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Relatos Ardientes

Mi amiga apareció desnuda y ganó la apuesta

3.3 (3)

Sofía llevaba más de dos horas frente a la pantalla del ordenador, rodeada por el olor del café que se enfriaba en la taza y la cera de una vela de bergamota que ardía en la estantería. El salón del piso que compartían en el barrio universitario tenía esa atmósfera densa de tarde de otoño, con la lluvia repiqueteando contra los cristales y la luz del flexo proyectando un círculo cálido sobre los apuntes.

Nadia estaba tumbada en el sofá, mirando el techo con una expresión de quien finge no estar aburrida.

—¿Sigues con eso del trabajo sobre Velázquez? —preguntó, tirando un cojín al aire y cogiéndolo.

—Queda poco —dijo Sofía sin apartar la mirada del texto—. El profesor quiere un análisis completo de Las Meninas. Me exige que interprete cada plano de luz como si yo hubiera estado allí cuando la pintaron.

—Llevas diciéndome «queda poco» desde las seis de la tarde. —Nadia se incorporó, apoyando los codos en los muslos—. Tengo algo mejor que Velázquez.

Sofía levantó la cabeza.

—Mira. —Nadia alargó el brazo para coger su móvil de la mesita y deslizó el dedo por la pantalla—. Ha llegado al grupo de los de Bellas Artes.

Sofía se inclinó para leer. La invitación tenía fondo negro con letras doradas: «LA FIESTA DE DISFRACES DEL AÑO. SÁBADO, 22H. TEMÁTICA: DIOSES Y MORTALES. SOLO PARA LOS QUE SE ATREVAN. UBICACIÓN: LOS INICIADOS YA SABEN DÓNDE».

—¿De quién es esto? —preguntó Sofía.

—De Marcos. El de pelo morado que organiza los eventos de la facultad. Dicen que el año pasado montó algo en una nave del puerto que la gente todavía comenta.

Sofía cerró el portátil de golpe.

—Vamos. No hay discusión.

—Sabía que dirías eso. —Nadia sonrió—. Pero antes de que te emociones demasiado, propongo una apuesta.

—¿Qué apuesta?

Nadia juntó las puntas de los dedos con aire de conspiradora. —Quien lleve el disfraz más atrevido gana el derecho a presumir durante todo el mes. Y la otra tiene que fregar los platos esa semana.

Sofía soltó una carcajada. —Aceptado. Pero prepárate para perder, porque lo que tengo pensado va a dejar en ridículo todo lo que hayas visto.

—Eso lo veremos el sábado —dijo Nadia, levantándose del sofá con una sonrisa que Sofía no supo muy bien interpretar.

***

Los días siguientes transcurrieron en una especie de guerra fría doméstica. Cajas llegaban al piso y desaparecían directamente en los cuartos. Una tarde, Sofía oyó el zumbido de una máquina de coser que Nadia había sacado del armario después de meses sin usar. Otra tarde, Nadia llegó con un tubo largo de cartón que guardó antes de que Sofía pudiera preguntarle nada.

—¿Qué es eso? —dijo Sofía desde la cocina.

—Componentes estratégicos —respondió Nadia, cerrando la puerta de su habitación.

Sofía pasó tres tardes transformando una falda gris que había comprado en el mercadillo. La acortó hasta un largo escandaloso, añadió pinzas en la parte trasera para marcar la silueta y abrió una costura lateral que subía casi hasta la cadera. La blusa de seda blanca, casi transparente, con cuello de encaje, la había encontrado en una tienda de segunda mano. Las medias blancas hasta el muslo, la liguera de encaje negro, los tacones de charol con hebilla. Todo calculado, todo pensado para ganar.

El viernes por la noche, con la emoción ya instalada en el pecho, Sofía salió al salón y encontró a Nadia viendo una serie.

—¿Nerviosa? —le susurró Nadia sin apartar los ojos de la pantalla.

—Ni un poco —mintió Sofía.

—Pues deberías estarlo —dijo Nadia, y cambió de canal.

***

El sábado llegó con una luz de tarde dorada que se colaba entre las persianas. A las siete, las dos se encerraron en sus cuartos respectivos. Sofía se vistió despacio, disfrutando de cada pieza. La blusa de seda contra la piel. La falda ridículamente corta, perfectamente ajustada. Las medias estiradas centímetro a centímetro, la liguera colocada justo por debajo del borde de la tela. Los tacones de aguja. Las coletas altas, simétricas. Las gafas de montura negra sin cristales. El maquillaje: ojos grandes con delineador oscuro, brillo de cereza en los labios.

Se miró en el espejo de cuerpo entero. La contradicción era exactamente lo que buscaba: la blancura casi virginal de la blusa contra la obscenidad de la falda, la sugerencia escolar contra la provocación de los tacones. Sonrió, satisfecha. La apuesta estaba prácticamente ganada.

Abrió la puerta con un gesto teatral.

—¡Nadia, prepárate para rendirte! La ganadora ha llegado y…

La frase se cortó en seco.

Nadia estaba en el marco de su puerta. Y Nadia no llevaba nada.

Sofía tardó varios segundos en procesar lo que tenía delante. Su mente, que había construido durante días la ilusión de su propio triunfo, se quedó en blanco. Nadia estaba completamente desnuda, sin un solo centímetro de tela, sin adorno estratégico, sin nada. Solo su piel, dorada por el verano que acababa de terminar, suave y sin imperfecciones, brillando bajo la luz del pasillo.

Su pelo oscuro caía en ondas largas sobre los hombros y el pecho, cubriéndole un pezón de forma casual, mientras el otro asomaba con una calma absoluta. Su cuerpo era una línea continua: hombros delicados, cintura marcada, caderas amplias, piernas largas terminadas en los pies descalzos sobre las baldosas del pasillo. El vientre plano, el ombligo, el vello púbico depilado con precisión. No había nada que la mirada de Sofía no pudiera ver.

Pero lo que convertía aquello en un disfraz era lo que llevaba sobre la piel. Un carcaj de cuero oscuro, con grabados geométricos, cruzaba su torso sujeto por una correa que pasaba entre sus pechos y rodeaba su cintura. Del carcaj sobresalían las plumas de tres flechas. En la mano derecha, un arco largo de madera pulida, apoyado en el suelo como un cetro. El maquillaje era tierra y oro, sutil, casi primitivo. Sus ojos oscuros miraban a Sofía con una expresión de serena diversión.

—Artemisa —dijo Nadia, en voz baja—. Diosa de la caza y de la luna. ¿Crees que sigo siendo la perdedora?

Sofía abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.

—Dios mío —fue lo único que salió.

—Gracias —dijo Nadia con una sonrisa tranquila—. ¿Nos vamos?

***

El espacio era una antigua nave industrial en las afueras, con las paredes de ladrillo visto iluminadas desde fuera por focos de colores cambiantes. La música pulsaba desde dentro con una fuerza que se notaba en el pecho antes de entrar. En la cola había cuerpos de todo tipo: hadas con alas luminosas, esqueletos con traje, dioses egipcios con pelucas doradas, piratas del espacio.

Se bajaron del coche. Sofía ya notaba miradas. Su disfraz funcionaba; las coletas y los tacones eran un punto de atención inmediato. Pero cuando Nadia salió del asiento del copiloto y se puso de pie junto al coche, la cola entera se detuvo.

No hubo una reacción inmediata. Primero fue el silencio. Luego los ojos. Luego los codos en los costados del de al lado. Luego los susurros. Nadia caminó hacia la entrada con la cabeza erguida y el arco en la mano, su postura tan natural como si llevara el abrigo más elegante de la temporada. Su desnudez no tenía nada de vulnerable. Era una afirmación.

Sofía caminó a su lado, sintiendo algo difícil de describir: orgullo, asombro y algo parecido a lo que se siente al acompañar a alguien que acaba de hacer algo que tú nunca habrías podido hacer.

El organizador, Marcos, estaba en la entrada con una chaqueta de terciopelo granate y el pelo teñido de morado. Cuando las vio, se apartó del grupo con el que hablaba.

—Esto —dijo, señalando a Nadia con un gesto que abarcaba todo— es lo más valiente que he visto en cinco años haciendo fiestas.

—Es un disfraz —dijo Nadia.

—Claro que sí —respondió Marcos, riéndose—. Pasad, pasad.

***

El interior era un laberinto de humo de máquina, luces de neón y música que golpeaba las costillas. La pista de baile era un mar de disfraces extravagantes: medusas con serpientes de plástico en el pelo, vampiros de época, ángeles caídos, sátiros con cuernos dorados. Era un espectáculo visual que en cualquier otra circunstancia habría resultado abrumador.

Pero Nadia era el centro de gravedad de todo.

La gente dejaba de bailar cuando ella pasaba. Los grupos se abrían. No era curiosidad morbosa; era algo más cercano al estupor respetuoso que produce ver algo fuera de escala. La piel de Nadia bajo las luces de colores —el fucsia deslizándose por su hombro, el azul deteniéndose en sus caderas, el verde recorriéndole la curva de la espalda— producía un efecto casi escultórico. El cuero oscuro del carcaj y el arco de madera completaban una imagen que no parecía del todo real.

—¿Lo estás viendo? —le susurró Sofía al oído mientras caminaban hacia la barra.

—Estoy intentando no notarlo demasiado —respondió Nadia, pero en su voz había algo cálido, casi tímido, que a Sofía le resultó inesperadamente entrañable.

Pidieron dos gin-tonics. Un chico disfrazado de Poseidón, con el tridente ladeado y la diadema de algas de plástico resbalándole sobre la frente, se acercó a invitarlas.

—¿Puedo...? Es decir, ¿puedo invitaros?

—Qué amable —dijo Sofía—. Dos con mucha lima.

La noche avanzó en esa dirección particular que tienen las buenas noches: sin que nadie lo decida, todo va fluyendo hacia algún sitio. Sofía se convirtió en el punto de contacto. Las medusas le preguntaron dónde había comprado las medias. Un chico con corona de laureles la invitó a bailar. Ella declinó la segunda copa pero aceptó la tercera, y sus caderas empezaron a seguir el ritmo sin que ella lo decidiera conscientemente. La falda cortísima revoloteaba a su alrededor mientras bailaba, y sus coletas saltaban al compás, y sus ojos, detrás de las gafas sin cristales, chispeaban de diversión.

Nadia, por su parte, se había convertido en una figura de referencia. La gente se acercaba a ella con una especie de cautela ceremonial. Una chica disfrazada de Cleopatra le preguntó si tenía frío.

—No —respondió Nadia—. La luna me mantiene caliente. Es uno de los privilegios de ser inmortal.

***

En un momento dado, la música se detuvo de golpe. Las luces estroboscópicas se apagaron y un único foco blanco se encendió en el centro de la pista. Marcos apareció en un pequeño escenario improvisado con un micrófono, ahora con una capa de faraón encima de la chaqueta granate.

—¡Atención, mortales, dioses y criaturas de la noche! Ha llegado el momento del concurso de disfraces.

La multitud vitoreó.

—Esta noche hemos visto de todo. Dioses, monstruos, leyendas del olimpo y del inframundo. Pero entre todos los disfraces que han pasado por esta nave, hay uno que no es un disfraz. Es una declaración. Un acto de confianza pura que ninguno de nosotros olvidará.

El foco empezó a moverse lentamente sobre la multitud. La gente se giraba, esperando ser iluminada. Sofía sintió un último reflejo competitivo que desapareció casi antes de aparecer. Sabía perfectamente adónde apuntaría ese foco.

Nadia estaba junto a una columna de ladrillo, con la copa en la mano y el arco apoyado en el hombro. La luz blanca cayó sobre ella y la convirtió en otra cosa: en mármol, en estatua, en algo que parecía haber existido antes que la fiesta, antes que la nave, antes que ellas mismas. Por un instante no hubo ningún sonido en toda la nave.

—¡Artemisa! —proclamó Marcos—. ¡La ganadora indiscutible de la noche!

El ruido que siguió fue físico. Aplausos, gritos, el tridente de Poseidón agitado en el aire. Sofía gritó más fuerte que nadie, con las palmas ya doliéndole antes de que pasara el primer segundo. Nadia parpadeó, sorprendida por la intensidad de la reacción, y luego sonrió. Una sonrisa lenta y genuina que Sofía conocía bien: la de los momentos en que Nadia estaba de verdad contenta, no solo satisfecha.

Caminó hacia el escenario entre la multitud que se abría, sin apresurarse, con el arco en la mano como si siempre hubiera sido así. Subió los escalones. Marcos le entregó una copa enorme de plástico llena de un líquido dorado y brillante.

Nadia levantó la copa. Sus ojos buscaron a Sofía entre la multitud. Cuando la encontraron, la miraron solo a ella. El brindis silencioso que intercambiaron valía más que todos los aplausos juntos.

***

Hacia las cuatro de la mañana, cuando la fiesta empezaba a perder presión y los primeros grupos salían hacia el frío de la calle, Sofía encontró a Nadia junto a la pared del fondo, sorbiendo lo que quedaba de su copa.

—¿Te apetece que nos vayamos? —preguntó Sofía.

Nadia asintió con una lentitud que indicaba agotamiento feliz.

—Llévame a casa.

La despedida fue larga. La gente quería fotos, abrazos, las gracias por algo que no sabían definir con exactitud. Nadia posó con paciencia para todo el que se lo pidió, con el arco siempre en la mano, como si fuera un atributo real que no pensaba abandonar.

En el coche, el silencio de la ciudad de noche reemplazó el ruido de la nave. Las calles estaban vacías bajo la luz anaranjada de las farolas. Nadia se recostó en el asiento con los ojos entornados, con el arco apoyado entre las piernas.

—Has ganado —dijo Sofía, mirando la carretera.

—Lo sé —respondió Nadia. Y en su voz había algo más que la satisfacción de ganar una apuesta doméstica.

Llegaron al piso. Subieron las escaleras en silencio, los tacones de Sofía repicando suavemente en los peldaños y los pies descalzos de Nadia sin hacer ruido. Dentro, cerraron la puerta y el mundo quedó afuera.

Nadia apoyó el arco y el carcaj contra la pared del salón con cuidado, como quien deja sus armas después de una larga expedición. Sofía se quitó los tacones, se deshizo las coletas y dejó las gafas sobre la mesa. Quedaron las dos en el salón bajo la luz suave de la lámpara que habían olvidado apagar, mirándose sin decir nada.

Ya no eran la colegiala ni la diosa. Solo eran Sofía y Nadia, cansadas, con los oídos todavía zumbando de música y algo cálido instalado en el pecho que no tenía nombre concreto.

—¿Cuál es la mejor parte de haber ganado? —preguntó Sofía.

Nadia se encogió de hombros con una sonrisa.

—Que tú hayas estado ahí para verlo.

Sofía no respondió. No hacía falta. Se sentaron en el sofá, hombro con hombro, con el eco lejano de la música zumbándoles todavía en los oídos mientras la ciudad dormía afuera y ellas se quedaban quietas en ese silencio que solo es posible entre dos personas que se conocen bien y no tienen nada que demostrar.

La apuesta había sido el catalizador. Lo que quedaba después, esa sensación cálida y sin nombre, era lo que ninguna de las dos habría podido apostar de antemano.

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Comentarios (9)

curiosa88

jajaja que manera de ganar una apuesta!!! increible

Noche_Lector

La tension del principio esta muy bien lograda, me engancho desde el primer parrafo. Esperando la continuacion!

Mariela_q

Sigue asi, me encanta como escribis

ElCordobes99

Me recordo a una situacion parecida con una amiga mia... aunque la mia no se animo tanto jaja. Muy bueno el relato

Sandra

que excitante!!! mas por favor

NatyRBsAs

Se me hizo cortisimo, quede con ganas de saber que paso despues. Alguien mas quiere la segunda parte?

RobertoMKT

Me gusto mucho el planteo de la apuesta, le da un giro distinto a la historia. No es el tipico relato que empieza directamente al grano, este tiene un setup que te hace querer seguir leyendo. Muy bien escrito, felicitaciones

bersuit

excelente!!!

Tomas72

Uffff como empieza esto jaja ya quiero saber como termina

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