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Relatos Ardientes

El ritual enmascarado al que mi marido me llevó

Llevábamos cuatro años jugando con la idea sin atrevernos a darle nombre. Mateo y yo lo hablábamos por las noches, en voz baja, después de hacer el amor, cuando los pensamientos se vuelven más honestos de lo que uno quisiera.

—Imagíname con otro mientras tú miras —le decía yo, con la mano todavía sobre su pecho mojado—. Imagina que no me reconoces, que estoy con un hombre cuya cara no veo, y tú estás ahí, en una esquina, viéndolo todo.

Él gemía, se endurecía otra vez con solo escucharlo. No éramos una pareja rota; éramos lo contrario. Llevábamos doce años juntos, ocho casados, y la confianza que habíamos construido nos permitía bordear esos límites sin miedo a caernos.

El sobre llegó un martes cualquiera. Negro mate, lacrado en granate, sin remitente. Dentro, una tarjeta con instrucciones escuetas: traje de gala, máscara veneciana, contraseña «Quimera», dirección codificada y una fecha. Veracruz, dentro de un mes. Lugar: la antigua Fortaleza de San Juan de Ulúa.

—¿Es lo que pienso que es? —preguntó Mateo, leyendo por encima de mi hombro.

—Es exactamente lo que piensas.

No supe nunca quién nos había referido al club. Sospechábamos de un amigo que llevaba años hablándonos en clave de «encuentros privados». Lo dejamos así, en la duda. Parte del juego era no saber.

***

Bajé del avión con las piernas tensas y el cuerpo ya caliente solo de pensarlo. Mateo me había acariciado durante todo el vuelo, su mano debajo de la manta, sus dedos rozando apenas el interior de mi muslo, sin llegar nunca a donde yo quería. Era una tortura medida, calculada para llegar a la fortaleza con el deseo a flor de piel.

—No te corras todavía —me susurró antes de aterrizar—. Esta noche te quiero al borde toda la noche.

Veracruz olía a salitre y a flor de mayo. El chofer que nos esperaba llevaba una máscara negra y no dijo una sola palabra durante el trayecto. Cruzamos el puente que conecta con tierra firme y la fortaleza emergió al fondo, una mole oscura recortada contra el mar, iluminada solo por antorchas reales que crepitaban con el viento del golfo. No había luces eléctricas en el exterior. Era como entrar en otro siglo.

—¿Lista? —preguntó Mateo, ajustándome la máscara dorada sobre la cara.

—Lista.

Mentí. Una parte de mí estaba a punto de echarse atrás. Otra parte, la más oscura, ya estaba dentro.

***

En el portón, un hombre alto vestido de negro impecable esperaba con las manos cruzadas detrás de la espalda. Su máscara era una calavera de plata, demasiado bella para resultar siniestra.

—Buenas noches —dijo, con una voz grave y educada—. ¿Me dirán la palabra?

—Quimera —respondimos al unísono.

Asintió y nos hizo pasar por un pasillo de piedra húmeda, iluminado por velas en nichos. Olía a incienso, a cera derretida y a algo más, algo que tardé en identificar: a sudor de gente excitada. Mateo me apretó la mano y supe que él también lo había olido.

El salón principal era enorme. Techos de madera, candelabros de hierro, suelo de mosaico colonial. Cincuenta o sesenta personas enmascaradas, vestidas con una elegancia formal, conversaban en pequeños grupos. Una orquesta de cámara tocaba en un rincón una pieza lenta de cuerda, hecha para ser bailada despacio. Mujeres con vestidos cortados de manera obscena. Hombres en esmoquin con miradas que pesaban como manos.

Una mujer enmascarada nos ofreció dos copas de un líquido oscuro y especiado. No pregunté qué era. Lo bebí entero. Quemaba.

—Las reglas son simples —dijo el hombre de la calavera, apareciendo otra vez detrás de nosotros—. Anonimato absoluto. No hay nombres, no hay identidades, no hay después. Lo que hagan aquí esta noche queda aquí. Cualquier contacto fuera del recinto significa expulsión. Lo demás está permitido. Todo. Mientras haya consentimiento. Disfruten.

Y se fue, sin esperar respuesta.

Mateo me miró a través de los huecos de su máscara plateada. Sus ojos tenían algo que no le había visto nunca: una mezcla de orgullo, miedo y deseo en partes iguales.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Lo decidimos juntos —respondí—. Y tú prometiste no cortarme las alas.

Asintió. Me besó en la boca despacio, mordiéndome el labio inferior al separarse, y se apartó dos pasos. La señal acordada. A partir de ese momento, yo era libre. Y él iba a mirar.

***

El primero que se acercó fue un hombre de pelo cano, máscara de zorro plateada, vestido con un esmoquin que olía levemente a cedro. Me invitó a bailar sin decir una palabra. Le di la mano.

Bailaba bien. Demasiado bien. Su mano en mi cintura era firme y conocía el peso exacto, ni demasiado posesiva ni demasiado tímida. Me hizo girar lento, y al volver a mí, su muslo se metió entre los míos y sentí cómo me presionaba justo donde ya estaba esperando algo.

—No llevas nada debajo —dijo, no como pregunta sino como constatación.

—No.

—Tu marido es un hombre de suerte.

—Mi marido sabe lo que tiene.

Sonrió. La pieza terminó. Otro hombre esperaba ya su turno. Y otro detrás. La música continuó. Yo bailaba, bebía, dejaba que las manos resbalaran un poco más bajo cada vez, que los muslos me rozaran, que las miradas me desnudaran. A los veinte minutos había olvidado dónde tenía a Mateo y solo sabía que estaba en algún lugar del salón, mirándome.

Una mujer me besó en la oreja durante uno de los bailes. Tenía el pelo rojo y olía a algo cítrico. Me susurró:

—Si quieres ir más lejos, hay salas privadas en el ala oeste. La elección es tuya.

—¿Tú vas?

—Yo voy donde tú vayas.

Me reí. Le di mi mano. Y eché a andar hacia el ala oeste sin mirar atrás.

***

La sala era pequeña, circular, con cojines de terciopelo rojo y un solo ventanal cerrado con celosías de madera labrada. Tres hombres me esperaban dentro, sentados en silencio, máscaras distintas, cuerpos distintos, presencias distintas. La pelirroja entró conmigo y cerró la puerta.

Nadie habló. No hizo falta.

Me bajaron el vestido por los hombros con una lentitud que dolía. La tela cayó hasta la cintura y me dejaron así un momento, expuesta, mientras todos miraban. Yo respiraba hondo. La pelirroja se arrodilló delante de mí y empezó a besarme el vientre, subiendo despacio hasta los pechos. Sentí su lengua, fría primero, caliente después, rodeándome los pezones uno tras otro. Detrás, alguien me bajó el vestido del todo. Quedé desnuda salvo por los tacones y la máscara.

Una mano grande me tomó por la nuca y me giró la cara. La boca de un hombre encontró la mía y me besó como nunca me habían besado, con una violencia controlada que me sacó un gemido de la garganta. Otra mano me abrió las piernas. Sentí dedos. Una lengua. Otro cuerpo apretándose contra mi espalda.

No puedo contarlo en orden, porque no lo hubo. Fue un coro. Era estar en el centro de cuatro deseos a la vez, sentir que cuatro personas distintas me querían en cuatro lugares diferentes, y dejarme. La pelirroja seguía con mis pechos, mordiéndome los pezones con una crueldad medida que me hacía arquear la espalda. Uno de los hombres se metió debajo de mí y empezó a comerme con la boca abierta, sin preguntarme, como si fuera lo único que llevaba esperando hacer en toda su vida. Otro me llenó la boca con su sexo y yo lo recibí sin ceremonia.

Me corrí pronto, demasiado pronto, contra la lengua del que tenía debajo. Grité algo, no sé qué. La voz me salió ronca, irreconocible. No me dejaron descansar. Me dieron la vuelta, me acomodaron, me hicieron arquear la espalda, y entonces sentí algo más. Sentí cómo me llenaban. Despacio primero, después con un ritmo que ya no era mío.

Pensé en Mateo. Pensé que estaba en algún rincón mirándome. Imaginé sus ojos detrás de la máscara plateada, su mano apretando algo, su respiración acelerada. Y eso me hizo correrme otra vez, más fuerte, mientras la pelirroja me lamía el cuello y me decía cosas al oído que no entendí.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Cuando salí de aquella sala las piernas me temblaban y la máscara dorada se me había torcido un poco. Mateo me esperaba al final del pasillo, sin máscara ya, con el pelo revuelto y los ojos enrojecidos.

Me abrazó antes de que pudiera decir nada. Me abrazó tan fuerte que me dolió.

—¿Lo viste? —le pregunté contra su pecho.

—Vi todo lo que necesitaba ver.

Me llevó casi en volandas hasta una sala privada al otro lado del salón. Cerró la puerta con llave. Y me miró como nunca me había mirado antes.

—No te imaginas —dijo, con la voz quebrada— lo que ha sido eso para mí. No te lo imaginas.

—Cuéntamelo.

—Te miré desde el principio. Cómo bailabas. Cómo dejabas que te tocaran. Cómo respondías. Y al principio sentí celos, sí, una rabia que me apretaba la garganta. Pero después de un rato, cuando te vi entrar al ala oeste con esa mujer, algo en mí cambió. Era como si te estuviera viendo por primera vez. Como si esta noche me hubieras mostrado una versión tuya que nunca antes me habías dejado ver.

Me besó. Mucho. Me besó en la boca, en el cuello, en los hombros, en los pechos, como si necesitara reaprender mi cuerpo después de haberlo prestado.

—Quiero reclamarte —dijo.

—Hazlo.

Me apoyó contra la pared y entró en mí sin más preámbulo. Yo todavía estaba abierta, todavía sensible, todavía resbaladiza por los otros. No le importó. Embistió fuerte, con una intensidad nueva, una mezcla de deseo y recuperación que me tenía contra la piedra fría del muro. Me mordió el cuello. Me apretó la garganta sin asfixiar. Me dijo cosas al oído, cosas que solo podía decirme un hombre que acababa de verme con otros y había sobrevivido a esa imagen.

—Eres mía —repetía—. Eres mía siempre. No importa quién más te toque.

—Soy tuya —repetía yo—. Soy tuya. Soy tuya.

Nos corrimos casi a la vez, apoyados contra esa pared centenaria, jadeando como si hubiéramos corrido kilómetros. Cuando recuperé el aliento me di cuenta de que estaba llorando un poco. Mateo también.

***

En el coche de vuelta al hotel, el cielo de Veracruz empezaba a cambiar de azul a naranja. Mateo conducía en silencio, una mano en el volante, la otra en mi muslo. Yo miraba por la ventana sin verla.

—¿Aceptamos la invitación? —pregunté al cabo de un rato.

Había un sobre nuevo en el asiento trasero. Lo habían entregado al salir. Membresía permanente, cuatro encuentros al año, distintas ciudades, mismas reglas.

Mateo tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo dijo con una calma que me hizo entender que llevaba media hora pensándolo.

—Si quieres, sí. Pero solo si después de cada noche volvemos así, como esta noche. Solo si seguimos volviendo el uno al otro.

Le tomé la mano. Se la apreté.

—Trato hecho.

El sol terminó de salir cuando entrábamos en el hotel. Subimos al cuarto, nos duchamos juntos y nos metimos en la cama sin pretender hacer nada más. Pero al cabo de un rato él me estaba abrazando por detrás, despacio, y yo me giré, y volvimos a hacer el amor sin máscaras, sin ritual, sin público. Solo nosotros. Y fue, contra todo pronóstico, el mejor momento de toda la noche.

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Comentarios (9)

Pame_404

Increible!!! me quede pegada hasta el final, no podia parar de leer

MartinCba91

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo

NocheEnBlanco

Esa atmosfera desde el primer parrafo te atrapa. Se siente la tension en cada linea. Muy bien escrito

TaniaMar

jajaja el sobre lacrado me mato de curiosidad antes de empezar!! muy buen gancho

RamiroPlata

Buenísimo. Seguís con un nivel muy alto, esperando el proximo relato

lectora_baires

Me encanto como lo narraste desde adentro, se siente que es algo real. Sigue así!

Ciro_BA

Que relato mas intrigante, me hice mil preguntas mientras lo leia. El final fue un golpe en el estomago (en el buen sentido jaja)

LoboGris77

Hay algo en la palabra Quimera que dice todo sin decir nada... el titulo engancha antes de empezar. Gracias por publicarlo

SandraGba

Me dejo con ganas de mas!! La categoria no decepciona y este especialmente

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