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Relatos Ardientes

Lo que vi desde mi ventana el primer día en el chalet

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Tenía diecinueve años y la convicción de que empezar la universidad lo cambiaría todo. Lo que no había previsto era que el primer problema que tendría que resolver no sería académico, sino logístico: encontrar dónde vivir en una ciudad que no conocía, a más de hora y media en autobús de mi casa. Me había descuidado con los plazos. Cuando fui a la oficina de atención al estudiante a finales de agosto, todas las plazas en las residencias universitarias estaban ya ocupadas.

La mujer que me atendió me lo dijo sin rodeos, sin apartar los ojos de la pantalla.

—Las plazas se asignan en julio, nada más formalizar la matrícula —me explicó—. Ahora lo que quedan son los tablones de anuncios, por si algún compañero busca alguien con quien compartir apartamento. O también está la opción de las familias de acogida: matrimonios que ofrecen habitación y comidas a estudiantes a cambio de compañía.

Llamé a mis padres desde un banco del pasillo. Mi madre escuchó en silencio y después dijo que probara con las familias, que podría ser una buena experiencia. Mi padre añadió que tomara nota de la dirección y les avisara en cuanto tuviera algo concreto.

Volví al mostrador. La administrativa tecleó durante un momento y encontró un matrimonio en una urbanización a las afueras: Roberto y Carmen, cincuenta y tantos años, sin hijos, que ofrecían habitación con baño privado y comidas a cambio de compañía.

—¿Quiere que los llame para que os conozcáis? —me preguntó.

Le dije que sí.

La conversación telefónica fue breve. Resultó que Roberto y Carmen estaban paseando por un parque cercano al campus y podían pasar a recogerme en coche. Me quedé esperando sentado en las sillas del pasillo, con la mochila entre los pies y la sensación de que la tarde se me escapaba de las manos.

***

Roberto era corpulento y de movimientos tranquilos, con el pelo entrecano y una sonrisa que llegaba antes que las palabras. Carmen era más delgada, con el cabello oscuro recogido sin demasiado orden y unos ojos castaños que miraban con atención real, no con la cortesía automática de quien ya ha evaluado la situación. Los dos llevaban ropa de fin de semana, cómoda, como si no hubieran planeado el día de otra manera.

Cuando Carmen me tendió la mano, la apretó con las dos suyas.

—Llegas en buen momento —dijo—. El sol todavía aguanta.

Roberto conducía despacio, sin prisa. Durante el trayecto me preguntaron qué iba a estudiar, si tenía hermanos, si era la primera vez que vivía fuera de casa. Respondí sin pensar demasiado, observando cómo la ciudad se iba quedando atrás y aparecían los primeros árboles de la urbanización.

El chalet quedaba al final de una calle tranquila. Era blanco, con tejas de barro y un jardín pequeño en la entrada con rosales y una fuente que no funcionaba. Nada llamativo. Una casa de gente que lleva años en el mismo sitio y ha dejado de querer impresionar a nadie.

La habitación que sería la mía era amplia para lo que esperaba: cama de matrimonio con un cabecero de madera oscura, escritorio con una lámpara de brazo articulado, armario empotrado que olía a lavanda, y una ventana que daba al jardín trasero. Al fondo, a través del cristal, se veían dos tumbonas de madera junto a una piscina rodeada de setos altos.

Tenía baño propio. Eso me decidió.

Comimos una paella que Roberto había preparado. Los dos se movían por la cocina con esa coordinación silenciosa de las parejas que llevan muchos años juntas, sin chocar, sin explicarse nada, como si el espacio tuviera memoria de cada uno. La conversación fue fácil: me preguntaron por mis gustos, me contaron cosas de la ciudad, me explicaron el horario de los autobuses desde la entrada de la urbanización.

Antes del café, me pidieron algo.

—Somos personas privadas —dijo Roberto—. Lo que pasa aquí adentro no es tema de conversación fuera de esta casa. Sus costumbres, su vida, sus cosas. Pedimos discreción, nada más.

Me pareció una petición razonable. Llamé a mis padres, les pasé el teléfono, hablaron un rato con Roberto. Todo bien. Quedamos en que volvería el quince de septiembre con mis cosas.

***

Llegué puntual, con dos maletas y una mochila. Carmen me esperaba en la puerta. Roberto subió el equipaje al primer piso mientras ella me preparaba un café y me preguntaba si había desayunado antes de coger el autobús. Cuando terminé de acomodar la ropa en el armario y apilar los libros en el escritorio, la habitación ya empezaba a parecerse a algo mío.

Los escuché salir al jardín trasero un rato después. El chapoteo del agua llegó a través de la ventana entornada.

Me acerqué para cerrarla y que no entrara el calor de la tarde.

Y los vi.

Roberto y Carmen estaban en la piscina, completamente desnudos. Él la rodeaba desde atrás con el agua a la altura del pecho, la boca pegada a la curva entre el cuello y el hombro de ella, mordisqueándole la piel con esa hambre tranquila de quien sabe que tiene tiempo. Una mano de Roberto le amasaba una teta por encima del agua, los dedos cerrándose alrededor del pezón duro, retorciéndolo despacio mientras Carmen gemía con la boca abierta. La otra mano la tenía hundida entre los muslos de ella, moviéndose con una cadencia lenta que adivinaba sin ver: los dedos metidos dentro del coño, entrando y saliendo bajo la superficie turquesa, frotándole el clítoris con el pulgar mientras la penetraba con los demás dedos.

Carmen echaba la cabeza hacia atrás contra el hombro de él, entornaba los ojos, se mordía el labio inferior y soltaba esa risa ronca de mujer que lleva años dejándose follar por el mismo hombre y todavía se le escapa la voz cuando él encuentra el ángulo justo.

Me quedé inmóvil con la mano sobre el marco de la ventana.

Debería haberla cerrado. No lo hice.

Carmen tenía el cuerpo que uno no espera ver en una mujer de esa edad, o quizás sí, si deja de pensar en lo que debería y en lo que no. La piel clara, con la línea pálida de algún bañador que ya no usaba marcando dos tetas pesadas, llenas, con los pezones grandes y oscuros, endurecidos por el agua y por las manos de él. Los hombros redondeados, los brazos delgados y firmes, la cintura todavía marcada y la curva del culo apretándose contra la entrepierna de Roberto cada vez que él la empujaba contra su cuerpo. Roberto era ancho de espalda, con el vello del pecho entrecano, y se movía con la confianza de alguien que lleva décadas cómodo dentro de sí mismo y no necesita demostrárselo a nadie.

Ella se giró hacia él. Le buscó la boca y se besaron con la lengua bien metida, una mano de Carmen aferrada a la nuca de él y la otra bajando por el agua hasta cerrarse alrededor de una polla que adiviné gruesa y empinada por la forma en que ella le sacudió la muñeca, apretando el puño en pajas largas y firmes mientras Roberto soltaba un gruñido contra sus labios.

Carmen le soltó la polla, se acercó al bordillo de la piscina, se apoyó en él con los antebrazos y arqueó la espalda ofreciéndole el culo. Roberto se colocó detrás. Lo vi tomarse la verga con la mano, frotársela un par de veces contra los labios del coño abiertos, y después clavársela hasta el fondo de un solo empujón. Carmen abrió la boca sin sacar sonido durante un instante, como si se hubiera quedado sin aire. Después gimió, fuerte, y Roberto empezó a follársela con esa cadencia segura del que conoce a su mujer de memoria. La cogía por las caderas, tiraba de ella hacia atrás cada vez que entraba, y los dos cuerpos chocaban con un golpe sordo que el agua amortiguaba a medias. Las tetas de Carmen se sacudían contra el bordillo a cada embestida. Ella se llevó una mano a la entrepierna y empezó a frotarse el clítoris mientras él seguía dándole por detrás, los dos sincronizados sin haberse dicho una sola palabra.

Cerré la ventana despacio, sin hacer ruido. Me quedé de pie en el centro de la habitación con el corazón acelerado y los oídos zumbando.

***

Me senté en el borde de la cama. La imagen no desaparecía: las manos de Roberto bajo el agua, los dedos hundidos en el coño de Carmen, su polla entrando y saliendo de ella contra el bordillo, la risa ronca de ella con los ojos cerrados, la naturalidad absoluta de los dos, esa forma de follar como si nadie en el mundo tuviera nada que decir al respecto.

Me tumbé boca arriba y miré el techo.

La polla la tenía tan dura que dolía contra la tela del pantalón. Me desabroché el botón, bajé la cremallera, dejé que la presión cediera. Saqué la verga del calzoncillo y la dejé descansar sobre el vientre, tiesa contra el ombligo, con la punta brillante y un hilo de líquido pretendiendo derramarse sobre la piel. Me quedé así un momento, respirando, escuchando el sonido amortiguado del agua que llegaba desde el jardín a través del cristal cerrado, todavía adivinando los gemidos de Carmen aunque ya no llegaran de verdad.

Acabé quitándome el pantalón entero y los calzoncillos, quedándome solo con la camiseta. La habitación orientada al sur acumulaba el calor de septiembre de una manera que se hacía notar en la piel desnuda, en los huevos pegados al muslo, en la polla tirante contra el vientre.

Me escupí en la palma de la mano y cerré el puño alrededor de la verga. Empecé despacio, una paja larga y apretada de la base al glande, deteniéndome arriba para frotarme la punta con el pulgar mojado, sintiendo cómo se acumulaba el placer en la base de la espalda. Cerré los ojos y la imagen volvió sola: Carmen apoyada en el bordillo, el culo en alto, los labios del coño abiertos alrededor de la polla de Roberto, las tetas balanceándose con cada embestida.

Me imaginé que era yo el que estaba detrás de ella. Que era mi polla la que entraba y salía de ese coño maduro y mojado. Que Carmen giraba la cabeza por encima del hombro y me miraba con esa misma risa ronca, mordiéndose el labio, pidiéndome sin palabras que se la metiera más fuerte. Apreté el puño y empecé a sacudirme más rápido, la mano subiendo y bajando con un sonido húmedo y pegajoso que llenaba la habitación.

Pensé en mamarle las tetas a Carmen. En chuparle los pezones grandes y oscuros uno por uno hasta dejárselos hinchados. Pensé en arrodillarla delante de mí y meterle la polla hasta el fondo de la boca, sentir cómo me la chupaba con esa misma calma con la que había pelado una naranja en la cocina semanas atrás. Pensé en abrirle las piernas en la tumbona del jardín y comerle el coño hasta que se corriera contra mi cara mientras Roberto miraba desde el otro lado de la piscina sin moverse, fumando, esperando su turno.

Me tomé mi tiempo. Eso era lo que tenía ahora. En casa siempre había sido a escondidas, pendiente de cualquier ruido en el pasillo, terminando antes de estar listo, corriéndome en un trozo de papel higiénico con miedo de que se oyera la cisterna. Aquí no había nadie mirando. La habitación era mía. Las voces apagadas que llegaban del jardín eran, de una manera extraña que no sabría explicar, una compañía. Casi una invitación.

La mano me iba más rápido. Me llevé la otra a los huevos y me los apreté contra la base de la polla, sintiendo cómo se tensaban, cómo todo el cuerpo se iba juntando hacia un mismo punto. Pensé en Carmen saliendo desnuda del agua, en las gotas resbalándole por las tetas, por el vientre, por el vello entrecano del coño. Pensé en la confianza con que Roberto le metía los dedos. Había algo en esa escena que no era solo calentura: era envidia, también. Una envidia extraña de alguien que todavía no sabe bien qué quiere pero reconoce algo verdadero cuando lo ve.

Las voces del jardín se fueron apagando. El agua dejó de escucharse. La tarde quedó en silencio. Imaginé que se habían tumbado en una de las tumbonas, ella sobre él, ensartada sobre la polla, montándolo despacio mientras el sol les pegaba en la espalda.

Y me corrí.

Me corrí con la boca abierta y un gruñido apretado entre los dientes, los talones clavados en el colchón, la polla disparando chorros gruesos de semen que me cayeron sobre el vientre, sobre la camiseta, uno hasta el pecho. Seguí sacudiéndomela, exprimiendo cada gota, sintiendo cómo el placer me recorría las piernas hasta los pies. Cuando terminé, me quedé un momento quieto mirando el techo con el cuerpo completamente relajado y la polla todavía dura en la mano, embadurnada de corrida, como si hubiera descargado algo que llevaba semanas cargando sin saber cómo se llamaba.

Me levanté con cuidado para no manchar las sábanas, abrí el grifo de la ducha, me metí bajo el chorro de agua caliente. Me enjaboné despacio, limpiándome el semen del vientre, de la camiseta empapada que dejé hecha un bollo en el suelo, frotándome la polla todavía sensible con la mano enjabonada hasta que terminó de bajarse. Cuando salí y me miré en el espejo con el pelo húmedo y la cara colorada, seguía sin saber muy bien qué sentir. Pero tampoco necesitaba saberlo todavía.

Me vestí, salí al pasillo y bajé al comedor.

***

Roberto estaba en la cocina con un pantalón de lino claro y una camisa abierta. Carmen llegó desde el jardín con una bandeja de fruta y dos copas. Llevaba un vestido veraniego ligero, sin sujetador debajo, los pezones marcándose contra la tela fina cada vez que se movía, el pelo todavía húmedo recogido hacia atrás con un pasador. Se la veía tranquila. Los dos se la veían, con esa calma de quien acaba de pasar una tarde follando exactamente como quería.

—¿Terminaste de instalar tus cosas? —preguntó Carmen dejando la bandeja en la mesa.

—Sí —dije—. Gracias.

Roberto se sentó frente a mí. Juntó las manos sobre la mesa y me miró un momento, con esa forma suya de observar que no era agresiva sino simplemente directa, sin apartar la vista.

—Nos viste —dijo.

No era una pregunta. Lo dijo como se dice una cosa que ya está hecha, sin culpa y sin reproche, como quien anuncia que ha llovido esta mañana.

—Sí —respondí. No tenía sentido negarlo.

Asintió.

—Somos nudistas —explicó—. Y no solo nudistas. Nos gusta follar al aire libre, en la piscina, donde nos pille. Lo practicamos desde hace muchos años. No hacemos daño a nadie. El seto lo pusimos para no incomodar a los vecinos, y esta es la última casa de la calle, así que desde fuera no se ve nada. La única excepción eres tú, desde tu ventana.

Carmen apoyó los codos en la mesa. El escote del vestido se abrió un poco y vi por un instante la curva de una teta, el mismo pezón oscuro que se le había marcado contra la palma de Roberto bajo el agua.

—Te pedimos lo mismo que en junio —dijo—. Discreción. No porque tengamos algo que ocultar, sino porque es nuestra vida y preferimos que siga siéndolo. Aquí dentro nos movemos como queremos. Eso incluye desnudos. Eso incluye follando, si nos apetece. Si te incomoda, lo entendemos y buscas otro sitio. Si no te incomoda, entonces no pasa nada.

—No va a salir de aquí —dije—. Y no me incomoda.

—Perfecto —dijo Roberto. Y después, con una sonrisa sin ángulo definido—: Y si algún día decides acompañarnos en la piscina, aquí no hay juicios de ningún tipo. Ni reglas escritas. Lo que pase, pasa.

Lo dijo con una naturalidad que no supe si era una invitación o simplemente una cortesía. Carmen tampoco lo aclaró. Se limitó a pelar una naranja con los dedos con una calma que empezaba a parecerme la cosa más envidiable del mundo, mientras me miraba por encima de la fruta con esos ojos castaños que ya no se cortaban en disimular del todo.

Comimos. La conversación derivó hacia los horarios del autobús, el calendario del primer cuatrimestre, el mercado que ponían los jueves en la plaza de la urbanización. Carmen me contó que en octubre hacía mermelada de membrillo con los árboles del fondo del jardín. Roberto me preguntó si sabía jugar al ajedrez.

Cuando terminamos, él sacó una botella de vino blanco frío del frigorífico y llenó tres copas sin preguntar si quería.

—Por los comienzos —dijo, levantando la suya.

—Y por los secretos bien guardados —añadió Carmen, mirándome con esa calma suya que ya empezaba a resultarme familiar.

Alcé la copa. Bebimos.

Por la ventana del comedor se veía el jardín trasero. Las tumbonas vacías. El agua de la piscina quieta y brillante bajo la luz de la tarde, guardando ya, sin saberlo, la primera historia de lo que iba a ser un año muy distinto a todo lo que había imaginado.

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Comentarios(9)

pepeCTBA

Dios mio que entrada tan buena!!! Me dejo con ganas de leerlo todo de un tiron

ElCurioso99

tremendo!!!

Rosario_BA

Me encanto la premisa, ese morbo de ver algo que no deberías... muy bien llevado. Seguí escribiendo!

MiradaFurtiva

Por favor una segunda parte, quede con demasiadas ganas de saber como sigue esto

ToniVzla

Que buenas vacaciones las del protagonista jajaja. Ojala a mi me hubiera pasado algo así

Patri77

Se nota que sabe escribir, el ritmo esta muy bien logrado. Sigue asi!

NightOwl33

Me recordo a unas vacaciones en la costa hace años, no cuento mas jeje. Excelente relato

DiegoCba22

increible como con tan pocas palabras te engancha desde el principio. Esperando el siguiente capitulo!

lectorx77

Buenisimo, se hizo cortisimo :(

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