El barro me reclamó como suya aquella tarde
A Elena siempre le había gustado caminar sola por el monte. No el senderismo organizado con grupos, ni las rutas señalizadas con flechas amarillas cada cien metros. Le gustaba el bosque real: ese que cruje bajo las botas, que huele a tierra mojada y a pino, que no sabe que ella existe y que no le importa en absoluto.
Llevaba tres años haciendo excursiones en solitario por la sierra. Al principio salía con conocidos, participaba en grupos de montaña, seguía senderos catalogados en aplicaciones. Pero poco a poco fue alejándose de todo eso. El bosque con gente era otra cosa: había que hablar, había que esperar, había que fingir que el paisaje era el objetivo y no una excusa. Sin compañía, el objetivo podía ser cualquier cosa.
Podía ser, por ejemplo, meterse tres dedos en el coño durante una hora apoyada contra un pino centenario con los ojos abiertos y el valle entero a sus pies.
La primera vez que llevó su vibrador a una excursión fue casi por accidente. Lo había metido en la mochila la noche anterior sin pensarlo demasiado, como quien mete un libro y luego no lo abre. Pero a las cuatro horas de camino, cuando el último sendero quedaba lejos y el silencio era tan completo que podía oír su propia respiración, lo sacó. Se bajó los pantalones hasta los tobillos, se abrió el coño con dos dedos y se metió el aparato hasta el fondo con un gemido que se comió el bosque entero. Se corrió cuatro veces seguidas, la última chorreándose los muslos, y bajó al pueblo con las bragas empapadas y una sonrisa nueva. Lo que pasó ese día la dejó convencida de que nunca más saldría al monte sin él.
El ritual fue refinándose con los meses. Añadió un segundo juguete, un succionador de clítoris que la dejaba sin aliento en minutos, chupándole el capuchón hasta hacerla eyacular a chorros contra la corteza de los pinos. Aprendió a elegir zonas cada vez más remotas, a leer los mapas topográficos, a calcular tiempos de retorno. El placer y la prudencia no se excluían: la mochila llevaba botiquín, cuerda resistente, linterna, bengala de señalización, cuchillo, ropa de abrigo. Todo en orden. Todo pensado.
Elena era contable. Vivía sola en un piso pequeño en Ávila. De lunes a viernes gestionaba números con precisión y paciencia. Los fines de semana se iba al monte a correrse a gritos con dos dedos en el culo y el vibrador atornillado al coño.
Aquel sábado de octubre eligió explorar una zona que nunca había pisado: el fondo de un barranco al norte de la sierra, donde varios arroyos confluían antes de perderse en el subsuelo. Según el mapa topográfico, había zonas de suelo blando, casi pantanosas. Se vistió en consecuencia: pantalón impermeable, botas de caña alta con suela de agarre, guantes finos, manga larga. No olvidó el repelente de insectos, incluso bajo la ropa. Tardó casi tres horas en llegar.
El barranco era más húmedo y más silencioso de lo que había imaginado. El suelo cambiaba de consistencia con cada paso: aquí firme y seco, allí esponjoso y cedente, más adelante casi líquido bajo las botas. Elena caminaba despacio, tanteando, con los sentidos afilados. El olor a tierra mojada y a hojas en descomposición era denso, casi táctil, como algo que se pudiera masticar.
Fue entonces cuando su pie derecho desapareció.
Un segundo después, la pierna entera hasta la rodilla. Elena se detuvo en seco, con el corazón acelerado, y tardó varias respiraciones en entender lo que había pasado. No era barro ordinario. Era una zona de fango profundo que había engullido su bota sin aviso previo, sin esfuerzo, como si llevara esperándola todo el día. Sacó la pierna con trabajo —con un sonido húmedo, denso, obscenamente satisfactorio, como el que hace una polla al salir de un coño muy mojado— y retrocedió hasta terreno firme.
Se quedó mirando aquella charca durante un buen rato.
No era grande: unos tres metros de diámetro, rodeada de hierba alta y alisos centenarios. La superficie oscura y casi inmóvil apenas acusaba el agujero que su bota había dejado, que ya se cerraba lentamente. Como una boca que mastica. Como algo vivo que tiene paciencia de sobra.
Se sentó en una roca cercana y mordisqueó una barrita de cereales sin dejar de mirarla. Intentó pensar en otra cosa. En el camino de vuelta. En si tendría cobertura para llamar a su hermana esa noche. En cualquier cosa que no fuera la imagen de ese fango cerrándose sobre sí mismo con la calma de una criatura que no necesita apresurarse porque sabe que el tiempo siempre juega a su favor.
No funcionó. Ya sentía las bragas pegándosele al coño, calientes, resbalosas. Se apretó los muslos y notó cómo el clítoris le latía contra la costura del pantalón.
Hacía meses que tenía ese pensamiento. No llegó de forma traumática ni en un momento concreto. Llegó gradualmente, como llegan las cosas que uno no quiere admitir: primero como una curiosidad abstracta, después como una imagen que volvía sola, finalmente como un deseo tan concreto que ya no servía de nada seguir fingiendo que no existía.
La idea de hundirse. De que algo te reclame desde abajo, desde las entrañas del suelo, sin preguntarte ni darte opción. De perder el control no ante una persona con nombre y cara, sino ante algo mucho más indiferente y absoluto. La naturaleza no negocia. No pide disculpas. No espera tu consentimiento. Se te mete dentro, te abre, te folla como quiere.
Elena sabía la mecánica real de las arenas movedizas. Había investigado con esa minuciosidad que aplicaba a todo. La densidad del fango hace imposible hundirse completamente: el cuerpo humano flota o se estabiliza a cierta profundidad. El peligro no es la inmersión total, sino quedar atrapada y no poder salir. Para eso llevaba las cuerdas.
Las sacó de la mochila.
—Sé que esto es una locura —dijo en voz alta, sin dirigirse a nadie.
Buscó el árbol más grueso al alcance: un aliso de tronco ancho y rugoso, bien enraizado en tierra firme, que no se movería aunque tirara de él con todo su peso durante horas. Hizo un nudo doble en cada muñeca —comprobado con tres tirones fuertes, sin ceder— y pasó los extremos alrededor del tronco varias veces antes de asegurarlos. Tensó. Resistencia firme. El árbol era una promesa.
Puso el cronómetro del móvil en marcha y configuró una alarma para dieciocho minutos después. Colocó el teléfono sobre la mochila, en tierra seca y alejada de la orilla. Luego, con las manos algo temblorosas, se quitó las botas, los calcetines, el pantalón impermeable y las bragas, empapadas de flujo, que dejó colgando de una rama como bandera. El coño le brillaba entre los muslos, hinchado, con los labios abiertos y goteando. Se pasó dos dedos por la raja, de atrás adelante, y se los llevó a la boca: sabían a ella, a sudor y a hambre. Conservó la camiseta térmica. Con las cuerdas siguiendo sus muñecas como riendas y el corazón golpeándole el pecho con fuerza, caminó descalza hacia la charca.
El primer contacto del fango con sus pies descalzos fue como una descarga eléctrica que le subió por las piernas hasta el clítoris. Frío, denso, suave como seda sucia. Sus pies desaparecieron. Sus tobillos. Dio dos pasos más y el fango la engulló hasta la mitad de los muslos de un golpe, como si hubiera estado esperando ese momento específico para reclamarla.
—Joder —murmuró, y la palabra se perdió entre los alisos sin que nadie la recogiera.
Se quedó inmóvil unos segundos, dejando que el cuerpo encontrara su equilibrio. La presión alrededor de los muslos era firme y pareja, como una mano enorme que sujeta sin apretar. El frío inicial cedió al calor de su propio cuerpo, y el fango empezó a sentirse tibio en los puntos de mayor contacto con su piel. Notó cómo se le colaba entre las nalgas, cómo empezaba a rozarle los labios del coño desde abajo, empujando, buscando.
Empezó a moverse. Las caderas primero, en círculos lentos, como si estuviera cabalgando una polla invisible. La resistencia del fango convertía cada gesto en algo deliberado y consciente, como si el tiempo se espesara junto con la materia que la rodeaba. Notó que se hundía un poco más con cada movimiento, que el nivel subía despacio por sus muslos hacia la cadera, que el barro le apretaba el culo y le entraba en la raja de las nalgas con una insistencia perezosa. Lo esperaba. Era exactamente lo que quería.
Sus manos, siguiendo la longitud de las cuerdas, descendieron hasta alcanzar el nivel del fango. Lo tocó con las palmas. Lo extendió hacia arriba por sus muslos, por su vientre, y luego se untó los pechos, los pezones se le pusieron duros al instante, dos piedras oscuras bajo la capa de barro. El contraste entre el calor de su piel y la temperatura del barro le arrancó un sonido que no era exactamente un gemido ni exactamente un suspiro, sino algo a medio camino entre los dos.
Metió la mano entre sus piernas.
Tuvo que empujar contra la resistencia del fango para llegar al coño, y cuando lo alcanzó soltó un gruñido ronco. Los labios estaban hinchadísimos, el clítoris saliéndosele del capuchón, todo cubierto de barro tibio y flujo espeso. Se abrió con dos dedos y se metió otros dos hasta los nudillos, dentro, muy dentro, y el fango la selló por fuera al instante, aprisionándole la mano contra el coño. Empezó a follarse a sí misma con la muñeca a la vista, los otros dedos rozando el clítoris en cada embestida, y cada movimiento tenía que ganárselo, arrancárselo al barro que la sujetaba.
El fango lo invadía todo, colándose en cada espacio con una insistencia que no admitía negativa. Se le metió en el culo, un dedo grueso de barro que le abrió el esfínter sin permiso, y Elena se corrió por primera vez ahí mismo, gimiendo con la boca abierta, contrayendo el coño alrededor de sus propios dedos, apretando el culo contra la lengua espesa que la invadía por atrás. Un chorrito caliente le bajó por la mano y se perdió en el barro, indistinguible.
Cerró los ojos. La presión constante alrededor de las caderas y los muslos no cedía. El charco la contenía. El charco la sostenía. El charco se la estaba follando. Y el charco —este fue el pensamiento que lo encendió todo— no iba a soltarla a menos que ella decidiera irse.
—Aquí me quedo —susurró, y algo en su pecho se aflojó al decirlo en voz alta—. Fóllame, joder, fóllame entera.
La fantasía se desplegó sola, sin que tuviera que construirla. Ya no era Elena de Ávila con hipoteca y agenda de reuniones. Era solo un cuerpo que se hundía. Una hembra en celo que el bosque reclamaba con paciencia de siglos, un coño abierto que la tierra iba a llenar hasta el fondo. La naturaleza sin hipocresía, que coge lo que quiere sin disculparse por ello, que folla y no da las gracias.
Notó el fango subir hasta su cintura. Luego hasta el vientre. Se sacó los dedos del coño con un chasquido húmedo y se los chupó uno a uno, saboreando la mezcla de barro y flujo, mientras la otra mano se hundía otra vez entre sus piernas para seguir masturbándose.
Se quitó la camiseta y la lanzó a tierra firme de un manotazo. Los pechos le quedaron al aire un segundo antes de que ella misma cogiera fango con ambas manos y lo extendiera deliberadamente por el pecho, por los hombros, por la curva del cuello. Se pellizcó los pezones embarrados, se los retorció hasta que le dolió, y el dolor le fue directo al coño como un cable. El peso del barro era extraño y agradable, como una manta muy densa, como un abrazo que no negocia ni da tregua, como un amante enorme y pesado que la tuviera clavada contra el suelo. Cuando el nivel ascendente alcanzó sus pechos, se arqueó hacia atrás con los brazos siguiendo la tensión de las cuerdas y dejó escapar un grito de puta en celo que resonó entre los alisos sin que nadie lo oyera excepto los pájaros, que no entendían lo que significaba.
Siguió tocándose. Ahora usaba tres dedos, se los metía hasta la palma, y con el pulgar se frotaba el clítoris con círculos cada vez más rápidos. La torpeza que imponía el fango denso —tener que abrirse paso entre él para mover las manos, tener que vencer esa resistencia constante— lo hacía más difícil y por eso incomparablemente mejor. Ganárselo. Esforzarse contra algo que empujaba siempre en sentido contrario. Cada embestida de sus dedos era una lucha, cada roce del pulgar sobre el clítoris tenía que arrancarlo del barro. Se corrió por segunda vez con un aullido, contrayéndose alrededor de sus propios dedos, y el coño le chupó el fango hacia dentro como una boca hambrienta.
El fango le llegó a las clavículas.
Al cuello.
Abrió los ojos un momento y miró al cielo entre las copas de los alisos, gris y frío y completamente indiferente. El mundo seguía siendo el mundo. Los pájaros cantaban en algún sitio sin saber lo que ella estaba haciendo, sin saber que tenía tres dedos metidos en el coño hasta el nudillo y que el barro se la estaba follando por el culo. Esa indiferencia total del universo hacia su placer era, por alguna razón que no podría haber explicado en voz alta, exactamente lo que necesitaba.
Tiró de las cuerdas, como había hecho varias veces durante toda la experiencia. Resistencia firme. El árbol seguía ahí.
Todavía no, pensó. Una más. Una más y salgo.
Sus dedos volvieron a moverse entre sus piernas con urgencia creciente, sintiendo que se acercaba al borde otra vez. El coño le chorreaba, mezclando flujo con barro tibio, y cada vez que sacaba los dedos y los volvía a meter hacía un ruido obsceno, chapoteo espeso de carne mojada en tierra. Se frotó el clítoris con la palma entera, apretando, moliéndolo contra el hueso, y sintió que el orgasmo se le acumulaba en la base de la espalda como una tormenta. El fango le rozó la barbilla. Luego el labio inferior. La fantasía se completó en ese instante preciso, cuando comprendió que bastaba con inclinar la cabeza un par de centímetros para que el charco le cubriera la boca entera, para que la tierra la callara mientras se corría.
—Ya —dijo, con los labios apenas libres—. Ya, ya, sacadme.
Tiró de las cuerdas con toda su fuerza.
La resistencia no estaba. Las cuerdas cedieron sin tensar, con un movimiento lánguido y flojo que no debería ser posible. Elena frunció el ceño. Tiró más fuerte. Nada. Los extremos de las cuerdas yacían sobre el suelo junto al aliso, inmóviles. No deshilachados. No roídos por ningún animal. Cortados limpiamente, con la precisión de un filo muy afilado.
El fango le rozó el labio inferior.
Elena intentó gritar. Abrió la boca y la tierra y el sabor mineral le inundaron la lengua al instante, espeso como semen frío. La cerró de golpe y respiró por la nariz, rápido y controlado, con los ojos muy abiertos. Pensó: no entres en pánico, puedes salir sin la cuerda, concentra el peso, muévete hacia la orilla. Pensó: quién cortó las cuerdas. Pensó: alguien me vio llegar. Alguien me vio quitarme las bragas. Alguien me vio meterme los dedos en el coño.
La alarma del móvil sonó en ese momento.
Dieciocho minutos. El sonido llegó desde la orilla como desde otro mundo. Su propio tono de aviso, el mismo que usaba para las reuniones de trabajo, completamente ajeno a todo lo que estaba ocurriendo. Sonó durante treinta segundos con perfecta indiferencia y luego se apagó.
El bosque volvió a estar en silencio.
Elena no podía hablar. No podía gritar. El fango ya le rozaba la nariz cuando respiraba hondo. Solo podía ver el cielo entre las copas de los alisos, gris y quieto. Solo podía sentir la presión uniforme, constante, sin apresuramiento, de la tierra reclamándola desde abajo con esa paciencia de criatura que sabe que tiene todo el tiempo del mundo. El barro le apretaba el coño desde fuera como un puño, se le metía dentro cada vez que respiraba y aflojaba los músculos, la abría por el culo con esa lengua espesa y sin fin.
Y entre todo eso, sus dedos seguían moviéndose.
No podía parar. No quería parar. Se follaba a sí misma con tres dedos mientras se hundía, con la muñeca ya sepultada en el fango, sintiendo cómo el coño se le contraía sin permiso alrededor de su propia mano. Pensó en la navaja que cortó las cuerdas. En que alguien la había visto llegar, la había observado prepararse, había mirado cómo se abría de piernas y se metía los dedos en el coño embarrado, había esperado el momento exacto. En que ese alguien seguía allí, quizás a metros de ella, en silencio entre los alisos, con la polla dura en la mano, mirándola morir y correrse al mismo tiempo. La idea debería haberla paralizado. La aterrorizó. Y junto al terror, inconfundible, había algo más que no tenía nombre limpio pero que reconoció desde la primera vez que se metió una mano entre las piernas dentro de un bosque vacío.
El fango le cubrió los labios.
Elena se corrió como no se había corrido en su vida, con la boca sellada por la tierra, el coño exprimiéndole los dedos hasta hacerse daño, el culo apretado alrededor del barro que la penetraba, el cuerpo entero convulsionando dentro del puño espeso del charco que ya no iba a devolverla nunca.

