Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Le confesé mi fantasía y él la hizo realidad

Hay fantasías que se guardan en voz baja, que solo existen en la oscuridad cuando el cuerpo ya está quieto y la guardia baja. Así le conté a Rodrigo la mía por primera vez: una madrugada, sin luz, los dos tumbados boca arriba en el silencio de nuestra habitación. Le dije que quería estar con dos hombres a la vez. Que era algo que llevaba en la cabeza desde hacía tiempo y que no sabía si debía contarlo o seguir callándolo.

Rodrigo no respondió de inmediato. Me quedé esperando en la oscuridad, segura de que había cometido un error. Luego sentí su mano buscar la mía encima de las sábanas.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto? —preguntó.

—Mucho —dije.

—¿Por qué no me lo habías dicho antes?

No tuve una buena respuesta para eso.

Pasaron varios meses antes de que volviéramos a hablar del tema con seriedad. Lo fuimos construyendo poco a poco, sin prisa, poniendo condiciones: que fuera alguien de confianza, alguien que nos conociera a los dos. Que yo pudiera parar cuando quisiera y que eso fuera razón suficiente sin necesidad de explicaciones. Una noche, mientras fregábamos los platos, Rodrigo dijo el nombre de Iván con una naturalidad que me sorprendió. Un amigo suyo de hace años, alguien con quien habíamos compartido cenas y algún que otro viaje largo. Según Rodrigo, ya estaba al tanto de la propuesta y había aceptado sin hacer preguntas raras.

Desde esa noche, cada vez que veía a Iván, algo en mi cabeza lo miraba de otra manera. Me preguntaba si él también pensaba en ello. Si se imaginaba la situación. Nunca lo supe. Nunca se lo pregunté.

***

Reservamos una habitación en un hotel del centro para un sábado por la noche. Llegamos primero, Rodrigo y yo. La habitación era sencilla: cama grande, cortinas que bloqueaban la luz de la calle, el ruido sordo de la ciudad filtrándose por la ventana cerrada. Rodrigo preparó dos copas mientras yo me cambiaba en el baño. Me había comprado lencería para la ocasión, algo negro con encaje, más atrevido de lo que suelo usar. Me miré en el espejo durante un momento sin saber muy bien qué buscaba.

Todavía estás a tiempo de llamar y cancelar.

Pero no quería cancelar. Eso era lo que me resultaba más difícil de explicar: que a pesar del nerviosismo, del corazón latiendo demasiado fuerte, era exactamente lo que quería.

Cuando salí del baño, Rodrigo me miró de arriba abajo con una expresión que conocía bien, aunque esa noche tenía algo diferente. No era el deseo de siempre, el cómodo y familiar. Era más tenso, más consciente de sí mismo. Se acercó y me besó despacio, con las manos en mi cara.

—¿Cómo estás? —preguntó contra mis labios.

—Nerviosa. ¿Y tú?

—Igual.

Llamaron a la puerta antes de que termináramos de hablar. Rodrigo me buscó los ojos una última vez. Asentí.

Iván entró con una botella de vino y esa calma suya de siempre, como si viniera a cenar un martes cualquiera. Nos saludó con normalidad. Los tres hablamos durante un rato de cosas sin importancia, y esa conversación absurda fue exactamente lo que necesitábamos para que el ambiente dejara de estar tan cargado. Cuando terminamos el vino, el silencio que se instaló era diferente. Todos lo notamos. Nadie lo nombró.

—¿Empezamos? —dijo Rodrigo, mirándome solo a mí.

***

Me senté en el borde de la cama. Rodrigo se colocó detrás de mí, sus labios rozando mi nuca, sus manos recorriendo mis brazos con lentitud. Es el hombre que conozco mejor en el mundo y, aun así, esa noche todo tenía un peso distinto. La presencia de Iván en la habitación cambiaba algo, lo hacía todo más real, más irreversible.

Las manos de Rodrigo subieron por mis costillas hasta alcanzar mis pechos. Los cubrió con las palmas abiertas, y yo me recosté sobre él cerrando los ojos. Sus pulgares empezaron a moverse sobre mis pezones a través del encaje, despacio, con esa presión que él sabe que me deshace. Dejé escapar un gemido sin querer.

Cuando abrí los ojos, Iván me estaba mirando. No había morbo obvio en esa mirada, o quizás sí lo había pero no me incomodó. Solo había anticipación. Se acercó sin prisa y se arrodilló en la cama frente a mí. Esperó. Yo alcé una mano y la apoyé en su hombro. Fue señal suficiente.

Sus manos eran más grandes que las de Rodrigo. Fueron a mi cintura primero, luego a los bordes de la lencería. Me la bajó con cuidado, sin apresurarse, con más atención de la que yo esperaba. El aire de la habitación me rozó la piel un segundo antes que él.

El olor de mi excitación llenó el espacio entre los tres. No sentí vergüenza. Sentí que quería más.

Rodrigo bajó una mano por mi vientre mientras Iván se deshacía de su ropa frente a nosotros. Cuando los dedos de mi marido me separaron y comprobaron hasta dónde llegaba mi excitación, emitió un sonido bajo contra mi oído.

—Estás lista —dijo, más para sí mismo que para mí.

***

Iván estaba completamente desnudo frente a nosotros. Su cuerpo era diferente al de Rodrigo, más ancho de hombros, con una musculatura que no había notado cuando lo veía con ropa. Lo miré a él y luego miré a mi marido, que seguía sosteniéndome desde atrás, y sentí algo que no sé cómo nombrar exactamente. No era traición. Era algo más parecido a una puerta que se abre de par en par.

Cuando Iván se posicionó entre mis piernas, la punta de su polla rozó mi entrada apenas un instante. El jadeo que solté fue involuntario.

—¿Bien? —preguntó. Se había detenido.

—Sí —dije—. Sigue.

Entró despacio. Cada centímetro fue una sensación nueva, una plenitud distinta a todo lo que conocía, y yo me aferré a los brazos de Rodrigo mientras avanzaba. Mi marido me sostuvo con fuerza, sus labios en mi cuello, su respiración acelerada junto a mi oreja. Cuando Iván llegó al fondo, los tres nos quedamos quietos un momento. Solo la respiración de los tres y el ruido lejano de la ciudad.

Fue entonces cuando Rodrigo movió los dedos. Encontró mi clítoris y empezó a frotarlo en círculos lentos, precisos. La combinación me cortó la respiración: Iván llenándome por dentro, los dedos de Rodrigo trabajándome por fuera. Dos puntos de placer distintos que se alimentaban el uno al otro, que se multiplicaban con cada movimiento.

Iván empezó a moverse. Embestidas largas al principio, que me dejaban sentir cada centímetro de su retirada y su regreso. Rodrigo ajustó el ritmo de sus dedos para acompañar cada golpe de caderas. Yo estaba entre los dos, sostenida, sin poder hacer otra cosa que rendirme a lo que me estaban dando.

Los sonidos que llenaban la habitación eran los nuestros: la respiración entrecortada, el movimiento de los cuerpos, los murmullos bajos que ninguno de los tres controlaba del todo. La habitación olía a sudor y a deseo, y la luz que se colaba por debajo de las cortinas proyectaba sombras largas sobre la cama.

Iván aumentó el ritmo. Sus caderas empujaron con más fuerza y yo me aferré más a Rodrigo, que respondió apretando los dedos con más determinación. El orgasmo empezó a construirse desde muy adentro, una ola de calor que crecía con cada embestida, con cada círculo sobre mi clítoris. Sentí que no iba a poder aguantar mucho más.

—No pares —oí decir mi propia voz—. Por favor.

Ninguno de los dos paró.

***

Iván llegó primero. Lo noté en el cambio de su ritmo, en cómo sus caderas perdieron el control calculado y sus manos me apretaron la cintura con más fuerza. Un sonido grave salió de su garganta y se corrió dentro de mí. El calor que sentí fue el último empujón que me faltaba.

El orgasmo me llegó desde el centro hacia fuera. No fue el tipo que avanza despacio y se anuncia. Fue una sacudida brusca que contrajo cada músculo de mi cuerpo y me arrancó un grito que no pude contener. Me clavé en Rodrigo. Él me sostuvo con fuerza mientras me quebraba, sus dedos sin parar hasta que yo misma le pedí que parara, porque el placer se había vuelto demasiado para seguir recibiéndolo.

Iván se retiró con cuidado. Me costó varios segundos ser capaz de moverme.

Rodrigo me giró hacia él. Me besó en la frente primero, luego en la boca. Había algo en su mirada que no había visto antes, o quizás siempre había estado ahí y esa noche era simplemente más visible. Lo atraje hacia mí.

—Ahora tú —dije.

***

Más tarde, cuando Iván se fue y la habitación volvió a ser solo nuestra, Rodrigo y yo nos quedamos tumbados en silencio. Yo tenía la cabeza sobre su pecho y escuchaba su corazón volver poco a poco a la normalidad. Afuera seguía el ruido de la ciudad, ajeno a todo.

—¿Cómo estás? —preguntó.

Tardé en responder porque quería ser honesta.

—Bien —dije—. Rara. Pero muy bien.

Soltó una carcajada corta. Me apretó contra él sin decir nada más.

No sé si lo repetiremos. No hablamos de eso esa noche. Lo que sí supe, mientras cerraba los ojos en la habitación a oscuras, es que habíamos cruzado algo juntos. Que la fantasía que había guardado en silencio durante años ya no existía solo dentro de mi cabeza. Ahora era real, era nuestra, y Rodrigo había tenido todo que ver con que eso fuera posible.

Eso, me parece, es lo que más importa de todo lo que pasó esa noche.

Valora este relato

Comentarios (9)

Roxita_baires

increible relato, me quede sin palabras!!!

Santi_cba

buenisimo, espero la segunda parte con ansias

Caro_1984

Me recordó a cuando yo también le confesé algo a mi pareja y la verdad que el resultado fue mucho mejor de lo que esperaba jaja. Gracias por animarte a compartirlo.

MarioDeRosario

muy bien narrado, se siente autentico

Tomi_Cba

pregunta: como llegaron a esa decision juntos? me da curiosidad el proceso, se los ve muy conectados

Lauri_mdp

Que valiente contarlo! me encanto como describiste los nervios al principio, eso lo hace muy real y humano

NocheRoja7

genail!!! mas por favor

EdgarBaires

Uno de los mejores relatos de esta categoria que lei en mucho tiempo. Se hizo cortisimo, quiero mas!

FantasiaRL

ojala todos los maridos fueran tan comprensivos jaja, buenísimo relato

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.