Mi amiga apareció desnuda y ganó la apuesta
Sofía llevaba más de dos horas frente a la pantalla del ordenador, rodeada por el olor del café que se enfriaba en la taza y la cera de una vela de bergamota que ardía en la estantería. El salón del piso que compartían en el barrio universitario tenía esa atmósfera densa de tarde de otoño, con la lluvia repiqueteando contra los cristales y la luz del flexo proyectando un círculo cálido sobre los apuntes.
Nadia estaba tumbada en el sofá, mirando el techo con una expresión de quien finge no estar aburrida.
—¿Sigues con eso del trabajo sobre Velázquez? —preguntó, tirando un cojín al aire y cogiéndolo.
—Queda poco —dijo Sofía sin apartar la mirada del texto—. El profesor quiere un análisis completo de Las Meninas. Me exige que interprete cada plano de luz como si yo hubiera estado allí cuando la pintaron.
—Llevas diciéndome «queda poco» desde las seis de la tarde. —Nadia se incorporó, apoyando los codos en los muslos—. Tengo algo mejor que Velázquez.
Sofía levantó la cabeza.
—Mira. —Nadia alargó el brazo para coger su móvil de la mesita y deslizó el dedo por la pantalla—. Ha llegado al grupo de los de Bellas Artes.
Sofía se inclinó para leer. La invitación tenía fondo negro con letras doradas: «LA FIESTA DE DISFRACES DEL AÑO. SÁBADO, 22H. TEMÁTICA: DIOSES Y MORTALES. SOLO PARA LOS QUE SE ATREVAN. UBICACIÓN: LOS INICIADOS YA SABEN DÓNDE».
—¿De quién es esto? —preguntó Sofía.
—De Marcos. El de pelo morado que organiza los eventos de la facultad. Dicen que el año pasado montó algo en una nave del puerto que la gente todavía comenta.
Sofía cerró el portátil de golpe.
—Vamos. No hay discusión.
—Sabía que dirías eso. —Nadia sonrió—. Pero antes de que te emociones demasiado, propongo una apuesta.
—¿Qué apuesta?
Nadia juntó las puntas de los dedos con aire de conspiradora. —Quien lleve el disfraz más atrevido gana el derecho a presumir durante todo el mes. Y la otra tiene que fregar los platos esa semana.
Sofía soltó una carcajada. —Aceptado. Pero prepárate para perder, porque lo que tengo pensado va a dejar en ridículo todo lo que hayas visto.
—Eso lo veremos el sábado —dijo Nadia, levantándose del sofá con una sonrisa que Sofía no supo muy bien interpretar.
***
Los días siguientes transcurrieron en una especie de guerra fría doméstica. Cajas llegaban al piso y desaparecían directamente en los cuartos. Una tarde, Sofía oyó el zumbido de una máquina de coser que Nadia había sacado del armario después de meses sin usar. Otra tarde, Nadia llegó con un tubo largo de cartón que guardó antes de que Sofía pudiera preguntarle nada.
—¿Qué es eso? —dijo Sofía desde la cocina.
—Componentes estratégicos —respondió Nadia, cerrando la puerta de su habitación.
Sofía pasó tres tardes transformando una falda gris que había comprado en el mercadillo. La acortó hasta un largo escandaloso, añadió pinzas en la parte trasera para marcar la silueta y abrió una costura lateral que subía casi hasta la cadera. La blusa de seda blanca, casi transparente, con cuello de encaje, la había encontrado en una tienda de segunda mano. Las medias blancas hasta el muslo, la liguera de encaje negro, los tacones de charol con hebilla. Todo calculado, todo pensado para ganar.
El viernes por la noche, con la emoción ya instalada en el pecho, Sofía salió al salón y encontró a Nadia viendo una serie.
—¿Nerviosa? —le susurró Nadia sin apartar los ojos de la pantalla.
—Ni un poco —mintió Sofía.
—Pues deberías estarlo —dijo Nadia, y cambió de canal.
***
El sábado llegó con una luz de tarde dorada que se colaba entre las persianas. A las siete, las dos se encerraron en sus cuartos respectivos. Sofía se vistió despacio, disfrutando de cada pieza. La blusa de seda contra la piel. La falda ridículamente corta, perfectamente ajustada. Las medias estiradas centímetro a centímetro, la liguera colocada justo por debajo del borde de la tela. Los tacones de aguja. Las coletas altas, simétricas. Las gafas de montura negra sin cristales. El maquillaje: ojos grandes con delineador oscuro, brillo de cereza en los labios.
Se miró en el espejo de cuerpo entero. La contradicción era exactamente lo que buscaba: la blancura casi virginal de la blusa contra la obscenidad de la falda, la sugerencia escolar contra la provocación de los tacones. Sonrió, satisfecha. La apuesta estaba prácticamente ganada.
Abrió la puerta con un gesto teatral.
—¡Nadia, prepárate para rendirte! La ganadora ha llegado y…
La frase se cortó en seco.
Nadia estaba en el marco de su puerta. Y Nadia no llevaba nada.
Sofía tardó varios segundos en procesar lo que tenía delante. Su mente, que había construido durante días la ilusión de su propio triunfo, se quedó en blanco. Nadia estaba completamente desnuda, sin un solo centímetro de tela, sin adorno estratégico, sin nada. Solo su piel, dorada por el verano que acababa de terminar, suave y sin imperfecciones, brillando bajo la luz del pasillo.
Su pelo oscuro caía en ondas largas sobre los hombros y el pecho, cubriéndole un pezón de forma casual, mientras el otro asomaba con una calma absoluta, rosado, ya endurecido por el aire frío del pasillo. Su cuerpo era una línea continua: hombros delicados, cintura marcada, caderas amplias, piernas largas terminadas en los pies descalzos sobre las baldosas del pasillo. El vientre plano, el ombligo, el coño depilado con precisión, los labios cerrados apretados uno contra el otro, dejando ver apenas la línea rosada que los partía. No había nada que la mirada de Sofía no pudiera ver.
Pero lo que convertía aquello en un disfraz era lo que llevaba sobre la piel. Un carcaj de cuero oscuro, con grabados geométricos, cruzaba su torso sujeto por una correa que pasaba entre sus pechos y rodeaba su cintura. La correa le apretaba justo debajo de las tetas, subiéndoselas ligeramente, marcándoselas aún más. Del carcaj sobresalían las plumas de tres flechas. En la mano derecha, un arco largo de madera pulida, apoyado en el suelo como un cetro. El maquillaje era tierra y oro, sutil, casi primitivo. Sus ojos oscuros miraban a Sofía con una expresión de serena diversión.
—Artemisa —dijo Nadia, en voz baja—. Diosa de la caza y de la luna. ¿Crees que sigo siendo la perdedora?
Sofía abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla. Sintió un calor repentino subiéndole por el cuello, un cosquilleo entre los muslos que no supo cómo interpretar. Llevaba años viviendo con Nadia, la había visto en ropa interior mil veces, salir de la ducha con la toalla mal puesta, cambiarse delante de ella sin ceremonia. Pero esto era otra cosa. Esto era Nadia ofreciéndose entera a la mirada, y su cuerpo respondiendo a ella con una humedad tibia que empezó a mojarle las bragas de encaje debajo de la falda escandalosa.
—Dios mío —fue lo único que salió.
—Gracias —dijo Nadia con una sonrisa tranquila—. ¿Nos vamos?
***
El espacio era una antigua nave industrial en las afueras, con las paredes de ladrillo visto iluminadas desde fuera por focos de colores cambiantes. La música pulsaba desde dentro con una fuerza que se notaba en el pecho antes de entrar. En la cola había cuerpos de todo tipo: hadas con alas luminosas, esqueletos con traje, dioses egipcios con pelucas doradas, piratas del espacio.
Se bajaron del coche. Sofía ya notaba miradas. Su disfraz funcionaba; las coletas y los tacones eran un punto de atención inmediato. Pero cuando Nadia salió del asiento del copiloto y se puso de pie junto al coche, la cola entera se detuvo.
No hubo una reacción inmediata. Primero fue el silencio. Luego los ojos. Luego los codos en los costados del de al lado. Luego los susurros. Nadia caminó hacia la entrada con la cabeza erguida y el arco en la mano, su postura tan natural como si llevara el abrigo más elegante de la temporada. Su desnudez no tenía nada de vulnerable. Era una afirmación.
Sofía caminó a su lado, sintiendo algo difícil de describir: orgullo, asombro y algo parecido a lo que se siente al acompañar a alguien que acaba de hacer algo que tú nunca habrías podido hacer.
El organizador, Marcos, estaba en la entrada con una chaqueta de terciopelo granate y el pelo teñido de morado. Cuando las vio, se apartó del grupo con el que hablaba.
—Esto —dijo, señalando a Nadia con un gesto que abarcaba todo— es lo más valiente que he visto en cinco años haciendo fiestas.
—Es un disfraz —dijo Nadia.
—Claro que sí —respondió Marcos, riéndose—. Pasad, pasad.
***
El interior era un laberinto de humo de máquina, luces de neón y música que golpeaba las costillas. La pista de baile era un mar de disfraces extravagantes: medusas con serpientes de plástico en el pelo, vampiros de época, ángeles caídos, sátiros con cuernos dorados. Era un espectáculo visual que en cualquier otra circunstancia habría resultado abrumador.
Pero Nadia era el centro de gravedad de todo.
La gente dejaba de bailar cuando ella pasaba. Los grupos se abrían. No era curiosidad morbosa; era algo más cercano al estupor respetuoso que produce ver algo fuera de escala. La piel de Nadia bajo las luces de colores —el fucsia deslizándose por su hombro, el azul deteniéndose en sus caderas, el verde recorriéndole la curva de la espalda— producía un efecto casi escultórico. El cuero oscuro del carcaj y el arco de madera completaban una imagen que no parecía del todo real.
—¿Lo estás viendo? —le susurró Sofía al oído mientras caminaban hacia la barra.
—Estoy intentando no notarlo demasiado —respondió Nadia, pero en su voz había algo cálido, casi tímido, que a Sofía le resultó inesperadamente entrañable.
Pidieron dos gin-tonics. Un chico disfrazado de Poseidón, con el tridente ladeado y la diadema de algas de plástico resbalándole sobre la frente, se acercó a invitarlas.
—¿Puedo...? Es decir, ¿puedo invitaros?
—Qué amable —dijo Sofía—. Dos con mucha lima.
La noche avanzó en esa dirección particular que tienen las buenas noches: sin que nadie lo decida, todo va fluyendo hacia algún sitio. Sofía se convirtió en el punto de contacto. Las medusas le preguntaron dónde había comprado las medias. Un chico con corona de laureles la invitó a bailar. Ella declinó la segunda copa pero aceptó la tercera, y sus caderas empezaron a seguir el ritmo sin que ella lo decidiera conscientemente. La falda cortísima revoloteaba a su alrededor mientras bailaba, y sus coletas saltaban al compás, y sus ojos, detrás de las gafas sin cristales, chispeaban de diversión.
Nadia, por su parte, se había convertido en una figura de referencia. La gente se acercaba a ella con una especie de cautela ceremonial. Una chica disfrazada de Cleopatra le preguntó si tenía frío.
—No —respondió Nadia—. La luna me mantiene caliente. Es uno de los privilegios de ser inmortal.
***
En un momento dado, la música se detuvo de golpe. Las luces estroboscópicas se apagaron y un único foco blanco se encendió en el centro de la pista. Marcos apareció en un pequeño escenario improvisado con un micrófono, ahora con una capa de faraón encima de la chaqueta granate.
—¡Atención, mortales, dioses y criaturas de la noche! Ha llegado el momento del concurso de disfraces.
La multitud vitoreó.
—Esta noche hemos visto de todo. Dioses, monstruos, leyendas del olimpo y del inframundo. Pero entre todos los disfraces que han pasado por esta nave, hay uno que no es un disfraz. Es una declaración. Un acto de confianza pura que ninguno de nosotros olvidará.
El foco empezó a moverse lentamente sobre la multitud. La gente se giraba, esperando ser iluminada. Sofía sintió un último reflejo competitivo que desapareció casi antes de aparecer. Sabía perfectamente adónde apuntaría ese foco.
Nadia estaba junto a una columna de ladrillo, con la copa en la mano y el arco apoyado en el hombro. La luz blanca cayó sobre ella y la convirtió en otra cosa: en mármol, en estatua, en algo que parecía haber existido antes que la fiesta, antes que la nave, antes que ellas mismas. Por un instante no hubo ningún sonido en toda la nave.
—¡Artemisa! —proclamó Marcos—. ¡La ganadora indiscutible de la noche!
El ruido que siguió fue físico. Aplausos, gritos, el tridente de Poseidón agitado en el aire. Sofía gritó más fuerte que nadie, con las palmas ya doliéndole antes de que pasara el primer segundo. Nadia parpadeó, sorprendida por la intensidad de la reacción, y luego sonrió. Una sonrisa lenta y genuina que Sofía conocía bien: la de los momentos en que Nadia estaba de verdad contenta, no solo satisfecha.
Caminó hacia el escenario entre la multitud que se abría, sin apresurarse, con el arco en la mano como si siempre hubiera sido así. Subió los escalones. Marcos le entregó una copa enorme de plástico llena de un líquido dorado y brillante.
Nadia levantó la copa. Sus ojos buscaron a Sofía entre la multitud. Cuando la encontraron, la miraron solo a ella. El brindis silencioso que intercambiaron valía más que todos los aplausos juntos.
***
Hacia las cuatro de la mañana, cuando la fiesta empezaba a perder presión y los primeros grupos salían hacia el frío de la calle, Sofía encontró a Nadia junto a la pared del fondo, sorbiendo lo que quedaba de su copa.
—¿Te apetece que nos vayamos? —preguntó Sofía.
Nadia asintió con una lentitud que indicaba agotamiento feliz.
—Llévame a casa.
La despedida fue larga. La gente quería fotos, abrazos, las gracias por algo que no sabían definir con exactitud. Nadia posó con paciencia para todo el que se lo pidió, con el arco siempre en la mano, como si fuera un atributo real que no pensaba abandonar.
En el coche, el silencio de la ciudad de noche reemplazó el ruido de la nave. Las calles estaban vacías bajo la luz anaranjada de las farolas. Nadia se recostó en el asiento con los ojos entornados, con el arco apoyado entre las piernas. Sofía la miró de reojo mientras conducía. La luz de las farolas le iba pasando por encima en franjas naranjas, encendiéndole primero un pecho, luego el vientre, luego el pubis desnudo y perfectamente afeitado que se abría un poco por la postura relajada. Sofía apretó el volante y notó otra vez esa humedad tibia entre las piernas, más insistente que antes.
—Has ganado —dijo Sofía, mirando la carretera.
—Lo sé —respondió Nadia. Y en su voz había algo más que la satisfacción de ganar una apuesta doméstica.
Llegaron al piso. Subieron las escaleras en silencio, los tacones de Sofía repicando suavemente en los peldaños y los pies descalzos de Nadia sin hacer ruido. Dentro, cerraron la puerta y el mundo quedó afuera.
Nadia apoyó el arco y el carcaj contra la pared del salón con cuidado, como quien deja sus armas después de una larga expedición. Al soltar la correa de cuero que le cruzaba el torso, las marcas rojas de la piel le quedaron cruzándole entre los pechos, dos líneas ligeramente hundidas que iban del hombro derecho a la cadera izquierda. Sofía se quitó los tacones, se deshizo las coletas y dejó las gafas sobre la mesa. Quedaron las dos en el salón bajo la luz suave de la lámpara que habían olvidado apagar, mirándose sin decir nada.
Ya no eran la colegiala ni la diosa. Solo eran Sofía y Nadia, cansadas, con los oídos todavía zumbando de música y algo cálido instalado en el pecho que no tenía nombre concreto.
—¿Cuál es la mejor parte de haber ganado? —preguntó Sofía.
Nadia se encogió de hombros con una sonrisa.
—Que tú hayas estado ahí para verlo.
Sofía no respondió. La miró. La miró en serio, por primera vez en toda la noche, sin la distracción de la multitud ni de las luces. Y Nadia le devolvió la mirada, y en esa mirada había una pregunta que llevaba horas flotando entre las dos, quizá días, quizá años.
—Toda la noche —dijo Sofía, con la voz más ronca de lo que pretendía— he estado mojada mirándote.
Nadia se quedó muy quieta. Luego sonrió, despacio, con la misma sonrisa lenta y genuina de cuando había subido al escenario.
—Yo también —dijo—. Todo el disfraz era para ti.
Sofía cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, Nadia se estaba acercando. Los pasos descalzos sobre el parquet, el cuerpo entero desnudo caminando hacia ella como si aún estuviera bajo el foco blanco del escenario. Nadia le puso una mano en la mejilla, la deslizó por el cuello, por el borde de la blusa de seda blanca.
—¿Puedo? —preguntó, con los dedos ya en el primer botón.
—Fóllame —dijo Sofía, y le sorprendió lo directa que le salió la palabra, la primera vez que se la decía a otra mujer.
Nadia le desabrochó la blusa botón a botón, sin prisa, y cada vez que abría uno bajaba la cabeza y le besaba la piel que iba quedando expuesta. El nacimiento de los pechos. El centro del esternón. El estómago. Cuando terminó, le apartó la seda de los hombros y la blusa cayó al suelo con un susurro. Sofía no llevaba sujetador; sus pechos, más pequeños que los de Nadia pero firmes, quedaron desnudos con los pezones ya rígidos, apuntando hacia arriba.
—Joder —murmuró Nadia—. Llevo años imaginándome estas tetas.
Se agachó y cerró la boca sobre el pezón derecho. Sofía gimió alto, sin poder contenerse, con las manos hundidas en el pelo oscuro de Nadia. La lengua de Nadia le dio vueltas al pezón, lo chupó, lo mordisqueó suavemente, y Sofía sintió el tirón directo entre las piernas, como si un hilo invisible conectara su pezón con su clítoris. Nadia pasó al otro pecho, chupando con más fuerza esta vez, y Sofía echó la cabeza hacia atrás y gimió el nombre de Nadia por primera vez de esa forma.
Las manos de Nadia bajaron a la falda ridículamente corta. La desabrochó por detrás y la dejó caer. Sofía quedó con las bragas de encaje negro, las medias blancas hasta el muslo y la liguera. Nadia se apartó un momento para mirarla entera.
—No te quites las medias —dijo—. Ni la liguera. Solo las bragas.
Se arrodilló. Sofía sintió las manos de Nadia subiéndole por los muslos por encima de las medias, hasta la piel desnuda, hasta el borde de las bragas. Nadia enganchó los pulgares en el elástico y se las fue bajando muy despacio. El encaje se le pegó un instante al coño mojado antes de despegarse con un pequeño sonido húmedo que las hizo sonreír a las dos.
—Estás empapada —dijo Nadia, con la boca a un palmo del sexo de Sofía—. Mira cómo estás.
—Cállate y chúpame —jadeó Sofía.
Nadia se rió por lo bajo y le abrió los muslos con las palmas. Le pasó primero la lengua entera, de abajo arriba, una sola vez, larga y lenta, saboreándola. Sofía dio un grito ahogado y tuvo que apoyarse en el respaldo del sofá para no caerse. Nadia repitió, esta vez con la punta de la lengua abriéndole los labios, hundiéndosela un poco entre ellos. Se detuvo en el clítoris y lo rodeó lentamente, dibujando círculos precisos, sin tocarlo del todo, hasta que Sofía empezó a mover las caderas buscando la fricción.
—Por favor —susurró Sofía—. Por favor.
Nadia cerró los labios sobre el clítoris y lo chupó. Sofía gritó. Nadia siguió chupando, alternando la succión con lametones rápidos, y al mismo tiempo levantó una mano y le hundió dos dedos en el coño. Estaba tan mojada que entraron enteros de una sola vez, hasta el nudillo. Sofía se agarró al pelo de Nadia con las dos manos.
—Sí, sí, así, más adentro, joder, sí —jadeaba, sin poder parar de hablar.
Nadia empezó a follársela con los dedos, dentro y fuera, mientras seguía comiéndole el coño con la boca. Curvaba los dedos hacia arriba, buscando el punto rugoso justo detrás del hueso, y cuando lo encontró y presionó allí con firmeza, Sofía sintió que las piernas le temblaban tanto que no iba a poder sostenerse mucho más.
—Voy a correrme —avisó.
Nadia gimió contra su coño, la vibración multiplicando la sensación, y aceleró. Los dedos entrando y saliendo, la lengua sobre el clítoris, la mano libre apretándole una nalga y clavándole las uñas. Sofía se corrió con un grito largo, empujando la cadera contra la cara de Nadia, sintiendo la corrida partirle el vientre en oleadas que le llegaban hasta los pezones. Nadia no paró. Siguió chupando y follándola con los dedos mientras Sofía se corría, alargándole el orgasmo hasta que le tuvo que apartar la cabeza porque no aguantaba más el placer.
Nadia se levantó del suelo con la boca brillante y la barbilla mojada. Se lamió los labios sin apartar los ojos de Sofía.
—Sabes a gloria —dijo.
Sofía la agarró de la nuca y la besó. Se besó a sí misma en la boca de Nadia, sintió su propio sabor en la lengua de la otra, y le pareció el beso más sucio y más íntimo que había dado nunca. Le mordió el labio. Se separó jadeando.
—Al dormitorio —dijo—. Ahora.
Caminaron por el pasillo, Sofía todavía con las medias blancas y la liguera de encaje, Nadia desnuda del todo desde el principio. Cayeron sobre la cama de Nadia enredadas. Sofía se puso encima. Empezó a besarle el cuello, luego los pechos, cerrando la boca sobre los pezones rosados de Nadia, chupándolos con hambre, mordiéndolos hasta arrancarle un jadeo.
—Llevas horas exhibiéndote —le dijo al oído—. Ahora te toca a ti.
Nadia se rió, pero la risa se le rompió cuando Sofía le pasó la lengua por el ombligo y siguió bajando. El coño de Nadia estaba ya brillante, hinchado, los labios ligeramente separados dejando ver el rosa oscuro de dentro. Sofía nunca había chupado un coño y por un segundo dudó. Luego pensó en cómo la había mirado Nadia toda la noche, en cómo se había desnudado para ella, y no dudó más.
Bajó la cabeza y le lamió despacio, tanteando. El sabor era intenso, salado, con algo dulce debajo. Le gustó. Le lamió otra vez, más segura, y otra, hasta que le encontró el clítoris con la punta de la lengua. Nadia gimió y le agarró la cabeza con las dos manos.
—Joder, Sofi, así, ahí, no te muevas de ahí.
Sofía se quedó allí. Chupó el clítoris de Nadia como le habían chupado el suyo, imitando lo que le había gustado, girando la lengua en círculos, alternando con succión suave. Nadia respondía con las caderas, levantándolas contra su boca. Sofía se atrevió a subir una mano y meterle un dedo. Nadia estaba muy mojada y muy caliente por dentro; el dedo entró sin resistencia. Le metió un segundo. Nadia gimió más fuerte.
—Más rápido —pidió—. Más rápido con la lengua, y clávamelos, joder, más adentro.
Sofía obedeció. Aceleró la lengua sobre el clítoris hinchado y empezó a follarla con los dos dedos, curvándolos hacia arriba como Nadia había hecho con ella. Sintió el punto rugoso enseguida. Presionó allí, empujando y sacando, mientras la lengua no paraba sobre el clítoris. Nadia arqueó la espalda entera. Los pechos se le tensaron hacia arriba, los pezones apuntando al techo.
—Me voy a correr, Sofi, me voy a correr encima de ti.
Sofía chupó más fuerte. Nadia se corrió con un grito ronco, apretando los muslos alrededor de la cabeza de Sofía, agarrándole el pelo con las dos manos. Sofía sintió el coño de Nadia contraerse rítmicamente alrededor de sus dedos, apretándolos con espasmos que le duraron mucho más de lo que había esperado. Cuando Nadia por fin la soltó, Sofía subió por el cuerpo de la otra, dejando un rastro de besos húmedos, y se dejó caer a su lado.
Se miraron. Las dos jadeando, las dos con la cara mojada del sudor y del sexo, las dos con esa sonrisa boba que se le pone a la gente cuando acaba de descubrir algo importante.
—No hemos terminado —dijo Nadia.
—Ni de lejos —contestó Sofía.
Nadia se giró hacia ella y volvió a besarla, y esta vez el beso ya no fue de descubrimiento sino de posesión. Nadia se puso encima de Sofía, le abrió las piernas con la rodilla y se acomodó entre ellas de manera que sus coños quedaron juntos, uno contra el otro, labios contra labios, empapados los dos. Empezó a moverse. Los clítoris se rozaban con cada movimiento, y la fricción era tan directa, tan íntima, que a Sofía se le escapó un gemido largo desde el pecho.
—Así, Nadi, dios mío, así.
Nadia se apoyó en las manos, encima de ella, y marcó el ritmo. Sus tetas colgaban justo encima de la cara de Sofía, y Sofía levantó la cabeza y le atrapó un pezón con la boca sin dejar de mover las caderas contra las suyas. Los dos coños se deslizaban uno contra el otro, mojando las sábanas, produciendo un ruido húmedo y rítmico que llenaba el cuarto junto con los jadeos de las dos.
—Voy otra vez —jadeó Sofía—. No puede ser tan rápido pero voy otra vez.
—Yo también —dijo Nadia, apretando los dientes—. Juntas.
Se movieron más rápido, más fuerte, buscando el ángulo exacto. Sofía le clavó los dedos en las nalgas a Nadia, empujándola contra ella. Se corrieron casi al mismo tiempo, con dos gritos que se solaparon en el mismo aire, y siguieron moviéndose despacio mientras el orgasmo les recorría el cuerpo, gastándolo por completo.
Nadia se dejó caer encima de ella. Sofía la abrazó. Se quedaron así mucho tiempo, respirando, sintiendo cómo el corazón de la otra iba bajando el ritmo poco a poco.
—Toda la noche pensé que quería que me miraras tú —murmuró Nadia contra su cuello—. Solo tú.
—Ya lo hice —contestó Sofía—. Y ya no pienso parar.
Se quedaron dormidas abrazadas, con las medias blancas de Sofía todavía puestas y el arco de Artemisa apoyado contra la pared del salón, guardando el silencio del piso mientras afuera la ciudad amanecía.
La apuesta había sido el catalizador. Lo que quedaba después, esa sensación cálida y sin nombre, por fin tenía nombre.

