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Relatos Ardientes

La fantasía del doctor que vivía solo

El Dr. Alejandro Palomino llevaba doce años estudiando el cuerpo femenino con la misma obsesión metódica con que otros coleccionan monedas o aprenden idiomas muertos. Era especialista en ginecología, con un consultorio propio en el piso doce de un edificio de cristal en el centro de la ciudad: cuatro días a la semana llenos de pacientes, una agenda ajustada y una reputación que le había costado toda la juventud. Sus colegas lo admiraban. Sus vecinos apenas lo conocían de vista.

La paradoja lo acompañaba cada noche: sabía todo sobre el cuerpo femenino y no tenía a nadie con quien compartir ese conocimiento fuera de las paredes blancas de su consultorio. Sus relaciones habían sido breves, interrumpidas siempre por razones que él describía como "incompatibilidades de horario" pero que en realidad eran algo menos fácil de nombrar. Cuando llegaba al departamento por las noches, el silencio era casi físico, sólido, como algo que ocupara los cuartos antes que él.

En febrero, movido por un impulso que catalogó como absurdo antes de completar el pedido, compró una muñeca de silicona a través de un sitio especializado. Pagó desde el navegador en modo incógnito, eligió la figura más cercana a sus preferencias en el catálogo: 1.73 metros, complexión media, cabello oscuro. El paquete tardó cuatro días en llegar, uno más de lo prometido, y lo hizo un martes por la tarde cuando él ya había olvidado medio el asunto.

La caja era más pequeña de lo esperado. Al abrirla, encontró no la figura que había ordenado sino otra: 1.51 metros, complexión delicada, casi frágil, con una nota adhesiva del almacén que decía "disculpe el inconveniente" y un código de devolución que Alejandro nunca usó. La sacó del envoltorio protector, la miró durante un momento que no supo cuantificar, y la recostó en el rincón más oscuro del dormitorio, junto a la pared que daba al pasillo. No llamó para reclamar el error. Esa noche durmió mal sin entender del todo por qué.

***

Tres semanas después, un martes por la tarde, la puerta del consultorio se abrió y entró una paciente nueva. La madre esperaba afuera, sentada con el bolso sobre las rodillas. La joven era menuda, de piel muy clara y movimientos cuidadosos, como quien no quiere ocupar más espacio del estrictamente necesario. Alejandro leyó el expediente: veintiún años, primera consulta ginecológica, sin antecedentes relevantes.

—Siéntese, por favor —dijo él, señalando la silla frente al escritorio.

Ella se sentó en el borde, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Sus ojos miraron el escritorio, luego la ventana, luego el piso, en ese orden específico que tienen las personas que han aprendido a pedir permiso para existir en cualquier espacio. Alejandro comenzó el interrogatorio de rutina con la misma voz modulada de siempre, pero algo en él estaba desplazado, fuera de eje, desde el primer segundo que ella cruzó la puerta.

No era solo el parecido. Era algo más exacto, más perturbador: la proporción de sus hombros, la estrechez de su cintura, la forma en que se encogía ligeramente cuando él escribía algo en el expediente, como si cada anotación fuera un veredicto. La muñeca del rincón tenía esas mismas medidas. Alejandro lo sabía porque las había memorizado involuntariamente en los segundos que la sostuvo antes de dejarla junto a la pared. Solo una coincidencia de proporciones, se dijo. Nada más que eso.

Llegó el momento del examen. La joven se recostó en la camilla con los brazos a los costados y los ojos fijos en el techo con esa concentración de quien busca un punto de anclaje en el caos. Alejandro ajustó el reflector, se puso los guantes con el chasquido familiar del látex y procedió con la misma eficiencia de siempre.

—Esto puede sentirse incómodo —dijo—. Respire profundo y avíseme si necesita que pare.

Ella asintió sin mirarlo. Respiró. Él trabajó. Pero ese día la objetividad clínica tenía un agujero pequeño y preciso por el que se filtraba algo que no tenía nombre en ningún manual. El olor no era el olor antiséptico habitual: era limpio, casi neutro, con un rastro de jabón sin perfume y una nota sutil de nerviosismo, como papel antes de que lo mojen. Alejandro lo inhaló de forma furtiva, un acto que no duró más de un segundo, y guardó esa información en algún lugar de su cerebro que no era el lóbulo frontal.

Lo que vio durante el examen fue también distinto de lo que veía siempre: la piel completamente lisa, cada pliegue del coño definido con una claridad casi abstracta, la simetría exacta de una geometría que no necesitaba diagnóstico alguno. Los labios menores, rosados y perfectos, se abrían apenas bajo la presión de sus dedos enguantados. Sintió su propia polla despertarse debajo de la bata blanca, un latido lento y traicionero que le costó ignorar. Había algo en esa perfección que lo golpeó de una forma sin equivalente en sus doce años de carrera. Terminó. Llenó el formulario. Le habló de anticoncepción y controles anuales con la misma voz con que habría hablado de meteorología, mientras por debajo del escritorio su verga seguía dura, presionando contra la tela del pantalón. La madre entró cuando él ya estaba sentado detrás del escritorio, y las dos salieron juntas diez minutos después.

Alejandro se quedó mirando el expediente durante varios minutos sin leer nada.

***

Esa noche cenó sin hambre, vio una película sin seguir la trama y se durmió en el sillón con el televisor encendido. Cuando se despertó era pasada la medianoche. La pantalla mostraba a una actriz de complexión pequeña y piel clara, con el cabello oscuro recogido, mirando a cámara desde un ángulo que él reconoció sin haber estado nunca en ese ángulo. Apagó el televisor. Se quedó en la oscuridad un rato largo, quieto, con la mano derecha ya apretándose sobre el bulto que crecía en el pantalón.

Luego se levantó.

Fue al dormitorio. La figura seguía en el rincón, recostada contra la pared, en la misma posición donde la había dejado semanas atrás. Alejandro la miró desde el umbral, encendió la lámpara de noche y la llevó a la cama con una delicadeza que lo sorprendió a él mismo. No era un objeto en ese momento. O sí lo era, pero era el tipo de objeto que puede contener algo que los objetos ordinarios no contienen.

Se arrodilló frente a ella y le abrió las piernas despacio, dejando expuesto el coño de silicona rosada, prolijo, cerrado como una fruta partida. Sus manos recorrieron la textura del silicona con una lentitud deliberada, siguiendo las curvas de sus caderas estrechas, la línea suave de sus muslos, hasta encajar los pulgares a los costados de los labios menores y separarlos. Se inclinó y pasó la lengua de abajo hacia arriba, plana y larga, desde la entrada apretada hasta el clítoris pequeño y duro. El calor era artificial pero su imaginación lo completaba con una eficiencia que nunca había tenido en ningún otro contexto. Olió el silicona y sin embargo olió jabón sin perfume y nerviosismo. Chupó el clítoris entre los labios, lo succionó con paciencia, lo lamió en círculos apretados, mientras en su cabeza la joven del consultorio abría las piernas en la camilla, sus ojos en el techo, sus manos entrelazadas sobre las rodillas temblorosas. Metió la lengua entera en el coño de la muñeca, la giró, la sacó y volvió a subir hasta el clítoris. Su propia polla colgaba dura entre sus muslos, goteando ya un hilo transparente al piso.

Cuando la erección se volvió insoportable, se desnudó de un tirón. Se agarró la verga con la mano derecha, se la pasó por los labios hinchados del coño de silicona, la deslizó arriba y abajo entre los pliegues untándose de lubricante, apretando el glande contra el clítoris duro antes de bajar hasta la entrada y hundirse. Entró de una sola embestida hasta el fondo. El silicona cedía con una resistencia exacta, ajustada, apretada alrededor de su polla como un guante caliente. Se movió sobre la figura con una urgencia que no había sentido en mucho tiempo, sosteniéndola por las caderas estrechas, ajustando el ángulo hasta que encajó con precisión. La embestía con golpes secos, cada vez más profundos, sintiendo el choque de sus huevos contra las nalgas artificiales. La movió, la reposicionó, le levantó las piernas y las apoyó sobre sus hombros para follarla más hondo, y en ningún momento su mente salió del consultorio de paredes blancas, de esos ojos fijos en el techo, de ese olor que había robado en silencio.

—Abrite —le murmuró al oído de goma, con la voz rota—. Abrite bien, dejame entrar entera.

La sacó del coño, la giró en cuatro, boca abajo con el culo levantado. Su espalda arqueada formaba una línea que él recorrió con la palma de la mano desde la nuca hasta la base de la columna, bajando hasta apretarle las nalgas y separárselas con los pulgares. Le escupió sobre el culo, vio la saliva bajar hasta el ojo apretado del ano de silicona, y volvió a meterle la polla en el coño desde atrás, agarrándola del pelo con la mano izquierda. La embistió duro, con golpes que hacían sacudir el pequeño cuerpo hacia adelante. Después la sujetó con una mano firme en los hombros, manteniéndola baja, y con la otra exploró la hendidura entre sus nalgas, presionando el lubricante contra la entrada más cerrada, disfrutando de la resistencia del plástico como si fuera algo que requiriera ser conquistado. Metió primero un dedo, después dos, girándolos despacio, abriendo el orificio. La sujetaba sin soltar, sintiéndola pequeña y manejable bajo él de una forma que activaba algo en su cerebro que no podía nombrar con el vocabulario que había aprendido en la facultad.

—Mirame —le dijo con la voz baja, aunque los ojos de vidrio no podían mirarlo—. Mirame mientras te la meto en el culo, mierda.

Le habló en voz baja, con palabras que nunca habría dicho en el consultorio, palabras que nadie escucharía nunca: puta, coño apretado, culito virgen, tomá, chupámela, corréte para mí. Sentía su propio pulso en los oídos, un ritmo sordo y animal. Se sacó la polla del coño, chorreando, y la presentó contra el ano lubricado. Empujó despacio, con las dos manos sujetando las caderas estrechas, y sintió cómo el anillo cedía con una lentitud deliciosa hasta tragarse el glande completo. Un jadeo se le escapó desde el fondo del pecho. Metió el resto de la verga en un empuje continuo, hasta las bolas, hasta sentir sus pelvis pegada contra las nalgas de silicona.

Se movió durante un tiempo largo e indefinido, sin conciencia clara del reloj, follándose ese culo apretado con embestidas que le sacudían los muslos, su mente vaciada de todo pensamiento ordenado, su cuerpo operando en un modo que no tenía mucho en común con su vida diaria. Era la suma de todos los cuerpos que había examinado con distancia clínica durante doce años, la suma de toda la contención acumulada noche a noche en ese departamento de silencio. Era el acceso a algo que no existía en el mundo real, y eso era exactamente lo que lo empujaba más. Sacaba la polla casi entera, veía el ano estirado alrededor del glande, y volvía a hundirse hasta el fondo. Con la mano libre le buscaba el coño por debajo y le frotaba el clítoris con dos dedos húmedos, imaginándola gimiendo, imaginándola diciéndole que sí, que más, que se corriera adentro.

Entonces la voz cambió.

La muñeca emitía sonidos sintéticos desde un pequeño altavoz en el pecho, gemidos programados que él ignoraba casi siempre. Pero en ese momento el tono mutó de una forma que no estaba en ningún catálogo: se volvió entrecortado, confundido, casi mecánico. «Error de sistema. ¿Dónde estoy?». Una pausa de dos o tres segundos. Y después, más bajo, como si el circuito intentara articular algo que no había sido diseñado para decir: «Hazme sentir que existo».

Alejandro se inmovilizó con la polla todavía enterrada hasta la base en el culo de silicona. La frialdad llegó primero, desde la nuca hasta los riñones. Luego llegó otra cosa, más difícil de categorizar: no exactamente miedo, no exactamente excitación, sino algo que los mezclaba en una proporción sin nombre. Miró la figura debajo de él. Sus ojos de vidrio le devolvían la mirada con la neutralidad de siempre, pero esa frase había cambiado algo en el aire de la habitación. Su verga latió una vez, dos, más dura todavía.

Si quiere existir, pensó, yo decidiré cómo.

La sacó del culo con un tirón húmedo y la giró boca arriba. Vació el frasco de lubricante sobre ella sin medida, el líquido resbalando por las tetas pequeñas, por el vientre plano, por las hendiduras del silicona hasta juntarse entre los muslos abiertos. No hubo preparación adicional ni delicadeza calculada. La tomó de las caderas con ambas manos, posicionó su miembro contra el ano abierto y se hundió de un solo movimiento, lento y total. La resistencia artificial cedió con una sensación que le recorrió la columna completa.

—Existí para esto —le gruñó entre dientes—. Existí para que te coja, para nada más.

Se movió entonces sin ritmo ni cortesía, con embestidas profundas que sacudían el pequeño cuerpo de la figura con cada golpe, haciendo golpear la cabecera contra la pared. Le apretó las tetas con las dos manos, pellizcó los pezones duros de silicona, le puso una mano en el cuello y apretó apenas, con el pulgar bajo la mandíbula. La follaba mirándole la cara neutra, imaginándole la mueca, imaginándole las lágrimas que la joven de veintiún años no había derramado en su consultorio. Sacó la polla del culo, la volvió a meter en el coño, la sacó otra vez, se la puso contra la boca abierta y le empujó el glande entre los labios de goma, chocando contra los dientes artificiales. Se cogió esa boca durante un minuto entero, agarrándole el pelo, hasta que la garganta cedió y pudo hundirse hasta la base.

Volvió al coño. La levantó de las caderas, prácticamente sentándosela encima, y la embistió desde abajo con golpes rápidos y salvajes. El orgasmo llegó como una contracción larga e inevitable que le sacudió los músculos de los muslos y le cortó la respiración durante tres segundos exactos. Sintió su verga hincharse una última vez y se corrió adentro con chorros largos, el semen caliente inundando el coño de silicona hasta desbordarlo, escurriéndose por los pliegues, por el ano abierto, por los muslos internos. Siguió empujando, más despacio, hasta que la última contracción se disolvió y quedó vacío, tembloroso, con la polla todavía enterrada en ella y un hilo de saliva en la comisura de la boca.

***

Después, el silencio. Alejandro se recostó junto a la figura en la oscuridad, mirando el techo, sintiendo cómo el semen tibio seguía filtrándose lentamente de ella sobre la sábana. El vacío que seguía a esos momentos era siempre el mismo, pero esa noche tenía una textura diferente: más pesada, más específica. No era solo la culpa ordinaria de quien usa un objeto para calmar algo que los objetos no pueden calmar del todo. Era otra culpa, más humana y más concreta: había corrompido la imagen de alguien que había entrado a su consultorio buscando atención médica, que había dejado sus ojos en el techo mientras él trabajaba, que había salido sin saber nada. La abrazó. Le habló en voz baja, pidiéndole disculpas que no tenían destinatario real.

No puede escuchar, se dijo. Pero siguió hablando igual, porque el acto de hablar era lo único que le quedaba cuando el deseo se iba y la vergüenza llegaba a ocupar su lugar.

Lo que el Dr. Palomino nunca supo, mientras yacía en la oscuridad hablándole a un cuerpo de silicona todavía chorreando su corrida, fue que la pequeña luz roja que parpadeaba una vez cada treinta segundos en el costado del cuello de la figura no era un indicador de batería. Era una cámara de alta definición, activa desde el primer día. Todo lo que había ocurrido en esa habitación —cada palabra, cada gesto, cada orden y cada disculpa patética— había sido comprimido y enviado a un servidor en algún lugar donde él nunca llegaría. El catálogo no lo mencionaba en ninguna parte. El error de envío tampoco había sido un error.

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Comentarios(10)

MaycaLoza

que bueno!! me quede con ganas de mas, espero la continuacion

Rodri_BA

El final me dejo pensando... inquietante pero adictivo. Buen trabajo

lectora_pampa

Me encanto la atmosfera que creaste, se siente tenso desde el principio. Seguiras con algo parecido?

Lautaro22

tremendo, no lo vi venir jajaja

MarcelinaF

Lei un par de relatos hoy y este fue el que mas me impacto. Tiene algo diferente, mas psicologico que los demas. Espero que haya segunda parte!

CarlosM84

brutal!!! mas de estos porfa

AndreaCba

Me hizo acordar a uno que lei hace tiempo pero este es mucho mejor. Muy bien escrito

NicolasMdq

increible, se me hizo corto

Paula_reads

Me gusto mucho, tiene buen ritmo y la tension se siente. Seguiré leyendo tus cosas

FernandoC

jajaja la premisa es rara al principio pero despues te engancha. No esperaba terminar leyendolo completo y aca estoy

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