Mi mejor amiga embarazada me pidió ayuda esa tarde
Camila estaba ya en la semana 36 cuando todo empezó. Su marido se había ido por trabajo a otra provincia durante una semana entera, y ella no quería quedarse sola en esa casa tan grande. Yo estaba en mitad del receso de la facultad, con las finales rendidas y las vacaciones todavía en pausa, así que le ofrecí quedarme con ella unos días. Iba temprano por la mañana, me volvía a casa de noche, y mientras tanto charlábamos pavadas, mateábamos y matábamos el calor con Netflix.
A veces venía su mamá o su suegra y nos cocinaban algo. Camila mataba el tiempo sin su marido. Yo mataba el tiempo sin Mariana, mi novia, que andaba de gira con su banda por el sur.
Esa tarde estábamos las dos solas en el living. Cuatro de la tarde, un calor de mierda que ni el aire acondicionado a fondo lograba domar del todo. Camila estaba en el sillón grande, con las piernas estiradas y una remera ancha que le llegaba a los muslos. De repente frunció la cara y se llevó las dos manos a los pechos.
—Sofi, me están doliendo un montón. Como si me los apretaran de adentro. No es el dolor de siempre, es peor.
Se notaba que estaba angustiada. Le ofrecí traerle un ibuprofeno, hielo, lo que quisiera. Me dijo que ya había tomado paracetamol y nada. Empezó a moverse incómoda en el sillón, cruzando y descruzando los brazos sobre la panza enorme.
—Llamo a la obstetra y le pregunto qué hago —dijo, y agarró el celular.
La médica la atendió enseguida. Camila le explicó todo: el dolor punzante, la sensación de tener los pechos como dos rocas calientes, las 36 semanas. La doctora la calmó con voz suave y le dio instrucciones claras.
—Mirá, Camila, no es anormal a esta altura del embarazo. Los pechos se están preparando para la lactancia y a veces se acumula calostro y eso genera presión. Lo mejor es que te extraigas un poco para aliviar. En la farmacia te conseguís unas jeringas chiquitas sin aguja, son las más prácticas. Sacás solo lo necesario, no más. Si en dos horas no afloja, llamame. Y si llegás a sentir contracciones, me llamás de inmediato, sea la hora que sea.
La llamada duró diez minutos. Cuando colgó, me miró con cara de no saber para dónde correr. Me dijo que no tenía nada en casa, ni sacaleches, ni jeringas, ni compresas, porque pensaba que todo eso era para después del parto.
—Tranquila, ya voy yo a la farmacia de la esquina —le dije—. Vos no te muevas de ahí.
Me calcé las zapatillas y salí a paso firme. En la farmacia le expliqué a la chica del mostrador lo que necesitaba. Me vendió las jeringas, un sacaleches manual chiquito, un paquete de compresas absorbentes para el pecho y unas almohadillas de gel frío. Pagué y volví en menos de quince minutos.
Camila seguía en el sillón cuando entré, todavía con la cara tirante por el dolor pero más tranquila al saber que llegaba una solución. Le mostré todo lo que había comprado y nos sentamos juntas a leer las instrucciones del prospecto. Había que empezar con un masaje suave.
—¿Querés que te ayude o preferís hacerlo sola? —le pregunté.
—¿Te jode ayudarme? Estoy nerviosa y no quiero lastimarme —contestó con los ojos vidriosos.
—Para nada, para eso estoy.
Nos lavamos las manos y pasamos al dormitorio para que estuviera más cómoda. Camila se sacó la remera sin drama, se quedó en tetas y se sentó en la cama con una toalla debajo. Le hice los primeros masajes y le mostré cómo seguir ella misma. Al principio salían apenas unas gotitas. Camila respiraba aliviada cada vez que aparecía un chorrito un poco más gordo. Cambiamos de pecho a los pocos minutos. No hablamos casi nada, solo «¿te duele menos?» y «sí, ya se siente más blando».
Cuando terminamos —no sacó mucho, lo justo para descomprimir—, le puse las compresas frías y le acerqué un vaso de agua. Guardé las jeringas en una bolsita ziploc dentro de la heladera. Volvimos al living, cebé mate de nuevo y nos quedamos charlando como siempre: de cómo iba a ser cuando naciera el nene, de que el marido ya estaba contando los días para volver, de que yo iba a seguir haciéndole compañía hasta entonces.
Camila se tocó los pechos con cuidado y sonrió por primera vez en toda la tarde.
—Gracias, Sofi. De verdad. No sé qué haría sin vos estos días.
Se le escaparon dos lágrimas y le dije que para eso están las amigas. Lloramos las dos. Después seguimos la tarde como si nada, con una serie en la tele y risas estúpidas, igual que siempre.
***
Llegué a casa pasadas las once. Mi viejo me había ido a buscar. Me duché, me puse el pijama y me tiré en la cama con la luz apagada. Y ahí, sin querer, me empezó a venir el recuerdo de Camila esa tarde. Lo vi clarito: ella sentada en la cama sin la remera, con esa panza enorme y redonda que brillaba un poco por la transpiración, y sus pechos. Dios. Sus pechos.
Estaban inmensos, mucho más grandes que antes del embarazo, llenos, como si se hubieran inflado de golpe. La piel blanca y tirante, con venas azules gruesas que se ramificaban desde el costado hasta el centro como ríos crecidos. Las areolas, enormes, oscuras, dos discos de color chocolate que parecían hinchados. Los pezones parados, gordos, más grandes de lo que recordaba. Tan llenos se veían que con el solo aire del cuarto se notaba cómo temblaban un poco con cada respiración.
Mientras la ayudaba no había sentido nada raro. Solo preocupación. Pero ahora, sola en mi cama, el recuerdo me pegó fuerte, distinto. Me empecé a excitar como una loca. Me imaginé acercándome despacio, sin decir nada, apoyando la boca en uno de esos pechos tibios. Chupando suave al principio, sintiendo cómo salía la leche apenas dulce directo a mi lengua, tragando despacio mientras ella respiraba tranquila. Mi mano en su panza enorme, acariciándola, y mis labios cerrándose más fuerte alrededor del pezón, sacándole más, sintiendo ese gusto raro pero rico, sabiendo que era de ella, de su cuerpo. Todo sutil, sin apuro, como si fuera parte de ayudarla. Me toqué pensando en eso y acabé apretando las piernas, con la boca contra la almohada para no hacer ruido.
***
Al día siguiente volví temprano, como siempre. Llegué a las nueve y media con facturas para el desayuno y mate listo, porque sabía que Camila se levantaba tarde esos días y le encantaba arrancar con algo dulce. Me abrió en pijama, con el pelo revuelto y cara de sueño, pero contenta de verme.
—Sofi, menos mal. Anoche me desperté dos veces con los pechos duros otra vez. No tanto como ayer, pero igual molestaba.
Le dije que no se preocupara, que repetíamos lo de la tarde anterior y listo. Desayunamos en la cocina charlando pavadas: del calor que no aflojaba, de las fotos que el marido le había mandado de su viaje, de que ya extrañaba la casa y a ella. Camila se largó a llorar a mitad de la facturita. Yo le serví más mate y la abracé.
Después fuimos al cuarto. Ella se sacó la remera sin drama, se sentó contra el respaldo y puso la toalla debajo. Yo saqué las jeringas que habíamos dejado en la heladera la noche anterior.
Esta vez salió todo más fácil. Yo ya sabía cómo masajear sin hacerle doler, y Camila se relajó desde el primer movimiento. Empezaron a salir chorritos más constantes, un líquido amarillento, espeso. Cambiamos de pecho cuando uno quedó más blando, y ella suspiraba aliviada cada vez que la presión bajaba.
—Mirá qué loco, Sofi. Ayer eran gotitas y hoy parece que sale más cantidad. La doctora tenía razón, esto me está aliviando un montón.
—Sí, pero también te dijo que puede provocarte contracciones, así que no abuses.
Cuando terminamos, guardamos las jeringas en otra bolsita ziploc. Yo la llevé a la cocina mientras Camila se quedaba sentada en la cama con las compresas frías encima.
Y ahí pasó la cosa.
Puse la bolsita en el estante de la puerta de la heladera, bien a la vista para que no se perdiera entre los frascos. Cerré la puerta despacio. Me quedé parada un segundo, pensando. Volví a abrirla. El líquido se veía más espeso que el del día anterior, como si se hubiera asentado. La luz interna le pegaba de costado y se notaban gotitas condensadas en las paredes del plástico.
Me quedé mirando más de la cuenta. Saqué una jeringa de la bolsa. Pensé en lo de la noche anterior, en cómo me había excitado sola recordando sus pechos, las venas, las areolas oscuras. Y ahora tenía eso ahí, en mis manos: el calostro de Camila, todavía tibio, recién extraído de su cuerpo apenas unos minutos antes. Nadie iba a usarlo por ahora; ella me había dicho que cuando juntara más lo llevaría al freezer, por las dudas, por si después no le bajaba mucha leche. Pero en ese momento, sola en la cocina mientras ella se vestía en el cuarto, el flash me volvió.
Me imaginé inclinar la jeringa apenas, apretar el émbolo, dejar caer una sola gota chiquita en la yema del dedo. Sentir el líquido tibio contra la piel, llevármelo a la nariz, olerlo, mirarlo, y después tragarlo despacio, saboreando ese gusto que era únicamente de ella, de su cuerpo embarazado, de lo que estaba pasando adentro suyo. Nadie se enteraría jamás. Camila estaba en el cuarto, tarareando una canción mientras se ponía una remera limpia. La bolsita seguía ahí, enfriándose contra el frío de la heladera, pero todavía con el calor de su piel encima. Podía hacerlo en dos segundos. Agarrar, probar, cerrar. O no hacerlo. Nadie lo sabría.
Me quedé quieta un rato más, una mano en la manija de la heladera y la otra apretando la jeringa. Después la guardé otra vez en la bolsa, respiré hondo y volví al living como si nada.
Camila ya estaba en el sillón con el mate listo.
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí, todo perfecto. Ya está todo guardado.
Le serví el primer mate y nos pusimos a charlar de nuevo. Pero en mi cabeza, la bolsita seguía ahí, esperando. Ni ella, ni yo misma después, supimos qué hice realmente en la cocina.
***
A la noche, antes de que mi viejo me viniera a buscar, Camila se quejó otra vez. Estábamos en el living comiendo lo que le había dejado la suegra el día anterior cuando se llevó las dos manos al pecho con la cara arrugada.
—Sofi, me están doliendo de nuevo. Como si se me hincharan otra vez. ¿Me acompañás al cuarto antes de que llegue tu viejo?
Le dije que sí y fuimos juntas. Ella se sacó la remera sin pensarlo, se sentó contra el respaldo con la toalla debajo y yo agarré una jeringa nueva. Apreté el émbolo para hacer succión y empecé a tirar suave. Salía más leche que las veces anteriores, chorritos blancos y espesos que se acumulaban en el cilindro transparente.
Y ahí, mientras la miraba, me pegó el flash más fuerte y sucio de los tres días. Eran dos pechos enormes, tan hinchados y pesados que se balanceaban con cada respiración, la piel tirante brillando de transpiración, las venas azules palpitando justo debajo como si tuvieran vida propia, a punto de reventar. Las areolas oscuras, gigantes, con los pezones duros y parados, chorreando gotitas blancas que se deslizaban lentas por la curva inferior, dejando un rastro brillante.
Me imaginé tirándome de rodillas frente a ella, agarrando uno de esos pechos con las dos manos, apretándolo desde la base hasta el pezón para que saliera un chorro tibio directo a mi boca abierta, tragando esa leche dulce con desesperación, sorbiendo mientras sentía cómo me llenaba la garganta y me empapaba la remera. Fantaseé con morderle el pezón hinchado, succionarlo con fuerza, sacarle hasta la última gota mientras mi otra mano bajaba por su panza enorme, acariciándola como si fuera mía, metiéndose entre sus piernas, imaginando que ella las abría más para mí mientras yo seguía mamando, chorreándome la cara entera de leche y saliva, acabando solo con el gusto de su cuerpo en mi lengua.
Pensé en chuparle los dos pechos al mismo tiempo, apretándolos contra mi cara, alternando de uno al otro como una desquiciada, tragando chorros y más chorros hasta que me doliera la mandíbula, imaginando que Camila me sostenía la cabeza con las dos manos y me empujaba más fuerte contra ella, gimiéndome al oído «sí, Sofi, chupá más, vaciame toda». Me vi después escupiéndole la leche de vuelta sobre la panza, embadurnándola entera, frotando mi cara contra sus pechos mojados y bajando a lamerle el sexo embarazado, haciendo lo que jamás me había animado a hacer ni con Mariana, acabando una y otra vez nada más con el hecho de estar usando a mi mejor amiga como mi puta secreta embarazada, chupándole los pechos hasta dejarlos rojos mientras ella confiaba en mí, dejándome ayudarla.
Eran pensamientos enfermos, traicioneros, sucios. Porque era Camila, mi amiga desde la primaria, la que estaba casada, embarazada de casi 37 semanas, confiando en mí como en una hermana, y yo ahí, fantaseando con tragarme su leche mientras me frotaba contra su cuerpo hinchado y acababa como una degenerada. Me dio una culpa brutal, un nudo en la garganta que me ahogaba, calor en la cara, vacío en el estómago, como si de repente me hubiera convertido en la peor persona del mundo por desear algo tan prohibido con ella.
—…y el nene ya patea como loco cuando me acuesto de este lado —dijo Camila de golpe, con esa voz tranquila de siempre, hablando de pavadas como si nada—. Mi marido me mandó un audio hoy diciendo que mañana ya viaja, que llega a la noche.
Su voz normal me cayó como un baldazo de agua fría. Volví a la realidad con la cara caliente y la culpa pesándome en el pecho. Seguí moviendo la jeringa suave, como si no hubiera pasado nada.
Cuando terminamos de sacar de los dos pechos, Camila miró las últimas gotitas que le quedaban en la punta de los pezones. Sin decir nada, se las pasó al dedo índice y se las llevó a la boca. Chupó despacio, probando.
Me quedé mirándola con los ojos bien abiertos, sin reaccionar.
Ella se rió bajito y se encogió de hombros.
—Qué querés que te diga, tenía curiosidad. Leí una nota ayer en el celular, una encuesta de no sé qué página de embarazadas: dice que casi el cuarenta por ciento de las mamás prueban su propia leche o el calostro, para saber qué gusto tiene lo que le van a dar al bebé. No es tan raro, mirá. Yo pensaba que era cosa mía, pero parece que muchas lo hacen.
Nos reímos las dos. Ella relajada. Yo todavía con el corazón a mil por los pensamientos de hacía un instante.
Después juntó otras gotitas que habían quedado en la punta de la jeringa, las pasó al índice y me miró a los ojos sonriendo con esa cara de picardía que tiene siempre. Estiró la mano hacia mí, con la gota brillándole en la yema, y me preguntó bajito, casi como si fuera una travesura más entre nosotras:
—¿Querés probar?