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Relatos Ardientes

La noche que mi mujer cumplió su fantasía prohibida

Natalia es una mujer que sabe lo que quiere. Siempre lo fue. Desde los primeros meses de matrimonio me dejó claro que en la cama no había lugar para los rodeos: le gustan los juguetes, la lencería de encaje, ponerse medias en miércoles sin razón especial. Le gusta que le haga el sexo oral como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, que la bese con calma y que después no tenga tanta calma. Viajo por trabajo con frecuencia, semanas enteras fuera de casa, y ella se ocupa de sí misma sin complejos.

Llevábamos diez años casados cuando ocurrió.

***

Volví de un viaje de nueve días y la encontré diferente. No diferente de manera preocupante, sino diferente de la manera en que una persona está cuando lleva demasiado tiempo conteniendo algo. Ansiosa. Inquieta. Me dijo que había ovulado en mi ausencia, que sus juguetes habían quedado cortos, que necesitaba salir de casa. Sin los niños, sin teléfono, sin pendientes.

—Un motel —me dijo—. Esta noche.

No me hice de rogar. Dejamos a los chicos avisados, paré en una tienda de camino, compré cervezas y una botella de tequila reposado que ella sabe que le afloja los hombros de la mejor manera. Llegamos al motel cerca de las diez.

Me metí a duchar mientras ella encendía la televisión. Cuando salí, envuelto en la toalla, estaba sentada en el borde de la cama con los ojos fijos en la pantalla. Uno de esos canales que ponen en los moteles: una mujer de caderas anchas, piel clara, y un hombre negro enorme que la tenía doblada sobre la cama. Los gemidos llenaban la habitación.

Natalia tenía el vestido subido por encima de las rodillas y la mano apoyada entre los muslos. No se dio cuenta de que ya había salido del baño hasta que me senté junto a ella y le pasé una cerveza.

—¿Te está gustando? —le pregunté.

Me miró de reojo. Había algo en esa mirada, una mezcla de excitación y vergüenza, que me dijo que estábamos entrando en terreno nuevo.

—Sí —dijo en voz baja.

—¿Qué es lo que más te gusta?

Tardó en responder. No apartó los ojos de la pantalla.

—Cómo la tiene de grande. Cómo ella lo recibe todo.

Empecé a acariciarla. Estaba húmeda, mucho más de lo que esperaba. Le quité el brasier, le pasé la lengua por los pezones, y en ningún momento ella desvió la mirada de la pantalla. Eso me excitó más de lo que me hubiera imaginado.

—¿Querrías ser tú? —le pregunté al oído—. ¿Querrías tener eso dentro?

Se giró a mirarme. Dudó.

—Sí —dijo.

La monté encima de mí, de espaldas, mirando el televisor, y así estuvimos un buen rato: ella moviéndose sobre mí, los ojos fijos en la pantalla, respondiendo más a lo que veía que a mis propios movimientos. Cuando estaba a punto de terminar, la bajé, la puse a cuatro y terminé así, con el sonido del televisor de fondo.

Después, mientras ella seguía mirando la película con una calma que no era somnolencia sino otra cosa, le pregunté:

—¿Qué harías si ese hombre estuviera aquí?

—¿De verdad quieres saberlo?

—De verdad.

—Se la mamaría desde el principio hasta el final —dijo sin apartar los ojos de la pantalla—. Y después me lo metería hasta que no pudiera más. Hasta que me llenara.

No sé exactamente qué sentí en ese momento. Excitación, sí. También algo parecido a los celos, pero de una clase extraña que en lugar de cerrarme el estómago me lo abría. La idea de verla así, completamente entregada a algo que yo no podía darle, me encendió de una manera que no esperaba de mí mismo.

***

Los días siguientes, Natalia no mencionó nada. Actuaba con normalidad, incluso con cierta distancia, como si le diera vergüenza haber dicho en voz alta lo que dijo. Esperé hasta que estuvimos solos en casa, una tarde de entre semana, para sacar el tema.

—Aquella noche en el motel —empecé—. Lo que me dijiste.

Ella no respondió.

—¿Era en serio?

Tardó. Luego levantó los ojos.

—Sí. Pero sé que tú jamás lo aceptarías.

Me levanté, me acerqué y la besé. Largo, con calma. Cuando me separé, le dije que sí lo aceptaría. Que más que eso: que lo organizaría yo mismo. Que si lo íbamos a hacer, lo haríamos bien, con alguien de confianza, lejos de nuestra ciudad, con sus condiciones y las mías.

Ella me miró como si esperara que me echara atrás. No lo hice.

—¿Sí? —preguntó.

—Sí.

***

Tardé dos semanas en encontrar a la persona adecuada. Busqué con cuidado, leí referencias, hice preguntas. Al final di con alguien que respondía a lo que Natalia había descrito aquella noche: un hombre llamado Darius, residente en Dallas, discreto, con experiencia en este tipo de encuentros. Hablé con él por teléfono, le expliqué la situación, acordamos condiciones. Nos mandó fotos. Natalia las miró en silencio durante casi un minuto.

—Está bien —fue todo lo que dijo.

Fijamos la fecha para un fin de semana, casi un mes después. Reservé un hotel decente en Dallas, a cuatro horas de casa en coche. Dos noches: viernes y sábado.

El viernes por la noche no le permití que se tocara. Le pedí que me hiciera sexo oral y que después se quedara con las ganas. Ella protestó con media sonrisa pero obedeció. Cenamos fuera, paseamos por el centro, volvimos al hotel. Durmió inquieta, cambiando de posición varias veces. Yo también.

El sábado fue un día de espera sostenida. Fue al spa del hotel por la mañana. Después me arrastró a un centro comercial: un vestido en una tienda, lencería en otra. Elegimos juntos el conjunto: encaje negro, copa abierta, medias hasta el muslo. Ella se lo probó y salió del probador con una sonrisa diferente a la de siempre. Ya no era nerviosismo. Era anticipación.

Alrededor de las ocho de la tarde le serví una copa de coñac con hielo.

—¿Estás segura? —le pregunté.

—No me hagas esa pregunta —dijo—. Si me la haces, me voy a poner nerviosa de verdad. Estoy segura desde aquella noche en el motel. Llevo semanas pensando en esto.

***

A las nueve menos diez, Darius me escribió desde el lobby.

Bajé solo. Lo encontré en la entrada del bar: metro ochenta y algo, traje oscuro, manos grandes. Nos pedimos un trago y hablamos veinte minutos. Le recordé las condiciones: preservativo en todo momento, sexo anal solo si ella lo pedía, yo permanecía en la habitación durante todo el encuentro. Él asintió sin impaciencia. Era alguien que hacía esto con seriedad.

Cuando recibí el mensaje de Natalia, subimos juntos al ascensor.

—¿Es tu primera vez con esto? —me preguntó.

—Sí.

—Va a salir bien —dijo.

Llamé a la puerta antes de abrir con la tarjeta. Natalia estaba de pie en el centro de la habitación: el vestido negro abotonado hasta el escote, los tacones puestos, el pelo suelto. Estaba más guapa de lo que la había visto en meses. Y visiblemente nerviosa, aunque intentaba disimularlo.

Las presentaciones fueron breves. Serví tres copas. Conversamos de nada durante diez minutos, suficiente para que el nerviosismo bajara de temperatura. Luego Darius dejó su copa en la mesita.

—Creo que ya es hora —dijo.

Me acerqué a Natalia y la tomé de la mano. La puse frente a él. Darius la recorrió despacio con los ojos.

—Dale una vuelta —me dijo.

La hice girar. Él le puso las manos en las caderas un momento, luego me miró.

—Desvístela.

La desabotoné despacio. Cuando el vestido cayó, quedó a la vista el conjunto de encaje, las medias, los tacones. Darius se levantó y se acercó. Empezó a tocarla con calma, sin prisa: le recorrió las caderas, le levantó ligeramente la barbilla con un dedo.

—Abre las piernas —dijo.

Ella obedeció. Él deslizó los dedos entre sus muslos y la miró a los ojos.

—Lleva tiempo esperando esto —murmuró, casi para sí mismo.

***

Lo que siguió lo vi todo desde el sillón del rincón. Me quedé ahí, sin moverme, sin intervenir.

Darius la arrodilló frente a él, y Natalia, sin necesitar más instrucciones, le desabrochó el cinturón. Giró la cabeza hacia mí un momento con una sonrisa que no era de sorpresa sino de confirmación: era exactamente lo que había imaginado. Se lo metió en la boca con cuidado primero, después con más confianza, mientras él le ponía la palma abierta en la cabeza sin empujar.

Después la llevó a la cama. La puso a cuatro patas y empezó a comerla con una lentitud que la hizo temblar. En menos de cinco minutos la escuché correrse contra su boca, aferrada a las sábanas con las dos manos.

—¿Estás lista? —preguntó Darius.

—Sí. Pero despacio.

Fue despacio. Natalia tenía los ojos en blanco cuando él terminó de entrar. Luego empezó a moverse, y ella emitió un sonido que no le había escuchado antes: algo más visceral que cualquier cosa de los diez años anteriores. Se me apretó el pecho y el estómago al mismo tiempo, y me quedé ahí, sin saber exactamente qué hacer con lo que sentía.

Cambiaron de posición varias veces. Ella encima, él encima, ella de lado. En cada una, Natalia giraba la cabeza hacia mí de vez en cuando con una expresión difícil de descifrar: el instinto de asegurarse de que yo seguía ahí, el placer de saber que la veía, las dos cosas mezcladas.

Cuando Darius llegó al límite, la tomó de las caderas y terminó con un sonido grave. Natalia temblaba.

Hubo un silencio largo.

Darius fue al baño. Natalia quedó tendida, respirando despacio. Me levanté del sillón y me senté a su lado. Le pasé la mano por el pelo.

—¿Bien? —le pregunté.

—Muy bien —dijo.

Cuando Darius volvió, Natalia se incorporó en la cama y lo llamó. Él se acercó. Ella terminó lo que había empezado antes, ya sin el preservativo, con una dedicación tranquila que me costó trabajo ver sin moverme del sitio. Luego él le dijo algo al oído que hizo que ella sonriera, se vistió, nos estrechó la mano a los dos y se fue.

***

La habitación quedó en silencio.

Le serví otra copa. Ella se la bebió despacio, envuelta en la sábana, con esa calma que viene después de algo intenso. Cuando dejó la copa, se tumbó de espaldas y me extendió la mano. Me subí encima de ella. No aguanté casi nada.

El domingo volvimos a casa. Paramos en una gasolinera a mitad de camino y comimos algo sentados en una mesa de plástico, casi sin hablar. No porque hubiera tensión, sino porque no había nada urgente que decir. Todo había ocurrido exactamente como lo habíamos acordado.

Unas noches después, en la cama, mientras hacíamos el amor, Natalia me dijo al oído que quería repetirlo. Que la próxima vez sin condón.

No le respondí nada. No hizo falta.

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Comentarios (1)

fan_relatos22

tremendo relato!!! me enganche desde el primer parrafo

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