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Relatos Ardientes

Lo que nadie imaginaría de la chica callada

Siempre me han dicho que soy la más tranquila. La seria. La que llega puntual, saluda con educación y se va sin armar ruido.

Me llamo Valeria.

Tengo veintisiete años.

Soy morena, de pechos pequeños, piernas delgadas y pelo rizado que casi siempre llevo recogido. Trabajo en una oficina donde todo el mundo me conoce como «la que nunca arma drama». La que no llega tarde. La que no levanta la voz en las reuniones. La que trae el almuerzo en un recipiente de vidrio y come sola frente a su pantalla.

La gente cree que me acuesto a las diez con un libro de autoayuda y que me levanto a las seis descansada y sin remordimientos.

Lo primero no es del todo mentira. Pero el libro no es de autoayuda.

Y lo que hago antes de dormirme no se lo contaría a nadie.

***

Esa noche hacía calor. El ventilador del rincón giraba sin convencer, moviendo el aire tibio de un lado al otro sin refrescar nada. Me había dado una ducha, me había puesto el camisón de siempre —algodón fino, sencillo, completamente inofensivo— y me había acostado con la intención de dormir.

Pero el sueño no llegaba.

Me quedé mirando el techo un rato. Conté las hendiduras del yeso. Escuché los ruidos de la calle. Nada.

Miré el cajón de la mesa de noche.

Lo abrí.

El libro estaba ahí, donde siempre. Debajo del cargador viejo del teléfono y el blistero de aspirinas, como si estuviera escondido aunque yo viviera sola y no hubiera nadie que pudiera encontrarlo. Tenía el lomo rajado de tanto usarlo y varias páginas con las esquinas dobladas. No era el tipo de libro que uno deja en la mesada de la cocina ni del que habla en el grupo de trabajo.

Empecé desde la página cuarenta y siete.

En cinco minutos mi respiración se había vuelto lenta. En diez, se había acelerado de nuevo, pero por razones completamente distintas.

La historia era sobre una mujer que trabajaba en una biblioteca y tenía un cliente habitual que siempre llegaba a la hora de cierre. Todas las semanas el mismo hombre. Todas las semanas el mismo ritual: él elegía un libro, ella lo sellaba, él se iba. Hasta que una noche, en lugar de marcharse, cerró la puerta con llave, apagó las luces del fondo y caminó hacia el mostrador, la sacó de detrás del mesón de un tirón, le arrancó las bragas por debajo de la falda y le metió la polla hasta el fondo contra los estantes de literatura clásica. La página cuarenta y siete la describía chupándosela de rodillas entre los libros caídos, con la mandíbula abierta y la saliva escurriéndole por el mentón, mientras él le tiraba del pelo y le decía guarradas que ella llevaba meses queriendo escuchar.

Yo me sabía esa historia de memoria. Podía recitar párrafos enteros. Pero mi cuerpo no parecía recordarlo. Respondía como si fuera la primera vez.

Cerré el libro sobre mi pecho y me quedé quieta un momento.

Pensé en Matías.

***

Matías es mi compañero de trabajo. Se sienta tres escritorios más allá, siempre llega tarde con un café en la mano y tiene la costumbre de tamborilear con el bolígrafo en el borde del escritorio cuando está concentrado. A todo el mundo le molesta ese ruido. A mí no.

Una vez se inclinó sobre mi hombro para señalar algo en mi pantalla. Sentí el calor de su brazo rozar el mío durante apenas tres segundos y tardé quince minutos en volver a escribir con normalidad. Después fingí buscar algo en el cajón para que no pudiera verme la cara ni el rubor que me había bajado directamente entre las piernas.

Otra vez nos quedamos los dos solos en la cocina a las siete de la tarde. Él calentaba algo en el microondas, yo esperaba que hirviera el agua. No dijimos nada importante. Comentó que el café de la máquina era terrible, yo dije que sí, nos reímos. Cuando volvimos a nuestros escritorios yo estuve pensando en eso durante el resto de la semana. Concretamente, en cómo se le marcaba el bulto contra el pantalón de vestir cuando se estiró para alcanzar el tarro del azúcar, y en si ese bulto sería tan grueso como parecía.

Y después estuvo la conversación de hace tres meses, cuando estábamos hablando de una película —ya ni recuerdo cuál— y Matías se rio de algo que yo dije. Una risa de verdad, sorprendida, inesperada. Y me miró con una expresión que no le había visto antes.

—Eres más graciosa de lo que pareces —dijo.

No era un cumplido sofisticado. Pero algo en la honestidad de esas palabras se me quedó grabado de una manera que los cumplidos más elaborados nunca consiguen. La idea de que me había estado observando. La idea de que había formado una opinión y acababa de revisarla.

Miré mi café. Cambié el tema.

Pero lo pensé durante semanas. Y cada vez que lo pensaba, me imaginaba su boca. Su boca diciendo cosas mucho menos educadas que esa. Su boca contra mi coño.

Lo estaba pensando ahora.

***

Dejé el libro abierto sobre las sábanas y pasé una mano lentamente por mi pecho. Incluso a través del algodón podía sentir que mis pezones se habían endurecido hasta doler. Los pellizqué a través de la tela, primero uno, después el otro, y solté el aire que no me había dado cuenta de que estaba reteniendo.

Deslicé los tirantes del camisón por los hombros. La tela cayó hasta mi cintura y el aire del ventilador me recorrió la piel desnuda, endureciéndome todavía más los pezones. Me los agarré con los dedos, los estiré, los retorcí con una dureza que nadie que me conociera de la oficina creería que soy capaz de aplicarme a mí misma. Un pinchazo caliente me bajó directo al coño con cada tirón.

Me lamí los dos dedos índice y me los volví a poner encima, mojados, resbaladizos. Los pezones se me pusieron todavía más duros contra la humedad de mi propia saliva. Los pellizqué otra vez, más fuerte, hasta que se me escapó un jadeo entre dientes.

Cerré los ojos.

En la fantasía, Matías me miraba de verdad. No el vistazo distraído de quien saluda en el pasillo. Me miraba como había mirado la mujer del libro al hombre que cerró la puerta con llave. Con toda la atención del mundo puesta en mí.

—Siempre lo supe —le escucho decir, con esa voz suya que es más grave de lo que uno esperaría—. Siempre supe que eras una guarra debajo de toda esa ropa aburrida. Que te morías por que alguien te follara como Dios manda.

No a la Valeria del escritorio ordenado y el almuerzo en recipiente de vidrio.

A mí. A la que existe solamente cuando la puerta está cerrada. A la que quiere que la agarren del pelo y la pongan de rodillas.

Deslicé una mano hacia abajo, por mi estómago, y me detuve en la cinturilla de la ropa interior. La tela ya estaba húmeda. Se me pegaba al coño con una humedad tibia y evidente que no me molesté en disimular ni conmigo misma. Mis dedos siguieron el borde de la tela un momento, sin cruzarla todavía. Dejando que la tensión se acumulara. Sé cómo hacerlo. He aprendido, en años de noches como esta, que la prisa arruina las cosas.

Pensé en cómo me había rozado el brazo esa tarde en la pantalla. En cómo había olido su café mientras se inclinaba. En el sonido exacto de su risa cuando lo tomé desprevenido.

—Eres más graciosa de lo que pareces.

Y tú no tienes idea de lo mojada que me pones, Matías.

Sonreí en la oscuridad.

***

Presioné los dedos contra mí a través de la tela y la sensación fue inmediata, directa, sin filtro. Ya estaba empapada. Podía sentir cómo la tela cedía, cómo se hundía entre los labios de mi coño con cada presión.

—Ah —respiré.

Un solo sonido. Contenido, casi avergonzado, aunque no hubiera nadie que pudiera escucharme. Esa contención tiene algo que me gusta. La idea de que incluso sola, incluso en la oscuridad total de mi cuarto, hay algo en mí que todavía se guarda.

Pero solo por un momento.

Mis dedos se movieron en círculos lentos sobre el clítoris a través de la tela. Mis caderas respondieron antes de que yo lo decidiera, elevándose apenas de las sábanas para ajustarse a la presión, buscándola, empujando contra mi mano como si mi mano fuera otra persona.

En la fantasía, Matías decía mi nombre. No como cuando me llama para algo del trabajo, no como «Valeria, ¿tenés un minuto?». Solo mi nombre. Dicho con una intención que no tengo que explicarme porque la reconozco perfectamente.

Valeria. Abrí las piernas.

Me repetí esa imagen en la cabeza y separé los muslos, dejando que el aire del ventilador me llegara directamente entre las piernas por encima de la tela empapada. Un escalofrío me subió por la espalda.

La tensión se construía despacio, como siempre la construyo cuando estoy así. Conozco cada tramo del camino. Sé cuándo acelerar y cuándo sostener. He tenido mucho tiempo para aprenderlo, muchas noches con el mismo ventilador y el mismo libro de lomo rajado y los mismos pensamientos que no le cuento a nadie.

Deslicé la mano por debajo de la tela.

El primer contacto directo con mi coño mojado me hizo arquear la espalda sin que yo lo decidiera. Los dedos se me resbalaron en mi propia humedad, empapados al instante. Me mordí el labio inferior con fuerza. Las sábanas crujieron.

Empecé por el clítoris. Círculos lentos, apretados, con el dedo del medio bien mojado en mis propios jugos. Cada vuelta me hacía contraer el estómago. Después bajé dos dedos y los hundí de golpe dentro de mí. Estaba tan mojada que entraron enteros sin ninguna resistencia, hasta los nudillos, y solté un gemido ronco que no me molesté en tragarme.

—Joder —susurré—. Joder, joder.

Empecé a bombear los dedos dentro de mí con un ritmo firme, curvándolos hacia adelante para tocar ese punto que sé exactamente dónde está. El pulgar me subió al clítoris y lo aplasté contra el hueso mientras seguía metiéndome los dedos. Los sonidos que hacía mi coño eran obscenos, húmedos, chapoteantes. Mis caderas se movían solas contra mi mano, empujando hacia arriba para meterme los dedos más adentro.

Me imaginé sus manos en lugar de las mías. Su polla en lugar de mis dedos.

En la realidad sus manos solo las he visto sobre un teclado o sujetando un café. En la fantasía son lentas al principio, deliberadas, dos dedos gruesos abriéndome despacio, sintiendo cómo me chorreo alrededor de ellos. Y después ya no son lentas. Me da la vuelta boca abajo, me levanta las caderas y me la mete de una embestida, hasta el fondo, y yo grito contra la almohada mientras él me agarra del pelo recogido y me lo tira hacia atrás.

—Sí —susurré—. Así, así, más fuerte.

Eres una zorra, Valeria. Toda callada en la oficina y mírate ahora, empapada, con la polla de un compañero metida hasta el útero.

—Sí. Sí. Sí.

Saqué los dedos, empapados y brillantes en la penumbra, y me los llevé a la boca. Me los chupé enteros, saboreándome, sintiendo mi propia salinidad en la lengua. Los devolví abajo húmedos de saliva y me los volví a meter, tres dedos esta vez, estirándome más, sintiendo el ardor del ajuste extra.

Mi respiración era entrecortada ya. El ventilador seguía girando, ajeno a todo. Afuera la ciudad hacía sus ruidos nocturnos de siempre. Yo me follaba con la mano cada vez más rápido, empujando los dedos hasta la base, el pulgar dando vueltas violentas en el clítoris hinchado.

La fantasía se aceleró con mi mano. Matías me follaba por detrás, una mano en mi pelo, la otra en mi cadera, la polla entrando y saliendo con un ritmo brutal. Después me daba la vuelta, me abría las piernas, se agachaba y me devoraba el coño con la boca abierta, la lengua plana contra el clítoris, dos dedos hundidos, sin parar hasta que yo le rogara. Después me subía encima de él, me clavaba entera en su verga y me hacía cabalgarlo hasta que se me temblaran los muslos.

La fantasía ya no tenía ubicación precisa. No era la oficina ni ningún lugar que pudiera describir. Era solo la sensación de una polla imaginaria abriéndome, y una voz que me decía guarradas al oído, y yo respondiendo sin ninguna de las capas que me pongo cada mañana antes de salir.

Sin la tranquila. Sin la seria. Sin el recipiente de vidrio.

Sin nada de eso. Solo una mujer empapada follándose los dedos en la oscuridad y susurrando «córrete adentro» a un hombre que no estaba.

El orgasmo se construyó desde la base de la columna. Lo reconocí. Lo dejé llegar.

Cuando llegó, llegó en dos oleadas que me hicieron doblarme hacia adelante y presionar la mano libre contra mi boca. Los sonidos se escaparon de todas formas —gemidos altos, agudos, indecentes— y sentí cómo mi coño se cerraba una vez, dos, tres veces alrededor de mis dedos, apretándolos con una fuerza que casi me sorprendió. Un chorro caliente me bajó por la muñeca. Todo mi cuerpo se contrajo, se convulsionó, y después se fue soltando despacio, como algo que llevaba tiempo tenso y finalmente cede.

Saqué los dedos con cuidado y los apoyé sobre mi estómago, todavía temblando. Me quedé quieta un largo rato, sintiendo cómo el coño me seguía latiendo, cómo los muslos se me contraían solos en pequeñas réplicas del orgasmo.

La respiración, pesada. El techo, el mismo de siempre. El ventilador, girando.

El libro estaba abierto en las sábanas junto a mí, boca abajo, el lomo rajado en la página cuarenta y siete.

***

Me acomodé de lado, sintiendo la humedad tibia entre las piernas mancharme un poco la sábana, y miré el ventilador girar un rato.

Mañana tomaré el subte de las siete y cuarto. Llegaré tres minutos antes de las nueve. Prepararé mi té en la cocina y diré buenos días a la gente que me cruce en el pasillo.

Matías llegará a las nueve y cinco con su café. Se sentará tres escritorios más allá. Tamborilleará el bolígrafo. Trabajaremos en silencio tranquilo toda la mañana.

Y él no tendrá ni idea de que anoche me corrí gritando su nombre con tres dedos hasta el fondo.

Ninguno de ellos tendrá idea.

Sonreí en la oscuridad. Una sonrisa lenta, privada, que la Valeria de la oficina no usa nunca.

Cerré el libro con cuidado y lo guardé de vuelta debajo de las aspirinas.

Apagué la luz.

La tranquila, pensé mientras el sueño llegaba por fin. La seria. La guarra que nadie imagina.

Y me quedé dormida con esa sonrisa todavía en los labios y el olor de mi coño todavía en los dedos.

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Comentarios(9)

LauraQ

Que relato mas rico!!! me enganche desde el primer parrafo

lector_ansioso

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de saber mas 😭

PabloBSAS

Excelente. Me recordo a una situacion parecida que viví hace tiempo, esas cosas que uno no imagina terminan siendo las mas intensas jaja

FantaLector22

jajaja el título lo dice todo sin decir nada, genial

CarmenBaires

Con las chicas calladas siempre hay sorpresas jeje. Muy buen relato, seguí así!!

NicoRosario

increible como lo narraste, parece que uno estuviera ahi

MiraCba

Una pregunta, vas a hacer una continuación? porque quedó justo en lo mejor

ElChino78

Se nota que sabes escribir. Espero que publiques mas seguido, hace falta contenido de calidad

Romina_MdP

Me gusto mucho la forma en que lo contaste, con suspenso pero sin exagerar. Muy bueno

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