El reencuentro que no esperaba tras meses de soledad
Valeria se estira en la cama con los ojos cerrados y una sonrisa perezosa. No tiene que levantarse a preparar desayunos ni organizar mochilas. Sus hijos están con su padre este fin de semana y ella piensa aprovechar cada segundo de esa libertad. Se lo merece. Necesitaba ese descanso y, si es honesta consigo misma, también necesitaba exactamente lo que pasó anoche.
Sus dedos bajan por su vientre hasta encontrar la humedad pegajosa entre sus muslos. Un polvo como los de antes, piensa. De esos que le recordaban la época en que le era infiel a su exmarido con Rodrigo. Sexo cargado de morbo, de urgencia, un grito de liberación que la vaciaba de toda la ansiedad acumulada, de toda la presión, del aburrimiento que la estaba comiendo viva. Un polvo exactamente como el de anoche.
Y como el de esta mañana, cuando se despertó encendida y decidió que no iba a esperar. Se deslizó bajo las sábanas y lo despertó con la boca, lamiéndolo con una ansiedad que la sorprendió a ella misma. Rodrigo abrió los ojos sin entender nada y ella ya estaba subida encima, metiéndoselo sin darle tiempo a reaccionar. Lo cabalgó a pelo, sintiendo cada centímetro mientras el sudor le corría por la espalda, sus pechos rebotando con cada embestida, moviéndose como si tuviera veinte años menos y toda la energía del mundo. Lo empapó con sus fluidos, aceleró el ritmo hasta que el orgasmo la sacudió entera, y después se quedó ahí, con el adentro, meciéndose despacio, apretándolo, hasta que lo sintió vaciarse dentro de ella con un gemido ronco.
Rodrigo se quedó dormido otra vez, abrazado a su cintura. Cuando cayó en sueño profundo se giró boca abajo y ahí sigue, respirando suavemente. Ella, en cambio, no ha podido volver a dormirse. Está tranquila, relajada, casi feliz, pero su cabeza no para.
No hubiera apostado por este desenlace cuando hace un mes Rodrigo volvió de una investigación en otra ciudad con una mención especial y la felicitación de todos los mandos. Había resuelto uno de los casos más complicados de los últimos tiempos y ella lo notó distinto desde el primer momento.
—Conseguiste atrapar a tu fantasma —le dijo cuando lo volvió a ver en la oficina.
—Más bien conseguí desatraparme yo —respondió él con media sonrisa—. No me dejaba vivir.
—¿Y ahora?
—Ahora solo quiero descansar.
—Me alegro por ti, Rodrigo.
El asintió sin decir más, creando uno de esos silencios incómodos que solo se rompen con algo inesperado.
—Te debo un café. ¿Me lo aceptas?
Y con ese café empezó todo de nuevo. No fue inmediato ni fácil. Valeria no estaba dispuesta a caer otra vez, pero había algo diferente en él. Como si haberse librado de ese peso lo hubiera vuelto más humano, más presente. Como si por primera vez en años estuviera realmente ahí, pisando la realidad en lugar de perseguir sombras. Y resultó que lo que encontró al volver al mundo fue ella.
Empezó a buscarla todos los días. El café se convirtió en rutina, la acompañaba a casa, aparecía sin excusas. Pero no hacía ninguna propuesta. Valeria intuyó que era por miedo, por vergüenza, por el temor a que ella lo mandara al carajo. El hombre más valiente que conocía se comportaba como un adolescente inseguro, rondándola como un perro abandonado que no se atreve a acercarse demasiado. Y eso despertó algo en ella. Primero el instinto protector, después el interés, después algo que ya no podía negar.
Sustituyó una obsesión por otra, pensó Valeria. Y saber que ahora yo era su prioridad me gustaba. Me gustaba mucho.
Su enfado cayó junto con sus defensas. Al fin y al cabo, volver a empezar con alguien que realmente le importaba era lo que necesitaba. ¿Por qué resistirse? Así que una tarde lo miró a los ojos y le dijo:
—Esta noche recógeme a las nueve. Nos vamos a cenar.
Todavía estaría esperando a que él diera el paso. En eso sigue igual que siempre.
Hubo cena. Después lo llevó a su casa. Y entonces se descubrió excitada de una forma que había olvidado, añorando tener un cuerpo de hombre contra el suyo. Terminaron enredados en un abrazo desesperado, él penetrándola con fuerza y ella recibiéndolo con ganas, convirtiendo aquello en un polvo salvaje, sucio y por eso mismo delicioso. Y cuando él se quedó sin fuerzas, trabajaron sus dedos y su lengua, y ella tuvo otro orgasmo retorciéndose de placer, pellizcándose los pechos, levantando las caderas para que sus dedos entraran más adentro. Después, ese sueño liviano en el que parece que flotas, vaciada de preocupaciones, limitándote a existir sin pensar en nada.
Ahora observa a Rodrigo boca arriba, expuesto a su mirada. Las cicatrices que recorren su torso tienen el tono rosado de las heridas recientes. Resiste la tentación de pasar los dedos por ellas y se pregunta qué tan profundas son sus raíces, si solo quedarán como recuerdo de batallas pasadas o si le traerán problemas en el futuro. Queda mucho camino: ver cómo se adapta a la vida en pareja con hijos adolescentes, integrarlo en una rutina familiar a la que no está acostumbrado. Pero este ha sido un buen comienzo.
***
Se levanta, se ducha, y antes de vestirse se mira en el espejo. Despeinada, sin maquillar, con cara de recién follada. Pero observa su cuerpo de mujer madura, sus pechos abundantes, sus muslos generosos, el pubis rasurado para la ocasión, y piensa: estoy buena. Al menos eso parecía pensar Rodrigo, que anoche se dio un atracón y se durmió con la sonrisa en los labios.
En la cocina, mientras prepara café, revisa el celular. Tiene un mensaje de Nuria, la mujer con quien ha forjado una amistad a distancia en los últimos meses. Fue ella quien encontró a Rodrigo cuando estaba herido. Cuando la llamó para decirle que estaba vivo, Valeria sintió un alivio mucho más profundo del que estaba dispuesta a admitir. Un simple "gracias" fue todo lo que pudo responder, pero ese mensaje abrió un intercambio que las convirtió en amigas sin haberse visto nunca cara a cara.
—¿Qué tal la noche? —decía el mensaje de Nuria.
—Muy bien. Creo que ha venido para quedarse, pero vamos a darle tiempo, que ya lo conoces.
—Claro, no lo agobies. Es lento pero una vez que se decida no se mueve de tu lado. A lo mejor luego te arrepientes y no hay forma de quitártelo de encima.
—O de debajo —rió Valeria—. ¿Y tú qué tal? Felicidades por el reconocimiento.
—Gracias, aunque la verdad es un poco pesado todo esto. Estoy deseando volver a la normalidad.
Nuria lo piensa un momento: ella deseando volver a su antigua normalidad y Rodrigo buscando construir una nueva junto a Valeria.
—Oye, ¿sabías que pidió traslado a un puesto administrativo?
—¿En serio? No le pega nada.
—Bueno, una temporada alejado de la calle no le vendrá mal.
—Igual te lo ponen al lado y lo tienes que aguantar en casa y en la oficina.
—Donde yo estoy no hay plaza, menos mal.
Las dos ríen antes de despedirse.
***
Nuria se lava la cara y se pone una bata para bajar a desayunar. Hoy se reincorpora al trabajo después de un descanso breve. Nadie ha cuestionado su versión de lo que pasó aquella noche. El desenlace convenía a todos y además tenía todos los ingredientes para que sus superiores se apuntaran un éxito. La prensa se volvió loca con el caso, el final parecía sacado de una película. Tampoco ha considerado necesario contarle a su marido que cuando disparó, la mujer ya estaba desarmada. Eso se queda para ella. Le basta con darse explicaciones a sí misma. Ha buscado en lo más profundo de su conciencia y no encuentra ni un atisbo de arrepentimiento. Es curioso, piensa, como si una parte de ella fuera también un poco como aquellos a los que persigue.
¿Es así?, se pregunta. ¿No hay aunque sea una parte de mí que dude de que lo que hice estuvo mal?
Piensa en sus hijas y en su marido. Ahí sí le entran las dudas. Ella puede mirar el mal a la cara, pero no sabe si hace bien en permitir que el mal mire a su familia. Se imagina en otras unidades, investigando otro tipo de delitos, y no se ve. Es buena en lo que hace, concienzuda y profesional, seguramente rendiría bien en cualquier puesto, pero nada la motiva tanto como perseguir asesinos. Además, ¿cuántos casos así ha tenido en toda su carrera? Dos. Es posible que pasen años hasta que enfrente otro. Mientras tanto, en otras áreas el peligro es igual o mayor.
Ya basta de justificarme, piensa.
Alguien tiene que detener a los que destrozan la vida de los demás y a ella le gusta creer que es de las buenas. Le molesta que la hayan exhibido como una heroína y le hayan colgado una medalla, pero en el fondo sabe que esa medalla significa algo más que propaganda. Es la prueba de que es una de las mejores.
Baja a la cocina. Su marido está con el café y una tostada, leyendo las noticias en la tablet.
—¿Quién era? —pregunta sin levantar la vista.
—Valeria. Le pregunté cómo estaba Rodrigo.
—¿Ya se reincorporó?
—No, sigue de baja. Y además pidió traslado a un puesto de escritorio. ¿Te lo puedes creer?
Su marido levanta la cabeza.
—Me parece una decisión muy sensata. Está demostrando tener más cabeza que alguna que yo conozco.
—¿Me estás queriendo decir algo?
—Que igual sería buena idea alejarte un poco del peligro.
—Yo no me voy a sentar en un escritorio a mover papeles.
—No digo eso, pero podrías pedir un cambio. El otro día no te vi muy contenta con la medalla. No parecía que estuvieras entusiasmada por seguir así.
—No quiero hacer carrera política. Quiero hacer carrera profesional.
—¿Y no es lo mismo? Sin contactos no vas a llegar a ningún puesto alto.
—¿Quién te dijo que quiero ascender? Solo quiero seguir haciendo mi trabajo.
—Estar en la calle, atrapar a los malos, proteger al ciudadano y todo eso, ¿verdad?
—Oye, ¿a ti qué te pasa?
—Lo que me pasa es que Rodrigo se la jugaba solo. Tú pusiste en peligro a tu familia. Había un par de psicópatas cerca de nuestras hijas. ¿No te parece que es momento de parar?
—¿De dejar de hacer mi trabajo? ¿De que el próximo asesino lo agarre otro?
—Estás actuando de forma egoísta.
—Claro, debería quedarme en casa. Mejor todavía: dejar la policía directamente, para más seguridad.
—No saques las cosas de quicio.
—Sé perfectamente lo que me estás diciendo y no me gusta. Yo nunca te pedí que dejaras tu trabajo ni que comprometieras tu carrera.
—A mí no estuvo a punto de matarme nadie ni me siguieron hasta mi casa. ¿Qué vas a hacer? —insistió él.
Nuria respiró hondo. Le dio la espalda mirando por la ventana como si lo estuviera pensando, aunque en realidad no había nada que pensar.
—Voy a agarrar esa medalla, me la voy a poner en la solapa y voy a seguir haciendo lo que mejor sé hacer.
—Y la próxima vez que alguien apunte a ti o a tus hijas, ¿cómo se lo vas a explicar?
Nuria se dio vuelta y lo enfrentó con la mirada firme.
—Les voy a decir que su madre es policía —respondió antes de ir a vestirse.
