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Relatos Ardientes

Aquella tarde fui observada por desconocidos en el sex shop

Llevaba semanas dándole vueltas a la idea de renovar mi colección. El consolador que usaba desde hacía dos años, regalo de un ex con el que había terminado mal, se había vuelto un objeto incómodo: cada vez que lo sacaba del cajón venía con su sombra, con el recuerdo de una época que prefería no revivir. Mi pareja actual no sabía que existía y yo no pensaba contárselo, pero algo nuevo, algo mío y solo mío, me hacía falta. Algo con lo que pudiera correrme sin pensar en nadie más.

Esa tarde caminaba por la avenida Larco, en pleno corazón de Miraflores. Había bajado del taxi sin un plan claro, con la idea vaga de mirar vitrinas hasta que me cansaran las piernas. Soy de Trujillo, pero llevo cuatro años en Lima y todavía me sorprende cómo en una sola cuadra se mezclan las tiendas de ropa con las galerías escondidas donde encuentras de todo.

Tengo los pechos grandes, las caderas más estrechas que el resto del cuerpo. No soy alta y nunca pretendí serlo. Esa tarde llevaba un vestido azul oscuro de tirantes y unas sandalias planas. Nada provocador, nada que llamara la atención más de lo necesario. Debajo, un tanga negro de encaje que se me metía entre las nalgas con cada paso.

Vi el cartel pequeño al lado de una galería: una flecha hacia el segundo piso y una palabra discreta. Subí las escaleras sin pensar.

La tienda era más pequeña de lo que esperaba. Vitrinas con vibradores, lubricantes, ropa interior, ligas, máscaras. Olía a una mezcla de incienso y plástico nuevo. Detrás del mostrador había una chica de unos veinticinco años, morena clara, el cabello recogido en un moño desordenado y una blusa con un escote que era más una invitación que una elección.

—Buenas tardes —me sonrió—. ¿Buscas algo en particular?

—Quiero renovar un juguete.

—¿Vibrador? ¿Consolador? ¿Algún estimulante?

—Vibrador, creo. Pero quiero ver qué hay.

Se llamaba Daniela y se movía con la naturalidad de quien lleva años hablando de placer como si fuera del clima. Me mostró tres modelos, me explicó las diferencias entre el silicón médico y los materiales más baratos, me ofreció lubricantes de sabores. En un momento se inclinó sobre el mostrador para enseñarme un detalle de uno de los aparatos y entre la curva de su escote vi la sombra de un piercing pequeño en el pezón. Sentí un calor súbito en la nuca y un tirón inconfundible entre las piernas. El coño se me contrajo solo, como si el cuerpo se hubiera adelantado a la cabeza.

—¿Te interesa también algo anal? —me preguntó—. Tenemos modelos nuevos.

—Soy bastante novata en eso.

—Te los muestro.

Se giró hacia la repisa más alta y se puso en puntas para alcanzar una caja. Fue entonces cuando lo vi.

El pantalón de licra que llevaba era casi transparente. Y entre las dos curvas de sus glúteos, una pequeña piedra brillaba con luz propia: un tapón anal con joya en la base. Bajó del taburete con la caja en la mano y la puso sobre el mostrador como si nada.

Me quedé mirándola. Ella se dio cuenta.

—¿Qué pasa?

—Llevas… —no supe cómo decirlo.

Sonrió.

—Ah, eso. Sí. A veces me los pruebo durante el turno. Es la mejor forma de saber qué recomendar. Este es mediano. Me lo metí esta mañana con un poco de lubricante y no me lo he sacado en seis horas.

—¿Y no es… incómodo?

—Solo cuando entra y cuando sale. En el medio se olvida. Aunque si me agacho fuerte, lo siento. Y si me toco, me corro en dos minutos.

Lo dijo con la misma frialdad con la que me había explicado las diferencias entre el silicón y el plástico. Yo, en cambio, sentí cómo un hilo de calor me bajaba por el vientre y me empapaba el tanga. Volví a mirar los vibradores que tenía sobre el mostrador. Ya no me importaba ninguno en particular: los quería todos.

Me decidí por uno de tamaño medio, color carne, muy realista, con un pequeño motor en la base y siete velocidades. Lo pagué en efectivo. Mientras Daniela contaba el cambio, me oí decir algo que no había planeado:

—¿Tienen probador?

Levantó la vista.

—¿Cómo dices?

—Algún lugar… —tragué saliva— donde pueda probarlo antes de irme.

Me miró un segundo más de lo necesario. Después miró hacia la puerta, hacia la cámara del techo, hacia el reloj.

—Probador no, pero puedo armarte algo. Si te animas.

—Me animo.

***

Entre las dos movimos un par de cajas grandes y un exhibidor de látigos hasta dejar un rincón cuadrado al fondo de la tienda, contra una cortina de terciopelo rojo que cubría una pared. Daniela acomodó la caja más alta de manera que tapara la vista desde el mostrador.

—Si entra alguien, no van a verte —me dijo—. Ya lo he hecho antes.

—¿Con clientes?

—Conmigo. A veces el turno es largo y una se pone caliente.

Lo dijo guiñándome un ojo. Después se quedó quieta, mirándome.

Me agaché detrás de la caja. Me quité las sandalias. Después el vestido, despacio, sin saber muy bien por qué me lo estaba quitando entero. El tanga estaba empapado, oscurecido por completo en la entrepierna. Me lo bajé hasta los tobillos, salí de él y me senté en el piso con las piernas cruzadas, abrazando el vibrador nuevo contra el pecho. El sostén me lo bajé también, hasta dejarlo enrollado bajo las tetas, y los pezones se me pusieron duros de golpe con el aire frío del aire acondicionado.

Daniela se asomó por encima de la caja.

—¿Estás cómoda?

—Sí.

—¿Te molesta si te miro?

Negué con la cabeza. Ella sonrió y se sentó frente a mí, en el suelo, con las piernas también cruzadas, a un metro de distancia. Como si fuéramos a meditar.

Abrí las piernas. Me abrí los labios del coño con dos dedos, mostrándole a Daniela cómo brillaba todo por dentro. Un hilo espeso de flujo me colgaba entre los muslos. Pasé el vibrador por mi raja mojada, despacio, empapando la punta, restregándomelo contra el clítoris hinchado hasta que se me escapó un jadeo. La textura era distinta a lo que conocía: blanda en la superficie, firme por dentro, como una polla de verdad. Lo apoyé contra la entrada del coño y empujé.

Lo dejé entrar de a poco, sintiendo cómo cedía cada centímetro, cómo las paredes se abrían para tragárselo. Cuando llegó al fondo, eché la cabeza hacia atrás y solté el aire que había estado guardando. Sentí la punta gruesa golpeando algo profundo, un punto que me hizo apretar los dientes.

—Métetelo entero —susurró Daniela—. Hasta la base.

Empujé el último centímetro. La base de silicón se aplastó contra mis labios mayores.

Daniela alargó la mano. No me tocó. Solo presionó el botón de la base.

El zumbido grave me atravesó. Se me arquearon los dedos de los pies. El motor vibraba justo contra el clítoris y adentro, al mismo tiempo, y no supe qué hacer con las manos. El primer orgasmo llegó tan rápido que ni siquiera me dio tiempo a contenerlo: me corrí a chorros, empapando el suelo entre mis muslos, con el vibrador todavía metido hasta el fondo. Sentí los muslos pegajosos, la corrida caliente resbalándome hasta el ano.

—Joder —jadeó Daniela—. Eres de las que se corren mojando. Qué suerte tienes.

Empecé a follármelo con la mano. Adentro y afuera, sacándolo casi entero y volviéndolo a meter de una embestida. Con la otra mano me llevé un pecho a la boca. Tengo los pezones rosados, pequeños, demasiado sensibles. Los tengo tan sensibles que a veces me corro solo de que me los chupen fuerte. Me mordí uno y me lo pellizqué al mismo tiempo. Con un solo pellizco se ponen rojos, hinchados, y las tetas se me marcan de venas azules.

Daniela seguía mirándome. No se había movido. Pero le vi la mano derecha desaparecer entre sus piernas, apretándose por encima del pantalón de licra, y la respiración se le había vuelto entrecortada.

—Eres preciosa —dijo, y fue la primera vez que su voz sonó un poco quebrada—. Sigue. No pares. Cógete duro.

Quise responderle. No pude. Estaba teniendo el segundo orgasmo, encadenado al primero, y solo me salía un gemido bajo que tenía que tapar con la mano libre. El coño se me apretaba en espasmos alrededor del vibrador, expulsándolo hacia afuera con cada contracción, y yo lo volvía a hundir sin piedad.

Y entonces vi la cámara.

Estaba en el techo, pequeña, casi invisible entre dos focos. Su luz roja parpadeaba. Tenía el ángulo perfecto para grabar el rincón donde yo estaba, con las piernas abiertas y una polla de silicón entrándome y saliéndome del coño.

Debí asustarme. No me asusté. Solo abrí más las piernas y giré la cara hacia el lente para que me grabara mientras me corría.

—Tranquila —murmuró Daniela—. Esa cámara solo la veo yo. Nadie más tiene acceso al servidor.

—¿Estás grabando?

—Sí. Y esta noche me voy a masturbar viéndolo tres veces.

No le dije que la apagara.

***

Iba a girarme, a ponerme en cuatro para metérmelo desde atrás, cuando escuché la campanita de la puerta de la tienda. Me quedé congelada.

Daniela se levantó del piso en un solo movimiento, se sacudió el pantalón y caminó hacia el mostrador como si nada. Yo me quedé sentada, con el vibrador todavía dentro, las tetas al aire, el sostén enrollado contra la clavícula, la entrepierna hecha un charco. Mi vestido estaba a tres metros, sobre una caja, fuera de mi alcance.

Escuché voces. Tres. Dos chicos y una chica, riéndose, hablando de una fiesta. Pidieron sugerencias. Daniela les habló con la misma calma de siempre: lubricantes, vendas, esposas, juguetes para parejas y para tríos. Yo, detrás de la caja, intentaba no respirar. El vibrador seguía dentro de mí, palpitando en la velocidad más baja, y cada latido me recordaba que tenía una polla metida en el coño mientras tres desconocidos hablaban a metros de distancia.

Lo bajé al mínimo con dos dedos, tratando de que el motor no me delatara. La sensación cambió. De pronto era más lenta, más profunda. Cada zumbido era una caricia larga que se me expandía por el vientre. Y la idea de que tres desconocidos estaban a tres metros de mí, hablando de juguetes sexuales sin saber que una mujer desnuda con una verga adentro los escuchaba, me hizo perder lo poco que me quedaba de cordura.

Empecé a moverlo otra vez. Despacio. Adentro y afuera. Sacándolo hasta ver la punta y volviéndolo a meter hasta el fondo, mordiéndome los labios para no hacer ruido. Con la otra mano me froté el clítoris en círculos apretados. Cada empujón sonaba húmedo, chapoteando, y yo rezaba para que las voces de afuera lo taparan.

—¿Tienen algo divertido para tres? —escuché preguntar a uno de los chicos.

—Depende de qué entiendan por divertido —respondió Daniela—. Tengo de todo. ¿Los dos con ella, o los tres al mismo tiempo?

—Los tres —dijo la chica, riéndose nerviosa—. Ellos van a ser los primeros que me metan doble.

Yo, por dentro, me derretía. Un chorro de flujo me resbaló hasta el ano. Me lo unté con el dedo y probé, tímida, a meterme la yema. Entró sin resistencia. Empujé un poco más, hasta la primera falange, y sentí la vibración del juguete del otro lado, a través de la pared delgada de carne que separa los dos agujeros.

No sé en qué momento me empezó a temblar la pierna izquierda. Un espasmo recorrió el muslo y, sin querer, di un golpe contra la caja que me servía de escondite. La caja se ladeó. Vacilé un segundo, intenté sostenerla, pero los brazos me fallaron. Cayó hacia adelante con un ruido seco.

Y de pronto los cuatro me estaban mirando.

***

El silencio duró tres segundos largos. Yo, en el suelo, en cuatro patas a medias, con el vibrador metido hasta la base y un dedo en el culo, los pechos colgando, el pelo pegado a la frente. Ellos, parados detrás del mostrador, con la boca entreabierta.

Daniela fue la primera en reaccionar. Sonrió con una calma que no era casual.

—Bueno —dijo—. Esto era una sorpresa, pero también es parte de la tienda. Si quieren pueden mirar. Solo mirar.

La chica miró al chico que tenía al lado y le susurró algo al oído. Él asintió, con la mirada fija en mi coño abierto. El otro chico ya tenía la mano dentro del bolsillo del pantalón, ajustándose una verga que se le marcaba dura contra la tela.

—Solo mirar —repitió Daniela, esta vez mirándome a mí—. ¿Te parece bien?

Pude haber agarrado el vestido y haber salido corriendo. En cambio, me incorporé un poco, abrí más las piernas, saqué el vibrador entero para que vieran cómo salía chorreando y lo volví a meter de un solo empujón. Giré el dial hacia arriba, al máximo, y el motor rugió.

—Miren bien —dije, con una voz que no reconocí—. Miren cómo me lo meto.

La chica se acercó primero. Tenía el cabello castaño hasta los hombros, los ojos enormes. Se arrodilló a un metro de mí. No me tocó. Solo me miraba.

—¿Puedo… acercarme un poco más? —preguntó, casi en un hilo de voz.

—Acércate.

Lo hizo. Se sentó en el piso, cruzó las piernas, y yo, sin saber por qué, le tendí una mano. Ella la tomó. Sus dedos estaban fríos. Con la otra mano me seguía cogiendo con el vibrador, sacándomelo entero y hundiéndomelo hasta la base, con un chapoteo obsceno que llenaba la tienda.

Los dos chicos se quedaron de pie, contra el mostrador. Se habían bajado los cierres y ya tenían las pollas afuera. Uno la tenía gorda y corta, muy roja en la punta; el otro larga y curvada. Se las agarraban con el puño y se las masajeaban despacio, mirándome sin parpadear. Daniela los miraba con los brazos cruzados, vigilando que ninguno cruzara la línea invisible que ella había trazado con la voz. Solo mirar. Ni un dedo encima.

La chica, sin soltarme la mano, me miró el pecho, después el vientre, después el coño abierto y estirado alrededor del vibrador, después la cara. Vi en sus ojos algo que no esperaba: deseo, sí, pero también ternura.

—Eres hermosa —me dijo—. Córrete para nosotros. Por favor.

Me lo metí y me lo saqué más rápido. La base me golpeaba el clítoris con cada embestida. Con el pulgar de la otra mano me presioné el ano, hundiéndolo hasta el nudillo. Los muslos me temblaban tan fuerte que apenas podía mantenerlos abiertos.

—Me corro —jadeé—. Me estoy corriendo, mierda…

Y me corrí otra vez.

Esta vez fue más profundo. Sentí los muslos temblar, el vientre apretarse y un líquido caliente que no era el de antes saliendo a chorros, mojándome el suelo y salpicándole las rodillas a la chica que me tenía la mano. Grité. No pude no hacerlo. Uno de los chicos soltó un gemido ronco y se vino contra el mostrador, chorros gruesos de semen blanco que cayeron sobre el vidrio y resbalaron. Después el otro, contra su propia mano, con la corrida escurriéndosele entre los dedos. La chica, todavía agarrada a mi mano, cerró los ojos como si el orgasmo me lo hubiera robado a ella, y le vi la entrepierna del jean oscurecida por una mancha que crecía.

Daniela aplaudió una sola vez, despacio.

—Caballeros, dama —dijo—. La función terminó.

***

No sé cuánto tiempo pasé tirada en el piso. Diez minutos, tal vez quince. Cuando abrí los ojos, los tres clientes ya no estaban. Daniela había cerrado la puerta de la tienda con llave y estaba pasando un trapo por el piso de baldosas blancas, limpiando el charco que yo había dejado y las corridas de los dos chicos sobre el mostrador. Me había puesto encima un kimono de seda negra que sacó de algún cajón.

—Te traje agua —me dijo y me alcanzó una botella.

Bebí entera. Me sentía vacía, ligera, mareada. Todavía tenía el vibrador entre las piernas, apagado, resbaloso. Me lo saqué despacio y sentí el coño quedarse abierto un segundo antes de cerrarse.

Me vestí despacio. El vibrador, todavía húmedo de mí, lo guardé en su caja original. Daniela me lo entregó dentro de una bolsa de papel marrón.

—Cortesía de la casa —dijo—. La grabación es solo mía. No la verá nadie. Te lo prometo. Aunque yo sí me la voy a poner esta noche, boca abajo en la cama, con dos dedos adentro.

Le creí. No sé por qué, pero le creí.

Antes de que saliera, me alcanzó una tarjeta. No tenía nombre, solo una dirección en San Borja y una hora: el sábado, a las nueve de la noche.

—Vamos a hacer una reunión privada —me dijo—. Pequeña. De confianza. Vienen ellos también.

—¿Los tres?

—Y otros. Allá sí se puede tocar. Todo lo que quieras.

Me guardé la tarjeta en el bolsillo del vestido sin mirarla dos veces.

—Lo voy a pensar —mentí.

Daniela sonrió. Sabía perfectamente que iba a ir.

Bajé las escaleras de la galería con las piernas todavía temblando, sintiendo el coño hinchado rozándose con cada paso, el flujo escurriéndome dentro del tanga limpio que Daniela me había regalado del mostrador. Salí a la avenida Larco, al sol amarillo de las cinco de la tarde, al ruido de los autos y a la gente cargada de bolsas. Nadie me miró. Nadie sospechaba lo que acababa de hacer en aquel segundo piso.

Saqué la tarjeta del bolsillo y la guardé en la billetera, debajo del DNI.

El sábado, ya les contaré.

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Valora este relato

Comentarios(9)

Flor_BA

Me dejo sin palabras. La tension desde el principio fue increible, no pude soltar el relato

lektor22

Muy bien narrado, se siente real. Por favor cuenta si hubo alguna consecuencia despues de esa tarde...

SoledadR22

Me engancho desde la primera linea y no pude parar. Que buena pluma!

MiriamV09

jajaja la parte de la camara roja me mato de los nervios, tremendo relato!!!

Carla_BsAs

Me recordo a algo parecido que me paso a mi. Esa sensacion de no saber si te estan viendo es rarísima, muy bien contado

LectorOscuro

De los mejores relatos de voyerismo que lei aca, sigue escribiendo!

Toulouse

Increible como manejaste la tension narrativa, se hizo cortisimo. Espero el siguiente

Ymena87

excelente!!!

PilarSur

Que buena escritura, contaste todo muy bien sin exagerar nada. Gracias por compartirlo :)

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