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Relatos Ardientes

La noche en que Gabriela bajó del escenario hacia mí

Daniela trabaja de lunes a viernes como auxiliar administrativa en una delegación municipal. Llega puntual, atiende al público con una sonrisa de manual y nadie sospecharía que los viernes y sábados por la noche se convierte en otra persona completamente distinta.

Es stripper en el Crimson, un club en las afueras que tiene más clientela de la que aparenta desde fuera. Y debe hacerlo muy bien, porque el dinero que gana esos dos días supera con creces su sueldo fijo de toda la semana. Ella nunca me lo ha dicho con esas palabras, pero se nota en la ropa que lleva, en los viajes que se permite, en la tranquilidad con la que habla del dinero.

Llevamos siendo amigas desde los diecisiete años. Nos conocimos en clase de inglés y desde entonces hemos compartido prácticamente todo: pisos, novios, crisis, celebraciones. Pero hay una cosa que nunca le he dicho, una cosa que guardo con mucho cuidado detrás de todo lo demás.

Que la deseo.

Daniela tiene ese tipo de cuerpo que es difícil ignorar incluso cuando quieres. Mide casi un metro ochenta, todo piernas, con el pelo castaño oscuro hasta la mitad de la espalda y unos ojos que según la luz del día parecen marrones o verdes. La gente se gira cuando entra a un sitio. Hombres, mujeres, los que están con su pareja y los que no. Todos.

Y yo llevo años fingiendo que soy una más entre ese público anónimo que la admira desde lejos.

***

Esa noche fui al Crimson por primera vez. Me lo había propuesto varias veces a lo largo de los años y siempre había encontrado una excusa. Que si tenía planes, que si me daba vergüenza, que si no era el mejor momento. La verdad era más sencilla: me daba miedo ver lo que iba a ver y no poder controlar lo que iba a sentir.

Pero esa noche fui.

El local olía a perfume caro y a humo de máquina. La luz era tenue y roja, el tipo de luz que disimula las caras y exagera los cuerpos. Me senté en una de las mesas cerca del escenario, pedí algo de beber y esperé.

Cuando salió, el ambiente cambió.

No es que la gente dejara de hablar de golpe ni que se pusieran a aplaudir. Fue algo más sutil. Una especie de atención colectiva que se desplaza, como cuando alguien entra a una habitación y sin decir nada reclama todo el espacio.

Daniela llevaba una tanga negra minúscula y nada más. El pelo suelto y húmedo, el cuerpo brillante bajo los focos. Se movía con una lentitud calculada, como si supiera exactamente cuánto tiempo podía mantener a alguien al borde de la respiración antes de que tuviera que soltar el aire.

Yo no solté el aire en ningún momento.

Bailó durante varios minutos sin mirar a nadie en particular. Miraba el vacío, o miraba a todo el mundo con la misma indiferencia elegante. Pero en un momento dado, sus ojos se cruzaron con los míos.

Y no apartó la mirada.

Siguió bailando mientras me miraba directamente. Sin gestos, sin señales, sin mensajes cifrados. Solo esa mirada fija que decía algo que yo no sabía cómo interpretar todavía. Mi corazón hacía cosas que no debería hacer al mirar a tu mejor amiga, y entre las piernas noté un pulso caliente y húmedo que llevaba años reprimiendo, un latido que me subió por el vientre y me apretó los pezones contra el sujetador hasta dejármelos duros como piedras.

Mira hacia otro lado, me dije. Actúa normal. Esto es lo que hace. Le hace esto a todo el que tiene delante.

Pero no aparté los ojos.

***

Cuando su número llegó al final, Daniela se arrodilló en el borde del escenario. Lo hizo despacio, con esa gracia que tiene para hacer que cualquier movimiento parezca deliberado y necesario. Se inclinó hacia mí.

Y me besó.

No fue un roce. Fue un beso de verdad, con intención, con su mano agarrando mi mandíbula para que no pudiera moverme aunque hubiera querido. Abrió mis labios con los suyos y me metió la lengua entera, buscándome la boca como si supiera desde hacía años a qué sabía yo, devorándome durante un segundo que se extendió mucho más de lo que debería.

El ruido de la sala desapareció.

Cuando se apartó, había algo diferente en su expresión. Una pregunta, quizás. O una respuesta a algo que ninguna de las dos había dicho en voz alta todavía.

Me levanté.

No sé explicar bien qué pasó en ese momento ni qué parte de mí tomó la decisión, pero me levanté y me subí al escenario con ella. Hubo aplausos, algún silbido, el murmullo de los que miraban. Nada de eso me importó.

La abracé y la besé de nuevo, esta vez sin que nadie lo iniciara, esta vez las dos a la vez. Le mordí el labio inferior y ella soltó un pequeño gemido dentro de mi boca que me bajó directo al coño.

Su piel era exactamente como me la había imaginado: suave, cálida, con ese calor particular que tiene alguien que lleva rato bailando y tiene el cuerpo en plena circulación. Le pasé las manos por la espalda y noté el contraste entre el frío del metal del escenario bajo mis rodillas y el calor que irradiaba ella. Sus tetas, libres, desnudas, se aplastaron contra mí cuando la apreté, y sentí los pezones erectos clavándose a través de mi blusa.

Nos arrodillamos juntas sin separar los labios.

Daniela me sujetó la cara con las dos manos y profundizó el beso, inclinándose hacia mí hasta que su pecho desnudo presionó contra mi ropa. Podía sentirla a través de la tela, la calidez de su piel filtrándose hasta la mía, y sentí también cómo restregaba las caderas contra mi muslo, buscándose el roce con una insistencia que no dejaba lugar a dudas de que estaba tan mojada como yo.

Mi mente se vació de todo excepto de ella.

Deslizó las manos por mi cuello, por mis hombros, y en algún momento sus dedos encontraron los botones de mi blusa. No me preguntó. Yo no protesté. Los botones saltaron uno a uno y la tela se abrió. Me arrancó el sujetador de un tirón y mis tetas quedaron al aire delante de todo el club, los pezones tan duros que dolían.

—Te he visto mirarme —dijo contra mi oído, y me lamió el lóbulo antes de morderlo—. Follándome con los ojos, guarra. Todas las veces.

—Lo sé —respondí, con la voz rota.

—¿Sabes cuántas veces me he corrido pensando en ti? —susurró—. ¿Con los dedos metidos hasta el fondo, imaginándome que eran los tuyos?

Solté un gemido que no pude tragarme.

Sus manos agarraron mis pechos con una seguridad que me desconcertó. No había nada tentativo en cómo me tocaba. Lo hacía como quien sabe exactamente lo que tiene entre las manos y lo que quiere hacer con ello. Me pellizcó los pezones entre el pulgar y el índice, tirando de ellos hasta que se me escapó otro gemido, y después se agachó y se metió uno entero en la boca, chupando fuerte, mordiendo, tirando con los dientes hasta que las piernas me temblaron.

La empujé suavemente hacia atrás hasta que quedó tumbada bajo los focos. Me incliné sobre ella y empecé a besarle el cuello, la clavícula, cada pezón con la misma atención y sin prisas. Ella buscaba mis labios con el pecho, levantando el cuerpo hacia mí, arqueándose para meterse más en mi boca.

Le mordí el pezón izquierdo con cuidado, después lo lamí, después lo chupé entero, con la lengua girándole alrededor y los labios tirando con hambre. Le hice lo mismo al otro. Escuché el pequeño sonido que hizo, medio gemido medio jadeo, y lo guardé.

Sus manos bajaron por mis costados y encontraron el cierre de mi falda. La deslizó hacia abajo sin esfuerzo, con una práctica que me hizo pensar en cuántas veces se había imaginado esto, si es que se lo había imaginado, si es que esto era también para ella algo que había estado esperando sin decirlo. Cuando quedé solo en bragas, metió la mano entre mis piernas por encima de la tela y notó lo empapada que estaba.

—Joder, tía —murmuró—. Estás chorreando.

—Por ti —le dije—. Solo por ti.

Apartó la tela y me metió dos dedos de golpe, sin transición. Grité contra su boca. Los sacó, se los llevó a los labios y se los chupó despacio, mirándome fijo a los ojos, saboreándome como si llevara años queriendo saber a qué sabía yo.

—Después —dijo, y me empujó por los hombros hasta que fui yo la que quedó abajo—. Primero tú a mí.

Bajé por su cuerpo despacio.

Le besé el vientre, la cadera, la parte interna del muslo. La escuché cambiar el ritmo de la respiración, la escuché soltar un jadeo ronco cuando le pasé la lengua por el pliegue de la ingle. Le enganché la tanga con los dedos y se la bajé por las piernas, sacándosela por los tobillos. Quedó completamente desnuda debajo de mí, abierta de piernas en el escenario, con el coño depilado y brillante de lo mojada que estaba.

El olor de ella me fue directo a la cabeza.

Le separé los labios del coño con dos dedos y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, desde la entrada hasta el clítoris, saboreándola por primera vez. Sabía exactamente a lo que había imaginado durante años, y a la vez a algo completamente nuevo. Volví a hacerlo, más despacio, hundiendo la lengua en la carne caliente y húmeda.

—Ay, Dios —susurró—. Ay, joder.

La lamí con calma al principio, aprendiendo cómo reaccionaba, qué ritmo hacía que tensara los muslos, qué presión la hacía agarrarse al borde del escenario con los dedos. Pasé la lengua desde el clítoris hacia abajo y de vuelta, una y otra vez, midiendo sus reacciones. Le metí la punta de la lengua dentro y la sentí apretarse a mi alrededor. Después subí y le encerré el clítoris entre los labios, chupándoselo suave, y ella soltó un grito ahogado.

—Ahí —dijo con la voz ronca—. No te muevas. Ahí, guarra, chúpamelo así.

No me moví.

Noté cómo su cuerpo empezaba a acumular tensión, cómo sus caderas buscaban mi boca con movimientos cada vez menos controlados, restregándose contra mi cara sin ningún tipo de vergüenza. Me agarró del pelo con las dos manos y me apretó contra ella, casi ahogándome, follándose mi boca con su coño. Seguí el mismo ritmo sin acelerar, dejando que la desesperación se construyera despacio, alternando la lengua plana con la punta, los labios chupando, los dientes rozando apenas el clítoris hinchado.

Cuando levanté la cabeza para besarla en la boca, el sonido que hizo mezcló queja y deseo. Me besó con urgencia, con las manos en mi nuca manteniéndome cerca, lamiéndome los labios y la barbilla, saboreándose ella misma en mi cara.

—Métemela —jadeó—. Métemela ya, por favor.

Deslicé la mano por su vientre hasta llegar a ella. La toqué con la palma primero, sintiendo el calor y la humedad chorreándole por los muslos, después introduje un dedo con cuidado, hasta el nudillo, hasta el fondo.

Sus caderas se levantaron del suelo.

—Más —dijo contra mi boca—. Más, coño, más.

Añadí un segundo dedo y empecé a moverme, lento primero, encontrando el ángulo que hacía que sus piernas se separaran un poco más, que su respiración se convirtiera en algo que ya no podía controlar. Con el pulgar buscaba el punto exacto sobre el clítoris mientras los dedos trabajaban dentro de ella, curvándose hacia arriba, buscando esa zona rugosa que la hacía retorcerse.

—Tres —pidió—. Métemela con tres.

Le añadí el tercer dedo y ella soltó un gemido largo, gutural, que se escuchó por encima de la música. La follé con la mano, entrando y saliendo con fuerza, mientras seguía frotándole el clítoris con el pulgar en círculos rápidos. El sonido húmedo de mis dedos entrando y saliendo de su coño se mezclaba con sus jadeos, con la música, con el murmullo del público que había dejado de fingir que miraba a otro sitio.

Daniela echó la cabeza hacia atrás.

La observé. Tenía los labios entreabiertos, el pelo extendido sobre el escenario, los ojos cerrados y esa expresión de alguien que ya no está pensando en nada excepto en lo que siente. Los pezones erectos, la piel brillante de sudor, los muslos temblando alrededor de mi mano. Era lo más hermoso que había visto en mi vida, y eso incluía haberla visto bailar durante los últimos veinte minutos.

Aumenté el ritmo.

Ella respondió levantando las caderas para encontrar cada movimiento, acompañando con todo el cuerpo, perdiendo el control de esa compostura que siempre mantenía incluso cuando bailaba, incluso cuando seducía a un público entero. Ahora no había compostura. Solo urgencia. Solo un coño mojado tragándose mis dedos hasta el fondo una y otra vez, solo una boca gimiendo palabrotas cada vez más incoherentes.

—No pares —suplicó, y no era una voz que yo hubiera escuchado antes. Era una voz sin filtro, sin distancia, sin la máscara de seguridad que Daniela llevaba siempre—. Que me corro, joder, que me corro, no pares.

No paré.

Bajé la cabeza y le atrapé el clítoris entre los labios mientras seguía metiéndole y sacándole los tres dedos con fuerza. Chupé fuerte, lamiendo rápido con la punta de la lengua, sin soltarla, mientras la follaba con la mano al mismo ritmo.

Sus paredes se apretaron alrededor de mis dedos. Gritó, o algo parecido a un grito, con la espalda arqueada y las manos aferradas a mis hombros con una fuerza que iba a dejar marca. Se corrió de manera intensa y prolongada, con todo el cuerpo involucrado, temblando, apretándome tan fuerte que apenas podía mover los dedos, mientras un chorro caliente le mojaba el interior de los muslos y me empapaba la muñeca. Siguió corriéndose durante varios segundos, arqueada, con la boca abierta en un gemido que no terminaba.

Cuando por fin se derrumbó contra el escenario, saqué los dedos despacio y me los llevé a la boca. Me los chupé uno a uno, mirándola, y ella me observó con los ojos entrecerrados, todavía respirando fuerte.

—Ven —susurró, y tiró de mí hacia arriba.

Me colocó sentada a horcajadas sobre su cara, con las rodillas a los lados de su cabeza. Me arrancó las bragas de un tirón y me agarró de las caderas para bajarme hasta su boca. Sentí su lengua abrirme, larga y caliente, subiendo desde la entrada hasta el clítoris de un solo lametón.

—Móntame la cara —dijo desde abajo—. Fóllame la boca.

Y lo hice. Empecé a mover las caderas encima de ella, restregándome el coño contra su boca sin ningún tipo de decoro, agarrándome del borde del escenario para no perder el equilibrio. Ella me chupaba con hambre, me metía la lengua dentro, me atrapaba el clítoris con los labios, me clavaba las uñas en las nalgas para pegarme más a su cara.

Duré poco. Llevaba años acumulando esto y no había manera de aguantar. Cuando le noté los dedos separándome las nalgas y la punta de la lengua rozándome también el culo, me quebré. Me corrí encima de su boca con un grito que ya no me importó quién escuchara, temblando, cabalgándole la cara hasta la última contracción, mientras ella seguía lamiéndome sin soltarme.

Luego el silencio, o lo que pasa por silencio cuando hay música de fondo y decenas de personas mirando desde las mesas.

Me dejé caer y me tumbé a su lado en el escenario. Ninguna de las dos habló durante un momento. Estábamos las dos desnudas, sudadas, con las piernas todavía enredadas y el pelo pegado a la cara.

—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto? —preguntó al final, todavía mirando el techo.

—Años —respondí sin dudarlo.

Se giró hacia mí. Sonrió de una manera que no le había visto antes, o que quizás le había visto siempre sin entender lo que significaba.

—Yo también —dijo.

***

Eso es lo que imagino cuando cierro los ojos y pienso en ella.

Daniela existe de verdad. Trabaja en una delegación municipal de lunes a viernes y en el Crimson los fines de semana. Es mi mejor amiga desde hace más de diez años. Es exactamente como la he descrito: el cuerpo, el pelo, los ojos que cambian de color según la luz.

Todo lo demás es lo que me gustaría que pasara algún día.

La fantasía siempre termina igual, en ese momento en que nos miramos desde el escenario y cualquier cosa parece posible. Cuando me despierto de ella, Daniela sigue siendo mi mejor amiga que no sabe nada de esto, y yo sigo siendo la que la mira bailar desde la distancia segura de lo que nunca se dice.

Aunque cada vez esa distancia se siente un poco más pequeña.

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Comentarios(11)

marianela22

Hermoso!! me llego al corazon, que sensacion tan intensa debe haber sido ese momento

SoledadBaires

Increible relato, se siente tan real. Gracias por compartirlo

LucianaOK

Por favor escribi una segunda parte!!! quede enganchada

vanesa

me encanto como lo contaste, sin vueltas y muy natural. sigue asi!!

MartinaPlaya22

Que suerte la tuya jaja, ojalá me pasara algo así a mí. Excelente

Rosa_leyente

Me recordó a una noche que tuve hace años... esas cosas no se olvidan nunca. Muy lindo relato

gatita1028

genail!!! me hizo vibrar de solo leerlo

Viky

Muy bien narrado, se nota que lo viviste de verdad o al menos lo sentiste así. Felicitaciones y espero el proximo

PalomitoNocturno

El escenario como setting es buenisimo, le da un toque especial a todo. Ojalá haya continuacion

CelesteMGC

Corto pero intenso, eso es lo que más me gustó. No hace falta escribir miles de palabras cuando cada una vale

NakaVi

!!!

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