Nadie sabe lo que hago cuando cae la noche
No hay un momento exacto en que te das cuenta de que tu cuerpo ya no te pertenece del todo. Ocurre despacio, como cuando el olor de la lluvia llega antes de que caigan las primeras gotas. Un día me desperté con las sábanas calientes entre las piernas y supe que algo había cambiado para siempre.
Me llamo Valeria. Tengo veintiún años, vivo en un pueblo pequeño pegado al río Cristal, y hasta hace unos meses era, según todo el mundo, la chica seria. La que estudiaba. La que no llamaba la atención. La que bajaba los ojos cuando alguien le sonreía demasiado en la calle.
Pero eso era de día.
De noche era otra cosa completamente distinta.
No sé cuándo empezó. Quizás cuando encontré ese grupo privado en el que mujeres contaban sus experiencias con una sinceridad que me dejó sin respiración. Quizás cuando me miré desnuda en el espejo del baño y ya no vi a la niña que había sido, sino a alguien capaz de provocar algo en los demás. Lo que sí recuerdo con claridad es la idea. Esa idea absurda, retorcida, enormemente excitante que se instaló en mi cabeza como si siempre hubiera estado esperando ahí.
¿Y si subastara mi virginidad?
No porque lo necesitara. No por dinero. Sino por el morbo puro de imaginar que alguien estaba dispuesto a pagar no solo con billetes, sino con urgencia, con hambre, con la desesperación de quien lleva semanas pensando en algo que no puede tener todavía. Imaginaba hombres sentados frente a pantallas en habitaciones oscuras, con el pulso acelerado, pujando en silencio por algo que nadie más había tocado. Imaginaba sus caras tensas, sus mandíbulas apretadas, el momento en que uno de ellos escribiera una cifra que dejara a los demás sin respuesta.
Y esa imagen me mojaba antes de que terminara de formarla en la mente.
Eso era lo que me tenía fuera de control. No necesitaba que ocurriera de verdad. Me bastaba con pensarlo, con construir la escena mientras yacía en la cama o esperaba el autobús o mientras mi profesora de contabilidad explicaba algo sobre amortizaciones. Mi cuerpo respondía con una velocidad que me asustaba y me fascinaba a la vez: un roce de la tela, una canción lenta por los auriculares, la nuca de un desconocido en la fila del supermercado. Todo se convertía en leña.
Esa noche de martes, con el calor pegado a la piel y el pueblo en silencio absoluto, decidí hacer algo con todo eso.
***
Me paré frente al armario durante diez minutos antes de elegir. No porque no supiera qué quería ponerme, sino porque quería saborear ese momento: la decisión consciente de vestirme para nadie y para mí misma al mismo tiempo. Era una decisión que me pertenecía solo a mí.
Elegí una blusa blanca sin mangas, ligera, casi traslúcida bajo la luz directa. El tipo de prenda que de día parece inocente pero que de noche, cuando pasas bajo una farola, te delata. Debajo, un sujetador de encaje color crema, muy suave, con el tejido tan fino que cuando me lo puse sentí cada punto del encaje como si fueran pequeñas manos rozando la piel. Mis pezones se marcaron antes de que terminara de abrocharme.
La falda era floreada, con vuelo, larga hasta la rodilla pero tan ligera que el aire la movía sin esfuerzo. Y debajo, una braga de hilo rojo que se hundía exactamente donde empezaba a sentir la presión acumularse.
Me miré en el espejo. Parecía una chica que sale a pasear.
Pero si alguien me miraba dos segundos más, veía lo que había debajo de esa apariencia tranquila.
Me recogí el cabello en un moño flojo, me puse unas sandalias planas y salí al pasillo sin hacer ruido. Mi abuela dormía al fondo. Las tablas del suelo eran viejas y conocía de memoria cuáles crujían. Las esquivé una por una y salí a la calle.
***
El pueblo de noche huele diferente. A tierra húmeda, a frituras que ya se han enfriado, a jazmín trepando por las paredes blancas. Hay algo en esa oscuridad quieta que te hace sentir invisible aunque todo el mundo pudiera estar mirando desde detrás de las persianas cerradas.
Caminé despacio, sin prisa. Cada paso era un acto deliberado. Sentía la tela de la falda rozarme los muslos, el aire de la noche colarse por debajo, la braga de hilo moviéndose con cada zancada como si tuviera voluntad propia. Para cuando llegué al camino que baja hacia las orillas del río Cristal, llevaba ya diez minutos andando y estaba completamente encendida sin haber hecho nada todavía.
El camino no tenía farolas pasado el último bloque de casas. Solo la luna, la tierra de color ocre entre los matorrales y el sonido del agua al fondo. Conocía ese sitio desde niña: era donde pescaban los hombres del pueblo los sábados por la mañana, donde las madres llevaban a los niños en verano a refrescarse los pies. De noche no iba nadie.
O eso suponía yo.
Esa incertidumbre, esa pequeña duda de que quizás alguien pudiera cruzarse con mis pasos, me aceleró el pulso de una manera que no esperaba.
Me interné entre los árboles, apartando ramas bajas con la mano, hasta llegar a una zona donde los troncos eran anchos y el suelo estaba cubierto de hierba aplastada. El río sonaba cerca pero no se veía desde ahí. Solo se oía: un murmullo constante y bajo, como la respiración de algo vivo.
Me apoyé contra uno de los árboles y me quedé quieta un momento.
Escuché.
Nada. Solo el agua, los grillos, un pájaro nocturno que llamaba desde lejos. El corazón me golpeaba en las sienes.
***
Me levanté la falda despacio, como si alguien me estuviera viendo. Eso era exactamente lo que necesitaba: actuar como si hubiera un par de ojos entre los árboles, escondidos en la oscuridad, siguiendo cada uno de mis movimientos con la respiración contenida. Me ayudé a creer en esa imagen hasta que la sentí real, hasta que casi pude escuchar el peso de una presencia detrás de un tronco cercano.
Me deslicé la braga hacia un lado.
El aire de la noche llegó donde la tela ya no estaba. Me quedé así, inmóvil, durante unos segundos, solo sintiendo esa temperatura contra la piel más sensible que tenía. Luego cerré los ojos y empecé.
Primero con calma. Explorando, aprendiendo de nuevo lo que ya sabía, como si fuera la primera vez. Hay algo en el exterior, en la oscuridad y el olor a tierra húmeda y el sonido del río, que lo cambia todo. El mismo gesto que en el cuarto cerrado con la almohada sobre la cara se convierte aquí en algo más grande, más abierto, como si el espacio amplificara cada sensación y la devolviera multiplicada.
Mis dedos se movieron más deprisa.
Apoyé la espalda más fuerte contra el árbol y eché la cabeza hacia atrás. La corteza áspera a través de la tela fina. La luna entre las hojas. El calor acumulado en el vientre empezó a volverse insoportable, como una cuerda que se tensa hasta el punto en que ya no es posible tensar más.
—Valeria quiere que la vean —susurré.
Ni siquiera sé por qué lo dije en voz alta. Pero oír mi propio nombre en ese silencio, pronunciado así, me atravesó de una manera que no había anticipado. Imaginé que alguien lo escuchaba. Que había un hombre detrás de un tronco, a cinco metros de mí, que había pasado por ese camino por casualidad y se había quedado paralizado al verme. Que me miraba sin atreverse a respirar, sin saber si acercarse o quedarse donde estaba, con la mano ya en movimiento también, en silencio, sostenido por la misma oscuridad que me sostenía a mí.
Esa imagen me empujó al borde.
La contuve. Seguí. Quería quedarme ahí un poco más, en ese filo preciso donde el cuerpo tiembla y la mente ya no puede pensar en nada más. Pensé en la subasta. Pensé en la primera puja. Pensé en el momento en que alguien decide que algo vale lo que cuesta y lo reclama con la urgencia de quien lleva demasiado tiempo esperando.
Y entonces me solté.
***
El primer orgasmo llegó desde adentro hacia fuera, como una ola que empieza muy al fondo y llega a la superficie con más fuerza de la esperada. Me mordí el dorso de la mano izquierda para no gritar. No porque tuviera miedo de que alguien me oyera. Sino porque quería guardar algo, aunque fuera ese sonido, para mí sola.
Tardé un momento en recuperar el aire.
El cuerpo no quería parar.
Volví a empezar, esta vez diferente: más adentro, más despacio al principio y más fuerte después, con una determinación que no sabía que tenía. Los músculos del muslo me temblaban. La corteza del árbol seguía en mi espalda como un ancla. El río seguía sonando, indiferente y constante.
Cuando llegó el segundo, fue distinto. Más largo. Más húmedo. Hubo un momento en que sentí que el cuerpo entero se vaciaba hacia fuera, que algo que llevaba días acumulado encontraba por fin por dónde escapar. Me mojé la mano entera. Me mojé el muslo. Sentí el calor bajar por la cara interna de la pierna y alcanzar la rodilla.
Me quedé doblada hacia adelante, con las manos en los muslos, jadeando en silencio.
Tardé en enderezarme.
***
Me dejé caer sobre la hierba. La falda quedó extendida a mi alrededor como una flor abierta. La braga seguía a un lado. Los pezones me empujaban contra el encaje del sujetador con una insistencia que ya no era urgencia sino satisfacción plena. Miré hacia arriba.
Las estrellas, entre las copas de los árboles, parecían más cerca que nunca. No había contaminación lumínica en esa parte del río. Solo cielo negro y puntos de luz distribuidos sin orden, como si alguien los hubiera lanzado al azar.
Me reí. Sin querer, sin poder evitarlo. Una risa corta, de alivio y de algo que no sabía cómo nombrar. ¿Orgullo? ¿Asombro de mí misma? Quizás simplemente la certeza de que había algo en mí que no sabía cómo usar todavía, pero que existía y era real y era mío, completamente mío.
—Nadie sabe lo que hago cuando cae la noche —le dije a los árboles.
Nadie respondió. Y eso era exactamente lo que quería.
Estuve tendida ahí un buen rato, con los ojos abiertos, dejando que el cuerpo recuperara su temperatura normal. A lo lejos se oía, muy tenue, el ladrido de un perro. El viento movió las ramas sobre mi cabeza y por un momento la luna me dio de lleno en la cara. Cerré los ojos y la sentí calentar.
Así que esto es lo que soy también, pensé. Esto también forma parte de mí.
***
Volví a casa con la ropa en su sitio y el cabello un poco suelto. Las tablas del pasillo crujieron exactamente donde siempre. Me lavé las manos en el baño sin encender la luz grande. Me miré en el espejo con la única luz que entraba desde la calle, esa franja anaranjada de la farola que cruzaba oblicua por la ventana entreabierta.
Reconocí a la chica que me devolvía la mirada.
Era la misma de siempre. El mismo pelo oscuro, los mismos ojos que bajaba cuando alguien la miraba demasiado, las mismas manos que saludaban educadas a los vecinos. Pero ya no era solo eso. Era también la que había caminado sola hasta el río a medianoche, la que había susurrado su propio nombre en la oscuridad, la que había imaginado una subasta y se había corrido dos veces pensando en ella.
Esa segunda persona no estaba escondida. Solo esperaba la noche para salir.
Me fui a la cama con los dedos todavía calientes. Soñé con hombres en filas, detrás de pantallas que brillaban en habitaciones oscuras, con los dedos suspendidos sobre teclados, esperando el momento de pujar. Los veía desde arriba, como si yo fuera lo que todos miraban y nadie podía tocar todavía. Serena. Entera. Completamente dueña de lo que aún no había entregado.
Por la mañana me levanté temprana, me vestí con ropa normal y fui a comprar el pan para mi abuela.
Nadie vio nada diferente en mí.
Pero yo sí lo sentía: algo que había despertado entre los árboles junto al río y que ya no tenía ninguna intención de dormirse.