Las fantasías que Clara cumplía cada viernes
Los viernes tenían un sabor distinto al resto de la semana. Salía de la oficina con esa mezcla de anticipación y apetito que me resultaba imposible de disimular, manejaba hasta el barrio de los padres de Clara con la música baja y los pensamientos ocupados en ella. Cuando doblaba la última esquina y la veía esperándome en la puerta, el día que había tenido dejaba de importar.
Ese viernes no fue diferente. Clara estaba apoyada contra el marco de la puerta con un vestido de tirantes azul claro que le llegaba a medio muslo. Ligero, suelto, con un escote generoso que hacía exactamente lo que debía hacer. Se lo había pedido en otra noche, meses atrás, tumbados en la cama después de follar, cuando le contaba en voz baja lo que me gustaba ver. Ella escuchaba con esa atención seria que ponía cuando algo le importaba de verdad, y desde entonces, en nuestras salidas de los viernes, aparecía así.
—Llegaste —dijo, con la comisura izquierda más levantada que la derecha, como siempre.
—Llegué —respondí, y la besé en la mejilla antes de abrir el copiloto.
Se acomodó en el asiento con esa gracia suya, mitad natural y mitad calculada para mí. El vestido se subió lo suficiente cuando cruzó las piernas. No llevaba nada debajo. Lo sabía antes de mirar, pero ver ese triángulo oscuro entre sus muslos me apretó la polla contra el pantalón igual que la primera vez que se lo pedí y ella llegó así sin decir una palabra.
—Estás perfecta —dije, arrancando el motor.
Ella se rio bajito y se acomodó el pelo detrás de la oreja. Tenía esa capacidad de parecer completamente inocente mientras hacía cosas que no lo eran en absoluto, y esa contradicción era parte de lo que me tenía tan ocupado los viernes.
***
Salimos del barrio y tomamos la avenida principal. El tráfico estaba fluido para ser tarde de viernes, y la luz del atardecer entraba sesgada por el parabrisas. Mi mano izquierda en el volante, la derecha la puse sobre su rodilla, sintiendo el calor de su piel a través de nada.
—Tócate —le dije. En voz baja, casi normal, como si pidiera que buscara algo en la guantera.
Clara no dudó. Sus dedos levantaron el dobladillo del vestido y se perdieron entre sus piernas. Escuché su respiración cambiar casi de inmediato: más lenta, más profunda, con un pequeño esfuerzo de control en cada exhalación. Miré de reojo cómo dos de sus dedos abrían los labios de su coño y el del medio se hundía despacio, brillante ya de lo mojada que estaba.
—Ya estaba empapada desde antes de que llegaras —murmuró—. Me toqué en la ducha pensando en esto y no me dejé venir.
La miré otra vez sin soltar el volante. Tenía los labios apenas separados, los ojos fijos en el parabrisas sin ver nada, toda la concentración hacia adentro. El sonido húmedo de sus dedos entrando y saliendo era sutil pero estaba ahí, y el interior del carro se fue cargando de un olor a coño mojado que me puso la verga durísima.
—Métete dos —dije—. Y frotate el clítoris con el pulgar.
Ella obedeció. Vi cómo el vestido se le arremolinaba en la cintura, cómo su mano trabajaba con ese ritmo circular que ella se conocía de memoria, cómo los tendones del cuello se le marcaban cuando apretaba la mandíbula para no gemir alto.
Un semáforo en rojo. Me detuve. Al lado nuestro, un hombre en una camioneta gris miraba su celular sin saber nada. Adelante, dos personas cruzaban la calle con bolsas del supermercado. El mundo seguía su ritmo y Clara seguía metiéndose los dedos en el coño en el asiento del copiloto como si estuviera sola en su cuarto.
—Más despacio —le pedí—. Quiero que llegues al cine con ganas, no reventada. Después me chupas los dedos que tenés ahí adentro.
Ella soltó un sonido entre la risa y el jadeo, sacó los dedos brillantes de su coño y se los llevó a la boca sin apartar los ojos del parabrisas. Los chupó despacio, uno por uno, y después volvió a bajar la mano y aflojó el ritmo. Pero no paró. Eso también me gustaba de ella: que entendiera la diferencia entre obedecer y apagarse.
Para cuando llegamos al estacionamiento del cine, su mejilla derecha tenía ese color que yo sabía reconocer y el asiento del copiloto tenía una mancha húmeda debajo de su culo. Apagué el motor y le tomé la muñeca antes de que bajara.
—¿Te viniste?
—Casi —respondió, con esa honestidad suya que nunca me cansaba—. Me detuve donde me dijiste. Tengo el coño hinchado, Mateo.
—Bien. Así te quiero.
Le pasé el pulgar por el labio inferior, todavía brillante, y ella me lo mordió apenas antes de bajarse del carro.
***
La película no recuerdo cuál era. Compramos bebidas que dejamos a la mitad y elegimos asientos en la última fila, donde la oscuridad era mayor y la pantalla quedaba suficientemente lejos. La sala estaba poco concurrida esa noche: un grupo de adolescentes adelante, una pareja a nuestra izquierda con bastante distancia de por medio.
Cuando las luces se apagaron del todo, mi mano encontró su muslo.
—Abre un poco —susurré.
Clara giró la cara hacia la pantalla y separó las piernas, despacio, sin que nadie pudiera notar nada desde afuera. Mis dedos recorrieron el interior de su muslo sin apuro, tomando su tiempo, hasta llegar al calor que había al final. Estaba empapada, tanto que la piel de la ingle también estaba resbalosa. Froté despacio con dos dedos por toda la raja, arriba y abajo, sintiendo cómo se abría, cómo el clítoris ya estaba duro bajo la yema del pulgar.
—No hagas ruido —le dije al oído—. Si hacés ruido te saco la mano.
Ese fue su mayor esfuerzo de la noche.
Metí el dedo medio hasta el nudillo y ella se tragó un gemido. Añadí el índice y empecé a bombear despacio, curvando hacia arriba, buscando ese punto interno que la volvía loca. El pulgar afuera, en círculos apretados sobre el clítoris hinchado. Despacio primero, con más presión cuando sentí que su cuerpo lo pedía. Clara tenía los dientes apretados y los ojos fijos en la pantalla, pero sus caderas se movían en pequeños arcos hacia mi mano, montándome los dedos con disimulo, traicionándola. En la pantalla explotaba algo, los actores gritaban, y nadie nos miraba.
—Mateo —susurró, casi sin voz—. Me voy a venir.
—Quieta. En silencio.
Me apretó el antebrazo con los dedos y se mordió el labio con fuerza. La sentí contraerse alrededor de mis dedos, apretándolos rítmicamente como si me estuviera chupando la mano desde adentro, su cuerpo atravesado por sacudidas pequeñas que controlaba con un esfuerzo que le tensaba el cuello. El orgasmo llegó en silencio, o casi: un sonido apenas audible se le escapó, mitad suspiro y mitad algo más, y enseguida lo cubrió con una tos breve que no convenció a nadie que la hubiera escuchado de cerca. Sentí el chorro tibio bajarme por la muñeca.
La pareja a nuestra izquierda no se inmutó.
Retiré la mano despacio, con los dedos empapados hasta la palma. Me los llevé a la boca y los limpié uno por uno mientras ella me miraba de costado, la boca abierta, la respiración todavía descompuesta.
—Eres un demonio —dijo en voz muy baja.
—Shhh —respondí, señalando la pantalla con el mentón.
Ella se rio sin sonido, apoyó la cabeza en mi hombro un segundo, y volvió a mirar hacia adelante como si nada. Bajo el vestido, sus muslos seguían pegajosos.
***
Salimos del cine antes del final. Clara caminaba bien, pero yo conocía esa ligereza en sus pasos que aparecía después. La tomé de la mano en el estacionamiento y la besé contra la puerta del carro, largo y sin apuro, con mi mano en su cadera y el ruido de la ciudad alrededor sin importarnos. Ella metió la mano entre los dos y me apretó el bulto por encima del pantalón, midiendo lo duro que estaba.
—Falta lo mejor —le dije al oído—. Y esto ya no aguanta.
Ella apoyó la frente contra mi hombro un segundo, como pesando algo, sin soltarme la polla.
—Ya sé —respondió—. Quiero que me la metas hasta el fondo.
No fuimos directo a casa. Doblé por el camino de tierra que los dos conocíamos bien, ese sendero estrecho entre árboles que de noche estaba oscuro y vacío. El carro crujió sobre el ripio y se detuvo entre dos troncos gruesos. Apagué los faros. El silencio afuera era completo: solo el motor enfriándose y el viento moviendo algo lejos entre las ramas.
—Bájate los tirantes —dije.
Clara los bajó sin apuro. El vestido cayó hasta la cintura y sus tetas quedaron al aire, los pezones ya duros por el fresco de la noche, la areola oscura tensa alrededor. Alargué la mano y le apreté uno con la palma entera, después pellizqué el pezón entre el índice y el pulgar hasta que ella soltó un jadeo corto.
—Bajate del carro.
La saqué y la apoyé contra el capó todavía tibio. Le subí el vestido hasta la cintura de un tirón y le acomodé las piernas separadas con la rodilla. En la oscuridad su culo blanco brillaba apenas, redondo, con el coño hinchado y goteando ya visible entre los muslos abiertos. Me bajé el cierre y saqué la polla dura, latiendo, y me la pasé un par de veces entre sus labios de arriba abajo, empapándola en su propio flujo.
—Metémela ya —murmuró contra el metal del capó—. Por favor.
Entré de un empujón firme, hasta el fondo, y ella exhaló largo, los brazos extendidos sobre el capó. Sentí cómo su coño se cerraba alrededor de mi verga, tibio y apretado, chupándome hacia adentro. Empecé despacio, sacándola casi entera y volviendo a hundirla despacio para que ella sintiera cada centímetro, pero el ritmo subió solo. Las manos en sus caderas, los dedos clavados en la carne, el sonido de mis huevos golpeando contra su clítoris y el de la noche mezclados sin jerarquía.
—Así, así, no pares —repetía—. Más fuerte, Mateo, cógeme más fuerte.
Le agarré el pelo cerca de la nuca y tiré hacia atrás, haciéndole arquear la espalda. Clara no se contuvo ahí afuera. No había nadie que escuchar, y sus palabras salían libres, mezcladas con puteadas y con mi nombre, que ella pronunciaba distinto cuando la tenía adentro. El capó traqueteaba con cada envión. Bajé una mano por su vientre hasta encontrar el clítoris y empecé a frotarlo mientras seguía embistiendo, y ella empezó a temblar entera.
—Voy de nuevo —dijo, con la voz quebrada—. Me vengo otra vez.
—Vení sobre mi verga. Que la sienta apretarte toda.
Y se vino. El coño se le cerró como un puño alrededor de mi polla, apretando en oleadas, y un gemido largo y sucio salió de su garganta sin filtro, largándose por el sendero vacío. Le seguí cogiendo mientras se venía, alargándole el orgasmo, hasta que las piernas empezaron a fallarle contra el capó.
Cambiamos sin hablar, como lo hacen las parejas que se conocen bien. La subí al asiento trasero, me acomodé debajo con el pantalón por los tobillos y ella se sentó a horcajadas encima de mí, las rodillas a los costados de mis caderas, el techo rozándole la cabeza. Se agarró la polla con la mano, se la apuntó al coño y bajó lento, tragándomela entera hasta que el culo tocó mis muslos. Sus manos apoyadas en mi pecho, moviéndose a su ritmo, subiendo hasta la punta y dejándose caer de golpe, el pelo cayéndole hacia adelante y las tetas rebotando frente a mi cara. Me incorporé lo justo para chuparle un pezón, mordiéndolo apenas, y ella aceleró el ritmo montándome como si me quisiera romper.
—Chupámelas —jadeó—. Fuerte.
Le pasé la lengua de un pezón al otro, tirando con los labios, mientras le agarraba el culo con las dos manos y la ayudaba a moverse. El asiento crujía, el vaho de nuestros alientos empañaba los vidrios, y ella me clavaba las uñas en los hombros a cada bajada.
Luego la puse de lado, mi brazo rodeándola desde atrás, la pierna de arriba doblada hacia adelante y la polla entrando por detrás, más profundo así, mi mano libre en su clítoris y mi boca en su cuello. Los dos mirando la oscuridad del parabrisas sin decir nada, solo el sonido húmedo de mi verga entrando y saliendo de su coño empapado y su respiración entrecortada contra el asiento.
—Me voy a venir adentro —le avisé, apretándola contra mí.
—Adentro, todo adentro —dijo—. Lléname.
Aceleré el ritmo, hundiéndomela hasta la raíz, y me vine con un gruñido sordo, descargándole chorro tras chorro dentro del coño mientras ella se apretaba a propósito para exprimirme cada gota. Quedé enterrado hasta el fondo un rato largo, sintiendo cómo mi corrida se mezclaba con su humedad y empezaba a escurrirse por donde entraba mi verga.
Cuando terminamos quedamos quietos en el asiento trasero, el sudor enfriándose despacio, el semen chorreándole por el interior del muslo, el cielo sin luna afuera.
***
Ese sendero tenía historia.
Los primeros meses, cuando éramos más descuidados, la policía nos encontró dos veces. La primera estábamos completamente perdidos en lo nuestro —Clara encima, montándome duro, el carro moviéndose más de lo que debería— cuando los faros de una patrulla iluminaron el interior de golpe. Los dos nos congelamos, ella con mi polla todavía adentro. Luego los golpes en el vidrio.
—¡Documentos!
Nos vestimos a las apuradas, riendo nerviosos y muertos de vergüenza al mismo tiempo, con las bragas de Clara escondidas debajo del asiento y mi corrida todavía escurriéndole por las piernas. El oficial era joven y serio, y revisó mi cédula con cara de quien ha visto demasiadas cosas. Cuando encontró mi apellido, algo cambió en su expresión, muy poco pero lo suficiente para notarlo.
—¿Es familiar del comisario Sandoval? —preguntó.
—Es mi tío —respondí, sin saber todavía si eso ayudaba o empeoraba.
El oficial nos miró a los dos. Miró el carro. Volvió a nosotros.
—Tengan más cuidado —dijo, y nos devolvió el documento.
La segunda vez fue similar. Clara había bajado la cabeza hacia mi regazo y me la estaba chupando cuando la patrulla apareció; alcanzó a sacársela de la boca y a taparme con la camisa un segundo antes de la linterna. El oficial nos reconoció —reconoció el carro, al menos— y el control duró veinte segundos. «Jóvenes, en serio», dijo con cansancio, y siguió camino. Clara volvió a agacharse en cuanto se fueron las luces rojas y terminó lo que había empezado, tragándose todo con los ojos brillantes de risa.
Después de eso, la patrulla pasaba de largo. Habíamos pasado de ser un problema a ser parte del paisaje del sendero. Eso, de algún modo que no era fácil de explicar, nos gustó más que cualquier otra cosa. Seguimos yendo al mismo lugar, con la diferencia de que ya no nos sobresaltaba ninguna luz. La adrenalina la generábamos solos.
***
Esa noche, recostados en el asiento trasero, Clara me preguntó:
—¿Qué más te gusta? ¿Qué no me has dicho todavía?
Era una pregunta que hacíamos a turnos, en noches como esa, cuando la guardia bajaba del todo y las palabras salían más fácil. Ella tenía la mano perezosa sobre mi polla blanda, jugando con ella distraída.
—Me excita saber que me estás mirando mientras yo te miro —dije—. No solo que te toques: que seas consciente de que te estoy viendo abrirte el coño para mí. Ese detalle es lo que cambia todo.
Clara procesó eso en silencio durante un momento.
—¿Y si hubiera alguien más mirando?
—Me gusta imaginar que podría haberlo —respondí—. Que estamos en un lugar donde nadie debería vernos coger, pero alguien podría. Ese borde entre lo privado y lo expuesto es lo que me mueve.
Ella asintió despacio. Luego dijo:
—¿Quieres que yo también te cuente?
—Siempre quiero.
Y me contó. Cosas de antes de mí, contadas con esa calma suya que las hacía sonar más crudas, no menos. Una mano de un tipo casi desconocido que entró bajo su ropa en el asiento trasero de un auto prestado, tarde de noche, que le abrió las bragas y le metió dos dedos en el coño hasta hacerla venirse en silencio, y que ella no retiró en ningún momento. Un beso que no debió pasar en una reunión de amigos de amigos, en la cocina de un departamento con gente en la otra habitación, que terminó con ella arrodillada chupándole la verga a un tipo del que no recuerda el nombre y tragándose la corrida de pie contra la heladera. La certeza de que un hombre la miraba masturbarse por debajo del agua en una piscina, sin que ella hiciera nada para evitarlo ni para provocarlo, solo dejándose los dedos entre las piernas y sosteniéndole la mirada mientras se venía apoyada en el borde.
No eran historias de acción sino de tensión. De ese espacio justo antes de que algo ocurra, aunque acá lo que venía después también era jugoso.
—Eso también me excita —dije, sintiendo que la polla se me empezaba a llenar otra vez bajo su mano—. Que lo hayas vivido antes de conocerme. Que seas esa persona y no lo parezca desde afuera.
Ella se rio, pero era una risa genuina, sin ironía, y me apretó la verga que ya volvía a endurecerse.
—No parezco muchas cosas que soy.
—Lo sé. Por eso estamos en este carro a esta hora con vos toda llena de mi corrida.
La besé en la cabeza. Mi mano fue a su muslo y de ahí a su coño, todavía tibio, todavía resbaloso por dentro, y metí dos dedos sin esfuerzo. Ella abrió las piernas para dármelo mejor y suspiró.
—El mes que viene quiero probar algo diferente —le dije, sin sacar los dedos—. Que vayas a algún bar sola. Que yo llegue después. Que nadie sepa que estamos juntos. Que dejes que otro te invite un trago, que te ponga la mano en la pierna, y que yo te vea desde la barra.
Clara lo consideró en silencio durante varios segundos, moviendo la cadera contra mis dedos.
—¿Y si alguien me habla y me pone la mano más arriba?
—Lo dejás un rato. Después aparezco yo y te llevo al baño y te cojo contra la puerta con él afuera preguntándose dónde te fuiste.
Ella se mordió el labio inferior, pesando la idea, y su coño apretó mis dedos con fuerza.
—Está bien —dijo, con la voz otra vez espesa—. Pero me eliges la ropa tú. Y sin bragas.
—Por supuesto. Sin bragas.
Se dio vuelta encima de mí, me agarró la polla ya dura del todo y volvió a metérsela, esta vez despacio, cerrando los ojos, empezando a moverse con calma sobre mí como si tuviéramos toda la noche por delante. Y la teníamos.
Afuera, el viento movió las ramas una vez y volvió a quedarse quieto. Ninguno de los dos tenía apuro por arrancar el carro. Los viernes siempre terminaban así: con algo pendiente para la siguiente semana, una promesa sin fecha que lo mantenía todo encendido entre nosotros.