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Relatos Ardientes

Las fantasías que no pude callar ese lunes

4.6(48)

Lo escribo porque guardarlo se ha vuelto más pesado que contarlo. Hay cosas que no caben en ninguna conversación de pareja, que no encajan en ningún café con amigas. La protagonista de esto se llama Clara. Un nombre que me inventé para poner distancia entre yo y lo que voy a contar. Si te reconoces en algo de lo que sigue, probablemente ya sabes de qué va esto.

***

Las 7:00 de la mañana.

El despertador no suena porque lo apagué anoche con demasiada confianza en mí misma. Ojos abiertos antes de las siete, la habitación todavía en penumbra, Raúl a mi lado dormido boca abajo con un brazo colgado fuera de la cama. Lo miro unos segundos. Tiene la espalda ancha y el pelo pegado a la sien derecha. Lo quiero. Eso no está en cuestión.

Pero el primer pensamiento de esta mañana no es de ternura.

Es una presión cálida que nace justo debajo del ombligo y se expande despacio, sin prisa, como si mi cuerpo supiera exactamente lo que quiere antes de que mi cabeza termine de despertar del todo. Noto que tengo el coño hinchado y húmedo bajo el pijama, los labios pegados entre sí por una humedad que ya estaba ahí cuando abrí los ojos. Anoche empezamos algo que él dejó a medias con el cansancio como excusa: me había metido la mano por dentro del pantalón, había llegado a abrirme con dos dedos, y se quedó dormido con la palma todavía apoyada en mi monte. Esa sensación interrumpida sigue ahí, latente, como una conversación que nadie cerró.

Podría tocarlo ahora. La idea me cruza la mente y casi me hace sonreír. Podría bajarle el bóxer, sacarle la polla todavía blanda y metérmela en la boca hasta despertarlo con ella endurecida contra mi lengua. Pero ya sé cómo termina eso: él abriría los ojos con la expresión de alguien que necesita cinco minutos más de sueño, me apartaría la cabeza con amabilidad, me besaría en la frente, y diría algo como «luego, Clara». Y ese «luego» que nunca llega pesa más que el deseo mismo. Prefiero levantarme antes de exponerme a eso.

Me quedo un momento más mirando el techo. Cuento hasta diez. Me levanto.

Las 7:15. Ducha.

El agua caliente cae sobre mis hombros y los relaja. El resto, no. Me jabono despacio y cuando las manos llegan al pecho noto la sensibilidad que ya arrastraba desde que abrí los ojos. Los pezones se endurecen solos al contacto con la esponja, duros y tensos bajo la espuma, reclamando atención con una punzada que me recorre la piel entera. Me pellizco uno entre el pulgar y el índice, lo retuerzo despacio, y noto cómo esa pequeña corriente baja directa al coño y lo aprieta sobre sí mismo.

Cierro los ojos. La imagen de Raúl se va sin que yo la empuje. Aparece en su lugar el electricista que vino el martes pasado, un hombre de unos cuarenta años con los brazos cubiertos de tatuajes y las manos que sabían lo que hacían. Estuvo media mañana tumbado bajo el cuadro eléctrico del pasillo, concentrado, sin hablar demasiado. Cuando se incorporó para pedirme un vaso de agua me miró de una forma directa, sin cálculo ni intención aparente. En ese momento no significó nada.

Ahora, con el agua caliente en la nuca y la mano deslizándose hacia abajo entre mis piernas, ese recuerdo es suficiente. Me lo imagino agarrándome del pelo, empujándome contra los azulejos, abriéndome el coño con esos dedos manchados de grasa antes de meterme la polla de un golpe seco. Le pongo voz: «estate quieta, joder». La fantasía es tan barata y tan eficaz que me da casi rabia lo rápido que funciona.

Me separo los labios mayores con dos dedos y busco el clítoris con una precisión casi mecánica. Lo tengo hinchado, sobresaliendo de su capucha, resbaladizo por una mezcla de agua y de mi propio flujo que se nota distinto, más espeso. Lo masajeo en círculos, despacio al principio, luego con más insistencia, hasta que el cosquilleo se convierte en una corriente espesa que me llena el vientre. No busco delicadeza. Busco esa descarga limpia, brutal, que me saque por un segundo de esta cabeza que no deja de hablar. Apoyo una mano en la pared de azulejos fríos y la otra sigue, firme, insistente, empapándose con mi propio deseo mientras el agua cae por mi espalda y se me mete entre las nalgas.

Empiezo a respirar más rápido. Los muslos se me tensan contra la mampara de la ducha. Me masturbo con movimientos cortos y rápidos, hundiendo dos dedos en mi coño cuando noto que necesito más, abriéndome un poco para que entren mejor, para sentir la presión húmeda y caliente por dentro. Los noto resbalar fácilmente, hasta el nudillo, y arquearse buscando ese punto esponjoso del fondo que tengo memorizado. La palma de la mano me presiona el clítoris cada vez que empujo y eso es lo que me termina de romper. Saco los dedos cubiertos de mi propio jugo y vuelvo al clítoris, frotándolo en círculos rápidos, dos dedos planos y empapados machacándolo sin tregua mientras con la otra mano me retuerzo un pezón duro hasta que duele.

El orgasmo llega rápido y funcional, primero como un latigazo en el bajo vientre y luego como una sacudida que me trepa por la columna y me hace apretar los dientes. El coño se me contrae sobre nada, vacío, mordiéndose a sí mismo en espasmos cortos que casi me hacen perder el equilibrio. Noto un chorro caliente bajándome por la cara interna del muslo, mi propia corrida diluyéndose con el agua de la ducha. Me quedo jadeando con la frente apoyada en los azulejos, temblando todavía, con los dedos aún metidos hasta dentro y el clítoris latiéndome como un segundo corazón mientras el agua arrastra el calor de mi piel.

Termino de aclararme y salgo de la ducha.

Las 7:45. El desayuno.

La cafetera terminó su ciclo antes de que yo bajara. Raúl ya se fue: la taza limpia en el escurridor es la única señal de que estuvo aquí esta mañana. Me sirvo café, corto pan, me siento junto a la ventana de la cocina.

Los niños aún duermen. La casa tiene esa quietud específica de los lunes a primera hora, cuando el día no ha empezado del todo y nadie te necesita todavía. Me gusta este momento. Debería aprovecharlo para pensar en algo útil.

Pero mi cabeza no sabe estar quieta.

Vuelve sin aviso el recuerdo del instructor de pilates del sábado. No hizo nada fuera de lugar, eso tengo que decirlo: me corrigió la postura con las manos como hace con todos, los dedos sobre los hombros, luego en las caderas para alinearlas. Un gesto técnico, repetido clase tras clase. Pero yo lo reviví en la cama el sábado por la noche, masturbándome de lado para que Raúl no se enterara, y esta mañana vuelve con más nitidez que antes: la presión exacta de sus manos, el olor a colonia limpia, la forma en que dijo «así, mucho mejor» sin mirarme del todo a los ojos, y lo cerca que tenía la entrepierna de mi culo levantado en la postura del perro boca abajo.

Noto que me llevo la mano al escote casi por inercia, que me aprieto un pecho por encima del pijama y que el pezón se endurece otra vez bajo la tela. La retiro. El café todavía está caliente. Me obligo a dar un sorbo. No funciona. Tengo el coño otra vez palpitando, el de antes era solo una primera tanda y mi cuerpo ya pide la segunda.

Me levanto antes de que la fantasía escale sola. Subo al baño de invitados, el que los niños no usan nunca, y cierro el pestillo. Me miro un momento en el espejo: pelo sin peinar, pijama de algodón, los ojos aún un poco hinchados, los pezones marcándose duros contra la tela fina. Me bajo el pantalón y las bragas de un tirón hasta los muslos y me apoyo contra el lavabo frío. El borde de porcelana me presiona justo encima del pubis y noto el contraste con el calor que me sale de entre las piernas.

Esta vez me tomo más tiempo. Lo imagino quieto, de frente, con esa concentración que tiene cuando trabaja, pero mirándome a mí. Mirándome el coño, abierto sobre el lavabo, brillante y empapado. Le pongo la voz: «ábrete más, Clara, déjame verte bien». Y yo me abro, me separo los labios con los dedos de la otra mano para que él vea cómo el clítoris asoma hinchado, cómo el agujero del coño se me contrae solo de pensar que está mirando. Una mano en mi cintura, la otra entre mis piernas, apartándome el culo apenas lo justo para entrar mejor en mí con dos dedos primero, luego con tres, separándolos en tijera dentro de mí para abrirme, mientras yo me masturbo en el borde del lavabo frotándome el clítoris con dos dedos rápidos.

Me lo imagino agachándose, poniendo la boca contra mi coño, chupándomelo entero, metiendo la lengua hasta dentro y luego lamiendo arriba, machacando el clítoris con la punta de la lengua mientras me sigue follando con los dedos. Me imagino su otra mano subiendo, dos dedos mojados en mi propio flujo metiéndose despacio en el culo, abriéndome también ahí, llenándome por los dos agujeros a la vez. Empujo las caderas contra mi propia mano, me clavo tres dedos hasta el fondo, los noto resbalando en una humedad que ya me corre por los muslos.

El orgasmo llega desde más adentro y dura más que el de la ducha. Es uno de esos en que el coño se cierra a espasmos sobre los dedos, mordiéndolos como si quisiera ordeñarme una polla que no está ahí. Tengo que agarrarme al grifo para no doblarme. Una sacudida tras otra, cinco o seis, hasta que el clítoris se me pone insoportable de tocar. Me quedo así unos segundos con la frente apoyada en el espejo, con tres dedos todavía metidos en mí, hasta que la respiración vuelve a su sitio.

Bajo. La tostada está fría.

Las 11:00. Las tareas de la casa.

Pongo una lavadora, limpio la encimera, paso un trapo por los muebles del salón. La rutina debería ocuparme la cabeza, y no lo hace.

Me agacho a recoger una camiseta del suelo y, sin saber cómo, pienso en el vecino del cuarto, el que siempre sube en el ascensor con los auriculares puestos y nunca dice nada. El otro día me sujetó la puerta del portal y me sonrió, solo eso, un gesto de dos segundos que en el momento no fue nada y que llevo tres días sin saber dónde poner. Me lo imagino metiéndome contra la pared del ascensor, subiéndome la falda sin decir una palabra, metiéndome la mano por debajo de las bragas para comprobar lo mojada que ya estoy antes de sacarse la polla y follarme de pie entre dos plantas, con la boca tapada por la suya para que nadie nos oiga.

Paso el trapo por el espejo del recibidor y recuerdo una escena de la serie que vimos anoche, una en la que ella se la chupaba a él arrodillada en una cocina mientras él la sujetaba del pelo, y que Raúl descartó con un «qué exagerada» y que a mí me dejó la boca seca durante los siguientes veinte minutos. Limpio la mesita y mi mente salta sola a otro lugar: yo arrodillada, una polla en la boca, dos manos agarrándome del pelo, alguien diciéndome guarradas en voz baja mientras me la mete hasta el fondo de la garganta. Intento apartarla. Vuelve.

Es constante. No hay pausa. Es como tener una radio encendida en un idioma que no se puede silenciar.

Me dejo caer en el sofá. Solo un momento, me digo. Cierro los ojos y apoyo la cabeza hacia atrás. La mano viaja sola, casi sin que yo lo decida. Tercera vez esta mañana. No hay imagen concreta, solo la necesidad física de apagar algo que no para. Me abro los leggings, los empujo junto con las bragas hasta debajo del culo y me toco directamente, sin preámbulos. Tengo el coño hinchado, los labios mayores tan inflamados que se separan solos, el clítoris tenso y duro al tacto, como una pequeña polla pidiendo que la machaquen. Lo froto con dos dedos cada vez más rápido, sin paciencia, hasta que el cuerpo entero se me pone duro y sensible. Me meto el dedo corazón hasta el fondo, lo curvo, vuelvo a sacarlo brillante de flujo y vuelvo al clítoris. El orgasmo es corto, mecánico, un poco vacío, una contracción seca del coño sobre nada. Me quedo mirando el techo después, con los dedos todavía pegajosos apoyados en el muslo, más agotada que antes.

¿Cuánto tiempo llevo así?

Meses, quizás. O siempre, y solo ahora lo siento con más nitidez porque el resto del día se ha vuelto tan predecible que esto es lo único que no lo es. No lo sé con certeza. Esa incertidumbre también cansa.

Las 12:30. El supermercado.

Debería ser el trámite más anodino del día: una lista, un carrito, veinte minutos. No lo es.

Cada persona que se cruza en los pasillos se convierte, sin que yo lo decida, en el punto de partida de una historia que no llega a ningún lado. El chico joven que apila yogures y me pregunta si necesito ayuda con voz completamente neutra; me lo imagino siguiéndome al almacén, bajándose el pantalón, ofreciéndome la polla joven y dura para que se la mame contra una pila de cajas de leche. El hombre que coge el mismo bote de tomate triturado que yo y hace un comentario de relleno sobre los precios; en mi cabeza me lleva al baño del supermercado, me empuja contra el lavabo y me folla por detrás sin preguntarme nada, con una mano tapándome la boca y la otra apretándome una teta por debajo del jersey. El carnicero de siempre, que me conoce por el nombre y me pregunta si quiero el mismo corte de siempre con esa sonrisa amable de los viernes; lo imagino limpiándose las manos en el delantal, saltando el mostrador, abriéndome ahí mismo entre las neveras de embutido y comiéndome el coño contra la cámara fría.

Ninguno de ellos hace nada. Ninguno insinúa nada. Y aun así salgo de allí con el pulso acelerado, las bragas mojadas pegándoseme entre los muslos a cada paso, y una vergüenza que no sé explicarle a nadie porque nadie sabe nada. Todo ha ocurrido dentro de mi cabeza mientras yo llenaba el carrito con normalidad.

Me siento en el coche antes de arrancar. Apoyo las manos en el volante y espero a que el corazón vuelva a su sitio. Tardo más de lo que debería. Tengo que apretar las piernas para soportar el palpitar entre ellas, y por un segundo pienso seriamente en meter la mano dentro del pantalón ahí mismo, en el aparcamiento, con los cristales tintados. No lo hago. Pero solo porque alguien pasa empujando un carrito demasiado cerca.

La parte más difícil no es el deseo en sí. Es la culpa que llega después, automática, sin que yo la invite. Esa sensación de haber hecho algo malo cuando en realidad no ha pasado nada en absoluto. Las personas que protagonizan mis fantasías están ahora mismo haciendo su vida con total normalidad, sin saber que existen dentro de mi cabeza, sin saber que las he hecho follarme de cinco formas distintas en pasillos de supermercado. Y aun así yo salgo de allí con la misma cara que pondría si hubiera hecho algo real.

Arranco. Pongo la radio demasiado alta.

Las 18:00. La tarde con los niños.

Llegan con hambre y con el ruido habitual: mochilas tiradas en la entrada, el mayor discutiendo con el pequeño por algo sin ninguna importancia. La cocina empieza a oler a sofrito y a pan caliente.

Me muevo entre la olla y la mesa con automatismo: pruebo la salsa, pongo los cubiertos, corrijo una suma mal planteada, escucho un relato detallado sobre una pelea en el recreo. Sonrío cuando toca. Acaricio una cabeza distraídamente. Soy paciente. Estoy presente. Soy la madre que se espera que sea, y lo soy de verdad.

Pero hay algo debajo de todo esto. Un pulso constante que no se detiene aunque yo esté explicando la diferencia entre sustantivo y adjetivo. El deseo no desaparece cuando hay responsabilidades: se achica, se mete en los márgenes, aguarda en silencio. Las bragas todavía mojadas se me han secado encima y me molestan, pegadas al coño que sigue inflamado, recordándome cada vez que cambio de postura que llevo todo el día caliente. Lo que más me inquieta ya no es que esté ahí. Es lo mucho que me he acostumbrado a sentirlo como parte del fondo.

***

Las 22:30. La serie en el sofá.

Raúl llega a las nueve con cara de lunes largo. Cenamos con los niños ya dormidos y hablamos de cosas prácticas: la reunión que tiene mañana, si el coche hace un ruido raro o nos estamos volviendo paranoicos. Después de cenar nos sentamos en el sofá. Él tiene el mando. Yo tengo su mano sobre la mía en el cojín, los dedos entrelazados en un gesto automático, familiar, que ya no necesita que ninguno de los dos piense en él para ocurrir.

Yo no estoy aquí.

Estoy imaginando que le quito el mando de las manos y me siento a horcajadas sobre él sin decir nada. Que su expresión cambia en cuestión de segundos, del desconcierto a otra cosa. Que le bajo la cremallera, le saco la polla, me la llevo a la boca antes de que pueda decir nada, que se la chupo entera hasta el fondo de la garganta hasta que se la pongo dura como una piedra. Que después me subo encima, me levanto la falda, me aparto el tanga a un lado y me la meto entera de una sentada, agarrándome al respaldo del sofá para empezar a moverme de arriba abajo sobre él. Que esta noche no hay cansancio ni «luego», que sus manos me agarran por las nalgas con una firmeza que llevo semanas echando de menos, que me abre del todo, que me clava la polla dura desde abajo cada vez que bajo las caderas, que me coge una teta con la boca por encima de la blusa abierta y me chupa el pezón mientras me folla. Que me dice «así, Clara, móntame esa polla bien, que llevas todo el día queriéndolo». La fantasía es tan concreta que tengo que mover la pierna para no quedarme completamente paralizada, para que él no note el temblor.

—¿Estás bien? —pregunta sin apartar los ojos de la pantalla.

—Sí. ¿Por qué?

—No sé. Estás rara esta noche.

No estoy rara. Llevo todo el día con el coño empapado y ahora mismo lo único que quiero es que me follen como sé que no me vas a follar.

—Solo cansada —digo.

Él asiente. Vuelve la vista a la pantalla. Yo aprieto los dedos contra mi propia rodilla y cuento hasta diez en silencio.

A las once le digo que me duele la cabeza y subo antes que él. Cierro la puerta del dormitorio con llave, algo que no hago nunca. Me tumbo boca abajo en la cama con la ropa puesta y la cara hundida en la almohada.

Me masturbo sin quitarme nada, primero por encima del pantalón, restregándome contra mi propia mano puesta entre la cama y el pubis, follándome el puño como una adolescente impaciente. Después no aguanto y me bajo todo de un tirón hasta las rodillas. Me llevo dos dedos a la boca, los empapo de saliva aunque no los necesite porque el coño ya está chorreando, y me meto la mano entera entre las piernas. Las imágenes van cambiando sin orden: el electricista levantándose del suelo con las manos manchadas de grasa, abriéndome contra la pared del pasillo y metiéndomela hasta el fondo; el instructor de pilates ajustando mi postura con esa concentración tranquila que tiene, agarrándome de las caderas en la postura del perro y follándome despacio mientras me dice «así, mucho mejor»; Raúl en un día mejor que este, comiéndome el coño durante media hora hasta hacerme correr tres veces antes de empezar a follarme; una versión de mí que no tiene que pedir ni esperar ni justificarse ante nadie. Meto una mano bajo el cuerpo y froto el monte de Venus con rabia contenida, buscando el clítoris, machacándolo con dos dedos rápidos.

Levanto un poco el culo de la cama y me meto dos dedos en el coño desde atrás, hasta el nudillo. Los noto resbalar como si nada, los muslos pegados de mi propio flujo, las sábanas mojadas debajo de mí. Empiezo a follarme con la mano a un ritmo rápido, sacando y metiendo los dedos con fuerza, imaginando una polla dura empujándome desde atrás, llenándome por completo, golpeando profundo hasta dejarme sin aire. Con el pulgar de la otra mano busco el culo y lo presiono, sin meterlo, solo apretando la entrada para sentir esa sensación de estar abierta por todos lados. Me corro así, apretando el coño en mi mano, mordiendo la almohada para no hacer ruido, con la cara enterrada y las caderas restregándose contra el colchón en una serie larga de espasmos que no parece acabar nunca.

El orgasmo tarda en llegar, como si el cuerpo supiera que es el último del día y quisiera aprovecharlo. Cuando llega me arqueo contra el colchón, los muslos cerrándose sobre mi propia mano, atrapándola, el coño contrayéndose alrededor de los dedos con una fuerza que casi me da miedo. Noto el chorro caliente bajándome por la cara interna del muslo, una corrida espesa que mancha la sábana. Me quedo así después, boca abajo, con los muslos apretados y la respiración lenta, con los dedos todavía dentro del coño porque sacarlos me parece, en ese instante, un esfuerzo demasiado grande. Sin moverme durante un buen rato.

Me levanto. Me limpio entre las piernas con el primer pañuelo que encuentro. Me arreglo la ropa. Finjo que duermo cuando Raúl entra.

Ahora escribo esto mientras lo escucho respirar a mi lado.

Hay una palabra que lleva semanas rondándome la cabeza y que no quiero escribir porque ponerla en papel la hace más real, más definitiva. Pero también sé que no escribirla no la borra ni la explica ni cambia nada de lo que siento. Solo la deja flotando ahí, sin nombre, que es quizás la versión más incómoda de todas.

Lo que hay dentro de mí no es algo que haya elegido. Y todavía no sé si es algo que quiero cambiar, si es que se puede cambiar, o si simplemente es lo que hay. Solo sé que mañana me voy a despertar a las siete, que Raúl va a dormir boca abajo con el brazo colgado fuera de la cama, que voy a tener el coño ya hinchado y húmedo antes de abrir los ojos, y que todo esto va a volver a empezar exactamente desde el principio.

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4.6(48)

Comentarios(9)

CandyNoche

me encantó!!! se siente tan real

Tomás_BA

Por favor seguila, quede con ganas de saber como termina ese lunes

SoledadBaires

Ay dios, me identifiqué demasiado jajaja. Esas fantasias que aparecen cuando menos las querés... muy bien descripto

papillon68

Muy bien escrito, se nota que sabés lo que es ese tipo de fuego interno. Seguí así!

MartinCba91

corto pero intenso, eso me gusta

ValenRo92

La parte del supermercado me mato jajaja, quien no ha pasado por algo asi

LorenaBA

Buenisimo! Espero que escribas mas pronto, este tipo de relatos me encantan

Incognita

Se hizo cortisimo :( segunda parte por favor!

casporro

Tremendo, 5 estrellas sin dudarlo

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