El ritual que me dejó atrapado dentro de su cuerpo
No sé en qué momento exacto la admiración por Lara dejó de ser algo sano. Recuerdo verla bailar en un videoclip una noche cualquiera y darme cuenta de que ya no la miraba como cualquiera mira a una artista. Cada gesto suyo se me clavaba en algo más profundo: el modo en que el sudor le pegaba el cabello a la nuca, la precisión imposible con la que sus caderas marcaban cada compás, esa pausa milimétrica antes de mirar a cámara. No era solo deseo. Era una obsesión silenciosa que me robaba el sueño y me llenaba la cabeza de imágenes que ningún video iba a satisfacer.
Verla en pantalla había dejado de ser suficiente. Quería estar cerca de ella. Quería que entre nosotros no hubiera ni un milímetro de barrera, ni una pantalla, ni un escenario. Quería algo tan absoluto que no sabía nombrarlo.
Una madrugada, perdido en uno de esos foros viejos donde la gente publica cosas que ya no caben en ningún otro lado, di con un hilo que hablaba de un ritual sencillo. Lo describían como un acto romántico, casi inocente: una manera simbólica de unir dos almas a través del deseo verdadero. No prometía nada oscuro. Sonaba ridículo, en realidad. Pero esa noche estaba lo suficientemente desvelado y obsesionado como para creer que valía la pena intentarlo.
Imprimí su mejor foto: el vestido negro de pedrería, el top corto que apenas contenía sus curvas, la cadena larga que caía entre sus senos como una invitación. Compré una vela roja en una tienda esotérica que olía a cera artificial y a vainilla barata. Conseguí pétalos secos que se deshacían al tocarlos. Dispuse todo en el centro de mi habitación, encendí la vela y me senté en el suelo.
Cerré los ojos. Respiré hondo. Pensé en ella con todas mis fuerzas: en su risa suave durante las transmisiones, en cómo decía «hola» con esa dulzura juguetona, en cómo sería abrazarla después de un concierto, oler el perfume mezclado con el sudor de su piel. Murmuré las palabras que decía el hilo, sin gestos teatrales, solo concentrándome en una idea repetida como un mantra: quiero ser parte de ti, Lara. Quiero estar dentro de ti. Que seamos uno.
Al principio, nada. El silencio de la habitación, el crujido sutil de la vela, mi respiración calmándose. Pensé que había sido una estupidez y que en un minuto iba a levantarme y borrar el historial del navegador para olvidar el ridículo.
Entonces vino el mareo.
Al principio fue suave, como si el suelo se inclinara levemente bajo mis pies. Sacudí la cabeza. Después fue un tirón brusco en el centro del pecho, como si alguien hubiera clavado un anzuelo invisible y tirara con fuerza. El estómago se me retorció. Un frío eléctrico me subió por la espalda hasta la nuca y me erizó los vellos de los brazos. Intenté abrir los ojos, pero todo estaba borroso, como si me hubieran sumergido en agua. Un zumbido creció en mis oídos hasta volverse ensordecedor. Sudor frío. Náuseas. Pánico puro.
Es un sueño. Despierta, idiota. Despierta.
Pero la oscuridad se cerró del todo, un túnel infinito sin tiempo ni cuerpo.
***
Cuando recuperé la conciencia, no estaba acostado. Estaba de pie.
El aire era más cálido y más denso, con un olor que tardé en reconocer: perfume caro, flores exóticas, vainilla y un fondo dulce que podía ser crema corporal. Luces neón rosadas y blancas parpadeaban sobre superficies brillantes. El suelo era liso, frío, resbaladizo. Mis piernas se sentían raras: más largas, más livianas, con un balance distinto, como si el centro de gravedad se hubiera desplazado hacia las caderas. Quise dar un paso y tambaleé. Algo en mis pies me elevaba: tacones altos, apretados, que se clavaban en el suelo y me obligaban a corregir el equilibrio de un modo que jamás había necesitado.
—¿Dónde estoy? —murmuré.
La voz que salió no era la mía. Era suave, femenina, ligeramente ronca, con un acento dulce que conocía de memoria. Me quedé paralizado. Tosí para aclararme la garganta. La misma voz que había escuchado mil veces en cada video.
Miré a mi alrededor. Un tocador con maquillaje desordenado, un sofá de cuero en una esquina, perchas con ropa colgada, una puerta cerrada con un cartel: Camerino privado. Un backstage. Como los que había visto en cientos de detrás de cámaras.
Sentí entonces un peso extraño sobre el pecho. Bajé la vista despacio.
Dos senos. Grandes, redondos, pesados, empujando contra un top que se sentía a punto de reventar. Cada respiración los hacía subir y bajar con un peso vivo, como si tuvieran iniciativa propia. La tela rozaba la piel sensible y los pezones se endurecían al instante con cada movimiento, mandando descargas finas que bajaban directo al vientre. Era una sensación nueva, abrumadora, como si miles de nervios desconocidos se hubieran encendido a la vez.
No. Esto es un sueño.
Bajé más la vista. Una cintura estrecha curvándose en caderas anchas. El vestido pegado a unos muslos suaves y firmes. Piernas largas terminando en tacones que me elevaban varios centímetros. Y en la entrepierna, donde antes había siempre algo, una planicie suave, plana, sin nada.
El terror me cerró la garganta. Me pellizqué el brazo: dolió, la piel se enrojeció. Me di una cachetada: ardió, los ojos se llenaron de lágrimas. Me mordí el labio inferior hasta sentir un sabor metálico: sangre, real. Cerré los ojos con fuerza, conté hasta cincuenta imaginando mi cama. Los abrí. Seguía ahí.
Caminé tambaleándome hasta el espejo. Tropecé. Caí de rodillas. El frío del suelo en la piel desnuda me hizo temblar. Me levanté despacio, respirando agitado, los senos subiendo y bajando, los pezones rozando la tela, mandando un cosquilleo constante que me distraía del pánico.
Llegué al espejo. Y el shock se volvió absoluto.
El reflejo me miró. Ojos grandes, expresivos, maquillaje ahumado. Labios pintados de rojo brillante. Cabello largo pegado a la nuca por el sudor. El top corto, el vestido negro, la cadena larga.
Era Lara.
Toqué el espejo con dedos temblorosos. La mano del reflejo hizo lo mismo: dedos finos, uñas pintadas. Toqué mi cara: piel suave. Aparté un mechón de cabello que me caía sobre los ojos y sentí su textura sedosa rozando una nuca completamente nueva.
—Esto no es real —susurré, y la voz volvió a sonar como ella.
Me senté en el suelo. Sentí el aire fresco entre los muslos y cerré las piernas por puro instinto. Lágrimas calientes me corrieron por las mejillas, deshaciendo el maquillaje. Estuve ahí lo que parecieron horas. Miré el reloj: diez minutos, veinte, treinta. Todo seguía igual.
Tocaron la puerta. Una voz de mujer me avisó que en un rato salíamos hacia el hotel. Apenas atiné a contestar un «está bien» con su voz quebrada por el llanto.
Me levanté, busqué en el armario una sudadera con capucha y me la puse encima. Cubrí la cabeza, escondí la cara. Cuando la asistente volvió a tocar, le abrí. Le pedí en un susurro que me llevara con ella, que no quería ver a nadie más esa noche. Me senté en la parte trasera de la camioneta y miré por la ventanilla cómo las luces de la ciudad pasaban borrosas. No reconocía nada. No reconocía mi propio cuerpo.
***
El hotel era de lujo discreto. Pedí mi habitación, me encerré, me tiré boca arriba en la cama y cerré los ojos como último intento. Cuando los volví a abrir, eran las dos de la mañana y nada había cambiado.
Algo entonces, dentro del pánico, comenzó a aflojarse. No la aceptación todavía. Algo más sutil. Una resignación cansada que dejaba espacio a otra cosa.
Curiosidad.
Me miré las manos a la luz de la mesilla. Suaves. Delicadas. Las uñas perfectas. Me levanté y caminé descalzo por la alfombra. Las caderas se balanceaban solas con una gracia que no era mía. Los senos se movían con cada paso, pesados, vivos. Respiré hondo y los pezones volvieron a endurecerse contra la tela. El cosquilleo bajó hasta el vientre y se quedó ahí, latiendo.
Si esto es real… ¿qué más siente este cuerpo?
El pensamiento llegó solo. Me asusté de él. Volvió a llegar.
***
Cuando desperté otra vez, ya eran más de las cuatro de la tarde. Casi un día entero durmiendo. El cuerpo había decidido apagarse, como si necesitara digerir la invasión por su cuenta.
Me incorporé despacio. Cada músculo se quejaba con una elasticidad nueva, como la de alguien acostumbrado a bailar horas seguidas. El vestido seguía pegado a la piel, arrugado, con olor dulce. Los senos se movieron con el gesto y rozaron la tela del top. Los pezones se endurecieron al instante. El cosquilleo bajó de nuevo, esta vez más fuerte.
—Otra vez… —murmuré, todavía adormilado.
El debate moral volvió a rugir dentro de mí. Le robaste el cuerpo. Anulaste su alma. ¿Quién sos para disfrutar de esto? Me imaginé a mí mismo llamando a alguien, intentando explicarlo con su voz, y supe que terminaría encerrado en un psiquiátrico antes de que alguien me creyera. Si no había vuelta atrás, ¿qué? ¿Vivir como ella para siempre, robando su vida, sus amistades, su carrera? La culpa me apretó el pecho hasta que dolió, y los pezones, por puro reflejo del estrés, volvieron a endurecerse contra la tela.
El cuerpo no obedecía a mi cabeza. Cada vez que el pulso se aceleraba, una sensibilidad nueva se encendía en algún lugar nuevo. Calor entre los muslos. Apretarlos sin querer. Una palpitación íntima que no sabía nombrar.
Caminé hasta el baño. Cerré con seguro. Me detuve frente al espejo de cuerpo entero.
Lara me miró desde el cristal. El cabello en ondas suaves cayendo sobre los hombros. Las mejillas sonrojadas. Los labios entreabiertos. Hermosa. Imposible.
Solo entender qué se siente. Solo eso. Para devolverlo después.
La excusa fue suficiente.
Empecé por los botones del vestido. Uno a uno, despacio, sintiendo el sonido suave de la tela cediendo. Cada botón abierto dejaba ver un poco más de piel pálida, lisa, tibia. La tela se deslizó por los hombros y rozó los brazos como una caricia que dejaba un rastro de electricidad. La dejé caer al piso. El aire fresco tocó las caderas desnudas y me hizo temblar.
Quedaba el top y la ropa interior. El top apretaba los senos hacia arriba, juntándolos en un escote profundo, marcando los pezones a través de la tela. Lo toqué tentativamente. Cálido. Firme. Cedía bajo la palma como algo vivo. Apreté despacio y los pezones se endurecieron más, mandando una onda hasta el bajo vientre. Nunca sentí algo así.
Bajé los tirantes por los hombros, despacio. Apareció la curva superior de los senos, después las aréolas, finalmente los pezones erguidos. El top cayó al suelo. El aire fresco los rodeó por completo. Me quedé sin aliento. Los miré por primera vez sin tela de por medio. Los toqué temblando. Suaves pero firmes. Pesados en las palmas. Pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice y el placer fue casi cegador, irradiando por todo el pecho, bajando en línea recta hasta una zona que ahora palpitaba sin parar.
Bajé las manos a la última prenda. Es cruzar la línea. Para. Pero la curiosidad ya tenía más fuerza que cualquier argumento. La deslicé por las caderas. La tela se despegó de la piel con un sonido sutil, rozando los muslos en el camino. Cayó a los tobillos.
Me miré.
Labios mayores hinchados, rosados. Una franja fina de vello suave sobre el monte. Todo brillante de humedad. Era la primera vez en mi vida que veía una vagina así de cerca, y era mía, y era de ella al mismo tiempo. Toqué con un dedo tembloroso. Cálida. Resbaladiza. Rocé sin querer un punto pequeño y duro como una perla y el placer fue eléctrico, no localizado, expandiéndose por el abdomen, por los muslos, hasta los senos. Jadeé con su voz entrecortada.
Inserté un dedo despacio. Apretado. Caliente. Las paredes se contraían como queriendo retenerme. Empecé a moverlo, sintiendo cada textura nueva, el sonido húmedo, mientras el pulgar seguía rozando aquel punto sensible. La presión creció en capas: nunca había experimentado algo así. No era rápido como lo que conocía. Era profundo, acumulándose en oleadas, cada vez más alto, hasta que ya no había manera de pararlo.
Cuando llegó, me sacudió entero. Contracciones violentas, calor empapando los muslos, un grito ahogado con su voz que rebotó en el baño. Me quedé apoyado contra el espejo, jadeando, las piernas temblando, incapaz de sostenerme.
El morbo había ganado.
Y ahora sabía que iba a querer más.
El hotel afuera estaba en silencio. Mi deseo, ya no.