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Relatos Ardientes

El espejo que no miente: una confesión íntima

3.8 (15)

Hay confesiones que no se olvidan. La de Martín llegó en octubre, cuando la habitación todavía olía a nosotros y yo estaba tumbada boca arriba mirando el techo con esa calma densa que queda después del sexo. Llevábamos cuatro años casados y pensaba que lo conocía bien.

—¿Puedo contarte algo? —dijo.

Reconocí ese tono: el de las cosas importantes que dan miedo. Me giré hacia él sin hablar.

—Hay algo que llevo tiempo sin poder dejar de pensar. —Tragó saliva.— No sé cómo va a sonar.

—Suéltalo.

—Me excita imaginarte con otro hombre.

El silencio que siguió no era incómodo. Era del tipo que llena la cabeza de preguntas y se instala ahí sin pedir permiso.

—¿Con cualquier hombre? —pregunté al fin.

Tardó un momento. Miró el techo.

—Con Nicolás.

Su hermano. Nicolás, que tenía casi los mismos rasgos que Martín pero distribuidos de forma distinta: más alto, la mandíbula más marcada, esa sonrisa ladeada que siempre me había parecido excesivamente directa. Nicolás, que venía a cenar cada dos semanas y con quien yo conversaba durante horas mientras Martín cabeceaba en el sillón.

No dije nada. Lo besé, apagué la luz y me quedé despierta mucho tiempo, con los pensamientos moviéndose despacio como peces en un acuario oscuro.

***

Martín no volvió a mencionarlo. Supongo que interpretó mi silencio como una respuesta negativa y prefirió enterrarlo. Pero yo sí seguía dándole vueltas. Me sorprendí observando a Nicolás de otra manera la siguiente vez que cenamos juntos: sus manos cuando abría el vino, el modo en que me miraba cuando decía algo gracioso, la forma en que ocupaba el espacio en una habitación como si fuera suyo por derecho propio.

Una tarde, mientras Martín duchaba, busqué en internet sin saber exactamente qué estaba buscando. Encontré foros, artículos, testimonios de parejas que habían explorado lo mismo. Los leí todos dos veces. Cuando Martín salió del baño con la toalla enredada en la cintura lo miré y supe que había tomado una decisión.

—¿Recuerdas lo que me dijiste aquella noche? —dije.

Se quedó inmóvil en el umbral del baño.

—¿Lo estás pensando tú también? —preguntó.

—Llevo semanas dándole vueltas. Pero si hacemos algo así, lo hacemos bien. Con reglas claras. Y a mi manera.

Martín asintió sin decir nada. Creo que en ese momento no era capaz de hablar.

La semana siguiente empecé a buscar el apartamento.

***

Lo encontré a través de una conocida que gestiona alquileres para parejas que quieren privacidad sin explicaciones. Primer piso, interior, con vistas a un patio cerrado que no daba a ninguna calle. La habitación principal tenía un espejo de pared completa que en realidad era un cristal unidireccional: desde el dormitorio se veía un espejo normal; desde el cuarto contiguo, una ventana completamente transparente que mostraba todo.

Le dije a Martín que era una sorpresa de aniversario. Que había alquilado un sitio especial para los dos. Él sonrió con esa expresión que ponía cuando algo lo emocionaba más de lo que quería reconocer.

El sábado llegué tres horas antes. Dejé la maleta en el cuarto trasero, el que quedaba al otro lado del cristal, y preparé el dormitorio principal: una vela encendida sobre la mesilla, la botella de vino en la encimera de la cocina, la bolsa con lo que había comprado esa semana guardada debajo de la cama. Luego mandé un mensaje a Martín: Estoy dentro. Entra por la puerta trasera, usa la llave pequeña. No hagas ruido hasta que yo te avise.

Doce minutos después escuché un crujido suave al otro lado de la pared. Supe que él estaba ahí, en la oscuridad al otro lado del cristal, mirando la habitación vacía e iluminada por la vela. Me acerqué al espejo y vi mi propio reflejo, pero supe que él me veía a mí.

Llamé a Nicolás.

***

—Oye, necesito que me hagas un favor —le dije cuando contestó.— Estoy en un apartamento del centro intentando montar una sorpresa para el aniversario de Martín y me quedé atascada con unas cajas. ¿Puedes pasarte?

—¿Ahora?

—Si puedes. Sé que es tarde, pero es que no llego sola con todo esto.

Nicolás no lo pensó demasiado. Era así: sin complicaciones, sin preguntas que no hacían falta.

Llegó en veinte minutos. Cuando abrí la puerta llevaba una chaqueta gris oscuro y tenía el pelo ligeramente húmedo, como si hubiera salido hace poco de la ducha. Me dio dos besos como siempre.

—¿Dónde están las cajas? —preguntó mirando el apartamento vacío.

—Luego —dije.— Primero tómate algo.

Serví dos copas de vino tinto. Nos sentamos en el sofá y hablamos como siempre hablábamos: de su trabajo, de una serie que los dos estábamos siguiendo por separado, de unas vacaciones que Martín y él llevaban semanas planeando vagamente. La normalidad de esa conversación me resultaba casi surrealista teniendo en cuenta lo que estaba ocurriendo a pocos metros, al otro lado del espejo.

En algún momento de la segunda copa, Nicolás se inclinó hacia mí para ver algo en mi teléfono y su hombro rozó el mío. No se apartó. Yo tampoco.

—¿Y cuál es exactamente la sorpresa para Martín? —preguntó.

—Es una sorpresa —dije, mirándolo a los ojos.— No se cuenta.

Sonrió. Bebió. Dejó la copa sobre la mesilla.

—Voy a ducharme —anuncié levantándome.— Sírvete más si quieres. No tardo.

***

En el baño me senté un momento en el borde de la bañera y respiré despacio. No sentía miedo. Sentía algo más parecido al vértigo: la sensación de estar de pie en el borde de algo grande, con el vacío delante y los pies todavía firmes en el suelo.

Me duché rápido. Al salir entré directamente al dormitorio y dejé la puerta entreabierta. Me sequé frente al espejo con movimientos lentos, completamente consciente de dos cosas a la vez: que Martín me observaba desde el otro lado del cristal y que desde el salón, si Nicolás se levantaba, podría ver el pasillo iluminado y lo que ocurría en él.

Saqué de la maleta la ropa interior que había comprado para esa noche: encaje negro, minimalista, que dejaba más de lo que cubría. Nada más encima.

Volví al salón así.

Nicolás estaba de pie junto a la ventana con la copa en la mano. Se giró. Tardó un segundo completo en reaccionar y encontrar dónde poner los ojos.

—Se me olvidó el albornoz —dije, con la voz tranquila.

Fue a la cocina a dejar su copa en la encimera. Pude ver desde donde estaba cómo apretaba los dedos alrededor del cristal antes de soltarlo.

—Valeria —dijo, sin mirarme aún.

—¿Qué?

—Nada. —Bebió un sorbo largo.— Nada.

Me senté en el sofá con una pierna cruzada sobre la otra. Él seguía de pie, apoyado en la encimera de la cocina, con la copa entre los dedos.

—Siéntate —dije.— Estás tenso.

—Es que estoy un poco... —Buscó la palabra.— Desconcertado.

—¿Por qué?

No respondió de inmediato. Se sentó en el sillón, frente a mí. Me miró como quien intenta leer un texto en otro idioma y sabe que hay algo importante que se le escapa.

—Hay una bolsa debajo de la cama del dormitorio —dije.— ¿Puedes traérmela?

***

Nicolás fue al dormitorio. Tardó bastante más de lo necesario para buscar una bolsa debajo de una cama. Cuando volvió la llevaba en la mano y tenía una expresión difícil de descifrar: algo entre la incredulidad y algo más oscuro, más cálido.

—¿Qué hay aquí dentro? —preguntó.

—Ábrela.

La abrió sobre la mesilla de café. Lencería roja, un vibrador de silicona blanco y una nota escrita a mano: Para cuando te canses de imaginarlo.

La leyó. Levantó la vista hacia mí.

—¿Cuánto tiempo llevas planeando esto? —preguntó, muy despacio.

—Semanas.

—¿Martín sabe que estoy aquí?

—Martín sabe todo.

Hubo un silencio largo. No era el silencio del rechazo: era el de alguien que está reorganizando todo lo que creía saber sobre una situación. Lo vi moverse por su cara como una corriente bajo el agua.

—Hace dos años —dijo al fin—, cuando tú y Martín tuvisteis aquella pelea larga y él se quedó unos días en casa de sus padres... nos tomamos unas copas una noche, tú y yo solos.

—Lo recuerdo —dije.

—Estuve a punto de besarte.

—Lo sé.

Levantó una ceja.

—¿Lo sabías?

—También yo estuve a punto —dije.— Los dos lo dejamos pasar.

Se puso de pie muy despacio. Cruzó la distancia entre nosotros sin prisa, como si esperara que yo cambiara de opinión en cualquier segundo. Se detuvo delante de mí.

—¿Estás segura? —preguntó.

—Completamente.

Cuando me besó fue con cuidado primero, casi con demasiado cuidado, como si tuviera miedo de romper algo frágil. Luego dejó de tener cuidado. Puse las manos en su nuca y me dejé llevar, completamente consciente del espejo detrás de nosotros, de Martín al otro lado del cristal que había fantaseado con exactamente este momento durante meses sin atreverse a pedirlo de otra manera.

Nicolás era diferente a Martín en casi todo: más impaciente al principio, más paciente después; más callado donde Martín hablaba, más atento donde Martín se dejaba llevar. Me llevó al dormitorio sin que yo tuviera que pedírselo. En la cama, con la llama de la vela proyectando luz y sombras sobre el espejo, pensé en Martín al otro lado del cristal y sentí algo que no esperaba: una ternura extraña y encendida, mezclada con el deseo de una forma que no sabría separar aunque quisiera.

Lo que siguió fue largo y deliberado. Nicolás no tenía prisa. Exploraba como alguien que sabe que el tiempo es suyo y no piensa desperdiciarlo. Usé el vibrador. Lo usé a él. Me perdí en esa habitación durante un tiempo que dejé de medir. Cuando todo terminó nos quedamos tumbados en silencio, escuchando cómo se calmaba la respiración de los dos.

—Esto es lo más raro y lo más increíble que me ha pasado en la vida —dijo Nicolás al techo.

Me reí en voz baja.

Se vistió despacio, me besó en la frente y en la puerta se detuvo y se giró:

—Dile a Martín que... —Se detuvo.— No sé. Ya hablaremos, supongo.

—Ya hablaréis —confirmé.

Cerré la puerta. Conté hasta ciento veinte. Luego fui al fondo del dormitorio y di dos golpes suaves en la pared, la señal que habíamos acordado antes de que todo esto empezara.

***

La puerta lateral se abrió.

Martín tenía los ojos brillantes y la respiración todavía acelerada. No dijo nada. Me envolvió en sus brazos y me apretó contra él con una intensidad que no le había sentido en mucho tiempo, quizá en años.

—¿Estás bien? —murmuré contra su cuello.

—Más que bien —respondió con la voz ronca.— Mucho más que bien.

Me tumbé en la cama y le tendí la mano. Cogió el vibrador blanco que había quedado sobre la mesilla y lo sostuvo un momento, mirándolo.

—Dijiste que era para cuando me cansara de imaginarlo —dijo.

—Exactamente eso dije.

Esa noche no dormimos hasta casi el amanecer.

Todavía hablamos de ello de vez en cuando, Martín y yo. No como algo que necesita repetirse ni justificarse, sino como algo que ya existe entre nosotros: un secreto compartido, una prueba de que a veces la fantasía más imposible puede transformarse en algo real sin destruir nada de lo que ya tenías construido. Lo más extraño es que no nos separó. Nos acercó de una manera que no había manera de haber previsto.

A veces, cuando Nicolás viene a cenar, nos miramos los tres un segundo de más antes de continuar con la conversación. Nadie dice nada. No hace falta.

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3.8 (15)

Comentarios (10)

Rodrigo88

tremendo relato, me dejo sin palabras

LectoraEnSombras

necesito la segunda parte ya!!! como termino todo??

SilvanaMC

que valentia la de esta mujer, y lo del espejo unidireccional... genial la idea

NocheLibre

el detalle del espejo me mato jaja, eso si es planificacion de verdad

rosita92

muy bien narrado, se siente real. segui asi!!

MarisolR

y tu marido no sospecho nada mientras preparabas todo? no me imagino guardar ese secreto semanas enteras

Damian77

buenisimo. espero que haya continuacion!!

CarlitosBA

lo de las semanas que le costo aceptarlo es lo que mas me gusto, le da verosimilitud al relato

Nocturna_33

alto relato!!! por favor sigue escribiendo

PedroBaires

la parte de organizar cada detalle con el espejo me genero mucha curiosidad. muy inteligente la protagonista

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