Las fantasías que no pude callar ese lunes
Lo escribo porque guardarlo se ha vuelto más pesado que contarlo. Hay cosas que no caben en ninguna conversación de pareja, que no encajan en ningún café con amigas. La protagonista de esto se llama Clara. Un nombre que me inventé para poner distancia entre yo y lo que voy a contar. Si te reconoces en algo de lo que sigue, probablemente ya sabes de qué va esto.
***
Las 7:00 de la mañana.
El despertador no suena porque lo apagué anoche con demasiada confianza en mí misma. Ojos abiertos antes de las siete, la habitación todavía en penumbra, Raúl a mi lado dormido boca abajo con un brazo colgado fuera de la cama. Lo miro unos segundos. Tiene la espalda ancha y el pelo pegado a la sien derecha. Lo quiero. Eso no está en cuestión.
Pero el primer pensamiento de esta mañana no es de ternura.
Es una presión cálida que nace justo debajo del ombligo y se expande despacio, sin prisa, como si mi cuerpo supiera exactamente lo que quiere antes de que mi cabeza termine de despertar del todo. Anoche empezamos algo que él dejó a medias con el cansancio como excusa, y esa sensación interrumpida sigue ahí, latente, como una conversación que nadie cerró.
Podría tocarlo ahora. La idea me cruza la mente y casi me hace sonreír. Pero ya sé cómo termina eso: él abriría los ojos con la expresión de alguien que necesita cinco minutos más de sueño, me besaría en la frente con amabilidad, y diría algo como «luego, Clara». Y ese «luego» que nunca llega pesa más que el deseo mismo. Prefiero levantarme antes de exponerme a eso.
Me quedo un momento más mirando el techo. Cuento hasta diez. Me levanto.
Las 7:15. Ducha.
El agua caliente cae sobre mis hombros y los relaja. El resto, no. Me jabono despacio y cuando las manos llegan al pecho noto la sensibilidad que ya arrastraba desde que abrí los ojos. Los pezones se endurecen solos al contacto con la esponja.
Cierro los ojos. La imagen de Raúl se va sin que yo la empuje. Aparece en su lugar el electricista que vino el martes pasado, un hombre de unos cuarenta años con los brazos cubiertos de tatuajes y las manos que sabían lo que hacían. Estuvo media mañana tumbado bajo el cuadro eléctrico del pasillo, concentrado, sin hablar demasiado. Cuando se incorporó para pedirme un vaso de agua me miró de una forma directa, sin cálculo ni intención aparente. En ese momento no significó nada.
Ahora, con el agua caliente en la nuca y la mano deslizándose hacia abajo entre mis piernas, ese recuerdo es suficiente.
No busco placer. Busco silencio. Tres movimientos cortos y precisos, apoyada contra los azulejos fríos, y el orgasmo llega rápido y funcional, como tomarse un analgésico que tarda exactamente lo esperado en hacer efecto. Respiro hondo con la frente apoyada en los azulejos. Termino de aclararme y salgo de la ducha.
Las 7:45. El desayuno.
La cafetera terminó su ciclo antes de que yo bajara. Raúl ya se fue: la taza limpia en el escurridor es la única señal de que estuvo aquí esta mañana. Me sirvo café, corto pan, me siento junto a la ventana de la cocina.
Los niños aún duermen. La casa tiene esa quietud específica de los lunes a primera hora, cuando el día no ha empezado del todo y nadie te necesita todavía. Me gusta este momento. Debería aprovecharlo para pensar en algo útil.
Pero mi cabeza no sabe estar quieta.
Vuelve sin aviso el recuerdo del instructor de pilates del sábado. No hizo nada fuera de lugar, eso tengo que decirlo: me corrigió la postura con las manos como hace con todos, los dedos sobre los hombros, luego en las caderas para alinearlas. Un gesto técnico, repetido clase tras clase. Pero yo lo reviví en la cama el sábado por la noche, y esta mañana vuelve con más nitidez que antes: la presión exacta de sus manos, el olor a colonia limpia, la forma en que dijo «así, mucho mejor» sin mirarme del todo a los ojos.
Noto que me llevo la mano al escote casi por inercia. La retiro. El café todavía está caliente. Me obligo a dar un sorbo.
Me levanto antes de que la fantasía escale sola. Subo al baño de invitados, el que los niños no usan nunca, y cierro el pestillo. Me miro un momento en el espejo: pelo sin peinar, pijama de algodón, los ojos aún un poco hinchados. Me bajo el pantalón hasta los muslos y me apoyo contra el lavabo frío.
Esta vez me tomo más tiempo. Lo imagino quieto, de frente, con esa concentración que tiene cuando trabaja, pero mirándome a mí. Solo mirando. El orgasmo llega desde más adentro y dura más que el de la ducha. Tengo que agarrarme al grifo para no doblarme. Me quedo así unos segundos con la frente apoyada en el espejo, hasta que la respiración vuelve a su sitio.
Bajo. La tostada está fría.
Las 11:00. Las tareas de la casa.
Pongo una lavadora, limpio la encimera, paso un trapo por los muebles del salón. La rutina debería ocuparme la cabeza, y no lo hace.
Me agacho a recoger una camiseta del suelo y, sin saber cómo, pienso en el vecino del cuarto, el que siempre sube en el ascensor con los auriculares puestos y nunca dice nada. El otro día me sujetó la puerta del portal y me sonrió, solo eso, un gesto de dos segundos que en el momento no fue nada y que llevo tres días sin saber dónde poner.
Paso el trapo por el espejo del recibidor y recuerdo una escena de la serie que vimos anoche, una que Raúl descartó con un «qué exagerada» y que a mí me dejó la boca seca durante los siguientes veinte minutos. Limpio la mesita y mi mente salta sola a otro lugar. Intento apartarla. Vuelve.
Es constante. No hay pausa. Es como tener una radio encendida en un idioma que no se puede silenciar.
Me dejo caer en el sofá. Solo un momento, me digo. Cierro los ojos y apoyo la cabeza hacia atrás. La mano viaja sola, casi sin que yo lo decida. Tercera vez esta mañana. No hay imagen concreta, solo la necesidad física de apagar algo que no para. El orgasmo es corto y un poco vacío. Me quedo mirando el techo después, más agotada que antes.
¿Cuánto tiempo llevo así?
Meses, quizás. O siempre, y solo ahora lo siento con más nitidez porque el resto del día se ha vuelto tan predecible que esto es lo único que no lo es. No lo sé con certeza. Esa incertidumbre también cansa.
Las 12:30. El supermercado.
Debería ser el trámite más anodino del día: una lista, un carrito, veinte minutos. No lo es.
Cada persona que se cruza en los pasillos se convierte, sin que yo lo decida, en el punto de partida de una historia que no llega a ningún lado. El chico joven que apila yogures y me pregunta si necesito ayuda con voz completamente neutra. El hombre que coge el mismo bote de tomate triturado que yo y hace un comentario de relleno sobre los precios. El carnicero de siempre, que me conoce por el nombre y me pregunta si quiero el mismo corte de siempre con esa sonrisa amable de los viernes.
Ninguno de ellos hace nada. Ninguno insinúa nada. Y aun así salgo de allí con el pulso acelerado y una vergüenza que no sé explicarle a nadie porque nadie sabe nada. Todo ha ocurrido dentro de mi cabeza mientras yo llenaba el carrito con normalidad.
Me siento en el coche antes de arrancar. Apoyo las manos en el volante y espero a que el corazón vuelva a su sitio. Tardo más de lo que debería.
La parte más difícil no es el deseo en sí. Es la culpa que llega después, automática, sin que yo la invite. Esa sensación de haber hecho algo malo cuando en realidad no ha pasado nada en absoluto. Las personas que protagonizan mis fantasías están ahora mismo haciendo su vida con total normalidad, sin saber que existen dentro de mi cabeza. Y aun así yo salgo del supermercado con la misma cara que pondría si hubiera hecho algo real.
Arranco. Pongo la radio demasiado alta.
Las 18:00. La tarde con los niños.
Llegan con hambre y con el ruido habitual: mochilas tiradas en la entrada, el mayor discutiendo con el pequeño por algo sin ninguna importancia. La cocina empieza a oler a sofrito y a pan caliente.
Me muevo entre la olla y la mesa con automatismo: pruebo la salsa, pongo los cubiertos, corrijo una suma mal planteada, escucho un relato detallado sobre una pelea en el recreo. Sonrío cuando toca. Acaricio una cabeza distraídamente. Soy paciente. Estoy presente. Soy la madre que se espera que sea, y lo soy de verdad.
Pero hay algo debajo de todo esto. Un pulso constante que no se detiene aunque yo esté explicando la diferencia entre sustantivo y adjetivo. El deseo no desaparece cuando hay responsabilidades: se achica, se mete en los márgenes, aguarda en silencio. Lo que más me inquieta ya no es que esté ahí. Es lo mucho que me he acostumbrado a sentirlo como parte del fondo.
***
Las 22:30. La serie en el sofá.
Raúl llega a las nueve con cara de lunes largo. Cenamos con los niños ya dormidos y hablamos de cosas prácticas: la reunión que tiene mañana, si el coche hace un ruido raro o nos estamos volviendo paranoicos. Después de cenar nos sentamos en el sofá. Él tiene el mando. Yo tengo su mano sobre la mía en el cojín, los dedos entrelazados en un gesto automático, familiar, que ya no necesita que ninguno de los dos piense en él para ocurrir.
Yo no estoy aquí.
Estoy imaginando que le quito el mando de las manos y me siento a horcajadas sobre él sin decir nada. Que su expresión cambia en cuestión de segundos, del desconcierto a otra cosa. Que esta noche no hay cansancio ni «luego», que sus manos me agarran por los muslos con una firmeza que llevo semanas echando de menos. La fantasía es tan concreta que tengo que mover la pierna para no quedarme completamente paralizada.
—¿Estás bien? —pregunta sin apartar los ojos de la pantalla.
—Sí. ¿Por qué?
—No sé. Estás rara esta noche.
No estoy rara. Llevo todo el día aguantando esto y ahora mismo lo único que quiero es que me hagas exactamente lo que sé que no va a pasar.
—Solo cansada —digo.
Él asiente. Vuelve la vista a la pantalla. Yo aprieto los dedos contra mi propia rodilla y cuento hasta diez en silencio.
A las once le digo que me duele la cabeza y subo antes que él. Cierro la puerta del dormitorio con llave, algo que no hago nunca. Me tumbo boca abajo en la cama con la ropa puesta y la cara hundida en la almohada.
Me masturbo sin quitarme nada. Las imágenes van cambiando sin orden: el electricista levantándose del suelo con las manos manchadas de grasa, el instructor de pilates ajustando mi postura con esa concentración tranquila que tiene, Raúl en un día mejor que este, una versión de mí que no tiene que pedir ni esperar ni justificarse ante nadie. El orgasmo tarda en llegar, como si el cuerpo supiera que es el último del día y quisiera aprovecharlo. Cuando llega me arqueo contra el colchón y muerdo la almohada para no hacer ruido. Me quedo así después, con los muslos apretados y la respiración lenta, sin moverme durante un buen rato.
Me levanto. Me arreglo la ropa. Finjo que duermo cuando Raúl entra.
Ahora escribo esto mientras lo escucho respirar a mi lado.
Hay una palabra que lleva semanas rondándome la cabeza y que no quiero escribir porque ponerla en papel la hace más real, más definitiva. Pero también sé que no escribirla no la borra ni la explica ni cambia nada de lo que siento. Solo la deja flotando ahí, sin nombre, que es quizás la versión más incómoda de todas.
Lo que hay dentro de mí no es algo que haya elegido. Y todavía no sé si es algo que quiero cambiar, si es que se puede cambiar, o si simplemente es lo que hay. Solo sé que mañana me voy a despertar a las siete, que Raúl va a dormir boca abajo con el brazo colgado fuera de la cama, y que todo esto va a volver a empezar exactamente desde el principio.