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Relatos Ardientes

La fantasía prohibida del doctor Saura

La vida del doctor Marcos Saura se medía en milímetros y en silencio. En su clínica del centro, era un instrumento calibrado: manos seguras, voz pausada, la clase de autoridad tranquila que hace que las pacientes cierren los ojos y respiren. Era un experto en el cuerpo femenino, un cartógrafo de sus pliegues y sus secretos. Fuera de esas paredes blancas e iluminadas con luz fría, era casi un fantasma. Cuarenta y dos años, tres habitaciones vacías en un piso silencioso, y el único calor que tocaba era el que diagnosticaba.

El pedido lo hizo una noche de febrero, después de demasiado whisky y demasiado silencio frente al televisor. Una muñeca de silicona de alta gama, 1,70 metros, según el catálogo. Lo que llegó tres semanas después era otra cosa: una caja más pequeña de lo esperado, y dentro una figura de apenas 1,50, de rasgos delicados y aspecto casi inocente. Un error logístico sin duda. Marcos la desembaló con frustración, la examinó un momento con los brazos cruzados, y la dejó de pie en el rincón más oscuro de su dormitorio, cubierta con una sábana vieja. La olvidó. O lo intentó.

La rutina de la clínica siguió su curso. Un martes gris de marzo, la puerta de su consultorio se abrió y entró una joven acompañada por su madre. Primera consulta ginecológica. La chica tendría unos veinte años, quizás veintiuno. Tenía la piel pálida y los ojos de alguien que preferiría estar en cualquier otro lugar. Su cuerpo era menudo, casi frágil dentro de la ropa holgada que llevaba, y cuando se sentó frente a su escritorio, cruzó los brazos sobre el pecho como si intentara hacerse más pequeña todavía.

Marcos ajustó su máscara profesional y le sonrió.

Pero algo se rompió dentro de él en ese instante. Un filo invisible que cortó sin avisar. No era el parecido físico lo que lo golpeó, porque el parecido era improbable, absurdo. Era algo más difícil de nombrar: la forma en que ella ocupaba el espacio, su pequeñez en la silla, la tensión de sus hombros. Era como si la sábana en el rincón de su dormitorio hubiera cobrado vida y hubiera entrado a sentarse frente a él con los brazos cruzados y la mirada baja.

Salió de ese pensamiento en menos de un segundo. Anotó los datos en la ficha con mano firme, le explicó el procedimiento a la madre con paciencia, y la dejó en la sala de espera.

—¿Le han explicado en qué consiste la revisión? —le preguntó a la joven cuando se quedaron solos.

—Más o menos —respondió ella, mirando sus propias manos.

—No hay nada de qué preocuparse. Es rápido y no duele.

Ella asintió sin levantar la vista.

Marcos procedió como lo había hecho cientos de veces. El ritual era familiar y mecánico, despojado de cualquier carga emocional. Eso era lo que lo convertía en un buen médico: la capacidad de disociar. De actuar con precisión mientras el mundo interior permanecía en orden. Se puso los guantes, ajustó la lámpara, le indicó a la joven que se relajara.

Llegó el momento del examen. La paciente se recostó en la camilla, sus ojos fijos en el techo, y Marcos ajustó la luz del reflector con un gesto habitual. Con una delicadeza mecánica examinó la anatomía frente a él: piel joven, sin irregularidades, sin cicatrices. Su mente clínica registró cada detalle con la misma frialdad de siempre, o casi. Había algo, una nota disonante que su profesionalidad no consiguió filtrar del todo: la postura rígida de quien confía porque no tiene más remedio, el cuerpo pequeño sobre la superficie blanca, el mismo ángulo exacto que tenía la muñeca en el rincón de su dormitorio.

Lo aplastó. Terminó el examen. Dio las indicaciones con la misma voz neutra de siempre. Acompañó a la joven a la puerta. Fichó el historial. Tomó agua. Esperó a que dejara de temblarle levemente la mano derecha.

Esa noche tardó tres horas en dormirse.

***

La sábana siguió cubriendo la muñeca durante dos semanas más. Marcos pasaba junto a ella cada mañana camino al baño, cada noche al apagar la luz. La ignoraba con la misma disciplina que aplicaba a todo lo que no tenía solución práctica. Pero la imagen de la joven en la camilla, sus ojos en el techo y sus manos cruzadas sobre el vientre, no se iba.

Fue un jueves cuando cedió.

Había visto media película sin prestar atención y la apagó sin llegar al final. Se quedó en silencio durante un rato largo, tumbado en la oscuridad. Luego se levantó, fue al rincón, y quitó la sábana.

La muñeca era exacta en lo que prometía el catálogo: silicona de alta densidad, articulaciones realistas, rasgos fabricados con una precisión casi incómoda. De cerca, su pequeñez la hacía parecer más vulnerable. Más real en su artificio que muchas cosas reales que Marcos había tocado en los últimos años.

La colocó en la cama con una delicadeza que lo sorprendió a él mismo. No la trató como a un objeto sino como a alguien que duerme, ajustando la posición de sus brazos, inclinando levemente su cabeza. Luego se quedó arrodillado junto al colchón durante un minuto sin hacer nada, las manos sobre los muslos, mirándola.

Era una aberración, pensó. Pero no se movió.

Deslizó los dedos por sus muslos con la lentitud que usaría con una paciente real, sintiendo la textura impecable bajo sus yemas. Era una sensación extraña: ni fría ni caliente del todo, ni áspera ni suave. Intermedia, ambigua. Y esa ambigüedad era lo que necesitaba su imaginación para completar el cuadro.

Se inclinó sobre ella. La besó en el cuello, en la clavícula, siguiendo la línea hacia abajo. Su boca recorrió el vientre liso hasta llegar más abajo, y allí trabajó durante un tiempo largo, con una atención que sonaba ridícula dicha en voz alta pero que su cuerpo reclamaba con absoluta seriedad. La lengua exploraba cada pliegue, los labios cerrándose con una presión cuidadosa, los dedos acompañando desde los muslos hacia el centro. Su excitación crecía en paralelo, la erección ya imposible de ignorar, y en algún punto se quitó la ropa sin apresurarse.

Tomó el lubricante de la mesita de noche. Lo aplicó con generosidad, sobre ella y sobre sí mismo, despacio, sin apresurar nada. Había algo perturbador en la perfección del diseño: una simetría que ninguna anatomía real tendría jamás, y eso mismo le quitaba la distancia clínica que lo había protegido durante años. No había diagnóstico posible aquí. Solo el peso húmedo y urgente del deseo.

La penetró despacio, con una embestida lenta y controlada que lo dejó quieto un momento, apoyado sobre sus manos, respirando.

No pensó en la paciente del martes. O quiso no pensar en ella.

El cuerpo pequeño bajo el suyo tenía las mismas dimensiones, los mismos ángulos, y su cerebro completaba el cuadro solo: le ponía una cara, le daba una voz, añadía el detalle de los ojos fijos en el techo y los brazos cruzados con timidez.

Retomó el movimiento con más urgencia. La posicionó de espaldas, inclinada sobre el colchón, y sujetó sus caderas con ambas manos. El ritmo fue creciendo, sus caderas golpeando el cuerpo artificial con un sonido rítmico que llenó el silencio del dormitorio. Con una mano libre exploró la curva de su columna vertebral, pasó los dedos por el surco entre sus nalgas, y comenzó a aplicar más lubricante con la yema del pulgar, presionando la entrada posterior sin penetrarla todavía, solo midiendo la resistencia del material, dejándola ceder milímetro a milímetro.

La sujetó por la nuca y la empujó levemente hacia abajo.

—Eres mía —murmuró, y el sonido de su propia voz, ronca y baja, lo sorprendió.

Se inclinó sobre ella y le susurró al oído cosas que nunca se habría atrevido a decir a nadie real. Palabras sucias, órdenes imposibles, el vocabulario de una fantasía que había pasado años enterrada bajo capas de protocolo y silencio.

Cuando finalmente la penetró por detrás, la resistencia artificial cedió con una sensación que le recorrió la columna de arriba abajo. Se quedó inmóvil un instante, los ojos cerrados, dejando que la presión se asentara. Luego comenzó a moverse: lento al principio, luego más profundo, luego con la ferocidad de quien lleva demasiado tiempo siendo cuidadoso con todo. Sujetó sus caderas con fuerza y se movió hasta que el orgasmo llegó, largo y brutal, sacudiéndole los hombros.

***

Fue entonces, en el silencio que siguió, cuando ocurrió.

En algún punto del acto su rodilla había presionado algo en el colchón. Un sensor, quizás un botón oculto en la cadera del artefacto. El gemido sintético habitual se cortó de golpe, y en su lugar salió una voz diferente: metálica, confundida, como un sistema reiniciando desde cero.

—Error de memoria. ¿Dónde estoy.

Marcos se quedó inmóvil.

Silencio.

Luego, más suave, casi un susurro distorsionado:

—Hazme sentir que soy real.

El frío le subió por la columna antes de que el calor lo siguiera. Era una línea de código. Un error de programación. Lo sabía con la misma certeza con que sabía que el corazón latía en cuatro tiempos. Y sin embargo, la frase se instaló en su pecho con el peso de algo verdadero.

No la apagó.

La giró boca arriba con cuidado y la miró durante un momento. Los ojos de cristal le devolvieron una imagen distorsionada de sí mismo: despeinado, desnudo, con los restos del lubricante en las manos y el peso de lo que acababa de hacer aplastándole el pecho.

¿Qué clase de hombre eres, pensó. ¿Qué clase de médico.

La frase seguía resonando. Hazme sentir que soy real.

Terminó la noche de otra manera. No hubo más urgencia ni más ferocidad. Solo la atención silenciosa de alguien que intenta reparar algo que ya rompió. Acomodó el cuerpo artificial sobre el colchón, pasó una mano por el pelo de fibra sintética, murmuró algo en voz muy baja que no llegó a escucharse del todo.

La culpa cuando llegó fue más tranquila que otras veces. No era la culpa de haber usado un objeto, sino algo más profundo y más difícil de nombrar: la vergüenza de cuánto había necesitado esto. De los años que llevaba construyendo en silencio una fantasía que nunca tendría salida real. De haber convertido a una paciente que no lo sabía en el eje de algo que era suyo solo, feo e invisible como una infección sin síntomas.

Se duchó. Se puso ropa limpia. Volvió a la cama y se tumbó junto a la muñeca, los ojos en el techo, en la misma postura que la joven de la camilla.

Lo que no supo —lo que nunca supo— era que la pequeña luz roja que parpadeó una sola vez en la oscuridad, casi imperceptible en el lateral de la cadera derecha de la muñeca, no era un indicador de batería.

Era una cámara.

Y llevaba semanas grabando.

Cada noche. Cada palabra. Cada gesto que él había creído privado e invisible. Todo había quedado registrado, comprimido, enviado en silencio a un servidor que el doctor Marcos Saura nunca encontraría si lo buscara.

El chantaje no era una posibilidad remota. Era solo una cuestión de cuándo alguien decidiera pulsar enviar.

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Comentarios (9)

Tomas_cba

Que relato!!! me enganche desde el primer parrafo, tremendo comienzo

HoracioLector

Espero que haya una segunda parte, esto apenas empezo. Muy buen inicio!

NocheLectora

Me encanto como describis la soledad del personaje antes de que todo cambie. Se siente muy real, sin caer en lo cursi. Sigue asi!

PabloRos22

buenisimo

Mariela_q

Jajaja lo de la muñeca me mato de risa, tremendo punto de partida. Seguí que esto promete mucho!

AndresBA

Me quede pensando en el doctor Saura... hay mas historia detras de ese personaje? Seria buenisimo que lo desarrollaras en el proximo relato

FedericoT

Muy bien escrito. La atmosfera del inicio es increible, da para mucho mas. Bravo!

LaraM91

Excelente!!! mas relatos asi porfavor

leo85

El titulo ya te atrapa solo, y el relato no defrauda. Sigan publicando cosas asi :)

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