Confesión íntima: deseaba compartir a mi novia con otro hombre
Llevaba semanas guardándomelo. Lo pensaba al volver del trabajo, al ducharme, al meterme en la cama y oír a Lucía respirar pegada a mi espalda. Una idea tonta, me decía yo. Una fantasía de las que se cuentan al oído y se quedan ahí, sin pedir permiso para salir.
Esa noche fue distinta. La lluvia golpeaba la ventana del piso y nosotros estábamos en su cuarto, con la lamparita pequeña encendida y la sábana arrugada a medias. La besaba despacio, casi sin abrir los ojos, abrazándola con una calma rara, como si quisiera retrasar algo que en realidad ya había decidido.
—Lucía —le dije, separándome apenas un dedo de su boca—. Tengo algo que llevo días dándole vueltas y no me lo saco de la cabeza.
Ella sonrió con esa sonrisa que pone cuando ya intuye por dónde voy, y me apoyó la mano en la mejilla.
—Cuéntame.
Se lo conté entero, sin adornos. Le dije que me imaginaba a otro hombre entrando en el cuarto, sin prisas, sin discursos. Que la quería ver disfrutando entre dos manos distintas, con dos respiraciones encima. Y le dije, también, que en algún momento de esa fantasía yo dejaba de mirar y me ponía a sentir.
Lucía no contestó al instante. Se quedó mirándome con los ojos muy abiertos, los míos buscando los suyos para entender si la había metido en un lío. Y entonces se rio bajito, contra mi cuello.
—¿Sabes lo que te voy a decir, verdad?
—No.
—Que llevo más tiempo pensándolo que tú.
***
Hablamos del tema con calma, durante días. No queríamos a un desconocido cualquiera. Queríamos a alguien que entendiera dónde se metía, que respetara el código que íbamos a llevarnos a la cama: ella mandaba, nosotros aprendíamos. Mateo apareció en una cena de amigos, sin ser invitado a nada de esto. Le caía bien a Lucía desde hacía años; conmigo había compartido viajes, partidos, alguna borrachera. Tenía las manos quietas y la mirada honesta, y no se asustaba con las conversaciones largas.
Una semana más tarde le escribimos. Le contamos lo que estábamos pensando, sin rodeos, dejándole espacio para decir que no. Tardó dos días en contestar. La respuesta cabía en una línea: «Me apetece, si seguimos siendo nosotros tres después».
***
El sábado nos pasamos la tarde sin hablar del tema. Comimos en casa, salimos a caminar, vimos una película que ninguno de los dos recuerda. A las once de la noche entramos al cuarto y cerramos la puerta como si fuera un sábado más. Lucía se había puesto una tanga azul de tiras finas, una prenda casi nada, que le subía por las caderas y se le perdía entre las nalgas cada vez que se movía. Nada arriba. La luz, baja. La música, casi inaudible.
Empezamos a besarnos como empezamos cualquier otra noche. Sin teatro. Sin grandes planes. Lucía me agarró la nuca con la mano, me obligó a bajar el ritmo y me clavó una mirada en la que se mezclaban dos cosas: las ganas de siempre y un nervio nuevo que yo entendí enseguida.
Llamaron a la puerta dos veces, suaves. La señal acordada. Mateo entró sin decir nada, cerró tras de sí con cuidado y se quedó un par de segundos en el umbral, como pidiendo permiso con el cuerpo. Nosotros no nos separamos. Yo seguí besándola y sentí cómo su respiración se aceleraba contra mi boca.
—Ven —murmuró ella, sin mirar a Mateo, pero sabiendo perfectamente a quién hablaba.
Mateo se acercó despacio y se sentó al borde de la cama. No tocó nada al principio. Solo nos miró, y a Lucía se le marcó un escalofrío en los hombros que no era de frío.
***
Las primeras manos en moverse fueron las suyas. Subió los dedos por la espalda de Lucía como si estuviera leyéndola por primera vez, sin presionar, recorriéndole la columna hasta la nuca. Yo bajé las mías por su cintura, por la curva que tanto me gusta, y dejé los pulgares apoyados sobre el elástico de la tanga.
Lucía respiró hondo, arqueó un poquito la espalda y nos miró a los dos. Esa mirada bastó para entendernos.
Mientras Mateo le acariciaba el culo por encima de la tela —con la yema del dedo índice, dibujando círculos suaves muy cerca del centro, sin entrar en ningún sitio—, mis dedos bajaron hasta el frente, rozaron la tanga y notaron lo mojada que estaba. Hice círculos lentos sobre la tela, sintiendo cómo se humedecía más con cada pasada y cómo ella apretaba las caderas contra mí.
—Despacio —le pidió a Mateo, sin dejar de besarme—. Quiero que dure.
Él asintió en silencio y siguió ese ritmo lento, casi quirúrgico, que la hacía gemir bajito contra mi boca. Aproveché para correrle la tanga hacia un lado y deslizar dos dedos en ella, comprobando cuánto había. Estaba empapada. Lucía soltó un suspiro entrecortado y me mordió el labio.
—Ahora —dijo.
Me coloqué entre sus piernas, le bajé la tanga del todo y la dejé enredada en una rodilla. Entré despacio, sintiendo cómo me apretaba al primer empuje, cómo se abría poco a poco para recibirme. Mateo seguía detrás, ahora con las dos manos: una en el culo de Lucía, presionando suave la zona más sensible sin penetrar, y la otra en su espalda, recordándole con la palma quién más estaba en esa cama.
***
Nos sincronizamos sin acordar nada. Yo entrando despacio, profundo, sintiendo cómo se contraía con cada presión que él aplicaba por detrás. Él rozándole el ano por fuera, con el dedo cada vez más pegado a la entrada, sin atravesarla, solo encendiéndola. Lucía marcando el tiempo: cuando quería que fuéramos más rápido, apretaba las caderas contra mí; cuando quería que aflojáramos, gemía despacio y nos lo susurraba al oído.
En un momento se separó de mi boca, miró a Mateo y le dijo lo que él estaba esperando.
—Quítate eso.
Mateo se levantó sin decir palabra, se sacó los bóxers blancos en un gesto y volvió a la cama. Lucía se quedó mirándolo unos segundos, recorriéndole el cuerpo de arriba abajo con una calma de propietaria, y cuando él se acercó otra vez, ella le buscó la mano y se la llevó al pecho. Después bajó la suya, le rodeó el miembro con los dedos y comprobó cuánto había. La oí soltar el aire muy despacio.
—Cambia conmigo —me dijo, sin dejar de mirarlo a él.
***
Salí de ella con cuidado y le hice sitio a Mateo entre sus piernas. Yo me tumbé al lado, le pasé un brazo por debajo del cuello y la besé en la sien. Mateo entró despacio también, controlándose, y Lucía se arqueó al sentirlo llenarla. Mientras tanto, bajé la mano hasta su culo, le acaricié la zona con la yema del dedo, presioné suave en círculos, sin entrar, igual que él había hecho conmigo de público.
—Sigue —murmuró ella, con la voz cargada—. Pero mójatelo.
Me llevé el dedo a la boca, lo lubriqué bien y volví a posarlo sobre ella, esta vez con más decisión. Lo introduje apenas, una falange, y sentí cómo se abría a mi favor, cómo todo su cuerpo se reacomodaba para tenernos a los dos a la vez. Mateo la penetraba profundo y firme, y mi dedo seguía allí, sin forzar, marcando una segunda capa de sensación que le hacía temblar el vientre.
Lucía me besó como si tuviera urgencia. Me besó fuerte, mordiéndome el labio inferior, pasando la lengua por la boca como si quisiera comerme las palabras. Y cuando se separó, me clavó la mirada y me susurró algo que yo no me esperaba.
—Quiero ver cómo te lo hace él a ti, mientras me follas tú a mí.
***
Tardé un segundo en procesarlo. Mateo paró un instante, esperando que Lucía repitiera. Ella lo repitió, sin pestañear.
Volvimos a movernos. Mateo salió de ella, yo volví a colocarme entre sus piernas y la penetré otra vez, despacio, recuperando el ritmo. Mateo se puso detrás de mí, con calma. No dijo nada. Empezó con las manos: primero la espalda, después las caderas, y por último la zona, con la yema mojada, en círculos lentos, igual que lo había hecho con ella un rato antes.
No me apuró. Esperó hasta que mi cuerpo se aflojara, hasta que yo dejara de pensar y empezara a sentir. Cuando el primer dedo entró, lo hizo despacio, girando, abriéndome poco a poco. Yo seguía dentro de Lucía, empujando sin parar, y cada vez que él presionaba en mí, yo empujaba más profundo en ella sin querer. Lucía me miraba la cara desde abajo, con las manos en mi nuca, registrándolo todo.
—Así —dijo, con una voz que casi no le salía—. Así, mírame.
Mateo añadió un segundo dedo y marcó un ritmo propio. Yo seguí el suyo desde dentro, casi sin darme cuenta. Cada vez que él aceleraba detrás de mí, yo aceleraba en Lucía. Cada vez que él bajaba el ritmo, yo bajaba con ella. Lucía estaba en el centro de todo: viéndome temblar entre los dos, sintiéndome dentro, marcándonos el tempo a los dos con sus caderas.
***
El final llegó casi a la vez. Mateo se vino primero, dentro de mí, en chorros calientes que sentí caer profundo y desbordarse después por la parte de atrás de mis muslos. La sensación me empujó al borde de inmediato. Me corrí dentro de Lucía con un par de embestidas más, derramándome despacio, temblando con la frente apoyada en su hombro. Y ella se vino justo después, apretándome con todo el cuerpo, gimiendo bajito contra mi oído, con las dos manos clavadas en mi espalda.
Nos quedamos quietos los tres, jadeando. Mateo se retiró con cuidado, se sentó al borde de la cama y nos miró un segundo, comprobando que estábamos bien. Lucía le pasó la mano por la rodilla, sin decir nada, y él entendió. Se vistió en silencio, nos dio un beso a cada uno —en la mejilla a mí, en la frente a ella— y salió cerrando la puerta con el mismo cuidado con el que había entrado.
***
Nos quedamos solos enseguida, abrazados, sudados, con la lámpara igual de baja que al principio. Lucía se acomodó contra mi pecho y se rio bajito, una risa cansada de las que tienen agradecimiento dentro.
—Llevabas semanas guardándolo —dijo, sin levantar la cabeza.
—Sí.
—La próxima vez no esperes tanto.
La besé en el pelo y me quedé mirando el techo un rato largo, escuchándola respirar contra mí, sabiendo dos cosas a la vez. Una: que esto no se cuenta en la oficina ni en la cena del domingo. Dos: que esa noche no había sido un final, sino el primer renglón de algo que íbamos a seguir escribiendo entre los dos.