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Relatos Ardientes

El juego que mi marido planeó en secreto para mí

Desperté con un cosquilleo en la nuca, ese tipo de sensación que precede a las cosas que no puedes controlar. Marcos ya no estaba a mi lado. En su lugar, sobre la almohada, había un sobre color marfil con mi nombre escrito en una letra que no reconocí. Dentro, una tarjeta con una dirección en el casco viejo, una hora —las nueve de la noche— y una sola frase: «Lo que viste en la galería fue solo el comienzo. Esta noche, tú decides hasta dónde».

Me quedé sentada en la cama, con la tarjeta entre los dedos, sintiendo cómo el pulso se me aceleraba. ¿Era Marcos quien estaba detrás de esto? ¿O aquel hombre de la galería de arte, el que me había sostenido la mirada demasiado tiempo frente al cuadro de Schiele, había decidido dar un paso más? La incertidumbre me provocaba algo parecido al vértigo. No miedo. Algo más caliente que el miedo.

Pasé el día sin poder concentrarme en nada. Cada vez que miraba el reloj, sentía una descarga en el estómago. A las siete me metí en la ducha y dejé que el agua caliente me recorriera durante largo rato, como si pudiera lavarme la ansiedad. No funcionó. A las ocho empecé a vestirme con una deliberación que rozaba lo ceremonial.

Elegí una falda larga de seda negra con una abertura lateral que llegaba hasta el muslo. Un corsé de encaje oscuro que me comprimía la cintura y dejaba el nacimiento de mis pechos al descubierto, apenas contenidos por la tela. No me puse ropa interior. Quería sentir el roce de la seda directamente contra la piel, quería que cada paso me recordara adónde iba y lo que podía pasar cuando llegara.

Me miré en el espejo del recibidor antes de salir. La mujer que me devolvió la mirada tenía los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Parecía alguien a punto de cometer un error hermoso.

***

La dirección me llevó a un antiguo teatro reconvertido en club privado. La fachada no tenía ningún cartel, solo una puerta de madera oscura con una aldaba de bronce en forma de máscara. Llamé dos veces. La puerta se abrió sola.

El interior olía a cera quemada y a madera vieja. La oscuridad era casi completa, apenas interrumpida por hileras de velas negras dispuestas a lo largo de un pasillo estrecho. Un hombre con una máscara veneciana apareció a mi lado sin hacer ruido y me ofreció el brazo.

—La están esperando en el palco —dijo en voz baja, y me guió escaleras arriba sin añadir nada más.

El palco estaba cerrado por cortinas de terciopelo granate. El hombre las descorrió lo justo para que yo pasara y desapareció. Tardé unos segundos en acostumbrarme a la penumbra. El espacio daba a un escenario vacío, iluminado por un único foco cenital que no alumbraba nada. Pero el escenario no era lo importante.

Lo importante estaba sentado en un sillón de cuero al fondo del palco.

Era Marcos. Pero no el Marcos que desayunaba conmigo cada mañana, no el que se quedaba dormido viendo documentales en el sofá. Este Marcos llevaba un traje oscuro que le marcaba los hombros, sostenía una copa de coñac con la calma de alguien que lleva horas esperando, y me miraba con una intensidad que no le conocía. O que llevaba mucho tiempo sin ver.

—Siéntate, Adriana —dijo. Su voz tenía un tono grave, una autoridad nueva que me hizo apretar los muslos de forma involuntaria—. No soy el único que te observa esta noche.

Señaló hacia el fondo del palco. Detrás de una celosía de madera tallada, se adivinaban dos siluetas inmóviles. Hombres. Observando. Entendí el juego de golpe: Marcos había diseñado todo aquello. La nota, la dirección, la puesta en escena. Pero no estaba solo en esto. Había invitado a alguien más, y ese alguien estaba detrás de la celosía, esperando su turno.

El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que podían oírlo desde las sombras.

—Marcos, ¿qué es esto? —pregunté, aunque mi cuerpo ya sabía la respuesta. Ya estaba respondiendo por su cuenta, con un calor húmedo entre las piernas que la seda de la falda no podía disimular.

—Es lo que llevas meses fantaseando —respondió él, dejando la copa sobre la mesita—. Y lo que yo llevo meses planeando.

***

Se levantó del sillón y se acercó a mí sin prisa. No me besó. Me tomó del pelo con firmeza, tirando hacia atrás con la fuerza justa para obligarme a inclinar la cabeza y exponer el cuello. Sentí su respiración caliente contra mi oído.

—Quiero que ellos vean cómo te entregas —susurró—. Quiero que sepan lo que eres cuando nadie te juzga.

Con la mano libre me bajó la cremallera lateral de la falda. La seda resbaló por mis caderas y cayó al suelo sin ruido. Quedé expuesta de cintura para abajo, con la piel erizada por el aire fresco del palco y por la certeza de que alguien me estaba mirando desde las sombras.

Marcos comenzó a acariciarme. Sus dedos trazaron círculos lentos alrededor de mi sexo, rodeándolo sin tocarlo directamente, dibujando espirales cada vez más cerradas que me hacían temblar. Yo intentaba mover las caderas hacia su mano, buscando el contacto que me negaba, pero él retiraba los dedos cada vez que estaba a punto de conseguirlo.

—Marcos, por favor... —gemí.

—Todavía no —respondió con una calma insoportable—. Primero quiero que él te vea así.

Una mano enguantada en cuero negro atravesó la celosía y dejó una caja pequeña sobre la mesa. Marcos la abrió. Dentro había un objeto de cristal, transparente y frío, con la forma inconfundible de un falo. Marcos lo tomó y me miró a los ojos mientras lo acercaba a mi entrepierna.

—¿Confías en mí? —preguntó.

Asentí sin poder hablar. Marcos introdujo el cristal despacio, con una presión constante que me fue abriendo milímetro a milímetro. El frío del material contra mi calor interior fue como una descarga eléctrica. Grité. No de dolor. De algo que estaba más allá del placer, en esa frontera donde las sensaciones se mezclan y ya no sabes si quieres más o si quieres que pare.

Marcos empezó a moverlo dentro de mí. Lo sacaba casi por completo y luego lo hundía de golpe, arrancándome gemidos que resonaban en el teatro vacío. Con la otra mano me apretaba un pecho por encima del corsé, retorciéndome el pezón con una presión que caminaba sobre la línea del dolor sin cruzarla del todo. Yo me aferraba al respaldo del sillón, con las piernas abiertas y la espalda arqueada, completamente consciente de que aquellos ojos invisibles me estaban devorando.

***

La cortina del palco se abrió. El hombre de la galería entró con la seguridad de quien ha ensayado su entrada. Era alto, con el pelo oscuro peinado hacia atrás y las manos grandes. Se acercó a Marcos y cruzaron una mirada de complicidad que hizo que algo se desplazara dentro de mí. No era una amenaza. Era un acuerdo.

—Es más hermosa de lo que me dijiste —dijo el desconocido, desabrochándose el cinturón—. Me prometiste que podría continuar lo que empezamos entre los cuadros.

Marcos asintió y se hizo a un lado, pero no se fue. Se sentó en el sillón con su teléfono en la mano y una expresión de fascinación que yo solo le había visto cuando hablaba de las cosas que realmente le importaban. Estaba dirigiendo la escena. Había construido aquel momento como un arquitecto construye un edificio: calculando cada ángulo, cada punto de apoyo, cada línea de tensión.

El desconocido se colocó detrás de mí. Yo estaba de rodillas sobre el sillón, con el cristal aún dentro, sintiendo cómo sus manos me recorrían la espalda y bajaban por mis caderas. Me retiró el cristal despacio y lo reemplazó con sus dedos, explorándome, comprobando lo húmeda que estaba. Sentí su miembro contra mí, grueso y caliente, y cuando me penetró fue con una firmeza que me hizo agarrarme al cuero del respaldo con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.

El dolor duró un segundo. Lo que vino después fue una plenitud brutal, una sensación de estar siendo reclamada que me hizo perder la noción de dónde terminaba yo y dónde empezaba él.

Marcos se arrodilló frente a mí. Se desabrochó el pantalón y liberó su erección, dura y pulsante. Me la acercó a los labios y yo la tomé en mi boca con una avidez que me sorprendió a mí misma. El sabor de Marcos mezclado con el olor del desconocido a mi espalda. Las dos presencias llenándome al mismo tiempo, cada una con su ritmo, y yo en el centro, convertida en el punto donde convergían todas las líneas de aquel plano que mi marido había trazado para mí.

El ritmo fue subiendo. El hombre detrás de mí aumentó la velocidad, sus caderas golpeando contra mí con un sonido rítmico y carnal que rebotaba en las paredes del palco. Marcos me sostenía la cabeza con ambas manos, marcando su propio compás, murmurando cosas que no llegaba a entender pero que me excitaban solo por el tono en que las decía.

El orgasmo me tomó por sorpresa. No fue una ola; fue un terremoto. Empezó en un punto profundo de mi vientre y se expandió hacia fuera como una onda expansiva, sacudiéndome entera, haciendo que cada músculo de mi cuerpo se contrajera al mismo tiempo. Sentí al desconocido derramarse dentro de mí con un gemido ronco, y casi al mismo instante Marcos terminó en mi boca con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

***

Me desplomé sobre el sillón, empapada en sudor, con la respiración entrecortada y el corazón desbocado. Marcos se tumbó a mi lado y me acarició el pelo con una ternura que contrastaba con todo lo que acababa de pasar. El desconocido se había ido sin decir nada, como una sombra que regresa a su lugar.

—Has estado increíble —susurró Marcos contra mi oído—. Mañana hay un nuevo plano. Si tú quieres.

Cerré los ojos. Estaba agotada, pero algo dentro de mí ya se estaba encendiendo de nuevo. La expectativa. La incertidumbre de no saber qué vendría después, de no saber quién estaría al otro lado de la celosía la próxima vez. Era una droga nueva, y Marcos era el químico que la había sintetizado a mi medida.

Me acurruqué contra su pecho y respiré su olor, tan familiar, tan de siempre. Y pensé que lo más extraño de todo no era lo que acababa de hacer con dos hombres en un teatro a oscuras. Lo más extraño era que nunca me había sentido tan segura como en ese momento, envuelta en los brazos del hombre que me conocía lo suficiente como para saber exactamente lo que necesitaba antes de que yo misma lo supiera.

El teatro estaba en silencio. Las velas se habían consumido casi hasta la base. En algún lugar del edificio, alguien apagó el último foco y la oscuridad se hizo completa.

Pero yo ya no le tenía miedo a la oscuridad. La oscuridad era donde vivían las mejores versiones de nosotros.

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