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Relatos Ardientes

Salí a pedalear sola y lo que pasó me dejó temblando

Me llamo Mariana y tengo veintiocho años. Sé que eso no es lo más importante de esta historia, pero me parece justo presentarme antes de contarles algo que nunca le he dicho a nadie en voz alta. No es que me avergüence. Es más bien lo contrario: es una de esas cosas que guardo para mí porque me parece demasiado buena para compartirla sin cuidado.

Vivo en una ciudad pequeña del interior, de esas donde todos se conocen y donde los miércoles por la tarde el mercado huele a pan recién hecho y a fruta madura. Trabajo desde casa —diseño gráfico— y eso significa que paso demasiadas horas frente a una pantalla sin moverme lo suficiente. Por eso compré la bicicleta. O eso me dije a mí misma.

La verdad es que siempre me ha gustado la sensación de pedalear sin ropa interior. Es una manía que tengo desde los veintitrés años, desde una tarde de verano en que salí con prisa y me olvidé el calzón sobre la cama. Ese día descubrí que el mundo era distinto cuando pedaleabas libre. El aire en los lugares correctos. El rozamiento suave del asiento contra la piel. La sensación de que tu cuerpo existe más de lo que normalmente te dejas recordar.

Esa tarde de la que quiero hablarles era un martes. Mediados de octubre. El sol bajaba temprano ya y el aire tenía ese mordisco fresco que anuncia que el verano terminó de verdad. Me puse un vestido corto —azul marino, botones en el frente, lo bastante holgado para que el viento lo moviera— y salí sin calzón, como siempre, sin pensarlo demasiado.

Tomé el camino que bordea el río hasta el cerro. Es un sendero de tierra compactada, sin asfaltar, que sube suave durante los primeros tres kilómetros y luego se aplana entre encinas y arbustos bajos. No hay casas por esa zona. En temporada alta pasan ciclistas de vez en cuando, pero en octubre suelo tenerlo para mí sola.

Pedaleaba despacio, sin apurarme. Me gustaba ese ritmo cadencioso, el crujido de la gravilla bajo las ruedas, el olor a tierra húmeda que subía desde las orillas del río. El sol me daba de costado, todavía tibio. Me sentía bien.

Y entonces empezó.

No fue de golpe. Fue algo que fue creciendo tan despacio que casi no lo noté hasta que ya era demasiado grande para ignorarlo. El movimiento del asiento al pedalear, el roce constante, la vibración leve del camino transmitiéndose a través de la bicicleta... Mi cuerpo empezó a responder antes de que mi cabeza se diera cuenta de lo que estaba pasando.

Primero fue un calor leve entre las piernas. Luego, cuando subí un pequeño repecho y apoyé más peso sobre el sillín, el roce se intensificó y sentí que me mojaba. No mucho. Apenas. Pero lo suficiente para que fuera imposible seguir ignorándolo.

Esto es una bicicleta, Mariana. Estás pedaleando.

Me lo dije a mí misma con esa voz interior que suena seria pero que en realidad ya está a medias perdida. Porque el problema era que el movimiento continuaba. Y cuanto más pedaleaba, más se acentuaba el contacto. Empecé a moverme de manera diferente, sin decidirlo del todo, inclinando levemente la pelvis hacia adelante para buscar más fricción.

Me humedecí más. Apreté los muslos alrededor del cuadro. El viento levantó el dobladillo del vestido y sentí el aire frío exactamente donde el calor era más intenso, y esa diferencia de temperatura fue como una descarga pequeña que me cortó la respiración.

Para. Para ahora mismo.

No paré.

Continué pedaleando, ahora con una intención que antes no tenía. El camino se aplana al llegar a una zona de encinas donde los árboles forman una especie de corredor sombreado. Ahí me detuve a recuperar el aliento. O eso me dije. En realidad me detuve porque tenía las piernas temblando y el corazón latiendo más rápido de lo que justificaba el esfuerzo físico.

Bajé de la bicicleta. La apoyé contra un tronco. Miré el camino en ambas direcciones: vacío. Solo el sonido del viento entre las hojas y, lejos, el murmullo constante del río.

Me quedé de pie un momento, con las manos en las caderas, dejando que la respiración se normalizara. Pero era inútil. Cada vez que me movía, sentía la humedad entre los muslos. Cada vez que el viento soplaba, el vestido se pegaba a la parte alta de las piernas y la tela fresca era otro roce, otra fricción, otro recordatorio de lo que mi cuerpo llevaba veinte minutos pidiéndome.

Me alejé del camino unos metros. Detrás de un grupo de arbustos grandes había una pequeña hondonada, cubierta de hierba seca y hojas caídas. Un lugar donde nadie podía verme desde el sendero. Me arrodillé en la hierba, con las piernas separadas, y el vestido se abrió por encima de los muslos.

Apoyé una mano en el suelo para equilibrarme y con la otra me toqué.

El primer contacto fue tan intenso que solté el aire de golpe, como si llevara un rato sin respirar bien. Estaba completamente mojada, mucho más de lo que creía. Me pasé las yemas de los dedos muy despacio, sin prisa, solo explorando la extensión del daño —o del placer, dependiendo de cómo se mire—. Me froté el clítoris con suavidad y la sensación me recorrió entera, de la pelvis a los hombros.

Cerré los ojos.

La hierba olía a humedad y a resina de encina. El viento seguía soplando entre los árboles, pero ahí abajo, en la hondonada, estaba protegida del todo. El silencio era casi completo. Nadie me buscaba, nadie me esperaba en ningún sitio. Era solo yo, mis dedos y ese calor que llevaba kilómetros acumulándose sin permiso.

Aumenté la presión. Me moví más rápido, con el ritmo que mi cuerpo conocía mejor que yo misma, ese ritmo que encuentro sin pensarlo cuando estoy lo bastante perdida en el momento. Me metí dos dedos y sentí que me cerraba alrededor de ellos, que mi cuerpo los recibía con una facilidad que me hizo sonrojarme aunque estuviera completamente sola.

Gemí. Un sonido bajo, involuntario, que las encinas absorbieron sin testigos.

Empujé más adentro. Me froté más fuerte. Alternaba entre los dos movimientos, buscando el ángulo exacto, ajustándolo en tiempo real hasta encontrar el punto donde cada gesto producía la respuesta más intensa. Sentía cómo se acumulaba la tensión en la base de la pelvis, ese nudo que sabes que va a romperse y que se resiste un instante justo antes de ceder.

Ya. Ya va. No pares.

Me arqueé hacia atrás, la mano libre buscó apoyo en la hierba, las rodillas se enterraron un poco más en el suelo blando. Respiraba por la boca, en jadeos cortos e irregulares. La luz del sol llegaba filtrada entre las ramas y me daba de lleno en los muslos, en la parte interna de los brazos, en la garganta abierta.

Llegué al orgasmo con una sacudida que empezó profunda y se extendió hacia afuera en oleadas. No grité. Apreté los dientes, la mandíbula tensa, y el sonido que salió fue algo entre un gemido y un suspiro largo. Me quedé paralizada durante dos o tres segundos, con los dedos todavía dentro, sintiendo cómo las contracciones se sucedían y se iban espaciando poco a poco hasta apagarse.

Luego me desplomé hacia un lado, en la hierba, mirando el cielo entre las ramas.

***

Estuve así varios minutos. No sé cuántos. El tiempo hace cosas raras después de un orgasmo: se estira o se encoge, nunca fluye de manera normal. El corazón fue calmándose. La respiración también. La hierba estaba fresca contra mi mejilla y el olor a tierra seguía siendo el mismo que al principio, pero ahora lo percibía distinto, más nítido, como si cada sentido se hubiera afinado un poco.

Me senté despacio. Me acomodé el vestido, que había quedado completamente arrugado y enrollado. Me miré la mano: húmeda, obviamente. La limpié en la hierba sin pensarlo dos veces.

Desde la hondonada no se veía el camino, pero podía oírlo: el viento, el río lejano, algún pájaro que cantaba en las encinas. Nadie había pasado. Nadie me había visto. Estaba completamente sola con lo que acababa de pasar, y esa soledad tenía algo de regalo.

Me puse de pie, un poco inestable todavía. Rodeé los arbustos y recuperé la bicicleta del tronco donde la había dejado. La cadena brillaba con la luz de la tarde. El sillín, ese pequeño culpable inocente, estaba exactamente donde lo había dejado.

Monté de nuevo.

El roce al sentarme fue casi indecente dado el contexto, y solté una carcajada breve, sola, en medio del camino vacío. Luego empecé a pedalear de vuelta hacia la ciudad, despacio, dejando que el aire de octubre me terminara de enfriar por fuera.

Por dentro seguía caliente.

No me arrepentí. Eso también es parte de la historia: que no hubo ningún momento —ni mientras pedaleaba de regreso, ni después de ducharme, ni al día siguiente al sentarme frente a la pantalla— en que sintiera que había hecho algo que no debía. Me lo había dado a mí misma. Una tarde de martes, en un camino de tierra, sin testigos y sin consecuencias. Un placer que solo me pertenecía a mí.

A veces el deseo no necesita más justificación que esa.

Salí en bicicleta el jueves siguiente. Volví a tomar el mismo camino. El mismo vestido azul, los mismos botones, sin calzón.

El sillín seguía siendo el mismo sillín.

Y yo seguía siendo la misma yo: la que sabe exactamente lo que está eligiendo cuando toma ese camino de tierra y ese ritmo cadencioso y esa hora de la tarde en que el sol baja y las encinas hacen sombra.

No es un accidente cuando ya sabes que va a pasar.

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Comentarios (2)

Valentina_R

tremendo relato!!!

RuizLector

Por favor una segunda parte, quede con muchas ganas de mas.

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