Ayudé a mi amiga embarazada y algo cambió en mí
Era el final del verano. Sofi estaba de 36 semanas y su marido se había ido diez días a una capacitación en el norte, así que yo me quedé haciéndole compañía durante esa semana. Llegaba temprano, me quedaba todo el día y volvía a casa cuando ya oscurecía. Era tranquilo y lindo, la verdad: mate, series, charlar de cualquier cosa mientras ella buscaba una posición cómoda en el sillón con esa panza que ya no le dejaba hacer nada con facilidad. Sofi y yo nos conocíamos desde los diez años. Éramos el tipo de amigas que no necesitan explicar nada, que se quedan calladas sin que sea incómodo.
Ese martes en particular estábamos las dos en el living. Era tarde, casi las cinco de la tarde, y hacía ese calor húmedo que solo toleras con el aire acondicionado a fondo. Sofi estaba tirada en el sillón grande, con una remera ancha y las piernas estiradas sobre la mesita, cuando de repente frunció la cara y se llevó las manos al pecho.
—Caro, me está doliendo como loco. No es el dolor de siempre. Es otra cosa, como si me apretaran desde adentro.
Se le notaba la angustia de verdad. Me senté a su lado y le pregunté si quería algo: una bolsa de hielo, un ibuprofeno, lo que fuera. Me dijo que no, que ya había tomado paracetamol y no le había hecho nada. Empezó a moverse incómoda, cruzando y descruzando los brazos, sin saber bien qué hacer con las manos.
—Llamo a la obstetra —dijo, y agarró el teléfono.
La médica la atendió enseguida. Sofi le explicó todo: el dolor fuerte, los pechos duros y pesados, las 36 semanas. La doctora la calmó y le habló claro:
—Mirá, Sofía, esto puede pasar a esta altura. Los pechos se están preparando para la lactancia y a veces el calostro se acumula y genera presión. Lo mejor que podés hacer es extraerte un poco para aliviar. En la farmacia conseguís jeringas sin aguja, especiales para eso. Sacate un poquito cada vez que moleste, no hace falta vaciarlos. Las jeringas las guardás en una bolsa hermética y las congelás. Después ponete paños fríos. Si en dos horas no baja el dolor, me llamás. Y si sentís contracciones, me llamás de inmediato, a la hora que sea.
Cuando colgó, Sofi me miró con cara de no saber por dónde empezar. No había comprado nada de eso todavía: ni jeringas, ni sacaleche, ni nada, porque pensaba que todo eso era para después del parto.
—Tranquila —le dije—. Yo voy a la farmacia ya. Quedate quieta.
Me puse las zapatillas, agarré la billetera y salí caminando rápido. En la farmacia le expliqué a la chica del mostrador lo que necesitaba. Me vendió las jeringas, un sacaleche manual pequeño y unas almohadillas de gel frío. Pagué y volví en menos de veinte minutos.
Sofi seguía en el sillón. Tenía mejor cara solo de verme entrar con la bolsa. Leímos las instrucciones juntas sobre la mesa ratona: había que empezar con un masaje suave en movimientos circulares antes de usar la jeringa.
—¿Querés que te ayude o preferís hacerlo sola? —le pregunté.
—¿Te jode ayudarme? Estoy nerviosa y no quiero hacerlo mal y que me duela más.
—Para nada. Para eso estoy.
Nos lavamos las manos y nos fuimos al dormitorio para que estuviera más cómoda. Sofi se sacó la remera, se quedó sin corpiño y puso una toalla doblada debajo. Yo le masajeé los pechos despacio, siguiendo las instrucciones, y le mostré cómo tenía que sostener la jeringa. Al principio salían gotitas pequeñas. Cada vez que salía un chorrito más fluido, Sofi largaba el aire lentamente.
—Ya se siente más blando —dijo.
Cambiamos de pecho después de un rato. Casi no hablamos: solo «¿duele menos?» y «sí, ya está mejor». Cuando terminamos, le puse las almohadillas frías y le traje agua. Guardé las jeringas en una bolsa hermética y la dejé en el estante de la puerta de la heladera. Después volvimos al living, abrimos el mate de nuevo y seguimos la tarde como siempre: hablando de cómo iba a ser cuando naciera el nene, de cuánto extrañaba Sofi a su marido, de las cosas que yo le seguiría ayudando mientras él volvía.
Se tocó los pechos suavemente y sonrió por primera vez en toda la tarde.
—Gracias, Caro. De verdad. No sé qué haría sin vos estos días.
Se le aguaron los ojos. Le dije que para eso estaban las amigas. Lloramos las dos un minuto, de esas veces que llorás sin saber bien por qué, de agradecimiento y alivio mezclados. La tarde siguió igual que siempre: una serie en la tele y chistes de pavadas, como si nada hubiera pasado.
***
Llegué a casa ya de noche. Me duché, me puse el pijama y me tiré en la cama con la luz apagada.
Y ahí, sin querer, me vino el recuerdo.
Sofi sentada en la cama sin remera. La panza enorme y redonda que le brillaba un poco por el calor. Sus tetas, mucho más grandes de lo que yo recordaba de antes del embarazo, hinchadas, pesadas, con la piel blanca y tensa, y venas finas azules que se marcaban desde los costados hasta el centro como ríos delgados que iban a morir en esas areolas oscuras, anchas, de un marrón casi violáceo. Los pezones parados, gruesos, más largos de lo habitual, brillando todavía con una gotita de calostro colgando de la punta.
En el momento en que la estaba ayudando, no sentí nada raro. Solo era concentración, preocupación de amiga. Pero ahora, sola en mi cuarto con el ventilador girando despacio, ese recuerdo me llegó de otra manera completamente distinta.
Me metí la mano abajo de la bombacha sin pensarlo. Ya estaba mojada. El coño me latía apenas cerré los ojos y volví a ver esos pezones goteando. Pasé los dedos por encima del clítoris, primero despacio, en círculos, y solté un gemido bajito contra la almohada. Me imaginé inclinándome hacia ella sin decir nada, apoyando la boca en una de esas tetas llenas y calientes, cerrando los labios alrededor del pezón grueso, chupando fuerte hasta sentir el primer chorro tibio golpeándome contra el paladar. La leche dulce bajándome por la garganta mientras seguía succionando sin apuro, con la lengua envolviendo el pezón, mordiéndolo apenas con los dientes para que largara más.
Metí dos dedos en el coño y arqueé la espalda. Estaba tan mojada que se escuchaba el ruido. Me imaginé mi otra mano apoyada en la panza redonda de Sofi, acariciándola despacio, bajando por el pubis hinchado, abriéndole las piernas mientras seguía prendida a la teta. Chupando de un lado, después del otro, alternando, con la barbilla empapada de leche y saliva. Sofi respirando fuerte, dejándome hacer, con las manos enredadas en mi pelo, apretándome contra su pecho para que no parara.
Me froté el clítoris más rápido, los dedos hundidos hasta el nudillo, cogiéndome sola pensando en el gusto del calostro, en el peso de esas tetas cargadas contra mi cara, en cómo se sentiría chuparle también el coño después, bajarle la bombacha, meterle la lengua entre los labios hinchados por el embarazo, hacerla acabar con la panza enorme temblando encima mío. Me vine mordiendo la almohada, con las piernas apretadas y el cuerpo entero sacudiéndose, un gemido ahogado saliéndome desde el fondo de la garganta. Se me contrajo el coño alrededor de mis dedos tres, cuatro veces, y quedé tirada boca arriba, jadeando, con la mano empapada y el pecho subiendo y bajando.
Después me quedé mirando el techo un rato largo, sintiéndome extraña. No mal, exactamente. Solo extraña. Como cuando te pasa algo que no tenías previsto y no sabés bien dónde guardarlo.
***
Al día siguiente volví temprano, como siempre. Traje facturas para el desayuno porque sabía que Sofi se levantaba tarde esos días y le gustaba arrancar con algo dulce. Me abrió la puerta todavía en pijama, con el pelo revuelto y cara de sueño, pero contenta de verme.
—Menos mal que viniste. Me desperté dos veces en la noche con los pechos duros otra vez. No tanto como ayer, pero igual molesta.
Le dije que no se preocupara, que repetíamos lo de ayer y listo. Desayunamos en la cocina charlando de pavadas: del calor que seguía sin aflojar, de que su marido le había mandado fotos del viaje y que ya estaba desesperado por volver.
Después nos fuimos al cuarto. Igual que la vez anterior. Sofi se sacó la remera sin drama, se sentó con la espalda apoyada contra el respaldo y puso la toalla. Yo saqué las jeringas de la bolsa hermética.
Esta vez salió más fácil. Yo ya sabía exactamente cómo masajear para que no le doliera, y Sofi se relajó desde el primer movimiento. Le apreté las tetas con las dos manos, empujando hacia el pezón, y salieron chorritos más constantes ahora, un líquido amarillento y espeso que se acumulaba rápido en el cilindro transparente. El pezón se le puso duro entre mis dedos, y yo tuve que respirar hondo y bajar la vista, concentrarme en la jeringa, no pensar en cómo se sentía esa carne tibia e hinchada contra las yemas.
—Mirá qué loco, Caro. Ayer eran gotitas y hoy hay mucho más —dijo, mirando la jeringa con curiosidad.
—Sí, pero acordate de lo que dijo la médica: no lo hagas demasiado seguido.
Cuando terminamos, le dejé las almohadillas frías y fui a la cocina mientras ella se quedaba un rato en el cuarto descansando.
Abrí la heladera. Puse la bolsa en el estante de la puerta, al lado de la de ayer. Cerré despacio.
Me quedé parada ahí, con la mano todavía en la manija.
Volví a abrir.
El líquido se veía más espeso que el del día anterior. La luz de la heladera lo iluminaba de costado y se notaban unas gotitas condensadas en el plástico. Había algo en ese detalle, en el color amarillento y denso, que me hizo quedarme mirando más tiempo del que debía.
Saqué una jeringa. La sostuve en la mano. Pensé en cómo me había cogido sola la noche anterior en mi cama, en cómo me había mojado entera imaginándome chupándole las tetas a Sofi, y sentí el coño empezar a mojarse otra vez, ahí parada en la cocina, con la bombacha ya húmeda. El pezón se me endureció bajo la remera. Tenía eso en mis dedos: el calostro de Sofi, todavía con el calor del cuerpo, recién extraído. Nadie lo iba a usar todavía. Ella lo iba a congelar cuando tuviera más acumulado.
Miré hacia el pasillo. Escuché el agua de la canilla del baño. Sofi se estaba lavando.
Apreté el émbolo. Una gota gruesa y amarilla cayó en la yema de mi dedo índice. Me la llevé a la boca antes de pensarlo dos veces. Tibia. Dulce. Con un fondo salado que se me quedó pegado a la lengua. Se me apretaron los muslos solos. Apreté otra vez el émbolo, dejé caer un chorrito directamente sobre la lengua, cerré los ojos y tragué. Sentí el pulso latiéndome fuerte en el clítoris, la bombacha empapada, las mejillas ardiendo. Fue un segundo. Dos. Después metí la jeringa en la bolsa como si nada, cerré la heladera de golpe y respiré hondo, apretando los muslos uno contra el otro para calmar el temblor de abajo.
Cuando volví al living, Sofi ya estaba sentada con el mate listo.
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí, todo guardado.
Le serví el primer mate y seguimos charlando. Pero en algún rincón de mi cabeza, la imagen de esa bolsa en la heladera no se iba del todo. Ni el gusto todavía pegado en la lengua. La tenía ahí, fija, como cuando escuchás una canción que no podés sacar de la cabeza aunque quieras.
***
Esa misma noche, antes de que viniera mi hermano a buscarme, Sofi se quejó de nuevo. Estábamos en el living terminando de cenar algo que nos había dejado su suegra cuando se tocó el pecho con cara de molestia.
—Caro, me está cargando de vuelta. ¿Me acompañás al cuarto un segundo antes de que vengas?
—Obvio, vamos.
Nos fuimos las dos al dormitorio. Ella se sacó la remera, se sentó en la cama con la toalla debajo y yo agarré la jeringa. Lo hice como ya sabía: masajear primero en circular, después acercar la punta al pezón, tirar despacio del émbolo. Salía más leche que antes. Chorritos blancos y más espesos que los de la tarde, acumulándose en el cilindro. Le acuné las tetas con las manos, sintiendo el peso, la temperatura, la piel tensa. El pezón se le hinchaba entre mis dedos cada vez que apretaba la base, y yo tenía la boca a diez centímetros, respirando ese olor a leche tibia y piel de embarazada, con la garganta seca y el coño empezando a latirme otra vez debajo del pantalón.
Y ahí, mientras lo hacía, me vino el pensamiento más fuerte de todos los que había tenido en esos días.
No lo busqué. Llegó solo, como siempre llegan las cosas que uno no pide.
Me imaginé mandar todo a la mierda, tirar la jeringa al piso, inclinar la cabeza los últimos centímetros y prenderme de ese pezón grueso con la boca abierta. Cerrar los labios ahí, chupar fuerte, sentir el primer chorro tibio golpearme el paladar y tragar sin dejar de succionar. Pasar al otro pecho, dejarlo empapado de saliva, volver al primero, chupar hasta vaciarlo. Sofi quieta, respirando, con los ojos cerrados. Mis dedos bajándole el pantalón del pijama, metiéndose por debajo de la bombacha, tocándole el coño ya mojado. Meterle dos dedos despacio, sintiéndolo apretado y caliente, cogiéndola con la mano mientras seguía prendida a la teta. El peso de ese cuerpo embarazado, la panza enorme temblando cada vez que respiraba más fuerte, los pezones goteando calostro en mi cara mientras la hacía acabar con los dedos hundidos hasta el fondo.
Era un pensamiento sucio y traicionero, lo sabía perfectamente. Sofi era mi amiga desde el colegio primario, la que siempre estuvo, la que me llamó cuando me dejó mi primer novio y se quedó dos horas en el teléfono sin decir casi nada, solo escuchando. Estaba embarazada de casi nueve meses, estaba casada con un tipo que la adoraba, y me estaba confiando algo íntimo y físico con la misma naturalidad con la que le pedirías a alguien de confianza que te alcanzara un vaso de agua. Y yo ahí, en su dormitorio, con la bombacha empapada y ganas de comerle el coño a mi mejor amiga preñada.
Sentí culpa. Calor en la cara. Un nudo en la garganta que apretaba y no aflojaba. Y las tetas duras debajo de la remera, con los pezones erectos rozándome la tela cada vez que me movía.
—El nene patea como loco cuando me acuesto de este lado —dijo Sofi de repente, con su voz de siempre, tranquila, ajena a todo—. Mi marido mandó un audio hoy diciendo que mañana sale, que llega mañana por la noche. Ya está desesperado por volver.
Su voz me trajo de vuelta de un tirón. Seguí moviendo la jeringa suave, como si nada hubiera pasado adentro de mi cabeza.
Cuando terminamos de extraer de los dos pechos, Sofi miró las últimas gotitas que habían quedado en la punta de su pezón. Sin decir nada, se pasó el dedo y se lo llevó a la boca. Chupó despacio, con los labios cerrados alrededor de la yema, sacando el dedo brillante de saliva.
Yo la miré sin moverme, con los ojos bien abiertos, sintiendo cómo se me apretaba todo abajo.
Ella largó una risa chiquita y se encogió de hombros.
—Tenía curiosidad. Leí algo ayer en un grupo de embarazadas: resulta que casi la mitad de las mamás prueban su propia leche antes del parto, para saber qué gusto tiene lo que le van a dar al bebé. Dice que no es tan raro. Yo pensaba que era una cosa mía.
Nos reímos las dos. Ella más relajada y liviana, yo con el corazón latiendo tan fuerte que estaba segura de que se escuchaba, con el coño mojado y los muslos apretados uno contra el otro.
Después juntó otras gotitas que habían quedado en la punta de la jeringa, las pasó al dedo índice y me miró a los ojos. Sonreía con esa cara de picardía que le conozco desde que éramos chicas, la misma que ponía cuando me proponía hacer algo que no debíamos.
Extendió la mano hacia mí, con la gota brillando en la yema, y me preguntó bajito, casi en secreto:
—¿Querés probar?
Me quedé inmóvil un segundo. El ventilador giraba despacio. Afuera, un auto pasó por la calle.
Nunca le dije lo que había pensado esos días. Nunca le dije que me había cogido sola en mi cama pensando en sus tetas, ni que había probado el calostro a escondidas de la heladera, ni que en ese momento tenía la bombacha empapada mirándole el dedo. Sofi no tenía idea de nada de eso. Solo me estaba ofreciendo algo con la misma naturalidad de siempre, sin ninguna carga detrás.
Pero yo sí sabía todo lo que había pasado del otro lado.
No acerqué el dedo. Bajé la cabeza y cerré los labios directamente alrededor de la yema del suyo. Chupé despacio, envolviéndole el dedo con la lengua, arrastrando la gota tibia hacia el fondo de mi boca sin soltarlo. Le lamí la yema, después la uña, y solo entonces la solté con un beso chiquito en la punta. Le miré los ojos todo el tiempo. Sofi se quedó con la boca entreabierta, sin decir nada, con el dedo brillando de mi saliva a diez centímetros de su cara y las tetas todavía al aire, los pezones parados apuntándome de frente.
—Está bueno —dije, con la voz más baja de lo que hubiera querido—. Muy bueno.
Se le encendieron las mejillas. Se rió, pero fue una risa distinta, más lenta, más nerviosa, sin ganas de romper el silencio del todo. Se pasó la lengua por el labio de abajo y me miró un segundo largo antes de agarrar la remera. No se la puso. La dejó apoyada en la falda, con las tetas hinchadas todavía a la vista y una gota nueva formándose en el pezón izquierdo.
—Caro —dijo, casi susurrando—. ¿Querés más?
No le contesté con palabras. Me acerqué despacio en la cama, apoyé la mano en su hombro para que se recostara contra el respaldo y me incliné sobre ella. Le miré la teta un segundo, ese pezón grueso, oscuro, con la gota amarillenta colgando de la punta. Después bajé la cabeza y me lo metí en la boca.
Sofi soltó un gemido bajito, sorprendida, y me apoyó la mano en la nuca. No me apartó. Al contrario: me apretó suave contra su pecho. Cerré los labios alrededor del pezón y chupé despacio. Sentí el primer chorro caliente llenarme la boca, dulce y espeso, y lo tragué sin dejar de succionar. Chupé otra vez. Y otra. Sofi respiraba fuerte, con la cabeza apoyada contra la pared, los ojos cerrados, la panza enorme subiendo y bajando debajo de mi cara.
—La puta madre, Caro —susurró—. Se siente distinto a la jeringa. Se siente… mierda.
Le pasé la lengua alrededor de la areola, mordí apenas el pezón con los labios, tiré despacio hacia arriba y volví a chupar. La leche me chorreaba por la comisura de la boca, me caía en la mano que tenía apoyada sobre su otra teta. Le apreté ese pecho con los dedos, empujando hacia el pezón, y salió otro chorro que me mojó la barbilla. Cambié de lado. Le prendí la boca al otro pezón, chupé fuerte, sentí cómo se hinchaba entre mis labios y cómo empezaba a bajar la leche también de ese lado.
—No pares —me pidió, con la voz temblando—. Por favor, no pares.
Le subí la mano por el costado, se la pasé por el cuello, después por el otro pecho. Sofi tenía los pezones tan sensibles que cada vez que le rozaba uno con los dedos se le escapaba un gemido nuevo. Le solté la teta un segundo, con los labios brillando de leche, y le miré la cara. Tenía las mejillas encendidas, los labios entreabiertos, los ojos cerrados. Su mano seguía en mi nuca, apretándome, pidiéndome que volviera.
Volví. Le chupé una teta, después la otra, alternando, tragando cada chorro sin apuro. Le acaricié la panza redonda con la mano libre, sintiendo la piel estirada, tibia, y bajé despacio hasta el elástico del pantalón del pijama. Me quedé ahí, con los dedos apoyados sobre la tela, esperando. Sofi abrió los ojos, me miró y asintió apenas con la cabeza.
Le metí la mano por dentro del pantalón. Después por dentro de la bombacha. Tenía el coño empapado, los labios hinchados, gruesos por el embarazo, calientes. Le pasé los dedos por encima del clítoris, en círculos suaves, y Sofi gimió tan fuerte que se tapó la boca con la otra mano.
—Chupame, Caro —me pidió entre dientes—. Chupame la teta y tocame. No pares.
Le prendí la boca de vuelta al pezón y le hundí dos dedos en el coño. Estaba tan mojada que entraron sin ninguna resistencia. Sentí las paredes calientes apretándome los dedos, contrayéndose despacio. La cogí con la mano moviendo los dedos adentro, entrando y saliendo, mientras seguía chupándole la teta y tragándome la leche que no dejaba de bajar. Le pasé el pulgar por el clítoris, en círculos, sin dejar de mover los dedos adentro.
Sofi arqueó la espalda, con la panza gigante temblando encima mío. Se llevó las dos manos a la boca para no gritar. La sentí apretarse alrededor de mis dedos, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, y en unos segundos se vino con un temblor que le sacudió el cuerpo entero. El coño se le cerró en espasmos alrededor de mis dedos, tres, cuatro, cinco veces, y las tetas se le pusieron duras, largando otra gota caliente que me cayó directamente en la lengua justo cuando volví a prenderme del pezón para chupar la última bajada.
Se quedó jadeando, con los ojos cerrados, la mano todavía apoyada en mi nuca. Yo saqué los dedos despacio y los subí. Estaban brillando, empapados, pegajosos. Me los llevé a la boca sin pensarlo, uno primero, después el otro, chupándolos delante de ella. Sofi abrió los ojos justo a tiempo para verme, y se mordió el labio.
—Vení —me dijo bajito—. Vení acá.
Me tiró de la remera hasta que quedé sentada arriba de ella, con las piernas abiertas a los costados de su cadera, cuidando la panza. Me sacó la remera de un tirón. Yo no tenía corpiño. Se me quedó mirando las tetas un segundo, después me apoyó las manos en la cintura y me subió hasta que le quedé sentada casi encima del pecho. Se estiró y me chupó un pezón. Después el otro. Suave, con la punta de la lengua, mordiéndolos apenas.
—Me toca a mí —susurró.
Me bajó los pantalones y la bombacha de un tirón, ahí mismo, con la torpeza del embarazo y la urgencia. Yo me acosté a su lado, boca arriba, y Sofi se dio vuelta como pudo con la panza, se acomodó de costado, y me metió la mano entre las piernas. Me pasó dos dedos por el coño y encontró todo empapado.
—Mirá cómo estás —me dijo al oído, con la voz ronca—. Toda esta tarde estuviste así, ¿no? Cuando me sacabas la leche.
—Sí —admití, con los ojos cerrados—. Toda la tarde. Todos los días.
Me metió los dedos adentro y empezó a cogerme despacio, hundiéndolos hasta el fondo. Con la otra mano me buscó el clítoris. Yo le agarré una teta y me acerqué la cabeza para chupársela otra vez, y ahí quedamos: ella cogiéndome con los dedos, yo prendida a su pezón chupando la leche que seguía bajando, gimiendo contra su piel cada vez que me tocaba el clítoris con el pulgar.
Me vine en menos de un minuto. Fuerte, con el coño apretándose alrededor de sus dedos, la boca todavía llena de leche tibia, las piernas temblando, un gemido largo saliendo contra su teta. Sofi no sacó los dedos. Los dejó ahí adentro, quietos, sintiendo cómo me contraía alrededor de ella. Después los sacó despacio y se los llevó a la boca, chupándolos igual que yo había hecho con los míos.
Nos quedamos así un rato, sin hablar, respirando, tiradas de costado en la cama. Ella con la panza gigante entre nosotras, yo con la barbilla y el pecho manchados de leche seca, las dos empapadas de sudor. El ventilador giraba despacio arriba nuestro.
—No podemos contar esto nunca —dijo al fin, sin abrir los ojos.
—Nunca —contesté.
—Pero mañana… —empezó, y se calló.
—Mañana —dije yo—, todavía te va a doler.
Se rió bajito, con los ojos cerrados. Me acarició la mejilla con la mano que tenía libre.
Después me levanté, junté las jeringas del piso, guardé todo en la bolsa hermética. Le ayudé a ponerse la remera. Nos limpiamos como pudimos con la toalla. Cuando volvimos al living, mi hermano ya estaba tocando el timbre. Sofi me abrazó en la puerta, largo, sin decir nada, y me apretó fuerte contra su panza.
Esa noche, de nuevo en mi cama, no supe bien qué nombre ponerle a lo que me estaba pasando. Solo supe que algo había cambiado, y esta vez sabía exactamente en qué momento.