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Relatos Ardientes

Esa noche imaginé que todos me veían venir

Llegué a casa con la cabeza ardiendo.

No fue el sol de septiembre, ni el tráfico que me tuvo encerrada en el autobús cuarenta minutos. Fue lo que había estado leyendo todo el día, a escondidas, con el teléfono inclinado para que nadie viera la pantalla: un hilo de comentarios donde hombres describían, con detalles que no dejaban nada a la imaginación, lo que les había provocado ver a una mujer tocarse frente a una cámara.

No era la primera vez que leía esas cosas. Pero ese día algo fue diferente.

Quizás fue el comentario que decía: «Lo más excitante no es lo que hace. Es saber que ella sabe que la estamos mirando.» O quizás fue que mientras lo leía, sentada en mi escritorio con el ruido de la oficina de fondo, me imaginé siendo yo la que miraba directo a la lente.

Cerré la página. La volví a abrir antes de llegar al metro.

En el metro, de pie entre desconocidos, leí tres comentarios más. Un hombre que describía minuto a minuto lo que había sentido la primera vez que una chica lo miró a los ojos a través de la pantalla. Una mujer que explicaba por qué prefería los videos sin editar, con la cama deshecha y la voz sin modular. Alguien que simplemente había escrito: «No entiendo por qué esto me parece más íntimo que el sexo real.»

Guardé el teléfono en el bolsillo. Me dije que ya era suficiente.

No lo era.

***

Me quité los zapatos en el pasillo y caminé descalza hasta el dormitorio. La luz de las cinco de la tarde entraba larga y cálida por la persiana entreabierta. Me senté en el borde de la cama, con el teléfono todavía en la mano, y me quedé quieta un momento.

Mi cuerpo no estaba quieto.

Había algo pulsando entre mis piernas desde el mediodía, algo que se apretaba cada vez que el pensamiento volvía. No era solo excitación. Era una pregunta que no me hacía en voz alta porque me daba un poco de miedo la respuesta: ¿Y si yo quisiera que me vieran?

Me eché hacia atrás en la cama. El techo era blanco y liso. Me quité la blusa. Me quité el pantalón. Me quedé en ropa interior, mirando hacia arriba, escuchando cómo el barrio seguía con su vida afuera.

Nadie sabía lo que estaba pensando.

Eso también era excitante.

***

Hay una diferencia entre fantasear con que alguien te desea y fantasear con que alguien te ve. La primera la conozco bien, llevo toda la vida habitándola. La segunda se me apareció ese día como algo nuevo, como una puerta que no había notado antes y que de repente estaba entreabierta.

Metí la mano dentro de la ropa interior.

Estaba mojada. No un poco. Estaba empapada, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión antes que mi cabeza.

Me acaricié despacio. Sin prisa. Con la intención de sentirlo todo.

Y empecé a imaginar.

Una habitación. La mía, pero distinta. Con una cámara pequeña apoyada en la mesita de noche, el objetivo mirando hacia la cama. La luz cálida, la que me gusta, la que hace que la piel parezca más suave. Yo, tumbada exactamente como estaba ahora, pero sabiendo que al otro lado de esa lente había ojos.

Muchos ojos.

Me detuve un segundo. Respiré.

¿Me da miedo esto?

No. Me daba exactamente lo contrario.

***

Seguí acariciándome mientras construía la escena con cuidado. Imaginé que me sentaba despacio frente a la cámara, que me desabrochaba el sujetador con los dos dedos, sin apuro, porque sabía que alguien estaba mirando y que el tiempo ya no me pertenecía solo a mí.

Esa idea me hizo gemir bajito.

El tiempo que no me pertenece solo a mí.

Imaginé las manos de un desconocido en su teléfono, con la pantalla iluminándole la cara en la oscuridad de su cuarto. Imaginé que hacía pausa. Que volvía a rebobinar. Imaginé que me buscaba entre todos los videos que existen y que, por alguna razón, elegía el mío.

Me froté con más fuerza.

Pensé en cuántos podrían estar mirando al mismo tiempo. Diez. Cincuenta. Cien. El número no importaba y al mismo tiempo era lo único que importaba, esa idea absurda y hermosa de que en distintos puntos del mundo, personas que no saben nada de mí, que no conocen mi nombre, estarían paradas en el mismo segundo que yo, mirándome.

Me arqué un poco.

En la fantasía, me tomaba el tiempo. Nada de prisas. Apoyaba un pie en el colchón y dejaba que la cámara captara el ángulo, la curva, cada detalle. Me movía con esa conciencia rara de saber que hay alguien mirando pero actuar como si estuvieras sola. Esa paradoja es el núcleo de todo, pensé. Esa tensión entre lo íntimo y lo expuesto.

Seguí imaginando. Me veía tocándome despacio al principio, con esa lentitud calculada de quien sabe que tiene audiencia. Me veía mirando a la cámara. No a los ojos de alguien concreto, sino a esa cosa abstracta y cargada que es una lente encendida. Los estoy mirando mientras me miran. Ese doble juego. Ese poder que no tiene nombre exacto.

Metí un dedo. Después dos.

El sonido húmedo que hice me sorprendió a mí misma. Lo escuché y pensé: eso también se graba. Y me gustó pensarlo. Me gustó que lo que ocurría en ese cuarto, que era mío y privado y sin testigos reales, en la fantasía estaba siendo capturado, guardado, compartido.

Hay algo muy particular en la idea de ser vista en un momento de vulnerabilidad total. No es lo mismo que ser vista desnuda. Es otra cosa. Es dejar que alguien te acompañe en el momento en que eres más honesta, más sin disfraz, más tú misma. Cuando gimes y no finges que no es tan intenso. Cuando pones una cara que no sé ni cómo describir.

Yo ponía esa cara.

***

Pensé en los que escribían en esos foros.

En el que había dicho que para él los mejores videos eran los que empezaban sin artificios, con alguien que simplemente se acostaba en su cama y decidía encender la cámara porque quería, sin más razón que esa. Que no necesitaba música ni escenografía ni nada preparado. Solo la decisión.

En el que decía que guardaba ciertos videos para noches específicas, para cuando necesitaba algo que su vida cotidiana no le daba. En el que describía con detalle no el video original sino la historia que había construido en su cabeza alrededor de él, más larga, más íntima, como un relato dentro de otro relato.

Me pregunté si alguien podría construir algo así alrededor de mí.

Me froté el clítoris con el pulgar y empujé los dedos un poco más adentro.

Sí, podría.

No lo pensé por vanidad. Lo pensé porque en ese momento, si hubiera una cámara encendida, lo que se vería sería real. No actuado. No preparado para nadie. Solo un cuerpo que siente lo que siente y no tiene manera de disimularlo. Eso es lo que me parecía hermoso de la idea. Esa honestidad involuntaria.

Eso es lo que me tiene empapada desde el mediodía.

Aceleré el ritmo.

Me mordí el labio inferior. Me retorcí un poco sobre las sábanas. Los músculos del vientre se me tensaron de una forma que ya reconozco, esa tensión que sube y que si la dejas subir llega a algún lugar que no se puede describir del todo bien con palabras.

La dejé subir.

Pensé: cámara encendida, luz cálida, mis ojos abiertos mirando directo al objetivo.

Y me corrí.

Sola, en silencio. Un temblor que empezó en la cadera y subió hasta que tuve que apretar los dientes para no hacer más sonido del que hice. Me quedé quieta un momento con los dedos adentro, sintiendo las pulsaciones, escuchando cómo mi respiración tardaba en volver a la normalidad.

El techo seguía siendo blanco.

La luz de septiembre seguía entrando por la persiana.

El barrio seguía sin saber nada.

Me quedé mirando el techo unos minutos más, con el cuerpo todavía pesado de una forma agradable. Pensé que si hubiera una cámara grabando ahora mismo, este momento —yo tumbada boca arriba, la piel húmeda, la respiración apenas recuperada— también sería excitante para alguien. Quizás más que el clímax. Esa calma de después, ese estado donde todavía no eres del todo tú misma.

***

Me quedé así un buen rato, con la ropa interior a media pierna y el teléfono boca abajo en la mesita. No quería mirarlo todavía. Quería quedarme en eso, en ese estado flotante de después, donde el cuerpo pesa de una forma agradable y la cabeza está callada por primera vez en el día.

Pero la pregunta volvió.

No como una urgencia. Como una curiosidad tranquila, que es peor, porque las urgencias se pueden ignorar y las curiosidades tranquilas se quedan.

¿Y si lo hago de verdad?

No ahora. No esta noche. Pero la pregunta existe y ya no puedo fingir que no existe.

Hay algo en esa idea que me pertenece por completo. No una obligación ni algo que haría para nadie más que para mí. Una elección. El poder de decidir qué muestro, cuándo lo muestro, a quién. Ese control es mío si lo quiero.

No lo he decidido.

Pero tampoco lo he descartado.

Me giré hacia un costado, cerré los ojos, y antes de quedarme dormida pensé en cómo quedaría la luz si abriera un poco más la persiana.

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Comentarios (5)

Elena_82

que buenisimo!!! me tuvo enganchada hasta el final

Maxi_Lector

Excelente como describes esa mezcla de sensaciones. Muy bien narrado, seguí así.

roxana_nn

segunda parte por favor!!! me quede con ganas de mas

Gonza_TUC

Me recordo a esas noches que uno llega a casa con la cabeza en otro lado jajaja. Sabes como describirlo, muy bueno

VeroL_

el titulo ya me atrapo y el relato no decepciona. Muy bueno!!

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