La fantasía ajena que él hizo realidad esa noche
Tengo veintinueve años y llevo dos de divorciada. Si leen esto por primera vez, no saben nada de mí, pero no importa: lo que voy a contar se sostiene solo. Lo importante es que soy una mujer que decidió, después de un matrimonio gris y sin sabor, que iba a vivir su sexualidad sin disculpas y sin medias tintas.
Para eso cuento con Rodrigo. Él tiene casi cincuenta, aunque aparenta menos, y fue mi amante durante el último año de mi matrimonio. Cuando me separé, no hubo que negociar nada: seguimos viéndonos, pero sin el peso del secreto. Lo nuestro no es una relación. Es algo mejor que eso, al menos por ahora. Rodrigo me conoce mejor que cualquier hombre que haya compartido mi cama, y eso incluye a mi exmarido.
Lo que voy a contar empezó con una lectura. Hace unas semanas encontré, en un foro que frecuento de vez en cuando, la confesión de una mujer. Decía que su marido la había compartido con otro hombre mientras ella estaba atada y con los ojos cubiertos, sin saberlo de antemano. El relato era crudo y directo, y algo en él me quedó resonando durante días.
Una tarde, mientras Rodrigo y yo descansábamos después de hacerlo, se lo comenté. No como una petición. Solo como algo que había leído y que me había resultado perturbadoramente excitante.
—¿Te gustaría vivir algo así? —preguntó. Su voz era tranquila, sin urgencia.
—No lo sé —respondí con honestidad—. Suena a demasiado.
No volví a mencionarlo. Lo dejé ir, como se dejan ir las ideas que no sabes si quieres perseguir. Rodrigo tampoco dijo nada más. Pero lo conozco, y sé que cuando él no dice nada es cuando más está pensando.
Tres semanas después me llamó un miércoles por la noche.
—El sábado tienes planes conmigo —dijo—. Prepárate como te gusta prepararte.
Eso significaba tarde de mimos: peluquería, depilación, una capa de esmalte en las uñas. Cosas que hago cuando sé que la noche va a merecer la pena. No me anticipó nada más, y yo no pregunté. Así funcionamos. Él propone, yo confío.
Pasó a buscarme cerca de las ocho. Condujo hasta su edificio, en el centro, un trayecto de veinte minutos que hicimos casi en silencio. Yo estaba tranquila. Curiosa, pero tranquila. Si algo había aprendido con Rodrigo es que sus sorpresas siempre terminaban bien.
El departamento estaba prácticamente a oscuras cuando entramos. Solo el cuarto tenía luz, una luz baja y cálida que hacía que todo pareciera más íntimo de lo habitual. Sobre la cama había un conjunto de látex negro: un corpiño con un broche central que permitía liberar los senos sin sacárselo, y una bombacha de tirantes con cobertura frontal mínima, diseñada para dejar todo accesible. A los pies de la cama, unos zapatos de tacón en mi talla.
Me vestí sin que él me lo pidiera. Cuando me giré, Rodrigo ya se había quitado la camisa y me miraba con esa expresión que conozco bien: concentrado, como si estuviera calculando algo.
—¿Confías en mí? —preguntó.
—Siempre —le dije—. A ojos cerrados.
No imaginé lo literal que iba a ser eso.
Me colocó unas pulseras de cuero con pequeños anillos metálicos en las muñecas y en los tobillos. Me ató las manos a la espalda con una cuerda suave, me recogió el pelo en una cola alta, y me cubrió los ojos con un antifaz acolchado que bloqueaba completamente la luz. Habíamos jugado antes con las ataduras, así que mi cuerpo no se tensó. Al contrario: el simple hecho de no poder ver me hizo consciente de cada centímetro de mi piel.
Me acomodó boca arriba sobre la cama y luego ató mi muñeca derecha a mi tobillo derecho, y la izquierda a la izquierda, dejándome con las piernas semiflexionadas y los brazos bloqueados. La posición era cómoda, pero me impedía moverme con libertad. Me besó despacio, con calma, y cuando separó sus labios de los míos sentí sus manos comenzar a recorrerme: desde la mandíbula hasta el cuello, luego por el escote.
De fondo sonaba algo lento, una voz de mujer sobre una melodía sin prisa. Rodrigo soltó uno de los broches del corpiño y liberó mi pecho derecho. Lo tocó con la yema de los dedos, sin apuro, hasta que el pezón se endureció entre sus dedos. Me retorcí sobre la cama. Quería alcanzarlo, pero las ataduras me lo impedían, y esa impotencia era, inexplicablemente, parte del placer.
Entonces lo sentí: unos labios en mis piernas. Bajos, cerca de la rodilla, subiendo con lentitud por la cara interna del muslo. Esa boca no era la de Rodrigo. La suya estaba ocupada besándome el pecho.
Me tensé de inmediato.
—Suéltate —me susurró Rodrigo al oído—. Todo está bien.
Respiré. Volví a escuchar la música. Y me solté.
Los labios desconocidos llegaron hasta mi entrepierna y corrieron la tela de la bombacha con una precisión que no era casual. Esa persona sabía lo que hacía. Empezó a lamer despacio, explorando, sin prisa, como si tuviera toda la noche. Yo tenía la cabeza inclinada hacia atrás y la boca entreabierta, incapaz de disimular lo que sentía.
Rodrigo liberó mi otro pecho y acomodó su cuerpo en la cama, cerca de mi cabeza. Sentí el calor de un miembro rozando mis labios. Lo abrí para recibirlo, pero algo no encajaba: era diferente al de Rodrigo, que yo reconocería en cualquier circunstancia. Este tenía prepucio. Era de otra persona.
Ya no éramos tres.
La voz de Rodrigo llegó desde otro punto de la habitación.
—Disfrútalo. Está ahí para ti.
Abrí la boca y lo recibí. Empecé a saborearlo con la lengua, despacio, aprendiendo su forma y su textura. Mientras tanto, la boca entre mis piernas no paraba: lamía, succionaba, introducía los dedos con una cadencia que me estaba llevando al borde más rápido de lo que esperaba. Unas manos firmes masajeaban mis senos al mismo tiempo. Eran demasiadas manos para ser solo dos personas.
Me incorporaron. En un movimiento coordinado que no anticipé, me pusieron de rodillas sobre la cama, con las ataduras manteniéndome en esa postura sin que perdiera el equilibrio. Sentí que alguien se colocaba frente a mí, y antes de que pudiera pensar, un miembro rozó mis labios. Lo dejé entrar. Luego me giraron la cabeza hacia el otro lado y recibí otro: más grueso, con una cabeza pronunciada que me costó acomodar. Tampoco era el de Rodrigo.
Me alternaban. Me tomaban por la cola de caballo para guiarme de uno a otro, y yo los aceptaba a ambos, sintiendo con la boca lo que mis ojos no podían ver. Mientras tanto, la boca volvió a mi entrepierna. Los dedos me penetraban mientras la lengua trazaba círculos sobre mi clítoris con una precisión que me hacía doblarme hacia adelante.
Sentí que me faltaba el aire. No sé si era por tener la boca ocupada o por la acumulación de sensaciones que me recorrían de la cabeza a los pies. El orgasmo se estaba construyendo desde el centro hacia afuera, como una ola que crece antes de romper.
Y entonces todo paró.
Un silencio súbito. Sin boca, sin manos, sin nada. Solo yo, jadeando en la oscuridad, con el cuerpo al borde del precipicio y sin nada en qué apoyarme.
Pensé que iba a gritar.
Los escuché moverse a mi alrededor durante unos segundos que se me hicieron eternos. Luego me levantaron y me acomodaron sentada sobre un cuerpo. Un torso liso y sudado bajo mis senos, sin vello. No era Rodrigo. Entre mis piernas sentí el roce de un miembro que se acomodaba en mi entrada, duro y caliente.
—Cuando quieras que paremos, dices una palabra y paramos —me dijo Rodrigo al oído, con los labios rozando mi cuello—. Tú mandas.
Me incliné hacia adelante y el hombre bajo mí entró en mí despacio. Estaba tan húmeda que el avance fue suave y continuo, aunque su largo lo sentí hasta el fondo. Empezó a moverse con un ritmo cadencioso, y quien tenía mis senos entre las manos los besó desde abajo.
Entonces sentí las manos de Rodrigo en mis caderas, y el frío de un lubricante cayendo entre mis glúteos.
—¿Rodrigo? —dije en voz baja.
—Aquí estoy —respondió.
—Solo tú. Por favor, solo tú por ahí.
—Claro —dijo, sin dudar—. Sé exactamente cómo tratarte.
Era verdad. Rodrigo fue el primero, y el único con quien el sexo anal había pasado de ser algo que toleraba a algo que buscaba. Me conocía por dentro y por fuera, literal y figuradamente.
Introdujo un dedo primero, con cuidado, dándome tiempo para acomodarme. Luego un segundo. El hombre que me penetraba por delante había reducido el ritmo, casi deteniéndose, dejando que me concentrara en lo que Rodrigo estaba haciendo. Cuando sintió que estaba lista, acomodó su glande en mi entrada posterior y empujó con una lentitud calculada que conocía bien.
El momento en que ambos estuvieron dentro de mí al mismo tiempo no tiene descripción precisa. Es una completitud que desborda cualquier palabra. Los dos empezaron a moverse en sincronía, y yo solo podía ir con ellos, sostenida entre sus cuerpos, sin control sobre nada excepto los sonidos que escapaban de mi boca.
Alguien acercó otro miembro a mis labios. El más grueso de todos. Me lo pusieron cerca de la boca y lo recibí, intentando respirar entre los embates que llegaban desde abajo y desde atrás. La combinación de las tres penetraciones simultáneas, el blindaje de las ataduras, la oscuridad total del antifaz, me llevaron a un estado que no había experimentado nunca. No era solo excitación. Era algo que empezaba en el centro del cuerpo y se expandía hacia todos lados sin que yo pudiera dirigirlo.
El orgasmo llegó sin aviso, como un cortocircuito. Me sacudí entera. Un grito que no pude contener. Mi cuerpo se contrajo y se arqueó, y en medio de esa sacudida seguían moviéndose, alargando cada ola hasta que el placer se volvió insoportable.
—¡Paren! —logré articular—. ¡Paren, por favor!
Todo se detuvo de golpe. Rodrigo me levantó y me recostó de lado sobre la cama. El vacío que dejaron al salir fue el último golpe: una ausencia que el cuerpo registró como otra sensación más. Me soltó las ataduras y me rodeó con los brazos, pero yo no podía quedarme quieta. Me retorcía sobre las sábanas, temblando, sin poder controlar las sacudidas que recorrían mis piernas y mi vientre.
No sé cuánto tiempo pasé así. Rodrigo me contó después que estuve varios minutos sin responder a nada, enroscada sobre mí misma, emitiendo algo que él describió como un llanto sin lágrimas.
***
Cuando volví, el antifaz ya no estaba. Alguien me había cubierto con las sábanas. Tenía frío, aunque hacía calor en la habitación. La música había parado. Solo estaba Rodrigo, sentado a mi lado, pasándome los dedos por el pelo con mucha suavidad.
—¿Cómo estás? —preguntó.
—Viva —respondí. Era lo más honesto que podía decir.
Miré alrededor. El cuarto era solo nuestro.
—¿Los demás? —pregunté.
—Se fueron. Así estaba planeado. No saber quiénes son es parte de lo que hace que funcione.
Me acercó una taza de té con demasiado azúcar. Lo bebí sin protestar, y el calor del líquido me fue devolviendo los contornos del mundo. Al rato me acurruqué contra su pecho y me quedé dormida.
Han pasado más de diez días desde esa noche. Todavía me sorprendo pensando en ella cuando menos lo espero: en el colectivo, en el trabajo, a punto de dormirme. El cuerpo guarda memoria de ciertas cosas con más fidelidad que la mente.
Lo que empezó como la lectura distraída de una confesión ajena terminó siendo la experiencia más intensa de mi vida. No la busqué con nombre ni apellido. Solo la mencioné, casi de pasada, y Rodrigo hizo el resto. Eso es lo que más me asombra todavía: que él supo antes que yo que era algo que yo necesitaba vivir.