El combate entre mi madre y mi tía cambió todo
Antes de empezar, quiero aclarar que esta historia es completamente real. Ya la conté otras veces sin entrar en detalles, y siempre me quedé con ganas de sacarla entera de la cabeza. Hoy lo hago.
Era una tarde de julio con ese calor húmedo que aplasta los pueblos del sur. Mi madre Carmen me pidió que la llevara a casa de su hermana Lourdes. Habían quedado para comer y hablar de no sé qué asunto familiar. Picamos algo rápido en casa y nos fuimos.
Cuando llegamos, mi madre se bajó del coche con una bolsa de deporte que yo no había visto salir del armario. Le pregunté qué llevaba y me respondió con un «nada que te importe» que sonó más divertido que seco. Me dijo que entrara yo también, pero le contesté que prefería dar una vuelta por el pueblo. Algo en su tono me hizo sospechar que quería estar a solas con Lourdes.
Estuve más de una hora perdiendo el tiempo por la plaza, tomando una cerveza en el bar de la esquina. Cuando volví, llamé al telefonillo y nadie respondió. Probé el picaporte por si acaso y la puerta estaba abierta. Entré llamándolas, recorrí el pasillo y el salón, y no encontré a nadie. Solo cuando me metí por el lateral que lleva a la cochera reconvertida empecé a oír golpes. Golpes secos, de cuero contra piel.
Me quedé boquiabierto en el marco de la puerta.
Habían montado un ring improvisado en el centro de la cochera. Lo tenían armado con cuerdas tensadas entre cuatro columnas, colchonetas viejas en el suelo y un cubo con hielo en cada esquina. En una esquina, sentada en un taburete bajo, estaba mi tía Lourdes. Rubia teñida, sesenta y dos años bien llevados, metro sesenta de estatura. Estaba en topless, con las manos vendadas y protegidas por mitones acolchados. Llevaba un pantalón corto blanco con raya negra, estilo antiguo, descalza. Los pechos firmes a pesar de la edad, la piel enrojecida por los golpes.
En la esquina opuesta, en la misma postura, estaba Carmen. Mi madre. Morena, sesenta años, el pelo recogido con una goma floja que empezaba a deshacerse. También en topless, también con las manos vendadas, también descalza. Su pantalón era negro con la raya blanca, el reflejo invertido del de su hermana. Tenía un hilo de sangre seca bajo la nariz y el pecho subiendo y bajando al ritmo de una respiración que no era precisamente serena.
La erección que se me formó fue inmediata y vergonzosa. Uno de mis fetiches más viejos y más guardados es ver a mujeres boxeando. Nunca lo había dicho en voz alta, ni siquiera a mi novia. Y ahora lo tenía delante, con mi madre y mi tía como protagonistas.
—¿Te vas a quedar ahí pasmado o nos vas a traer agua? —dijo Carmen sin girar la cabeza.
No supe qué contestar. Entré al ring por debajo de la cuerda más baja sintiéndome un intruso en algo que llevaba mucho tiempo preparándose sin mí.
—Atiende primero a tu tía, que es su casa —añadió mi madre.
Fui hasta la esquina de Lourdes. En el suelo tenía una botella de agua fría, un cubo metálico, una toalla empapada de sudor y un bote de vaselina. Cogí la botella. Mi tía abrió la boca sin mirarme. Le eché un chorro, ella lo mantuvo un segundo y lo escupió en el cubo.
—Más —pidió.
Le di de beber. Le pasé la toalla por la cara, por los hombros, por el canal entre los pechos. Tenía un moratón fresco en la costilla derecha y una marca roja con forma de puño bajo el pecho izquierdo. No dijo nada cuando la toqué. Le cubrí los brazos y los pómulos con vaselina como había visto hacer en las esquinas de los combates de televisión. Ella cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y dejó que terminara.
—Ahora tu madre —dijo sin abrirlos.
Crucé el ring. Carmen estaba con las piernas abiertas, los brazos colgando de las cuerdas, la espalda apoyada en el poste de su esquina. Un sudor frío me bajó por la nuca. Las veces que me había masturbado pensando en ella boxeando con sus amigas, con la vecina, incluso con mi novia, y ahí estaba la fantasía hecha carne. La de mi madre.
Le di agua. Le limpié el hilo de sangre con la toalla. Le puse la botella fría en la frente, en las sienes, en la base del cuello. Ella suspiró. Entonces cogí sus piernas y las apoyé sobre las mías para levantárselas como había hecho con Lourdes. Le masajeé los muslos, duros de correr y de lo que fuera que llevara meses haciendo a escondidas. Carmen echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Sin pensarlo mucho, sin pensarlo nada, abrí un poco la cinturilla del pantalón y le vacié el resto del agua por dentro. Un chorro frío le recorrió la entrepierna y salió por las perneras. Carmen dio una sacudida seca y se le escapó un gemido que no sonó a cansancio.
—Vaselina —dijo con la voz distinta.
La cubrí. Le recogí el pelo en dos coletas improvisadas. Le coloqué el protector bucal entre los dientes. Sonó la campana.
***
Las dos se levantaron y avanzaron al centro del ring con la guardia alta. Lourdes conectó tres directos limpios a la cara de mi madre. Carmen ni se inmutó. Aguantó los impactos, avanzó un paso y le disparó dos ganchos cortos a los pechos de su hermana. Lourdes se dobló un segundo y contestó con un gancho de abajo hacia arriba que le cruzó la mandíbula a Carmen. El protector salió volando y cayó cerca de mis pies.
Mi madre se agarró al cuello de su hermana para no caer. Los cuerpos se juntaron. Los pechos de las dos se estrujaron, el sudor les bajaba por la espalda, las piernas les temblaban igual. Lourdes aprovechó el agarre para castigarle los riñones a golpes cortos y sordos. Carmen aguantó. Cuando Lourdes intentó separarse, mi madre le soltó un derechazo puro a la mandíbula que hizo eco en toda la cochera.
Lourdes retrocedió dos pasos. No cayó.
A partir de ahí fue un intercambio que no esperaba ver nunca en mi vida. Golpe limpio por golpe limpio. La cara de una, la de la otra. Los nudillos marcándose rojos sobre la piel. Las piernas cediendo a la vez. El sudor regando el suelo como si hubieran abierto un grifo. Y en los ojos de las dos una rabia que no era deportiva. Había algo viejo ahí metido. Algo que se estaba saldando a golpes porque hablando no se había podido.
Cuando ya les fallaban los brazos se fundieron en un clinch y se dijeron cosas al oído que no llegué a escuchar. Sonó la campana. El combate terminó en empate.
***
Yo seguía con la polla dura y la cabeza en blanco. Nunca había visto a mi madre lanzar un tortazo en toda su vida. De Lourdes lo hubiera creído, en el grupo de WhatsApp llevaba meses colgándonos vídeos suyos del gimnasio. Pero Carmen jamás había levantado un dedo ni siquiera para regañarme de niño.
Recogieron los cubos, las toallas y la ropa en silencio. Lourdes se metió en la casa sin despedirse. Mi madre se puso una camiseta ancha por encima, el pantalón de boxeo por debajo, y me pidió las llaves del coche. Condujo ella. Yo no me sentía capaz.
En el trayecto no hablamos. Ni una palabra. Yo miraba por la ventanilla y ella miraba la carretera. De vez en cuando se llevaba la mano al labio partido. Sonreía para dentro. Eso sí lo vi.
Al llegar a casa soltó las llaves en la mesa del recibidor y dijo «voy a ducharme». La puerta del baño se cerró. Yo me metí en el salón, me desplomé en el sofá y me di cuenta de que el bóxer lo tenía empapado de semen. Ni me acordaba de en qué momento me había corrido. Mi madre boxeando en tetas con mi tía. Lo repetí mentalmente porque no me lo creía.
Levanté la vista hacia la puerta del salón y allí estaba.
Carmen salía del baño con el pelo mojado y una camiseta de tirantes gris que se le pegaba en los sitios donde aún estaba húmeda. Los pezones marcados y duros. Unas bragas azul marino que le cubrían el culo entero, de las que se ponen las mujeres cuando están en casa y ya no esperan que nadie las mire. Estaba descalza. Llevaba en la cara una crema que le brillaba sobre el moratón.
Yo nunca había mirado a mi madre con deseo. Ese es un muro que se levanta de pequeño y uno no lo cruza aunque la realidad empuje. Pero después del ring, después del agua fría, después de verla entrar ahí medio vestida con esa expresión, el muro se había caído sin que me diera cuenta.
Se sentó a mi lado en el sofá. Muy cerca. Me puso una mano en el muslo.
—¿Qué te ha parecido lo que has visto hoy? —preguntó en un tono que nunca le había oído.
Mientras hablaba, me metió la mano por debajo de la cinturilla del pantalón y me agarró firme. Yo ni siquiera intenté apartarla.
—No tienes ni idea de las veces que me he corrido imaginándote en un ring —le contesté.
Lo solté sin filtro, como si alguien hubiera desatornillado una tapa. Le deslicé la mano por dentro de las bragas y la encontré húmeda antes de llegar. Ella cerró los ojos. Suspiró con la boca entreabierta.
—La noche es muy larga —dijo—. Y tengo un montón de cosas que contarte de mí que no sabes.
No me explicó qué cosas. Las fue soltando después, de madrugada, entre una cosa y otra. Aprendí muchas en esa primera noche y en las que vinieron.
Solo adelanto dos. Desde entonces la relación con mi madre cambió del todo, aunque por fuera nadie lo nota. Y mi novia, la de las gafas que ya conocéis de otras historias, acabó formando parte de este mismo fetiche. Pero eso ya es tema para otra confesión.