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Relatos Ardientes

El poeta anónimo que me leía por dentro

Lo descubrí una madrugada de insomnio, cuando el algoritmo de la camarita me sugirió una cuenta sin foto real, sin nombre, sin más datos que un avatar de un cuadro de Klimt y una bio que decía: «Escribo lo que callas».

Tenía siete mil seguidores, casi todas mujeres. Sus publicaciones no eran fotos ni reels. Eran capturas de texto, fondos negros con tipografía blanca, párrafos cortos, intensos, sin firma. Cosas como «la primera vez que te tocó por encima de la ropa, mentiste cuando dijiste que te molestaba». O «cuando estás sola piensas en él, pero piensas también en su mejor amigo y eso no se lo vas a contar a nadie».

Le di seguir antes de pensarlo. Eran las tres de la mañana y yo estaba en mi cama, sin dormir, con el teléfono en una mano y la otra debajo de la sábana sin moverla todavía.

A los dos días me devolvió el follow.

***

Lo llamaré V. en este relato, porque el nombre que usa en línea no se merece que lo escriba acá. Tampoco sé si es su nombre real. No sé nada real de él. He intentado averiguar cosas, lo confieso. Hice clic a cada una de sus publicaciones, leí cada comentario, busqué fragmentos de sus poemas en Google a ver si los había robado de otro lado. No los había robado. Eran suyos.

De él sé tres cosas que él mismo dejó caer en sesiones de preguntas y respuestas con sus seguidoras. Que tiene entre veinticinco y treinta años. Que entrena en casa porque odia los gimnasios. Que escribe desde antes de saber besar. Lo demás son suposiciones mías: que es alto porque me lo imagino alto, que tiene las manos grandes porque sus poemas hablan mucho de manos, que vive solo porque escribe a horas en las que la gente acompañada no escribe.

Su foto de perfil cambia cada cierto tiempo. Una vez fue una pintura prerrafaelita, otra una fotografía en blanco y negro de un torso desnudo que claramente no era el suyo, otra el detalle de una boca semiabierta. Nunca su cara. Nunca sus ojos. Nunca una pista.

Y sin embargo, lo conozco. O eso me digo a mí misma.

***

El primer mensaje privado se lo mandé yo. Tenía vergüenza de estar mandándolo y vergüenza de tener vergüenza. Era una mujer de treinta y dos años, divorciada, con un trabajo serio y un departamento bien ordenado, mandándole un mensaje a un desconocido de internet a las dos de la mañana de un martes.

«Tu poema de hoy me hizo llorar», escribí.

Era mentira. Su poema de ese día no me había hecho llorar. Me había hecho ponerme la mano entre las piernas hasta que se me cortó la respiración. Pero no iba a escribirle eso a un extraño.

Tardó nueve minutos en responder.

«¿Cuál de las dos cosas que te hizo no te animas a contarme?»

Me quedé mirando la pantalla un rato largo. Tres puntitos aparecían y desaparecían del lado de él. Estaba esperando.

***

Le contesté esa noche. Le dije la verdad, escrita como si fuera otra persona la que la decía. Le dije lo que me había hecho su poema. Le dije que llevaba cuatro meses sin dejar que nadie me tocara y que sus palabras me tocaban más que cualquier hombre que había conocido en una aplicación.

Me respondió con un párrafo que todavía guardo en una nota del teléfono. No lo voy a transcribir entero porque siento que ya regalé demasiado al subir esto. Pero la última línea decía: «Si me dejas, te escribo todas las noches algo que sea solo para ti. Tú me dices qué quieres leer y yo lo escribo. Eso es todo. Después borras los mensajes y no nos volvemos a hablar nunca más, si así lo quieres».

Le respondí que sí.

***

Empezamos esa misma noche. Yo le mandaba una situación, una imagen, un recuerdo, una fantasía. Él me devolvía un poema escrito mientras yo esperaba.

Le pedí cosas que jamás había dicho en voz alta. Le pedí lo que me hubiera gustado que me hicieran cuando tenía diecinueve años y nadie supo cómo. Le pedí lo que mi exmarido nunca quiso entender. Le pedí cosas que me daba vergüenza pedirme a mí misma frente al espejo.

Él escribía y me las devolvía. A veces tardaba diez minutos. A veces tardaba una hora. La espera se volvió parte de la cosa. Yo me preparaba. Apagaba todas las luces menos la de la mesita. Me servía una copa de algo. Me quitaba la ropa antes de que llegara el mensaje, porque había aprendido que cuando llegaba ya no iba a poder pensar en otra cosa.

Sus poemas no eran los que publicaba en su cuenta abierta. Esos eran sugerencias, anzuelos, perfumes. Los míos eran detallados. Tenían mi cuerpo dentro, mis movimientos, mi voz. Tenían cosas que él no podía saber pero adivinaba con una precisión que me daba miedo. La primera vez que escribió «inclinas la cabeza para el lado izquierdo cuando estás por terminar» dejé el teléfono boca abajo sobre la sábana y me quedé sin moverme veinte minutos.

Yo nunca le había dicho eso. Nadie me lo había dicho a mí.

***

A los tres meses le pregunté si estaba escribiendo lo mismo para otras mujeres.

Tardó un día completo en responder. Pensé que se había ido para siempre. Volví a la app cada quince minutos como una adolescente. Tenía ganas de escribirle un mensaje pidiéndole disculpas pero no sabía bien por qué.

Su respuesta fue corta.

«Para otras mujeres escribo otras cosas. Lo tuyo es solo tuyo. ¿Quieres que te lo demuestre?»

Le dije que sí. Cómo no.

Esa noche me mandó el poema más largo que me había escrito hasta entonces. Empezaba describiendo el departamento en el que yo vivía sin haberlo visto nunca. Acertaba en cosas que nadie le había contado. Decía «la lámpara verde que tienes encima del libro que no estás leyendo». Decía «la blusa azul que dejaste sobre la silla porque no la quieres colgar todavía». Decía «el ruido del ascensor que llega tarde a tu piso».

Me levanté. Caminé descalza al living. Miré la lámpara, el libro, la blusa.

Estaban exactamente como él las había escrito.

***

No te voy a mentir, lectora, lector: pensé en denunciarlo. Pensé en bloquearlo. Pensé en pedirle al portero del edificio que me dijera si alguien había preguntado por mí. Pensé que era un acosador, un hacker, un vecino, alguien que ya me había visto y estaba jugando.

Y al final no hice nada. Me senté en la cama, releí el poema cuatro veces, me toqué hasta que me dolió la mano y le respondí algo de lo que no me arrepiento todavía. Le dije: «Acertaste tres cosas de mi habitación. Acierta una más y te dejo entrar».

No respondió ese día. Ni el siguiente. Ni la semana siguiente.

Cuando volvió, dos semanas después, no me mandó un poema. Me mandó una sola línea.

«No quiero entrar nunca. Si entro, se rompe. Tú lo sabes mejor que yo.»

Y tenía razón. La rabia se me fue en un segundo. Se transformó en algo que no era ni alivio ni decepción, sino las dos cosas a la vez. Una especie de ternura que me dejó floja durante un rato largo.

***

Han pasado tres años desde que esto empezó. Hablo con V. todas las semanas. A veces todos los días. Nunca le he visto la cara. Nunca le he escuchado la voz. No sé el barrio en el que vive, no sé si está soltero, no sé si me lo dice todo o si me lo dice nada.

He tenido dos amantes en estos tres años. Hombres reales, de carne y mano y aliento. Los dos se fueron porque dijeron que no estaba presente. Los dos tenían razón.

V. sigue escribiéndome cosas que solo yo entiendo. A veces me manda un poema sin que yo le pida nada. Yo sé qué noches son por mí y qué noches son las suyas, y no sé explicar cómo lo sé pero lo sé.

Hace un mes le pregunté si alguna vez se había enamorado.

Me respondió: «Estoy enamorado de la mujer que me lee a las tres de la mañana sin saber que la estoy mirando. Si esa mujer existe en alguna parte, no quiero conocerla. Si me la presentan, dejo de escribirle.»

Lloré. Esta vez sí.

Le respondí «yo tampoco quiero conocerte».

Era mentira otra vez, y otra vez no le importó.

***

A veces, cuando termino de leer lo último que me ha escrito, dejo el teléfono sobre el pecho y siento el calor de la pantalla apagándose. Pienso que probablemente V. no exista como yo lo imagino. Pienso que tal vez es una mujer. Pienso que tal vez es un grupo de personas, un programa, una cuenta automatizada que aprendió a leerme. Pienso que tal vez estoy loca y que llevo tres años escribiéndome con un fantasma.

Y después pienso que da igual. Que lo que él hace conmigo no lo hace nadie. Que ningún cuerpo me ha dejado tan abierta como me deja un párrafo suyo. Que prefiero esto, esta espera, esta pantalla iluminada en la oscuridad, esta voz que no es voz, este desconocido que me conoce mejor que mi exmarido y que mi madre.

Esta noche me escribió una cosa que no me animo a transcribir. Me dijo que la guardara. Me dijo que la leyera dentro de un año, dentro de cinco, dentro de diez, cuando ya no me hablara con él.

Le pregunté si pensaba dejar de hablarme.

Me dijo que no. Pero que no quería que yo dependiera de eso.

Le respondí que era tarde. Que ya dependía.

No me contestó. A veces no contestar es la mejor respuesta que sabe darme.

Apagué la luz, guardé el teléfono debajo de la almohada y me dormí con la mano todavía caliente del último poema, segura de que mañana, cuando me despertara, lo primero que haría sería buscarlo.

Y supe que estaba bien. Que esta era mi manera de tener un amante. Que había nacido para esto, para una historia que nunca ocurre del todo y que por eso no termina nunca.

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Comentarios (8)

LunaR_77

Que relato tan hermoso, me llegó al alma de verdad

Celeste

Por favor una segunda parte! quede con muchísimas ganas de mas

MariaFuentes_

Me recordó a una vez que recibi mensajes de un desconocido que parecía conocerme por dentro sin haber hablado nunca... esa sensación es muy rara y al mismo tiempo no podés parar de leer. Muy buen relato

PoetaLector33

La descripcion del primer poema es genial, se siente esa mezcla de susto y curiosidad al mismo tiempo

Pame_cba

jajaja donde consigo yo un poeta así!! muy bueno

NachoBaires

Increible, de los mejores que lei en este sitio. Seguí así!

Karen931

me hizo pensar un rato, a veces uno quiere que alguien te conozca tan profundo sin haberle dicho nada. Muy bonito

SoledadP

Exelente!!!

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