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Relatos Ardientes

La noche que mi esposa volvió antes de tiempo

Los jueves eran sagrados en nuestra casa. Elena cenaba con sus amigas del club de tenis, esa rutina semanal que nunca se saltaba, y yo me quedaba solo en el chalet de las afueras. La empleada doméstica, Amelia, tenía el día libre y no volvía hasta la mañana siguiente. Para mí, esas horas eran oro.

Me llamo Ramón, tengo cincuenta y ocho años, una barriga que ya no disimulo con ningún cinturón y una calva que acepté hace tiempo. Hice dinero en la construcción durante los años buenos y desde entonces vivo más o menos cómodo. Elena, mi mujer, acaba de cumplir cincuenta y dos. Sigue siendo una morena que llama la atención cuando entra en cualquier sitio: caderas anchas, pecho abundante, piernas firmes. Hacía años que apenas me rozaba en la cama, pero yo había aprendido a vivir con eso. Porque tenía mi propio secreto.

En cuanto escuché el motor de su coche alejarse por la avenida, subí las escaleras de dos en dos. El corazón me latía como si fuera a asaltar un banco. Entré al dormitorio de Amelia, abrí el cajón inferior de la cómoda y saqué unas braguitas blancas de algodón. Todavía guardaban el olor del día anterior. Me las llevé a la cara e inhalé despacio, con los ojos cerrados.

Me desnudé sin prisa delante del espejo del armario. Cogí uno de sus sujetadores —siempre me quedaba ridículamente pequeño, pero me gustaba ese detalle— y me lo abroché con dificultad. Las braguitas apenas contenían lo mío, que ya empezaba a despertarse. La imagen en el espejo era grotesca: un hombre maduro, con el cuerpo de cincuenta y ocho años, vestido con la ropa interior de una mujer que podría ser su hija. Y justo por eso me encendía.

Del fondo del cajón saqué el consolador que Amelia escondía entre unos pañuelos. Negro, grueso, con una ventosa en la base. Sabía que lo usaba casi cada noche: un par de veces la había escuchado al pasar por el pasillo. Pegué la ventosa al lateral del armario, a la altura que necesitaba, y me unté con crema.

Antes de empezar, até mis tobillos con una de sus medias. Me pasé la otra por las muñecas, dejándolas unidas por delante pero con algo de juego para poder moverme. Me agaché un poco, respiré hondo y empujé el trasero hacia atrás.

La punta del dildo encontró mi entrada. Presioné despacio. Un gemido largo se me escapó de los labios cuando sentí cómo me abría. Cerré los ojos y empecé a mecerme, primero con movimientos cortos, después más profundos. Con las manos atadas me agarré como pude y empecé a tocarme mientras imaginaba cosas que ni siquiera me atrevía a decir en voz alta. Imaginaba a Amelia detrás de mí, insultándome, llamándome lo que soy: un hombre patético disfrazado con su ropa, abriendo el culo como una cualquiera.

—Joder… así… —susurré, mordiéndome el labio.

El dildo entraba y salía con un sonido obsceno. Sudaba. Jadeaba. Estaba tan metido en mi fantasía que no oí la puerta de abajo.

Hasta que oí los tacones.

—¿Ramón? ¿Estás arriba?

Me quedé petrificado. El consolador estaba hundido hasta el fondo y yo no podía ni moverme. Escuché los pasos subir la escalera, dudar en el rellano, acercarse a la habitación donde había luz. La voz de Elena volvió a llamar, esta vez más cerca.

La puerta se abrió de golpe.

Elena se quedó quieta en el umbral. Llevaba su vestido negro, el que se ponía los jueves, y el bolso colgado del hombro. Había vuelto a buscar algo. Seguramente el móvil. Sus ojos recorrieron la escena: mis muñecas atadas, los tobillos atados, el sujetador demasiado ajustado, las braguitas manchadas, el dildo negro clavado hasta el fondo, mi cara roja intentando cubrir lo que no había manera de cubrir.

Nadie dijo nada durante lo que me pareció una eternidad. Solo se oía mi respiración entrecortada y el motor del frigorífico en la planta baja.

Y entonces Elena hizo algo que no esperaba.

Sonrió.

No fue una sonrisa de rabia ni de asco. Fue otra cosa. Algo lento, pensativo, casi curioso. Entró, cerró la puerta con suavidad y dejó el bolso sobre la silla de Amelia.

—Vaya, vaya —dijo bajando la voz—. Así que esto es lo que hace mi marido los jueves por la noche.

Intenté hablar. Solo me salió un gemido raro. Mi polla, ajena a la vergüenza, dio un tirón entre mis manos.

Elena se acercó despacio. El ruido de sus tacones sobre el parquet me parecía amplificado. Se plantó frente a mí, me cogió la barbilla con dos dedos y me obligó a mirarla.

—No pares —dijo, y no era una pregunta—. Quiero verlo todo. Quiero ver cómo te follas el dildo de la chica de la limpieza.

***

Obedecí. Porque no me quedaba otra y porque, para qué mentir, también quería.

Elena se sentó en la cama de Amelia, cruzó las piernas sin ninguna prisa y se quedó mirándome como quien observa un documental. Empujé el culo hacia atrás. El consolador entró de nuevo. Solté un jadeo.

—Más fuerte —ordenó ella—. Si vas a ser una zorra, al menos hazlo bien.

Me mordí el labio. Aceleré. Mi polla goteaba encima de las braguitas blancas, dejando manchas cada vez más grandes. La humillación me encendía más que cualquier cosa que hubiese probado antes. Elena sacó el móvil y lo apuntó hacia mí.

—Sonríe a la cámara, cariño. Por si algún día se me olvida esta escena.

Después, con una calma que daba miedo, se subió el vestido negro hasta la cintura. No llevaba ropa interior. Se metió dos dedos despacio y empezó a tocarse mientras me miraba. Estaba húmeda. Se notaba en el brillo de sus muslos y en el ruido.

—Mírate —murmuró mientras sus dedos entraban y salían—. El gran empresario. El marido serio. Atado con las medias de la empleada, follándote un juguete que no es tuyo. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto a mis espaldas?

—Años —reconocí. La voz me salió quebrada—. Lo siento.

—No lo sientes —contestó ella—. Estás disfrutando.

Sacó los dedos y me los acercó a la boca. Brillaban.

—Abre. Chupa. Prueba lo que tu mujer siente de verdad cuando otro la toca.

Abrí la boca sin pensar. Me los metió hasta el fondo y me obligó a lamerlos. El sabor me golpeó. Elena sonrió satisfecha, como quien por fin consigue algo que llevaba tiempo queriendo.

Luego cogió el teléfono y marcó un número. Sin dejar de mirarme.

—¿Ernesto? Sí, soy yo. Déjalo todo. Ven a casa. Sí, ahora. No te vas a creer lo que he encontrado.

Colgó y me miró con una tranquilidad escalofriante.

—Mi amante —explicó, como si lo supiera toda la vida—. Desde hace tres años. Cada jueves, cuando tú crees que estoy cenando con las chicas. Tiene sesenta y tres, y una polla que le funciona mucho mejor que la tuya. Le va a encantar verte así.

No me sorprendió tanto como debería. Quizás siempre lo supe. Quizás por eso había dejado de luchar.

Seguí moviendo las caderas. El dildo entraba cada vez más fácil. Pensar que otro hombre estaba de camino para verme en esa postura debería haberme apagado. En cambio, estaba a punto de correrme.

—Aguanta —me advirtió Elena al notarlo—. No te corras todavía. Si te corres antes de que llegue Ernesto, te juro que te dejo atado ahí toda la noche.

Apreté los dientes y me contuve.

***

Veinte minutos. Veinte minutos largos escuchando mi propia respiración y las uñas de Elena tamborileando sobre la mesilla. Luego, la puerta de la calle. Pasos pesados por la escalera.

Ernesto entró sin llamar. Era alto, ancho, el pelo canoso cortado a cepillo, una barriga considerable pero disimulada por la chaqueta. Se quedó en la puerta un segundo largo, mirándome, antes de soltar una carcajada grave que me atravesó.

—Joder, Elena. Esto no me lo había imaginado ni en mis mejores sueños.

Se acercó sin dejar de mirarme. Se desabrochó el cinturón despacio. Sacó lo suyo, y sí, era todo lo que Elena había dicho: gruesa, venosa, ya medio levantada. Empezó a manejársela delante de mi cara, lento, marcando territorio.

—Di lo que eres —me ordenó con voz baja.

Miré a Elena. Miré a Ernesto. Miré mi propia imagen reflejada en el espejo del armario: un hombre mayor, atado, vestido con la ropa de otra mujer, con un juguete dentro del cuerpo. No quedaba mucho que defender.

—Soy… una zorra —dije.

—Más fuerte.

—Soy una zorra. Vuestra.

Elena se rio bajito. Se levantó, se colocó detrás de mí y me agarró las caderas con una fuerza sorprendente. Empezó a empujarme contra el consolador, follándome ella misma, marcando el ritmo. Ernesto se plantó delante y me apoyó la punta en los labios.

—Abre.

Abrí.

Entró hasta el fondo sin cortesía ninguna. Me atraganté. Ernesto no paró. Con una mano me sujetaba la nuca y con la otra se apoyaba en el armario. Sus caderas iban y venían. Elena, detrás, clavaba el dildo con un ritmo que no me dejaba ni pensar. Yo no era nadie. Era un punto entre dos cuerpos que sabían lo que hacían.

—Tiene la boca calentita, cariño —comentó Ernesto a Elena, por encima de mi cabeza—. Igual deberías haberme presentado a tu marido hace tiempo.

Elena se rio. Fue la risa más cruel que le había oído en treinta años de matrimonio. Y, al mismo tiempo, la más sincera.

Al rato, Ernesto sacó la polla de mi boca. Elena se había quitado el vestido y los zapatos. Se tumbó en la cama de Amelia —la cama de la empleada, pensé con una punzada absurda de culpa— y abrió las piernas.

—Ven —le dijo a Ernesto—. Que él mire.

Ernesto se acercó y la penetró de una sola vez. Elena gimió como yo nunca la había oído gemir conmigo. Algo se rompió y se recompuso dentro de mí al mismo tiempo. Seguí moviendo las caderas sobre el consolador, sin necesidad de que nadie me lo ordenara. Miraba cómo otro hombre se la follaba y no podía apartar los ojos.

—¿Lo ves, Ramón? —jadeó ella entre embestidas—. Esto es lo que necesitaba. Esto es lo que tú nunca me diste.

—Lo veo —susurré.

—Dilo mejor.

—Lo veo, señora.

Ernesto soltó una carcajada. A Elena se le escapó un gemido más agudo. La iba a acabar rápido.

***

Cuando terminaron, Ernesto no se molestó en descansar. Se levantó con la polla todavía dura, brillante, y se colocó detrás de mí. De un tirón arrancó el dildo. El vacío me hizo gemir. No duró ni dos segundos. Sentí su carne caliente empujando donde había estado el juguete.

—Esto ya es otra cosa —gruñó al entrar.

Me partió en dos. Nunca había sentido nada parecido. El dildo no era más que un objeto; aquello era peso, calor, un hombre entero entrando en mí. Me aferré a las medias que ataban mis muñecas solo para no caerme.

Ernesto me sujetó por las caderas y empezó a moverse sin piedad. Elena se había acercado y me besó en la boca con la misma naturalidad con la que otras noches me pasaba la sal. Tenía los labios calientes y el aliento entrecortado.

—Di que eres nuestro —murmuró contra mi boca.

—Soy vuestro.

—Para siempre.

—Para siempre.

No sé si lo decía por miedo, por deseo o porque era verdad. Probablemente las tres cosas a la vez.

Ernesto aceleró. Sentí su respiración cambiar, su agarre endurecerse. Terminó dentro de mí con un gruñido sordo. Yo me corrí casi al mismo tiempo, casi sin tocarme, empapando por dentro las braguitas blancas de Amelia.

Caí de rodillas cuando Ernesto salió. Me temblaban las piernas. Elena me desató con una lentitud deliberada, una mano y luego la otra, sin decir nada. Me quitó el sujetador. Se quedó con las braguitas.

—Esto lo guardamos —dijo, mostrándolas—. Por si alguna vez se te olvida lo que pasó esta noche.

Ernesto se vistió sin hablar. Antes de irse me dio una palmada en el hombro, casi cordial, como si fuéramos viejos amigos.

—Nos vemos el jueves que viene.

No fue una pregunta.

Me quedé solo en el dormitorio de Amelia, sentado en el suelo, mirando la cama deshecha. Mañana por la mañana ella volvería. Encontraría las sábanas revueltas, el dildo en el suelo, el cajón abierto. Y Elena y yo tendríamos que decidir juntos qué historia contarle.

Por primera vez en mucho tiempo, mi mujer y yo íbamos a tener algo en común.

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Comentarios (9)

VikingoPBA

que tension!! me quede sin respirar hasta el ultimo parrafo

Lucas_cba

Necesito la segunda parte, no puede terminar asi! Por favor seguí

NoturnoLector

Buenisimo. La imagen inicial te atrapa enseguida y ya no podes soltar

Juani_85

jajaja me imagine la cara de los dos cuando ella entro. Tremendo relato

SusanaMdq

Me encanto como jugaste con el suspenso, se siente real la angustia del personaje. Sigue publicando!

Carlos_verano

Corto pero muy potente. De esos que te dejan pensando despues de leer

DiegoRos

me recordo a una situacion que viví hace años... obvio que no era igual pero la adrenalina si jajaja. Muy bueno

Clara_del_norte

Y despues que paso?? alguien sabe si hay continuacion? me quede con las ganas

Miguelin77

excelente!!! uno de los mejores que lei en esta seccion ultimamente

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