventanas que daban a los campos castellanos.
Rubén llegó veinte minutos después de la ducha con cara de haber dormido dentro de ella.
—¿Hay que moverse? —dijo.
—Solo estirar —dijo Marcos—. La diferencia entre levantarse mañana y no levantarse.
Los cuatro se pusieron en el suelo de la sala. Marcos los guio por un trabajo de caderas y zona lumbar que después de cuatrocientos kilómetros de Camino era puro alivio. Veinte minutos, posturas largas, respiración lenta. Rubén no protestó. Había algo en el tono de Marcos que hacía que las instrucciones no sonaran a instrucciones sino a información.
Después vinieron las torsiones. Y después Marcos dijo:
—Hay un ejercicio que hacemos Lucía y yo para conectar antes de una práctica larga. ¿Lo probamos?
Se sentaron frente a frente en el suelo de madera. Marcos cruzó las piernas y Lucía hizo lo mismo, y se acercaron hasta que las rodillas de ella quedaron sobre los muslos de él, encajados, sus cuerpos formando un nudo compacto y simétrico. Ella puso las manos en los hombros de Marcos, los antebrazos apoyados en los suyos. Él la rodeó por la cintura, firme pero sin apretar. Y se quedaron así, frentes casi juntas, los ojos abiertos, mirándose.
No dijeron nada.
Rubén y Sofía los observaron. Había algo en la imagen que resultaba difícil de clasificar: no era exactamente erótico, no era exactamente espiritual, era algo anterior a esas categorías, y por eso resultaba más inquietante que cualquiera de las dos cosas por separado. La respiración de Marcos y Lucía se fue sincronizando sin que ninguno de los dos hiciera nada visible para lograrlo. En algún momento dejaron de ser dos personas mirándose y fueron otra cosa.
—¿Lo probáis vosotros? —dijo Marcos, en voz baja, sin apartar los ojos de Lucía.
Rubén miró a Sofía. Sofía miró a Rubén. Se sentaron frente a frente con esa torpeza de quien hace algo por primera vez. Las rodillas no encajaron bien a la primera. Cuando encontraron la postura y se miraron con esa intención y esa proximidad, algo cambió en el aire que los dos notaron y ninguno nombró.
—A veces con alguien con quien no tienes la historia cotidiana es más fácil soltar —dijo Marcos—. Cambiemos de pareja. Lucía trabaja con Rubén y yo con Sofía.
El silencio que siguió duró exactamente lo que tarda una idea en volverse real.
Rubén caminó hacia Lucía con una expresión de hombre que va hacia algo que quiere y ha decidido no examinar demasiado. Se sentó frente a ella. Las rodillas de Lucía eran suaves y cálidas contra sus muslos cuando encajaron. A veinte centímetros, en esa posición, sin la distancia habitual de las cenas y los caminos, el rostro de Lucía era diferente: más presente, más detallado. Los ojos oscuros que en la distancia parecían simplemente bonitos de cerca tenían una profundidad casi intimidante. Rubén notó que había dejado de respirar con normalidad sin saber cuándo había ocurrido eso, y notó también lo que su propio cuerpo estaba haciendo al respecto con una evidencia que los pantalones de deporte no dejaban espacio para negar.
Al otro lado de la sala, Marcos se sentó frente a Sofía. Sus manos rodearon la cintura de ella, y en el momento en que lo hicieron, Sofía sintió algo que empezaba ahí y no terminaba en ningún sitio concreto. Lo miró. Sus ojos la miraban con una atención que no era evaluación sino presencia pura, sin juicio, sin agenda, lo cual resultaba en cierta manera más desconcertante que cualquier otra cosa.
—Respirad —dijo Marcos, hablando para los cuatro—. Sin sincronizar, sin intentarlo. Solo respirad y dejad que el cuerpo haga lo que quiera hacer.
Lo que los cuerpos querían hacer era evidente. Nadie lo dijo.
***
Esa noche, las paredes de la casa rural tenían el grosor justo para que los sonidos del dormitorio de al lado llegaran con una claridad que no dejaba lugar a interpretaciones.
Sofía estaba tumbada junto a Rubén cuando empezaron: el movimiento de la cama, la respiración de Lucía acelerándose, un gemido bajo y sostenido que atravesó la pared como si no existiera. Rubén también lo oyó. Sus cuerpos respondieron antes de que ninguno de los dos decidiera nada.
Él se giró hacia ella. La besó. Sus manos buscaron lo que el cuerpo pedía y cuando la encontró preparada su sorpresa fue genuina. Nunca la había sentido así de rápido, nunca con esa urgencia que no era exactamente para él.
Los gemidos de Lucía seguían llegando del otro lado.
Sofía los escuchaba con los ojos cerrados, y en su cabeza no era Rubén. Era Lucía. Sus manos en el cuarto de baño de Logroño, la manera en que había explicado el tantra sin bajar la vista, sin disculparse por nada. Rubén empujaba contra ella con fuerza, y el placer subía, subía, y se quedaba flotando en el borde, intenso e insoportable, pero sin llegar nunca del todo.
No llegó al orgasmo esa noche.
Fingió. Y se odió por ello un segundo, y luego se quedó tumbada en la oscuridad escuchando el viento entre los pinos y pensando en las manos de Lucía y en que el Camino todavía tenía una semana por delante.
***
Lo que pasó entre Sofía y Marcos ocurrió cuatro días después, en las termas naturales de Outariz, junto al río Miño.
Rubén tenía una ampolla grave que le había obligado a quedarse en el albergue de Ourense. Lucía se había quedado con él, que era lo que Lucía hacía, cuidar a la gente de manera natural y sin adornos. Marcos y Sofía llegaron a las termas solos, con las piedras volcánicas calientes y el agua a cuarenta grados y la tarde cayendo sobre el río.
No fue planificado. Fue el agua caliente y el cansancio y la semana de tensión acumulada y la manera en que Marcos la miraba cuando pensaba que ella no lo veía. Fue que ella sí lo veía, y que en algún momento de esa tarde dejó de fingir que no.
Después, tumbados en la hierba junto al río Miño con el agua todavía en la piel, Sofía pensó que tendría que sentir culpa y no la sentía. Solo sentía el cuerpo, limpio y quieto, y el sonido del río, y que algo había llegado exactamente donde tenía que llegar.
***
La casa que habían alquilado para la última noche estaba a las afueras de Santiago, con jardín y terraza y vistas a los campos húmedos de Galicia. Era absurdamente hermosa. Rubén dijo "no puede ser real" y los demás le dieron la razón en silencio, cada uno con sus propias razones.
Fue en la cena cuando Rubén lo preguntó.
Lo preguntó con el tono del que ha esperado lo suficiente y ha decidido que ya no merece la pena esperar más:
—¿Sois conscientes de que ha pasado algo en este viaje? ¿Lo reconocéis, o seguimos con la función?
Marcos no lo negó. Hubo una pausa de un segundo, y luego solo la quietud de alguien que ha decidido no mentir.
—Sí —dijo.
El monosílabo cayó en la terraza y se quedó ahí.
—¿Y tú? —dijo Rubén, mirando a Lucía.
Lucía sostuvo la mirada.
—Sí —dijo.
La silla de Rubén raspó la madera cuando se levantó. No con violencia: con el movimiento de alguien que necesita distancia física para procesar algo que el cuerpo no cabe.
—Joder —dijo. Y luego otra vez—: Joder.
Caminó hasta el borde de la terraza, de espaldas a los tres, mirando los campos oscuros.
—Yo sintiéndome una mierda por mirarle el culo cada día y vosotros montándoos lo que os montáis. —Se giró—. El más tranquilo, el más sabio, el más espiritual. Con tu tantra y tu yoga y tu presencia. Menudo hipócrita.
—Rubén —dijo Lucía, con voz baja y directa—. Para.
—¡Que no me hables tú! —Se giró hacia ella—. Tú te has follado a mi novia. Y yo allí en el albergue con la ampolla como un idiota.
Luego miró a Sofía, que estaba sentada con las manos quietas sobre la mesa y los ojos brillantes y que no había dicho nada desde el principio.
—¿Y tú, Sofía? ¿Hay alguien que no te hayas follado en este viaje?
—Eso no es justo —dijo Lucía.
—¿Justo? —La risa de Rubén fue lo más doloroso de todo lo que había dicho esa noche—. ¿Me hablas de justicia ahora?
—Puedo escucharte o puedo explicarme —dijo Marcos, sin moverse—. No puedo hacer las dos cosas a la vez.
—No me expliques nada. —Rubén cogió la botella que quedaba y caminó hacia el interior de la casa—. Que os jodan a los tres.
La puerta del dormitorio se cerró.
No dio un portazo. Eso fue lo más definitivo.
***
Media hora después, Lucía entró en el dormitorio de Rubén.
La habitación estaba en penumbra, con solo la luz de la luna filtrándose por la ventana entreabierta. Rubén estaba tumbado de espaldas en la cama, con el brazo sobre los ojos y la respiración de alguien que está despierto y finge que no.
—Sofía, te he dicho que...
Se quitó el brazo de la cara.
Lucía estaba en el umbral con un camisón blanco de tirantes que la luz de la luna convertía en algo levemente translúcido. El cabello negro suelto. Los pies descalzos sobre las tablas del suelo.
Cerró la puerta detrás de ella.
Se acercó al borde de la cama sin apresurarse, y cuando llegó a su lado se arrodilló en el suelo con una naturalidad que desarmaba cualquier respuesta preparada. Lo miró. Él la miraba desde abajo con la expresión del hombre al que acaban de quitar el suelo.
Levantó la pierna y se puso a horcajadas sobre él. El camisón se abrió sobre sus muslos hasta dejar visible la piel interior, suave y morena. Las manos de Rubén fueron a sus caderas por instinto puro, las palmas abiertas sobre la tela, sintiendo la curva debajo.
Se inclinó hacia él muy despacio, y cuando sus bocas se encontraron fue con una suavidad que no era lo que Rubén había imaginado en todos esos días de no poder evitar imaginarla. Era paciente. Era honesta. Una boca que no pedía perdón por estar ahí.
Rubén la besó. Primero con la torpeza de alguien que tiene demasiadas cosas en la cabeza, y luego, cuando Lucía puso las manos a los lados de su cara con esa calma suya que lo contenía todo, con otra cosa. Con el cuerpo tomando el control que la cabeza había agotado.
Sus manos subieron por los costados de ella, siguiendo la cintura que cedía a las caderas con esa curva que había observado durante semanas sin poder tocar. Lucía cogió los tirantes del camisón y se los bajó por los hombros con un solo gesto, y la tela cayó hasta la cintura.
Rubén exhaló.
Sus pechos eran reales, y eran grandes y pesados y perfectos con esa perfección que no es simetría sino presencia, y estaban ahí, sobre él, y Lucía lo miraba con esa mirada directa suya mientras él levantaba las manos y los cogía. La carne abundante se desbordó entre sus dedos con un calor que era casi inabarcable.
Un sonido salió de su garganta que no tenía nombre.
Lucía cerró los ojos un momento. Cuando los abrió había algo diferente en ellos, algo que el cuerpo conoce aunque la cabeza no siempre tenga palabras para nombrarlo. Sus caderas empezaron a moverse.
Lo colocó ella, con esa naturalidad sin drama que lo caracterizaba todo en Lucía, y descendió sobre él despacio, con los ojos abiertos y mirándolo, y Rubén la sintió abrirse a su alrededor con un calor y una densidad que hizo que cerrara los ojos y luego los abriera porque no quería estar en ningún otro sitio que no fuera exactamente aquí.
Se movió sobre él con una lentitud que era, en sí misma, una forma de conocimiento. Ninguna prisa. Ninguna performance. Solo las caderas encontrando el ritmo que querían, y los pechos moviéndose con ese balanceo suave que el movimiento producía, y las manos de Rubén subiendo hasta ellos de nuevo porque no podía no tocarlos.
Ella inclinó la cabeza hacia atrás. Un sonido bajo, desde dentro.
Rubén se incorporó, la abrazó, y ella lo rodeó con los brazos y siguió moviéndose, ahora más honda, más despacio, con Rubén enterrado en ella hasta donde llegaba y los dos respirando en el mismo ritmo sin haberlo decidido.
No dijeron nada.
No había nada que decir que no hubiera sido menos que esto.
El ritmo fue creciendo solo. Las manos de Rubén en su espalda, en sus nalgas, apretando con una necesidad que Lucía recibía sin achicarse, moviéndose contra él con la misma urgencia. Los pechos de Lucía contra su pecho. Su boca en su cuello. El calor entre los dos, indistinguible ya del calor del cuerpo de quién.
La sintió tensarse de una manera específica, ese instante anterior en que el cuerpo se recoge antes de abrirse, y sujetó sus caderas con más fuerza y empujó hacia arriba y Lucía hizo un sonido largo y roto contra su hombro y se corrió con una sacudida profunda que él sintió desde dentro, que lo arrastró, que no le dejó otra opción que seguirla.
Se corrió con ella.
Sin separarla, sin distancia. Juntos en el silencio de la habitación en penumbra, con los campos gallegos afuera y el olor a pino y humedad entrando por la ventana entreabierta.
Lucía no se movió de inmediato. Se quedó sobre él, con la cabeza apoyada en su hombro, el camisón arrugado en la cintura, la respiración volviendo despacio a ser la de siempre. La mano de Rubén estaba en su espalda, abierta, quieta, sin pedirle nada.
Afuera, el campo oscuro. Santiago a veinte kilómetros, esperando con su catedral y sus miles de años de peregrinos y su absoluta indiferencia ante lo que la gente hacía de noche en las casas rurales de los alrededores.
Dentro, el silencio de dos personas que acaban de estar completamente en el mismo sitio y que saben que mañana ese sitio habrá cambiado, y que eso no deshace lo que ha sido, porque las cosas que han sido no se deshacen. Se suman. Se convierten en parte de lo que uno es cuando nadie está mirando.
Lucía levantó la cabeza. Lo miró. Él la miró.
Levantó una mano y apartó un mechón de su cabello de la cara de ella con un gesto que era, de todo lo que había hecho en veinte días de Camino, el más honesto.
Lucía se incorporó despacio. Se subió los tirantes. Se puso de pie sobre las tablas del suelo con los pies descalzos y el camisón blanco y el cabello negro suelto.
Caminó hacia la puerta.
En el umbral, sin girarse, se detuvo un segundo.
Luego salió.
Y Rubén se quedó solo en la penumbra, mirando el techo, con algo en el pecho que no era exactamente paz, pero se le parecía. El sitio justo antes de la paz, cuando el cuerpo ya ha soltado todo lo que llevaba cargando y la cabeza todavía no sabe que puede hacer lo mismo.
Cerró los ojos.
Y por primera vez en semanas, durmió sin soñar con nada.