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Relatos Ardientes

El ritual enmascarado al que mi marido me llevó

Llevábamos cuatro años jugando con la idea sin atrevernos a darle nombre. Mateo y yo lo hablábamos por las noches, en voz baja, después de follar, cuando los pensamientos se vuelven más honestos de lo que uno quisiera.

—Imagíname con otro mientras tú miras —le decía yo, con la mano todavía sobre su pecho mojado, sintiendo su polla otra vez dura contra mi cadera—. Imagina que no me reconoces, que estoy con un hombre cuya cara no veo, y tú estás ahí, en una esquina, viéndolo cómo me abre las piernas, cómo me mete su verga hasta el fondo, cómo me hace correrme sin conocerme siquiera el nombre.

Él gemía, se endurecía otra vez con solo escucharlo. Yo bajaba la mano, se la apretaba en el puño, se la trabajaba despacio de raíz a punta hasta que se le escapaba una gota espesa que yo recogía con el pulgar y me llevaba a la boca. Después me subía encima, me la clavaba yo misma, y le seguía hablando al oído mientras me lo cabalgaba lento, con el coño ya empapado de la conversación.

—Imagina que dos me abren, uno arriba, otro abajo, y tú te tocas la polla mirando cómo me llenan.

Se corría casi enseguida, con un gemido roto, dentro de mí, apretándome las caderas con las dos manos. No éramos una pareja rota; éramos lo contrario. Llevábamos doce años juntos, ocho casados, y la confianza que habíamos construido nos permitía bordear esos límites sin miedo a caernos.

El sobre llegó un martes cualquiera. Negro mate, lacrado en granate, sin remitente. Dentro, una tarjeta con instrucciones escuetas: traje de gala, máscara veneciana, contraseña «Quimera», dirección codificada y una fecha. Veracruz, dentro de un mes. Lugar: la antigua Fortaleza de San Juan de Ulúa.

—¿Es lo que pienso que es? —preguntó Mateo, leyendo por encima de mi hombro.

—Es exactamente lo que piensas.

No supe nunca quién nos había referido al club. Sospechábamos de un amigo que llevaba años hablándonos en clave de «encuentros privados». Lo dejamos así, en la duda. Parte del juego era no saber.

***

Bajé del avión con las piernas tensas y el coño ya hinchado solo de pensarlo. Mateo me había acariciado durante todo el vuelo, su mano debajo de la manta, sus dedos rozando apenas el interior de mi muslo, subiendo hasta el borde de las bragas y bajando otra vez, sin llegar nunca a donde yo quería. En un momento me metió dos dedos por el lado del encaje, encontró que ya estaba mojada, sonrió, y los sacó para chupárselos delante de mí sin dejar de mirarme. Era una tortura medida, calculada para llegar a la fortaleza con el deseo a flor de piel.

—No te corras todavía —me susurró antes de aterrizar—. Esta noche te quiero al borde toda la noche. Quiero que llegues a esa fortaleza tan caliente que se te caiga la baba mirando a cualquiera.

Veracruz olía a salitre y a flor de mayo. El chofer que nos esperaba llevaba una máscara negra y no dijo una sola palabra durante el trayecto. Cruzamos el puente que conecta con tierra firme y la fortaleza emergió al fondo, una mole oscura recortada contra el mar, iluminada solo por antorchas reales que crepitaban con el viento del golfo. No había luces eléctricas en el exterior. Era como entrar en otro siglo.

—¿Lista? —preguntó Mateo, ajustándome la máscara dorada sobre la cara.

—Lista.

Mentí. Una parte de mí estaba a punto de echarse atrás. Otra parte, la más oscura, ya estaba dentro, con las piernas abiertas.

***

En el portón, un hombre alto vestido de negro impecable esperaba con las manos cruzadas detrás de la espalda. Su máscara era una calavera de plata, demasiado bella para resultar siniestra.

—Buenas noches —dijo, con una voz grave y educada—. ¿Me dirán la palabra?

—Quimera —respondimos al unísono.

Asintió y nos hizo pasar por un pasillo de piedra húmeda, iluminado por velas en nichos. Olía a incienso, a cera derretida y a algo más, algo que tardé en identificar: a sudor de gente excitada, a coños mojados y a semen. Mateo me apretó la mano y supe que él también lo había olido.

El salón principal era enorme. Techos de madera, candelabros de hierro, suelo de mosaico colonial. Cincuenta o sesenta personas enmascaradas, vestidas con una elegancia formal, conversaban en pequeños grupos. Una orquesta de cámara tocaba en un rincón una pieza lenta de cuerda, hecha para ser bailada despacio. Mujeres con vestidos cortados de manera obscena, pechos casi al aire, aberturas que enseñaban muslo hasta la cadera. Hombres en esmoquin con miradas que pesaban como manos y bultos que se marcaban sin disimulo bajo el pantalón.

Una mujer enmascarada nos ofreció dos copas de un líquido oscuro y especiado. No pregunté qué era. Lo bebí entero. Quemaba.

—Las reglas son simples —dijo el hombre de la calavera, apareciendo otra vez detrás de nosotros—. Anonimato absoluto. No hay nombres, no hay identidades, no hay después. Lo que hagan aquí esta noche queda aquí. Cualquier contacto fuera del recinto significa expulsión. Lo demás está permitido. Todo. Mientras haya consentimiento. Disfruten.

Y se fue, sin esperar respuesta.

Mateo me miró a través de los huecos de su máscara plateada. Sus ojos tenían algo que no le había visto nunca: una mezcla de orgullo, miedo y deseo en partes iguales.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Lo decidimos juntos —respondí—. Y tú prometiste no cortarme las alas.

Asintió. Me besó en la boca despacio, mordiéndome el labio inferior al separarse, y se apartó dos pasos. La señal acordada. A partir de ese momento, yo era libre. Y él iba a mirar.

***

El primero que se acercó fue un hombre de pelo cano, máscara de zorro plateada, vestido con un esmoquin que olía levemente a cedro. Me invitó a bailar sin decir una palabra. Le di la mano.

Bailaba bien. Demasiado bien. Su mano en mi cintura era firme y conocía el peso exacto, ni demasiado posesiva ni demasiado tímida. Me hizo girar lento, y al volver a mí, su muslo se metió entre los míos y sentí cómo me presionaba justo en el coño, cómo me montaba la pierna despacio para que yo misma me la restregara contra su muslo. Sentí también, por debajo de la tela del pantalón, su polla dura contra mi cadera. Grande. Palpitando.

—No llevas nada debajo —dijo, no como pregunta sino como constatación.

—No.

—Estás empapada. Lo noto en el muslo.

—Lo sé.

—Tu marido es un hombre de suerte.

—Mi marido sabe lo que tiene.

Su mano bajó por mi espalda hasta el nacimiento del culo, me lo apretó fuerte por encima de la tela, y en el mismo movimiento se coló por debajo del vestido y me tocó la piel desnuda. Un dedo suyo se aventuró más adentro, resbaló entre mis nalgas, y encontró el coño abierto por detrás. Me lo acarició sin prisa, dos veces, tres, mientras me sostenía el compás con la otra mano. Yo no me aparté. Le clavé la mirada a través de la máscara y me mordí el labio para no gemirle en la boca.

La pieza terminó. Otro hombre esperaba ya su turno. Y otro detrás. La música continuó. Yo bailaba, bebía, dejaba que las manos resbalaran un poco más bajo cada vez, que los muslos me rozaran, que las miradas me desnudaran. Uno me metió la mano por el escote y me pellizcó un pezón hasta que se me puso duro como una piedra. Otro me lamió el cuello y me dijo al oído que quería vérmelo abrir sobre una mesa. A los veinte minutos había olvidado dónde tenía a Mateo y solo sabía que estaba en algún lugar del salón, mirándome, con la polla dura en el pantalón, tragando saliva.

Una mujer me besó en la oreja durante uno de los bailes. Tenía el pelo rojo y olía a algo cítrico. Me susurró:

—Si quieres ir más lejos, hay salas privadas en el ala oeste. Allí te vas a correr hasta perder el sentido. La elección es tuya.

—¿Tú vas?

—Yo voy donde tú vayas. Y yo también sé usar la lengua.

Me reí. Le di mi mano. Y eché a andar hacia el ala oeste sin mirar atrás.

***

La sala era pequeña, circular, con cojines de terciopelo rojo y un solo ventanal cerrado con celosías de madera labrada. Tres hombres me esperaban dentro, sentados en silencio, máscaras distintas, cuerpos distintos, presencias distintas. Uno de ellos ya tenía la polla fuera, gruesa, oscura, sujetándosela con la mano sin urgencia, esperando. Otro tenía el pantalón todavía abrochado pero se notaba el bulto tenso a punto de reventar la costura. La pelirroja entró conmigo y cerró la puerta con pestillo.

Nadie habló. No hizo falta.

Me bajaron el vestido por los hombros con una lentitud que dolía. La tela cayó hasta la cintura y me dejaron así un momento, expuesta, con los pechos al aire y los pezones tan duros que me punzaban, mientras todos miraban. Yo respiraba hondo. La pelirroja se arrodilló delante de mí y empezó a besarme el vientre, subiendo despacio hasta los pechos. Sentí su lengua, fría primero, caliente después, rodeándome los pezones uno tras otro, y después bajando, bajando, hasta que me abrió las piernas todavía de pie y me dio el primer lengüetazo largo en el coño. Cerré los ojos. Detrás, alguien me bajó el vestido del todo. Quedé desnuda salvo por los tacones y la máscara.

Una mano grande me tomó por la nuca y me giró la cara. La boca de un hombre encontró la mía y me besó como nunca me habían besado, con una violencia controlada que me sacó un gemido de la garganta. Al separarse, me empujó suavemente hacia abajo por los hombros. Me hincaron de rodillas sobre los cojines. Frente a mi cara, tres pollas duras, tres tonos de piel distintos, tres formas distintas. La del centro, la más gruesa, se me acercó a los labios y yo abrí la boca sin que me lo pidieran. Me la metió entera. Me llegó al fondo de la garganta y me hizo saltar los ojos de agua bajo la máscara. La chupé despacio, tragando, dejando que se me cayera la saliva en gruesas hebras hasta los pechos. Con la mano derecha le hice una paja al de mi izquierda; con la izquierda, al de mi derecha. Los tres a la vez. Me pasaba de una polla a otra, se las cambiaba de boca sin dejar de pajearlos, les chupaba los huevos, subía otra vez, se las hundía hasta el fondo. Uno me agarró del pelo por detrás y me marcó el ritmo. Yo lo dejé.

Cuando estaban a punto me apartaron. No querían acabar todavía. Me levantaron entre dos y me tumbaron sobre una otomana de terciopelo. La pelirroja se subió encima de mí en sentido contrario, con su coño depilado justo sobre mi cara, y bajó despacio hasta sentárseme en la boca. Yo la lamí desde abajo, buscándole el clítoris con la punta de la lengua, mientras ella se inclinaba y me hacía lo mismo a mí, más experta que ningún hombre que hubiera tenido nunca. Su lengua sabía exactamente dónde girar, cuándo apretar, cuándo chuparme el clítoris entero como un caramelo. Me arqueé bajo su peso. Ella soltó un gemido ahogado contra mi coño y supe que yo tampoco lo hacía mal.

No puedo contarlo en orden, porque no lo hubo. Fue un coro. Era estar en el centro de cuatro deseos a la vez, sentir que cuatro personas distintas me querían en cuatro lugares diferentes, y dejarme. Uno de los hombres se colocó entre mis piernas abiertas, apartó a la pelirroja lo justo, y de un solo empujón me clavó su polla hasta las pelotas. Grité contra el coño de ella. Grité y ella se apretó más contra mi boca, casi ahogándome. Él empezó a follarme fuerte, con embestidas que me hacían chocar la cabeza contra el terciopelo. Otro hombre me metió su polla en la mano y yo se la pajeé al ritmo del que me estaba follando. El tercero se acercó a mi cara por el otro lado, apartó a la pelirroja un momento, y me la metió en la boca. Estaba siendo usada por los tres a la vez, con la mujer encima chupándome sin descanso, y yo no quería que parara.

Me corrí pronto, demasiado pronto, entre la polla que me atravesaba y la lengua de ella que no me daba tregua. Grité algo, no sé qué, con la boca llena. La voz me salió ronca, irreconocible. Me temblaron los muslos, se me contrajo el coño alrededor de la verga del que me follaba, y él soltó un rugido y siguió embistiéndome más fuerte todavía, a punto de correrse él también. No me dejaron descansar. Me sacaron de la otomana, me pusieron a cuatro patas en el suelo, me acomodaron, me hicieron arquear la espalda, y entonces sentí otra polla, distinta, más gruesa, empujando por detrás. Despacio primero, después con un ritmo que ya no era mío. Me abrió más de lo que estaba acostumbrada. Se me escapó un gemido largo, casi un lamento, y aún así levanté más el culo pidiendo más.

La pelirroja se puso frente a mi cara, se abrió las piernas, y yo la comí con hambre mientras me follaban por detrás. Le chupé el coño empapado, le metí la lengua entera, le hice círculos en el clítoris hasta que se le doblaron las rodillas y me apretó la cabeza contra su vientre. Se corrió sobre mi boca con un temblor largo, mojándome la cara.

El que me estaba follando por detrás salió y le dejó el sitio al tercero, que llevaba media hora esperando. Se me hundió de un golpe. Me quejé. Me dio un cachete en el culo, luego otro, y siguió metiéndomela sin piedad. Otro me agarró del pelo y me metió su polla en la boca otra vez, más profundo esta vez, hasta hacerme arcadas. Yo estaba abierta por los dos extremos, con la pelirroja acariciándome los pezones desde un lado y susurrándome porquerías al oído.

Pensé en Mateo. Pensé que estaba en algún rincón mirándome. Imaginé sus ojos detrás de la máscara plateada, su mano apretando su propia polla dentro del pantalón, su respiración acelerada. Y eso me hizo correrme otra vez, más fuerte, sacudiéndome entera con una polla dentro del coño y otra en la boca, mientras la pelirroja me lamía el cuello y me decía cosas al oído que no entendí.

El de detrás fue el primero en acabar. Se corrió con un gruñido dentro del preservativo, apretándome las caderas hasta dejarme la marca de sus dedos. Salió y el otro ocupó su lugar sin dejarme cerrar las piernas. Me montó por delante, con las piernas mías sobre sus hombros, y me la metió mirándome a los ojos a través de las máscaras. Me embistió hondo, hondo, hondo. El de mi boca sacó la polla, se pajeó dos veces sobre mi cara, y me llenó la barbilla y los pechos de semen caliente en unos chorros gruesos que la pelirroja se apresuró a lamerme. El que me follaba por delante duró menos: dos minutos después se salió, se arrancó el preservativo y me vació también encima, sobre el vientre y el vello del pubis. Y yo me corrí una tercera vez, sin polla dentro ya, solo con los dedos de la pelirroja en el clítoris y el olor a semen fresco en la nariz.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Cuando salí de aquella sala las piernas me temblaban, el coño me palpitaba, tenía semen seco en el vientre y la máscara dorada se me había torcido un poco. Mateo me esperaba al final del pasillo, sin máscara ya, con el pelo revuelto y los ojos enrojecidos.

Me abrazó antes de que pudiera decir nada. Me abrazó tan fuerte que me dolió.

—¿Lo viste? —le pregunté contra su pecho.

—Vi todo lo que necesitaba ver.

Me llevó casi en volandas hasta una sala privada al otro lado del salón. Cerró la puerta con llave. Y me miró como nunca me había mirado antes.

—No te imaginas —dijo, con la voz quebrada— lo que ha sido eso para mí. No te lo imaginas. Me corrí dos veces en el pantalón mirándote, sin tocarme.

—Cuéntamelo.

—Te miré desde el principio. Cómo bailabas. Cómo dejabas que te tocaran. Cómo respondías. Y al principio sentí celos, sí, una rabia que me apretaba la garganta. Pero después de un rato, cuando te vi entrar al ala oeste con esa mujer, algo en mí cambió. Miré por la mirilla. Vi cómo te desnudaban. Cómo te arrodillabas. Cómo te tragabas tres pollas. Cómo te corrías con la lengua de ella encima. Cómo te penetraban a la vez. Y no pude parar de tocarme.

Me besó. Mucho. Me besó en la boca aunque tenía todavía sabor de otros, me besó en el cuello mordiéndolo, en los hombros, en los pechos manchados, como si necesitara reaprender mi cuerpo después de haberlo prestado. Bajó y me lamió el vientre limpiándome el semen ajeno con la lengua, sin asco, casi con reverencia. Me abrió las piernas y me lamió el coño hinchado, ya usado, todavía abierto, y yo me corrí en su boca casi al instante, agarrándole del pelo, temblando.

—Quiero reclamarte —dijo, subiendo a mi altura, desabrochándose el pantalón—. Quiero borrarlos.

—Hazlo. Fóllame como si fuera la primera vez.

Me apoyó contra la pared y entró en mí sin más preámbulo. Yo todavía estaba abierta, todavía sensible, todavía resbaladiza por los otros. No le importó. Embistió fuerte, con una intensidad nueva, una mezcla de deseo y recuperación que me tenía contra la piedra fría del muro. Me levantó una pierna hasta apoyarla en su cadera y así me la clavó más profundo. Me mordió el cuello donde ya me habían mordido otros. Me apretó la garganta sin asfixiar. Me llenó la boca con dos dedos y yo se los chupé mirándolo a los ojos. Me dijo cosas al oído, cosas que solo podía decirme un hombre que acababa de verme con otros y había sobrevivido a esa imagen.

—Eres mía —repetía, embistiéndome—. Eres mía siempre. No importa quién más te toque, quién más te folle, quién más se corra encima de ti. Este coño vuelve a mí. Siempre vuelve a mí.

—Soy tuya —repetía yo, arañándole la espalda por encima de la camisa—. Soy tuya. Soy tuya. Fóllame más fuerte. Vacíate en mí.

Me giró de golpe contra la pared, me hizo apoyar las manos en la piedra, se colocó detrás y me la volvió a meter de un solo empujón, esta vez de pie, doblada hacia adelante. Me tomó por las caderas y me embistió con una furia contenida durante toda la noche. Cada golpe suyo me hacía chocar los pechos contra el muro frío. Yo gemía en voz alta, sin cuidarme ya de nada, deseando que se oyera fuera. Me metió el pulgar en la boca y después me lo pasó por el culo, apretando apenas, y con esa doble sensación, con su polla dentro y su pulgar rozándome por atrás, me corrí una vez más, gritando contra la piedra.

Nos corrimos casi a la vez, apoyados contra esa pared centenaria, jadeando como si hubiéramos corrido kilómetros. Él se vació dentro de mí con un gemido largo, apretándome contra la piedra, mordiéndome el hombro. Cuando recuperé el aliento me di cuenta de que estaba llorando un poco. Mateo también.

***

En el coche de vuelta al hotel, el cielo de Veracruz empezaba a cambiar de azul a naranja. Mateo conducía en silencio, una mano en el volante, la otra en mi muslo, subiendo cada tanto para comprobar que yo seguía mojada por dentro, con su semen y el de otros mezclados escurriéndose lentamente. Yo miraba por la ventana sin verla.

—¿Aceptamos la invitación? —pregunté al cabo de un rato.

Había un sobre nuevo en el asiento trasero. Lo habían entregado al salir. Membresía permanente, cuatro encuentros al año, distintas ciudades, mismas reglas.

Mateo tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo dijo con una calma que me hizo entender que llevaba media hora pensándolo.

—Si quieres, sí. Pero solo si después de cada noche volvemos así, como esta noche. Solo si seguimos volviendo el uno al otro. Solo si después de cada verga que entre en ti, la última en llenarte soy yo.

Le tomé la mano. Se la apreté.

—Trato hecho.

El sol terminó de salir cuando entrábamos en el hotel. Subimos al cuarto, nos duchamos juntos —él me lavó despacio entre las piernas, con los dedos, y yo se la volví a poner dura sin proponérmelo— y nos metimos en la cama sin pretender hacer nada más. Pero al cabo de un rato él me estaba abrazando por detrás, despacio, y sentí su polla otra vez lista, apoyada en mi culo. Me giré hacia él. Le abrí las piernas por encima de las mías. Me la deslizó dentro despacio, tan despacio que sentí cada centímetro, y me folló boca con boca, mirándome a los ojos, sin apuros, sin público, sin máscaras. Yo me corrí sin gritar, apretándome contra él, mordiéndole el labio. Él se corrió dentro casi sin ruido, un gemido rendido contra mi cuello. Y fue, contra todo pronóstico, el mejor momento de toda la noche.

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Comentarios(10)

Pame_404

Increible!!! me quede pegada hasta el final, no podia parar de leer

MartinCba91

Por favor que haya segunda parte, quede con muchisimas ganas de saber como siguio todo

NocheEnBlanco

Esa atmosfera desde el primer parrafo te atrapa. Se siente la tension en cada linea. Muy bien escrito

TaniaMar

jajaja el sobre lacrado me mato de curiosidad antes de empezar!! muy buen gancho

RamiroPlata

Buenísimo. Seguís con un nivel muy alto, esperando el proximo relato

lectora_baires

Me encanto como lo narraste desde adentro, se siente que es algo real. Sigue así!

Ciro_BA

Que relato mas intrigante, me hice mil preguntas mientras lo leia. El final fue un golpe en el estomago (en el buen sentido jaja)

LoboGris77

Hay algo en la palabra Quimera que dice todo sin decir nada... el titulo engancha antes de empezar. Gracias por publicarlo

SandraGba

Me dejo con ganas de mas!! La categoria no decepciona y este especialmente

ElenaB_Mdq

Lo lei dos veces. La segunda mas lento. No es cualquier cosa escribir algo asi

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