El paciente que despertó lo que yo creía dormido
Me llamo Nuria. Tengo cincuenta y tres años, pelo castaño con rulos que ya no domo del todo, caderas anchas que cargo con cierto orgullo y un par de kilos de más que llegaron para quedarse después del segundo embarazo. Llevo más de veinte años trabajando como enfermera en la misma clínica de rehabilitación, y en ese tiempo he visto de todo: pacientes que lloran, que se quejan, que flirtean con descaro y alguno que otro que se cree que somos sus sirvientas. A esa altura de la vida, pocas cosas me sorprenden ya.
Cuento esto porque lo que pasó hace unos meses me sorprendió. A mí, que creía haberlo visto todo.
Después de quedarme viuda por segunda vez, el sexo dejó de ser algo que buscara activamente. No es que me resignara ni que me pusiera triste por ello. Simplemente, la vida siguió: mis hijos, el trabajo, las cenas del jueves con las compañeras. El deseo se fue acomodando en algún cajón del fondo, de esos que uno sabe que existen pero no abre con frecuencia. Me volví bastante hábil con mis propias manos, lo reconozco, pero era algo funcional. Mecánico, casi. Sin chispa.
Marcos llegó a principios de septiembre, recién terminadas las vacaciones de verano.
Cuarenta y dos años, pelo oscuro salpicado de canas en las sienes, ojos claros y una sonrisa que uno notaba había practicado mucho para resultar encantadora sin parecer estudiada. Tenía una lesión en el hombro derecho por un accidente de tráfico. Nada grave, pero que le impedía girarlo bien y le daba dolores punzantes si hacía demasiado esfuerzo. Necesitaba fisio tres veces por semana y yo me encargaba de los controles previos a cada sesión.
Desde el primer día habló. Mucho. Era de esos pacientes que transforman la sala en una especie de tertulia improvisada. Me contó que tenía una pequeña empresa de distribución, que le encantaba el ciclismo y que hacía diez años había vivido en el sur y todavía añoraba ciertos platos de por allá. Me hizo preguntas sobre el barrio, sobre la clínica, sobre si los tratamientos dolían de verdad o si solo lo decíamos para preparar al paciente psicológicamente.
—Un poco de los dos —le dije la primera vez.
Se rió. Tenía una risa limpia, sin afectación.
Lo que ocurrió a la semana siguiente fue, en principio, algo sin importancia. Me incliné para ajustar los electrodos en su hombro y noté su mirada. No fue un vistazo rápido y culpable, de esos que uno finge que no ha visto. Fue una mirada directa, consciente, que duró quizás dos segundos más de lo estrictamente casual. Yo llevaba la bata desabrochada un botón por el calor de esa semana y la vista que tenía desde abajo era generosa.
Me incorporé sin decir nada. Él tampoco dijo nada. Siguió con la sesión como si no hubiera pasado.
Pero yo lo llevé encima toda la tarde.
No porque me molestara, que era lo primero que esperaba sentir. Sino porque me había sentido algo que hacía mucho no recordaba: deseada. Vista. No como enfermera, no como madre, no como la señora responsable del tercero. Como mujer.
Eso abrió algo en mí que no sabía que seguía entreabierto.
Los días siguientes me descubrí haciéndolo a propósito. Me agachaba con más calma de la necesaria para revisar los electrodos en sus piernas. Dejaba el segundo botón de la bata sin abrochar cuando sabía que iba a atenderle. Si tenía que tomar nota de algo en la pizarra, tardaba más de lo habitual en volverme. Pequeñas cosas que cualquiera podría considerar inocentes y que yo sabía perfectamente que no lo eran.
Marcos lo notó. No hizo ningún comentario, ningún gesto torpe. Pero lo notó. La calidad de su silencio en esos momentos era distinta a la del resto del tiempo. Más cargada.
El martes de la segunda semana de octubre, el aire acondicionado de la planta se averió a mediodía. En septiembre todavía hace calor en esta ciudad y aquella tarde la clínica parecía una sauna. Marcos llegó a su cita con la camiseta pegada a la espalda y yo llevaba horas sudando dentro del uniforme.
Durante la preparación para su sesión, me moví más de lo normal alrededor de él. Ajustaba cosas que no necesitaban ajuste. Me incliné para comprobar la presión de los manguitos y cuando me incorporé, nuestros brazos se rozaron. Apenas un segundo. Él no se apartó. Yo tampoco.
—Hoy hace un calor de infierno —dijo.
—Sí —contesté, y mi voz sonó más baja de lo que pretendía.
La sesión terminó y él se fue. Yo me quedé en la sala fingiendo ordenar algo en el carrito de material mientras las otras compañeras estaban en consulta. Tenía el corazón acelerado de una manera ridícula para mi edad. Y algo más. Un calor entre las piernas que no tenía nada que ver con la avería del climatizador.
***
La sala de descanso estaba vacía cuando fui a comer. Dejé el táper sin abrir sobre la mesa y me quedé mirando la pared un momento. Luego entré al baño.
Me encerré en el último cubículo, el del fondo, el que tiene el pestillo más sólido. Me desabroché tres botones de la bata y apoyé la espalda contra la pared fría, que fue un alivio. Mis pechos habían aguantado bien dos embarazos y más de cincuenta años. No eran los de una chica de veinte, pero seguían siendo los míos y en ese momento los noté pesados, sensibles, con los pezones marcados contra el tejido del sujetador.
Me lo quité. Lo colgué del gancho de la puerta.
Bajé el pantalón del uniforme hasta las rodillas junto con la ropa interior y me senté en la tapa del inodoro con las piernas separadas. El silencio de ese baño de media tarde era casi total, solo el zumbido lejano de alguna máquina en fisioterapia y el goteo de un grifo mal cerrado.
Empecé despacio. Con la yema del dedo índice recorrí el borde exterior, con toda la calma del mundo, sin prisa. Era una sensación que conocía bien pero que esa tarde tenía una textura diferente. Estaba pensando en Marcos, en su mirada de aquella primera sesión, en el roce de hace una hora. Me pregunté cómo serían sus manos. Si sería tan hablador en la cama como en la sala de espera o si el silencio se le daría mejor de lo que parecía.
Pasé los dedos por entre los labios con suavidad. Estaba muy húmeda. Más de lo que esperaba. Me mordí el labio inferior para contener un sonido que quería salir y seguí moviéndome, ahora con la palma de la mano cubriendo el monte de Venus, el dedo medio apoyado sobre el clítoris que ya estaba inflamado y reactivo al menor contacto.
Empecé a moverme en círculos. Lentos al principio. La respiración se me fue acelerando sola, sin que yo lo decidiera. Con la mano libre acaricié mis pechos, uno y luego el otro, pellizqué el pezón derecho con dos dedos y el placer subió directo por la columna vertebral.
Dios, cuánto tiempo llevaba sin hacer esto en condiciones.
Aceleré el ritmo sobre el clítoris. Los círculos se hicieron más pequeños, más concentrados. Introduje un dedo y la presión de dentro añadió otra capa al placer, algo más profundo y urgente. Luego dos. Me mordí el brazo para ahogar el gemido que no pude contener del todo.
Estaba a punto. Podía notarlo en la tensión que se acumulaba desde las caderas hasta los muslos. Los dedos se movían rápido y el sonido húmedo de mis propias manos era lo único que llenaba el cubículo.
Entonces alguien entró al baño.
Me paralicé. Los pies de Patricia, la enfermera de planta baja, inconfundibles por las zuecos amarillos que usaba desde hacía años, se detuvieron cerca de la puerta.
—¿Nuria? ¿Estás ahí? Necesito que vengas un momento, hay un lío con el señor Fuentes.
Me tomé cinco segundos. Respiré.
—Ya voy, dame un momento.
Me recompuse a toda velocidad. Sujetador, pantalón, botones. Me pasé agua fría por la cara en el lavabo y me miré al espejo. Las mejillas encendidas, los ojos brillantes de una manera que no se podía disimular del todo.
—¿Estás bien? —me preguntó Patricia cuando salí—. Te noto acalorada.
—Es este calor —dije—. Con la avería del aire me tienen frita.
El señor Fuentes resultó ser un problema menor que se resolvió en diez minutos. Volví a mis tareas pero con esa tensión sin resolver pegada al cuerpo como una segunda piel. El contacto de la ropa interior me resultaba irritante. Cada vez que me sentaba, notaba el pulso entre las piernas como un recordatorio constante de lo que había quedado a medias.
Nunca dos horas se me habían hecho tan largas.
***
Cuando terminó mi turno, no pasé por el vestuario a charlar como hacía normalmente. Me despedí con un gesto desde el pasillo y salí a la calle directa hacia el coche. Vivía a doce minutos. Esa tarde los hice en nueve.
El piso estaba vacío. Mi hijo mayor tenía clase hasta las ocho. El pequeño, que ya no era tan pequeño pero al que seguía llamando así por costumbre, había quedado con unos amigos.
Dejé el bolso en la entrada sin ni siquiera empujar la puerta del todo. Fui directa al dormitorio.
Me desnudé delante del espejo de cuerpo entero que tenía apoyado contra la pared desde que lo compré en el rastro hace años y nunca terminé de colgar. Me quedé mirándome un momento. Las caderas, el vientre, los pechos que caían apenas un poco más que hace veinte años. Un cuerpo que había vivido, que había parido, que había cargado cosas pesadas y había aguantado pérdidas importantes. Un cuerpo real.
Y un cuerpo que en ese momento quería exactamente una cosa.
Me tumbé en la cama boca arriba con las piernas abiertas y empecé desde donde lo había dejado. Sin ceremonias. Con la mano derecha sobre el sexo y la izquierda recorriendo el contorno del pecho izquierdo, siguiendo la curva, rozando el pezón con la palma abierta antes de apretarlo con dos dedos.
Esta vez no me interrumpía nadie.
Me tomé el tiempo que me había negado por la mañana. Fui despacio al principio, dejando que el placer se acumulara de verdad, sin atajos. Pensé en los ojos de Marcos. En ese momento en que nuestros brazos se rozaron y ninguno de los dos se apartó. Imaginé cómo sería tenerlo ahí, en esa habitación, mirándome exactamente como me había mirado en la sala de rehabilitación pero sin nada de ropa entre los dos.
Los dedos se movían solos ya, siguiendo un ritmo que mi cuerpo llevaba décadas conociendo pero que esa tarde tenía una urgencia diferente. Introduje dos dedos y arqueé la espalda. La sensación de plenitud fue inmediata y fuerte, y un sonido que no era un gemido exactamente sino algo más profundo salió de mi garganta sin que yo lo decidiera.
Me di media vuelta. Apoyé la cara contra la almohada y seguí. Con la mano trasera mantenía el ritmo sobre el clítoris, los dedos curvados hacia dentro, tocando el lugar exacto que sabía que necesitaba. Mis gemidos quedaban amortiguados por la tela y yo dejé de contenerlos. Aquí no había nadie que me interrumpiera.
Las piernas empezaron a temblar. Noté el orgasmo construirse desde adentro hacia afuera, como una ola que crece desde el fondo antes de romper. Apreté la almohada con la mano libre y aceleré. Los músculos del vientre se tensaron. La respiración se cortó.
Y entonces rompió.
Una contracción profunda, larga, que me recorrió desde las caderas hasta los pies y me dejó durante unos segundos completamente fuera de control. Los dedos se movieron dos veces más, tres, aprovechando cada réplica del placer hasta que las piernas cedieron y caí sobre la cama con todo el peso del cuerpo, exhausta y con el pulso aún acelerado.
Me quedé así, boca abajo, sin moverme, escuchando cómo mi respiración volvía poco a poco a la normalidad.
Afuera, en algún punto de la tarde, un coche tocó el claxon. El piso de arriba crujió con los pasos de la vecina. La ciudad seguía funcionando, indiferente.
Hacía mucho tiempo que no me sentía tan viva.
Cuando me di la vuelta y miré al techo, sonreí. No por lo que había pasado en sí, sino por lo que significaba. Ese cajón del fondo que creía medio vacío seguía teniendo cosas dentro. Muchas cosas. Solo necesitaba que alguien le diera un motivo para abrirse.
Marcos tenía cita el jueves.
Pensé en eso mientras me tapaba con la sábana y esperaba que volviera la energía a las piernas. Pensé en eso, y en el botón de la bata que decidiría si abrochar o no cuando llegara el momento.