Tres años siguiendo al hombre que no me conoce
Hace tres años recibí una notificación que no esperaba. Un perfil llamado @versosnocturnos me había seguido en la aplicación de fotos donde todos publican sus vidas perfectamente editadas. Antes de aceptar, entré a su cuenta y me quedé parada frente a la pantalla varios minutos: no tenía fotos de su cara, solo fragmentos de texto escritos sobre fondos oscuros, versos que iban directo al grano. En la biografía había una sola línea: escritor erótico. Y más abajo, un enlace a su canal en la aplicación de mensajes de color azul.
Acepté sin pensarlo demasiado.
Eso fue el principio de algo que todavía no sé cómo llamar.
***
De él sé muy poco. Lo que sé lo armé a partir de datos sueltos que él mismo fue dejando en sus publicaciones a lo largo de estos tres años. En una ronda de preguntas respondió que tiene veintitantos, quizás más cerca de los treinta, aunque nunca especificó. Cuando alguien le preguntó directamente por su edad, respondió con una sola frase:
—¿Importa?
No añadió nada más. Y tenía razón, no importaba, o al menos eso me convencí de pensar.
Sus fotos de perfil siempre tienen la misma estética: un hombre con buena estructura, el tipo de cuerpo que se nota trabajado, pero sin cara visible. Nunca supe si esas imágenes son de él o de algún desconocido sacado de internet. Alguien se lo preguntó una vez en esa misma sección de preguntas. Él ignoró la pregunta. Eso también me dijo algo sobre cómo es: no responde lo que no quiere responder, y no se molesta en inventar excusas para no hacerlo.
***
El problema, si es que tiene solución, es que empecé a leerlo en serio.
No como se lee por encima una publicación cualquiera en esa aplicación, con el pulgar deslizando antes de que el cerebro procese nada. Sino de verdad: con el celular apoyado en la almohada tarde de noche, cuando la casa estaba en silencio y yo tenía el tiempo y la soledad para prestarle atención completa a cada línea que escribía.
Escribe con detalle. Eso es lo que más me golpea de su estilo. No usa palabras bonitas para disfrazar lo que está diciendo, sino que dice exactamente lo que quiere decir con una economía de lenguaje que me parece elegante y un poco intimidante. Cuando describe una escena no hay adjetivos de relleno: cuando un personaje se la mete a otro, lo escribe así, sin medias tintas, sin metáforas. La polla entra en el coño, la lengua chupa los pezones, los dedos se hunden en el culo. Lo nombra todo por su nombre y eso es lo que vuelve sus textos imposibles de soltar.
Escribe sobre el deseo de una forma que no he encontrado en ningún otro lugar. No el deseo como producto terminado, sino el momento anterior: la tensión, la espera, la conciencia de que algo está a punto de pasar. Pero también escribe el después: el momento en que la mujer del relato siente la primera embestida hasta el fondo, el segundo exacto en que la verga la abre por dentro, el chorro de semen caliente que le baja por los muslos cuando él termina. Eso también lo hace bien. Quizás mejor que nadie que haya leído antes.
La primera vez que terminé uno de sus relatos largos me quedé inmóvil varios minutos con la mano metida entre las piernas sin haberme dado cuenta de cuándo había llegado ahí. No solo por el contenido explícito, aunque eso también. Fue por la sensación de que alguien había nombrado con precisión exacta algo que yo nunca había sabido articular sola.
***
Me convertí en seguidora fantasma sin haberlo decidido conscientemente.
Nunca le di un like. Nunca comenté. Nunca le mandé un mensaje privado. Veía todo, leía todo, guardaba mentalmente párrafos enteros que me parecían perfectos, y seguía con mi día como si nada hubiera pasado. Como si esas palabras no me acompañaran en el transporte de vuelta a casa, en la ducha cuando el agua me corría por las tetas y yo me quedaba más rato del necesario con el chorro apuntando entre las piernas, en el trabajo cuando miraba la pantalla sin ver realmente lo que tenía delante y se me apretaba el coño debajo de la ropa solo por acordarme de una frase suya.
Mis amigas no saben que ese perfil existe. Nadie lo sabe. Es mío en el único sentido posible cuando algo no tiene reciprocidad: es un secreto de una sola dirección, sin testigos y sin consecuencias para nadie más que yo.
***
Hubo una noche en particular, hace unos ocho meses, que recuerdo con más claridad que el resto.
Era un jueves. Había tenido uno de esos días largos que no te dejan dormir sino que te dejan despierta y sin energía para nada concreto. Me metí en la cama pasada la medianoche, abrí el celular casi por inercia, y vi que había subido algo nuevo: un relato largo, de los que escribe cada dos o tres semanas y que siempre tienen más texto del que uno espera al ver la miniatura.
Empecé a leer.
El relato era sobre una mujer que llevaba semanas fantaseando con un hombre al que apenas conocía. No un desconocido completo, sino alguien de quien sabía algunas cosas pero no lo suficiente. Alguien cuya voz nunca había escuchado pero que ya ocupaba demasiado espacio en su cabeza. La mujer lo observaba desde lejos, sin intervenir nunca, acumulando esa tensión sin tener adónde llevarla. Por la noche se masturbaba pensando en él, con dos dedos hundidos en el coño hasta los nudillos, mordiendo la almohada para no hacer ruido, y al terminar se quedaba con el sabor amargo de saber que él ni sabía que existía.
Leí la primera línea y sentí que el aire de la habitación cambiaba de temperatura. Los pezones se me pusieron duros debajo de la remera vieja con la que dormía.
Seguí leyendo.
En el relato, la mujer finalmente actuaba. No de forma dramática ni con grandes declaraciones. Simplemente escribía un mensaje corto y lo enviaba antes de que el miedo tuviera tiempo de convencerla de lo contrario. Lo que seguía era una conversación que avanzaba despacio y luego no tan despacio. En tres mensajes él ya le estaba preguntando si estaba mojada. En cinco, ella le estaba describiendo cómo se metía los dedos mientras le escribía. En diez, habían quedado en encontrarse esa misma noche.
Él describía cada intercambio con la misma precisión de siempre: esa manera de nombrar las cosas sin rodeos, sin ornamentación, que me resulta casi insoportablemente atractiva cuando la encuentro en sus textos. Y después describía el encuentro. La puerta del departamento abriéndose, ella entrando, él agarrándola de la nuca y besándola contra la pared antes de que ella pudiera siquiera saludar. La mano de él metiéndose por debajo de la falda y comprobando con dos dedos que ella había llegado empapada, calada hasta la bombacha, lista para que se la cogiera ahí mismo de pie. Las primeras embestidas contra la pared, con ella todavía con la cartera colgada del hombro porque no había tenido tiempo de soltarla. Después la cama. Después la boca de él chupándole el coño durante lo que parecían horas, hasta que ella gritaba pidiendo que parara y al mismo tiempo le agarraba el pelo para que no se moviera. La forma en que él la daba vuelta y se la metía por atrás mientras ella tenía la cara contra el colchón y el culo levantado. El semen corriéndole por la espalda al final, porque él se había salido en el último segundo para terminarle encima.
Para cuando llegué a la mitad tenía el teléfono apoyado en el pecho y los ojos en el techo.
—Esto soy yo —dije en voz baja, a nadie.
No yo como persona, porque él ni sabe que existo. Pero sí la situación. La misma distancia, la misma observación callada, el mismo deseo acumulándose sin ningún lugar adonde ir.
***
Dejé el celular sobre la mesita de luz. Afuera, un auto pasó lento por la calle mojada. Adentro, la única luz era la pantalla que se apagaba sola.
Pensé en él. No en una imagen concreta, porque no tengo ninguna que sea realmente suya. Pensé en la voz que no conozco. En las manos que nunca vi. En realidad lo que pensé fue en la mente detrás de esos textos: alguien que entiende algo sobre el deseo que a mí me cuesta poner en palabras, que lo entiende tan bien que lo convierte en algo legible para los demás.
Me pregunté si sabría que hay mujeres como yo leyéndolo. Seguidoras fantasma que nunca dan señales de vida pero que sí están ahí, al otro lado de la pantalla, completamente atentas. Que lo leen a las dos de la mañana con el celular en la almohada y se quedan pensando en sus frases mucho tiempo después de apagar la pantalla. Que se meten la mano debajo del pijama mientras leen y se corren con su nombre en la cabeza aunque su nombre real no lo conozcan.
Supuse que sí lo sabía. Supuse que por eso escribía de esa forma.
Me pasé la mano por el estómago sin pensarlo. Un gesto automático, casi inconsciente. La habitación estaba en silencio, yo estaba sola, y llevaba demasiadas semanas cargando esa tensión sin hacer nada útil con ella. Bajé la mano un poco más, por encima del pijama, y al pasar por encima del pubis sentí el calor que ya venía juntando ahí desde antes de que decidiera nada. Estaba mojada. No un poco. Empapada al punto de que la tela del pantalón ya había absorbido la humedad y se pegaba contra los labios del coño cada vez que cerraba las piernas.
Cerré los ojos.
Lo imaginé con la descripción que él mismo había dado de sí: alto, estructura trabajada, esa seriedad tranquila que se lee entre líneas en todo lo que escribe. Sin cara concreta. Solo la presencia, que es lo más difícil de inventar y sin embargo esa noche me salió fácil, natural, como si la hubiera estado construyendo durante meses sin saber que era para esto.
Lo imaginé leyéndome a mí. Que era yo la que había enviado ese mensaje del relato. Imaginé su voz, inventada completamente, grave y directa como su escritura, diciéndome al oído lo que quería hacerme, sin pedir permiso, sin disculparse por nada. Imaginé sus manos moviéndose con la misma precisión deliberada con la que elige las palabras cuando describe una escena: sin apuro, una mano agarrándome la mandíbula para mantenerme la cara levantada hacia él, la otra metiéndose por debajo de la remera y subiendo despacio hasta encontrarme los pezones duros y apretarlos hasta que se me escapara un sonido que él no me iba a permitir aguantar.
Me bajé el pantalón del pijama hasta los muslos. La bombacha la corrí a un lado sin sacármela. Sentí el aire frío de la habitación contra el coño expuesto y por un segundo me quedé así, sin moverme, dejando que la espera fuera parte de lo que estaba pasando. Eso lo aprendí de él también: que el momento anterior tiene su propio valor.
Mis dedos se movieron despacio entre los labios. No con la coreografía perfecta de sus propios relatos. De forma honesta y un poco torpe, como pasa de verdad cuando una está sola y tiene demasiado en la cabeza y el cuerpo simplemente pide algo concreto. Estaba más mojada de lo que había estado en mucho tiempo. Los dedos se me deslizaron sin esfuerzo, resbalando con la propia humedad, y al llegar al clítoris hice presión con la yema del dedo del medio y solté el aire entre los dientes.
—Mierda —murmuré.
Empecé a moverlo en círculos pequeños, con la presión justa, sin acelerar todavía. Me tomé mi tiempo. No había ninguna razón para no hacerlo. Tenía toda la noche y nadie del otro lado de la pared para escucharme.
Lo imaginé arrodillado entre mis piernas. Esa fue la primera imagen concreta que se me armó. Su cabeza entre mis muslos, separándome con las manos para tener acceso, y la lengua plana lamiéndome desde la entrada del coño hasta el clítoris en un movimiento largo y lento. Sin apuro, otra vez. Como si tuviera todo el tiempo del mundo para mí. Después la lengua concentrándose en el clítoris, los labios chupándome, dos dedos metiéndose despacio y curvándose para encontrar el punto exacto que él, en sus relatos, siempre describía como si lo conociera de memoria.
Mientras lo imaginaba, dos de mis propios dedos se hundieron en el coño. Estaba tan mojada que entraron hasta los nudillos sin la menor resistencia. Sentí el apretón de mis propias paredes alrededor de ellos y eché la cabeza hacia atrás contra la almohada. Empecé a moverlos hacia adentro y hacia afuera, despacio, mientras con la otra mano me subí la remera hasta el cuello y me agarré una teta. Me pellizqué el pezón fuerte, como me lo habría hecho él, y el dolor breve me atravesó el cuerpo entero y me bajó directo al coño.
Cambié de mano. Con la izquierda me seguí cogiendo con los dedos y con la derecha volví al clítoris, en círculos más rápidos ahora, sin perder el ritmo. La respiración se me había vuelto corta hacía rato. Tenía las piernas abiertas tanto como podía y los pies plantados en el colchón para tener apoyo. La cama empezó a moverse un poco con mi propio ritmo.
En algún punto, con los ojos cerrados y los dedos hundidos hasta el fondo, pensé en un párrafo específico de ese relato que acababa de leer. La escena en que el hombre la daba vuelta y se la metía por atrás sin previo aviso, con ella todavía recuperándose de haberse corrido contra su boca. La forma en que él describía la primera embestida: sin anunciarla, sin ceremonias, con esa brutalidad silenciosa que tiene cuando escribe sobre lo que de verdad importa. Pensé en esa imagen concreta —en su polla abriéndome por dentro mientras yo tenía la cara contra el colchón— y sentí que algo se apretaba y luego se abría.
Saqué los dedos del coño y los usé para mojarme más el clítoris. Volví a meterlos. Los saqué otra vez. Estaba cerca y lo sabía. El sonido húmedo de mis propios dedos entrando y saliendo era lo único que se escuchaba en la habitación, y por un segundo me imaginé que él podía oírlo desde el otro lado del país, desde donde fuera que estuviera escribiendo en ese momento.
—Cogeme —dije en voz baja, para nadie. Para él, aunque él no estaba—. Cogeme bien.
Me corrí con tres dedos adentro y la otra mano apretándome el clítoris en círculos cerrados. El orgasmo me partió por la mitad. Sentí las paredes del coño contrayéndose alrededor de mis propios dedos en pulsaciones largas, una atrás de otra, y se me escapó un gemido más alto de lo que pretendía. Las piernas me temblaron sobre el colchón. Una mancha de humedad caliente se me corrió por el muslo hacia abajo, hacia las sábanas, y no me importó.
Por un rato no pensé en nada más.
***
Cuando terminé me quedé mirando el techo. Los dedos todavía adentro, ya quietos. El cuerpo relajado, la cabeza todavía un poco encendida. Sentía las pulsaciones residuales del coño apretándose cada tantos segundos alrededor de mis dedos, cada vez más débiles. Afuera había dejado de haber ruido en la calle.
Saqué la mano despacio. Tenía los dedos pegajosos hasta la palma. Por un segundo me los acerqué a la boca sin pensarlo y los chupé, probando mi propio sabor, imaginando que era él el que me los estaba haciendo chupar. Después me limpié con la sábana, sin elegancia.
Abrí el celular. Su publicación seguía ahí, con los mismos likes de antes. Ninguno mío. Sin ningún comentario de mi parte.
Seguí siendo fantasma.
***
Llevamos tres años así, él y yo, aunque él no sabe que yo existo en esa ecuación. En ese tiempo publicó docenas de relatos, varios poemas que me parecieron demasiado buenos para el formato donde los subió, y largas rondas de preguntas y respuestas que me dieron más información sobre cómo piensa que cualquier entrevista formal podría haberlo hecho. Lo he visto responder con paciencia a preguntas tontas, esquivar sin esfuerzo las que no quiere contestar, y cada tanto soltar alguna frase suelta sobre su proceso de escritura que me resulta más interesante que la mayoría de los relatos que publica.
Sé que lee con disciplina. Sé que escribe todas las mañanas antes de hacer cualquier otra cosa. Sé que tiene opiniones firmes sobre ciertas cosas y que las expresa sin pedir disculpas ni esperar aprobación.
Una vez, en esa sección de preguntas, alguien le escribió que sus textos la hacían sentir cosas que no podía describir. Que se mojaba leyéndolo, fue la palabra exacta que usó. Él respondió:
—Para eso están.
Dos palabras. Exactas. Sin explicación adicional, porque no la necesitaban.
***
A veces pienso en mandarle algo. Una frase corta. No una declaración ni una propuesta. Simplemente algún reconocimiento de que sus textos existen y que llegan a lugares que él no puede ver desde donde está. Lugares concretos, físicos. Que más de una vez me hicieron acabar sola en la cama con su nombre fantasma en la boca.
Siempre encuentro una razón para no hacerlo.
Que soy tímida, principalmente. Que no sé qué espero obtener de esa interacción. Que prefiero la versión de él que tengo en la cabeza, construida solamente a partir de sus palabras, sin el ruido de una conversación real que podría arruinarla o complicarla de formas que no me apetece manejar. Que me da miedo ser una más entre las muchas que le escriben cosas parecidas, contándole con qué dedos se cogieron mientras lo leían, y que él responda con la misma educación distante con la que probablemente responde a todas.
Que me da miedo, sobre todo, que la realidad sea menos que lo que me inventé.
***
Hay una lógica extraña en este tipo de vínculo. No es obsesión, no es amor platónico en el sentido clásico de la expresión. Es algo más específico: la conciencia de que una persona existe en el mundo y produce cosas que te importan, y la decisión de quedarte en los márgenes de esa existencia sin reclamar ningún espacio adentro de ella.
De cierta manera es cómodo. No tiene las complicaciones ni las decepciones de lo real. No tiene el riesgo de descubrir que la persona que imaginaste y la persona que es en realidad no tienen nada que ver. No tiene el riesgo de que la polla con la que te masturbás imaginándotela termine siendo, en la cama, otra cosa distinta a la que armaste leyéndolo.
Pero en noches como aquella, cuando termino de leerlo y me quedo con esa sensación particular de haber tocado algo verdadero —con los dedos todavía húmedos y el corazón todavía golpeando contra las costillas—, me pregunto qué pasaría si cruzara esa distancia. Si dejara de ser la lectora que no deja rastro.
Hasta ahora, la pregunta queda suspendida. Sin respuesta. Solo la pregunta en sí, esperando el momento en que yo tenga suficiente valor o suficiente desesperación como para finalmente contestarla.
Por ahora, sigo leyendo.
Y él sigue sin saber que existo.