Desperté dentro de su cuerpo aquella noche
Llevaba casi dos años siguiendo cada movimiento de Renata Villanueva en redes, en videos de sus conciertos, en entrevistas que daba a revistas de música. Sabía el nombre de su perro, el café que pedía en los camerinos, la canción que tarareaba cuando creía que nadie grababa. No era un admirador cualquiera: era alguien que había construido una obsesión tan detallada que a veces dudaba dónde terminaba ella y dónde empezaba mi propia imaginación. Me la había cascado tantas veces mirando fotos suyas que ya no recordaba cuándo había sido la primera.
Lo que me perturbaba no era solo su físico, aunque eso también. Era la combinación: la forma en que sus caderas marcaban cada beat cuando bailaba en el escenario, la manera en que su voz quebraba justo en las notas más altas como si le costara contenerse, la sonrisa que aparecía solo en los momentos espontáneos, cuando un músico se equivocaba o alguien del público le gritaba algo gracioso. Esos detalles que nadie más parecía notar. Yo sí.
El ritual lo encontré en un foro antiguo, enterrado bajo capas de spam y mensajes borrados. Alguien lo había publicado años atrás con el título «Unión de almas a través del deseo genuino». No sonaba siniestro. Sonaba exactamente a lo que necesitaba: una forma simbólica de acercarme a alguien inalcanzable, un gesto poético que quizás me ayudara a soltar la obsesión o, en el mejor de los casos, a sentir aunque fuera por un instante que existíamos en el mismo espacio.
Lo preparé esa misma noche. Imprimí una foto suya, la del último concierto, con el vestido negro de lentejuelas que le marcaba cada curva y el cabello suelto pegado al cuello por el calor del escenario. La coloqué en el centro del piso de mi habitación, rodeada de una vela roja comprada en una farmacia del barrio y pétalos de rosas secas que encontré en el fondo de un cajón. Me senté con las piernas cruzadas. Cerré los ojos.
Pensé en ella con toda la concentración que pude reunir. No solo en lo sexual, aunque la polla ya se me hinchaba dentro del pantalón. Pensé en su risa nerviosa durante las entrevistas en vivo, en cómo se mordía el interior del labio antes de una nota difícil, en el calor de imaginar estar simplemente en la misma habitación que ella. Repetí las palabras del ritual en voz baja, sin dramatismo.
Durante varios minutos, nada.
Entonces llegó el mareo.
Fue sutil al principio, como si el suelo se inclinara un par de grados. Pensé que era cansancio acumulado. Luego vino el tirón: algo en el centro del pecho, como un gancho invisible que jalara hacia adentro con fuerza. El estómago se me revolvió. Un frío eléctrico me subió por la columna hasta la nuca, erizándome los vellos de los antebrazos. Intenté abrir los ojos, pero la oscuridad ya lo había cubierto todo.
El zumbido en los oídos creció hasta volverse ensordecedor.
Después, silencio total.
Y desperté de pie.
***
El aire era diferente. Más cálido, con un olor que tardé en identificar: perfume floral mezclado con algo dulce, loción corporal y sudor fresco de esfuerzo reciente. Luces de neón rosadas y blancas parpadeaban en las paredes a mi alrededor. El suelo bajo mis pies era de linóleo blanco, liso y frío. Mis piernas se sentían distintas: más largas, más livianas, pero con el centro de gravedad completamente desplazado. Intenté dar un paso y casi me caí.
Tacones. Altos.
—¿Hola? —dije en voz alta, y el sonido me paralizó.
No era mi voz. Era suave, femenina, levemente ronca, con ese deje particular de alguien que acaba de pasar horas cantando.
Miré alrededor: un tocador con labiales y pinceles esparcidos, un sofá de cuero en una esquina, un perchero con ropa colgada. Una puerta cerrada con un letrero que decía Camerino A-3. Un backstage. Exactamente como los que había visto en los documentales de la gira.
Sentí entonces el peso en el pecho.
Bajé la vista despacio.
Tetas. Grandes, pesadas, empujando contra el top del vestido de lentejuelas, moviéndose con cada respiración. Una cintura estrecha. Caderas que se abrían bajo la tela. Piernas largas en tacones negros. El vestido de la foto.
Esto no puede estar pasando.
Me pellizqué el brazo con fuerza: dolió, la piel se enrojeció. Me di una bofetada en la mejilla: ardió, los ojos se llenaron de agua. Me mordí el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Cerré los ojos, conté hasta cincuenta, intenté imaginar mi habitación, mi cama, mi cuerpo real. Abrí los ojos.
Seguía ahí.
Las rodillas cedieron. Caí al suelo frío, las muñecas apoyadas para no golpear la cara. El impacto fue preciso y real: dolor en las rótulas, en las palmas abiertas. Las tetas se movieron con el golpe, pesadas, ajenas, respondiendo a cada movimiento con una presencia constante que no podía ignorar.
***
Encontré un espejo largo en la esquina del camerino.
Me planté frente a él y tardé varios segundos en procesar lo que veía: ojos grandes y oscuros con rastros de maquillaje ahumado corrido por las mejillas. Labios carnosos pintados de rojo oscuro, el labio inferior con una marca diminuta donde me había mordido. Cabello largo, revuelto, con mechones pegados a la nuca. El top, el vestido, las lentejuelas.
Era ella.
Y adentro, mirando por sus ojos, estaba yo.
Toqué el espejo con dedos temblorosos. La mano en el reflejo era fina, las uñas pintadas. Toqué mi propio rostro: piel suave, sin la aspereza de siempre. Aparté el cabello de la cara y sentí su textura sedosa rozar la nuca, enviando un escalofrío que no esperaba.
—Esto no es real —susurré, y la voz resonó en el cuarto vacío.
Me senté en el suelo. Cerré las piernas instintivamente al sentir el aire fresco rozar la piel de los muslos, una vulnerabilidad nueva e incómoda. Las lágrimas llegaron solas, humedeciendo el maquillaje, trazando líneas negras por las mejillas. Me quedé ahí casi una hora, intentando entender qué había hecho, adónde había ido ella, si había manera de revertirlo.
La respuesta llegó sola, inevitable: el ritual. Había pedido estar dentro de ella, y algo en el universo lo había tomado en serio.
¿Dónde estaba ella ahora?
El pensamiento me aplastó. Sollozos que sonaban ridículos en aquella voz suave. Le había quitado el cuerpo. La noche, el concierto, su vida entera. El peso de eso era insoportable.
Tocaron a la puerta.
—¿Renata? En diez minutos nos vamos al hotel —dijo una voz de mujer al otro lado.
Me quedé paralizado varios segundos. Después respondí, con la voz más firme que pude armar:
—Está bien. Ya salgo.
Agarré un buzo con capucha del perchero, me lo puse y me cubrí la cabeza. Salí sin mirar a nadie.
***
El hotel era de lujo. Una suite amplia, cama enorme, cortinas que bloqueaban las luces de la ciudad. Pedí la llave con monosílabos, subí sola en el ascensor, cerré la puerta con seguro y me tiré en la cama con el buzo puesto.
Intenté dormir. No pude. Intenté despertar como si fuera un sueño. No pasó nada.
Cuando el reloj marcó las cuatro de la madrugada, algo en mí se rindió.
No la culpa, que seguía ahí intacta. Sino la negación. Llevaba horas diciéndome que iba a despertar, que esto tenía solución, que era temporal. Pero el cuerpo que me rodeaba era completamente real: el peso de las tetas al cambiar de posición en la cama, la textura de las sábanas contra las piernas, el olor del perfume impregnado en el cabello sobre la almohada. No era un sueño y no había vuelta atrás, al menos no esa noche.
Me levanté. Me quité el buzo. Miré mis manos bajo la luz suave de la lámpara: pequeñas, suaves, las uñas largas pintadas de rojo oscuro. Las giré despacio, observándolas como si fueran de otra persona, que en cierto modo lo eran.
Caminé hacia el baño y las caderas se balancearon solas, sin que yo hiciera nada para provocarlo. Era la mecánica del cuerpo, el peso distribuido de otra manera, los músculos ajustados a un equilibrio completamente distinto al mío. Las tetas se movieron con mis pasos, recordándome con cada zancada la realidad de lo que había hecho. Entre los muslos ya sentía una humedad que no había notado antes, un roce resbaladizo cada vez que las piernas se cruzaban al caminar.
Entré al baño. Cerré la puerta con seguro. Encendí la luz.
Me paré frente al espejo de cuerpo entero.
Esta vez no con pánico. Esta vez con algo que tardé en nombrar: curiosidad.
***
La culpa no desapareció. Siguió ahí como una piedra fría, diciéndome lo que había hecho, lo que le había quitado. Pero la curiosidad la rodeó, la contuvo, y en ese momento le ganó.
Solo tocar un poco. Solo entender qué se siente tener este coño.
Empecé por el vestido. Lo deslicé por los hombros y lo dejé caer al suelo de mármol con un susurro de tela. Quedé en el top ajustado y la ropa interior. Los pezones se marcaban duros a través de la superficie, dos puntos que la tela apenas alcanzaba a disimular. Los toqué primero sobre la tela: sentí el calor debajo, la firmeza cediendo bajo las palmas abiertas. Los pezones respondieron al instante, endureciéndose todavía más, enviando una señal directa hacia el bajo vientre que me cortó la respiración. Un gemido bajo salió de mi garganta —de su garganta— sin que yo pudiera detenerlo.
Era una sensación completamente nueva. No localizada como cuando se me paraba la polla, sino difusa, extendiéndose desde el pecho hacia todos lados, llenando el cuerpo de un calor que no tenía comparación con nada que hubiera sentido antes. Sentía el coño palpitar entre las piernas, apretándose y aflojándose solo, mojándose más con cada roce de los dedos sobre los pezones.
Deslicé los tirantes por los hombros despacio. La tela bajó, rozando la piel sensible de los costados. Las tetas quedaron expuestas a la luz del baño: grandes, de curvas suaves, las areolas rosadas y pequeñas, los pezones erectos apuntando hacia el espejo. Los observé durante un momento largo sin tocar, procesando la imagen. Eran las tetas que había mirado en cientos de fotos, las que había imaginado desnudas mil veces mientras me la meneaba en mi habitación. Ahora eran mías. Ahora colgaban de mi propio pecho.
Las toqué con las palmas abiertas y las apreté. El calor fue inmediato. Firmeza y suavidad al mismo tiempo, la piel respondiendo al contacto con una sensibilidad que me dejó sin palabras. Las sopesé, las levanté, sentí el peso real de cada una llenándome las manos. Pellizqué un pezón entre el pulgar y el índice, suave primero, más firme después, hasta que un latigazo de placer me atravesó del pecho a la entrepierna. Bajé la cabeza y me metí uno de los pezones en la boca —me sorprendió lo flexible que era el cuello para llegar, la cantidad de teta que se doblaba hacia adentro— y lo chupé, lo lamí, jugué con la lengua alrededor de la areola arrugada.
—Joder —gemí con su voz ronca contra la propia piel—. Joder, joder.
El placer fue eléctrico y cegador, bajando directo entre las piernas donde ya sentía un pulso nuevo, insistente, que pedía atención a gritos. Notaba la humedad correrme por la cara interna del muslo. El coño me chorreaba.
Para. Esto está mal. Es su cuerpo, no el tuyo.
Pero las manos no pararon. Al contrario: una bajó por el vientre plano, pasó por el hueso de la cadera y se metió por debajo del elástico de la ropa interior. Los dedos encontraron pelo suave, recortado corto, y debajo la carne resbaladiza, hinchada, caliente.
—Ah —jadeé, y las piernas se me abrieron solas.
Bajé la ropa interior por las caderas con la otra mano, sintiendo cómo se despegaba de la piel húmeda con un chasquido pegajoso. Cayó a los tobillos. La saqué de una patada. Me miré al espejo de cuerpo entero.
Era la primera vez que tenía tan cerca un coño de verdad. No en una pantalla, no en un video porno, sino en mi propio cuerpo prestado. Los labios externos sonrosados, brillantes de mis propios flujos, ligeramente separados dejando ver los labios internos más oscuros que asomaban entre ellos. Una arquitectura delicada y hambrienta que me miraba desde el espejo con los ojos oscuros de ella. Arriba, escondido entre los pliegues, un botoncito hinchado que asomaba pidiendo que lo tocara.
Abrí un poco más las piernas frente al espejo, agarrándome a la encimera del lavabo con una mano para no caerme sobre los tacones. Con la otra bajé de nuevo. Toqué con un dedo tembloroso los labios externos, resbalé hacia dentro por la ranura, sentí el calor húmedo abrazarme el dedo. Rocé el clítoris hacia arriba, casi sin querer, y el placer fue tan brutal, tan puntiagudo, que me agarré al lavabo con las dos manos para no tambalear. Un sonido involuntario salió con aquella voz en el silencio del baño, agudo y sucio.
—Mierda —susurré—. Mierda, cómo se siente esto.
Seguí. Con más intención esta vez.
***
Empecé a frotar el clítoris con dos dedos, en pequeños círculos, tal como había leído mil veces en foros, tal como había visto en videos que consumía a escondidas por la madrugada. Solo que ahora estaba del otro lado. Ahora era mi propio botoncito el que respondía, el que se hinchaba más con cada pasada, el que enviaba oleadas de placer que se expandían por las caderas, por el vientre, por las tetas todavía apretadas contra el pecho.
Con la otra mano me agarré una teta y la apreté, jugué con el pezón, lo pellizqué. El doble estímulo me arrancó un gemido largo que rebotó contra el mármol. Miré al espejo: la cara de Renata Villanueva enrojecida, la boca abierta, el pelo pegado a la frente por el sudor, los ojos brillantes y entrecerrados de placer. Era una imagen tan obscena, tan íntima, que casi me corrí ahí mismo solo de mirarla.
Bajé un dedo más abajo, hasta la entrada del coño, y lo empujé hacia adentro. Entró fácil, resbaló hasta el fondo por lo mojada que estaba. Cerré los ojos y jadeé. Era caliente, apretado, terciopelo húmedo cerrándose alrededor de mi propio dedo. Saqué el dedo, lo miré brillante y pegajoso bajo la luz del baño, lo volví a meter. Añadí otro. Los curvé hacia arriba buscando esa zona esponjosa de la que tanto había leído, la encontré, y el gemido que salió de la garganta de ella fue tan alto que me tapé la boca con la mano libre.
—Shhh —me susurré a mí mismo, con su voz ronca—. Silencio.
Pero no podía parar. Empecé a bombear los dos dedos dentro y fuera, con el pulgar frotándome el clítoris al mismo tiempo, y el placer se acumuló en capas, cada empujón añadiendo tensión al vientre, cada roce del pulgar tirando más fuerte de esa cuerda invisible que me iba doblando sobre el lavabo. Los muslos me temblaban. Las tetas me botaban con cada movimiento del brazo. La cara reflejada en el espejo ya no parecía la mía —nunca lo había sido—, pero tampoco parecía del todo la de ella: era la cara de alguien roto por el placer, la boca floja, los labios pintados corridos, las mejillas encendidas.
Me di la vuelta. Apoyé la cara y las tetas contra el mármol frío del espejo, dejé el culo respingado hacia atrás y metí la mano por detrás, entre las piernas. Desde este ángulo llegaba distinto, más hondo. Los dedos se hundieron hasta los nudillos y curvearon hacia adelante. El coño se apretó alrededor de ellos, absorbiéndolos. Con la otra mano me agarré una nalga y la separé, mirando por encima del hombro cómo mis propios dedos entraban y salían chorreando.
—Sí —jadeé—, así, así.
Estaba hablándome a mí mismo con la voz de Renata. Estaba follándome a Renata con los dedos de Renata. Y me la estaba comiendo entera.
***
La presión creció despacio, en capas, desde adentro hacia afuera. No era rápida ni simple: era profunda, ocupando el cuerpo entero desde los pies hasta los pezones todavía sensibles. El ritmo se encontró por ensayo, se ajustó, se mantuvo. La respiración se aceleró hasta llenar el baño con jadeos que resonaban contra el mármol. Me metí tres dedos en el coño, después cuatro, sintiendo cómo se estiraba para recibirlos, y con la otra mano volví al clítoris, frotando duro, sin piedad.
—Me voy a correr —gemí—, me voy a correr, me voy a correr…
El orgasmo llegó sin aviso final: contracciones internas, repetidas, brutales, que me apretaron los dedos dentro del coño como un puño cerrándose. Me doblé sobre el lavabo con la frente apoyada en el mármol, las piernas temblando, un chorro caliente de líquido corriéndome por el interior de los muslos. Un grito salió con la voz de ella, demasiado alto para el silencio del hotel, un gemido largo y agudo que se quebró en la mitad y se transformó en una risa ahogada de puro alivio. Las piernas temblaron durante lo que parecieron minutos. El coño seguía apretándose alrededor de los dedos que no me había atrevido a sacar todavía, cada latido enviando una réplica más pequeña, más suave, hasta que finalmente todo se calmó.
Después, quietud.
Saqué los dedos despacio, con un ruido húmedo. Los miré: brillantes, pegajosos, hilos transparentes conectándolos entre sí. Sin pensar mucho, me los llevé a la boca y los chupé. Sabía a algo suave, ligeramente salado, un sabor que jamás había probado antes. Sabía a ella. Sabía a lo que había deseado durante dos años.
Me miré al espejo con las mejillas encendidas, los ojos brillantes, la boca entreabierta y todavía húmeda de mis propios flujos. El cabello pegado a la frente por el esfuerzo. Un hilo de saliva bajándome por la barbilla. Las tetas subían y bajaban con la respiración agitada, los pezones enrojecidos por las pellizcadas. Entre los muslos, el coño hinchado, brillante, todavía palpitando suavemente.
La culpa volvió, más pesada que antes. Pero también llegó algo más: la certeza de que lo que acababa de experimentar no tenía comparación con nada que hubiera sentido en mi propio cuerpo. Ninguna paja, ninguna mamada, ninguna follada de mi vida anterior se parecía a esto. Era diferente en magnitud, en textura, en duración. Capaz de cosas que no había imaginado. Un orgasmo entero que ocupaba el cuerpo completo, no solo la punta de la polla. Y sabía —con una certeza que me revolvió el estómago— que podía tener otro en cinco minutos si quería. Y otro después. Y otro.
Apagué la luz del baño.
Me metí en la cama todavía temblando, desnuda, sin molestarme en buscar el buzo. Las sábanas frías contra la piel caliente me arrancaron otro escalofrío. Me acomodé de costado, con una mano bajo la mejilla y la otra —sin pensarlo— entre los muslos, ahuecada sobre el coño todavía tibio, como sosteniéndolo, como reclamándolo.
Afuera, la ciudad seguía encendida. Mañana habría compromisos, ensayos, personas esperando a Renata Villanueva. Personas que me mirarían y verían a alguien que no era yo.
No sabía si podía revertirlo. No sabía si quería.
Lo único que sabía era que el ritual había funcionado, que el deseo que lo había alimentado todavía no estaba satisfecho —al contrario, se había multiplicado—, y que acababa de cruzar una línea que no tenía vuelta atrás.