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Relatos Ardientes

Vendada, entregada y sin saber cuántos me tocaban

Tengo treinta años, soy divorciada, y desde que recuperé mi libertad decidí vivir la sexualidad sin culpas ni filtros. Para eso tengo a Emilio, mi amigo con derechos de toda la vida. Me saca veintidós años, fue mi amante cuando aún estaba casada, y desde entonces ha sido el compañero perfecto en cada exploración que me he atrevido a hacer.

Hace unas semanas leí una confesión que me dejó pensando varios días. Una mujer contaba que su marido la había compartido con un desconocido mientras ella estaba vendada y atada, sin que ella lo supiera hasta después. La idea me pareció morbosa, perturbadora y extrañamente excitante. Se lo comenté a Emilio en una pausa entre sesiones, sin darle mayor importancia.

—¿Te gustaría probarlo? —me preguntó, girándose sobre el codo.

—No lo sé. Suena fuerte. Pero sí, me excita pensarlo.

No le pedí nada más. Con Emilio nunca hace falta ser explícita. Me conoce tan bien que muchas veces me sorprende haciendo realidad fantasías que yo ni siquiera había terminado de formular. Así que dejé el tema ahí, confiando en su criterio. Si consideraba que era una experiencia para mí, la prepararía. Si no, tampoco pasaba nada.

Diez días después me avisó que reservara el sábado siguiente. Que tenía algo preparado. No me adelantó detalles, como siempre. Yo ya conocía ese tono suyo, y sabía que cuando él se tomaba la molestia de organizar algo, el resultado era memorable. Así que me tomé la tarde del sábado solo para mí: peluquería, depilación completa, manicure, una cena liviana y un baño largo. Quería llegar a él sintiéndome impecable.

Pasó por mi edificio a las ocho en punto. Condujo en silencio hasta el suyo, en la zona alta, con esa expresión tranquila que le conozco cuando tiene algo guardado. Subimos al piso diecisiete. Hasta ahí, todo normal. Suelo quedarme a dormir en su departamento a menudo.

Al abrir la puerta, el pasillo estaba a oscuras. Solo el dormitorio tenía luz, una iluminación cálida, baja. Sobre la cama king me esperaba un conjunto de látex negro, brillante, con unos zapatos de tacón alto al costado. Era mi talla exacta, por supuesto. El sostén tenía un broche frontal que permitía liberar los pechos sin necesidad de quitarlo, y la tanga tenía una cobertura mínima adelante, con tiras laterales y un diseño que dejaba expuesta casi toda la entrepierna.

—Vístete —me dijo, mientras él se quitaba la camisa.

Lo hice sin preguntar. El látex se ajustó a mi cuerpo como una segunda piel, frío al principio, tibio después. Cuando terminé de calzarme los tacones, Emilio ya estaba en bóxer, mirándome con esa media sonrisa que conozco bien.

—Pequeña —dijo acercándose—, ¿confías en mí?

—Con los ojos cerrados —respondí sin dudar.

No imaginé cuánto de literal se iba a volver esa frase en los próximos minutos.

Sacó de un cajón unas pulseras de cuero con argollas metálicas. Me las colocó en las muñecas y en los tobillos, ajustándolas con cuidado. Después me recogió el pelo en esa cola alta que suele hacerme. Me ató las muñecas por detrás de la espalda con una cuerda suave y, finalmente, me colocó un antifaz negro que me borró el mundo.

Me acomodó de espaldas sobre la cama. Sentí cómo tomaba mi muñeca derecha y la unía al tobillo del mismo lado con otra cuerda. Me besó en la boca, largo, profundo, antes de hacer lo mismo con el lado izquierdo. Quedé con las piernas semi flexionadas, los brazos contra los costados, el cuerpo abierto y a la vez inmovilizado. No era la primera vez que jugábamos a amarrarnos, y la posición me resultaba más cómoda que incómoda. La verdad es que la sola expectación de no saber qué vendría ya me tenía mojada.

***

Empezó con los dedos. Apenas un roce, desde la mandíbula al cuello, del cuello al escote, dibujando espirales que me erizaron la piel entera. Soltó un lado del sostén y mi pecho quedó al aire. Sentí el calor de su palma rodearlo, el pellizco suave sobre el pezón, y un estremecimiento me recorrió de arriba a abajo.

Intenté alcanzarlo con las manos, pero las cuerdas me detuvieron. Esa sensación de no poder tocarlo, de solo recibir, era terriblemente excitante.

De fondo sonaba Sade, algo lento, espeso. Me soltó el otro pezón y lo trabajó con la misma precisión. Yo ya estaba gimiendo bajito, retorciéndome sobre el látex, cuando sentí su boca en la mía y, casi en el mismo instante, otra boca distinta subiendo por la cara interna de mi muslo derecho.

Me tensé. Emilio tenía los labios contra los míos. Él no podía estar besándome las piernas.

—Tranquila, pequeña —me susurró al oído—. Está todo bien.

Me volvió a besar, profundo, mientras esa otra boca anónima seguía ascendiendo. Un par de manos distintas me separaron las piernas con suavidad, desplazaron la tanga hacia un costado y dejaron libre mi entrepierna. Unos labios empezaron a recorrerme, una lengua que sabía exactamente qué hacer, alternando entre los pliegues y el clítoris con una cadencia que me hizo soltar un quejido contra la boca de Emilio.

Poco a poco fui cediendo. Los músculos se me aflojaron. Dejé de preguntarme quién era. Me entregué al movimiento de esa lengua desconocida, al calor de esos dedos que ahora se abrían paso dentro de mí, al peso tranquilizador de Emilio besándome la sien.

Él se apartó por un momento. Lo sentí moverse en la cama, acomodarse cerca de mi cabeza. Un segundo después, algo tibio y rígido rozó mi mejilla y se acercó a mi boca. Abrí los labios esperando el miembro circuncidado de Emilio, el que conozco de memoria. Pero este tenía prepucio. No era él.

Entonces entendí. Ya no éramos tres. Éramos cuatro.

—Cómetelo —dijo la voz de Emilio desde algún lugar de la habitación—. Así como a mí me gusta.

Lo hice. Lo recibí en la boca y me concentré en descubrirlo con la lengua, en aprenderle la forma. El otro hombre seguía entre mis piernas, su boca, sus dedos, llevándome cada vez más cerca. Yo intentaba tragar lo más que podía del miembro que ahora me llenaba la boca, medir su tamaño, su grosor, mientras el desconocido de abajo me arrancaba el aliento con el clítoris.

***

En un momento me tomaron en el aire. Manos firmes, varias, me levantaron y me acomodaron de rodillas sobre la cama, erguida. Las amarras permitían esa posición también. Por el hundimiento del colchón supe que alguien se había parado al borde, frente a mí. Casi de inmediato sentí otro miembro rozarme los labios, y lo dejé entrar.

Me tomaron del pelo, de la cola que Emilio me había hecho, y empezaron a guiarme con firmeza. Me metían el pene hasta la garganta, salían, me giraban la cabeza hacia el otro lado, y otro miembro distinto me esperaba. Este era más grueso, con una cabeza ancha que me costaba acomodar. No era Emilio tampoco; el suyo, aunque grueso, no tenía esa envergadura.

Sentirme tratada así, con las manos atadas detrás, sin voz, sin ojos, solo existiendo para recibir, me puso en un estado que no conocía. Era sumisión pura, y me estaba encantando.

Alguien volvió a deslizarse entre mis piernas. Retomó el trabajo de antes con la misma precisión quirúrgica: la lengua en el clítoris, los dedos dentro, la alternancia perfecta. Sentí que empezaba a faltarme el aire. No sé si era por la boca llena, por los miembros que se turnaban, o por la tensión acumulada que me crecía en el vientre. Sentía venir el primer orgasmo, inconfundible, el cosquilleo que me sube desde los muslos.

Y en ese momento, justo ahí, se detuvieron todos. A la vez.

Me quedé al borde, temblando, sin aire, colgada sobre el abismo sin poder caer. Los escuché moverse a mi alrededor, murmurar algo que no entendí. Me pareció una eternidad. Después volvieron a levantarme, y esta vez me sentaron a horcajadas sobre un cuerpo tendido boca arriba. No era Emilio. Mi piel reconocería su pecho velludo a ciegas, y este torso era liso, suave, con una capa fina de sudor que me pegó los pechos contra el suyo.

—Tranquila, pequeña —me susurró Emilio al oído desde atrás—. Cuando tú lo digas, paramos.

Me besó el cuello. Me abrazó por la espalda y me inclinó un poco hacia adelante, sosteniéndome el peso.

El hombre de abajo acomodó su miembro en mi entrada. Estaba tan mojada que me abrió sin esfuerzo. Era largo, más largo que el de Emilio, y lo sentí subir dentro de mí con una lentitud deliberada que me arrancó un gemido. Me tomó los pechos con las dos manos y me los besó mientras yo me hundía en él.

Entonces sentí unas manos nuevas amasarme las nalgas, separarlas, y el frío de un líquido cayendo entre los glúteos. Dedos expertos empezaron a esparcirlo, masajeando, preparándome.

—¿Bebé? —pregunté, reconociendo el movimiento.

—Sí, amor —la voz de Emilio, en mi espalda.

—Por favor, solo tú ahí. Nadie más.

—Por supuesto, pequeña —me confirmó—. Ya sé cómo te gusta.

Y era verdad. Emilio me estrenó esa zona hace años, con una paciencia que nadie más volvió a tener conmigo. Es el único con el que he disfrutado del sexo anal, el único al que le confiaría ese territorio.

Me introdujo un dedo primero, luego dos, dilatándome con la calma de siempre. El hombre de abajo seguía moviéndose dentro de mí, con un vaivén suave, esperando. Cuando Emilio consideró que estaba lista, acomodó su glande y venció el esfínter con esa mezcla exacta de firmeza y cuidado que tan bien maneja. Solo cuando estuvo completamente dentro, ambos empezaron a moverse. Juntos. Acompasados.

Fue demasiado.

Empecé a gemir, cada vez más fuerte, sin poder controlarlo. Alguien, no sé quién, acercó otro miembro a mi boca y me la llenó. Era el más grueso de los tres, el que me había costado tragar antes. No podía respirar bien. No podía gritar. No podía hacer nada más que recibir y sentir. La falta de aire amplificó todo hasta un punto insoportable, y cuando el orgasmo finalmente se soltó, fue el más intenso de mi vida. El cuerpo se me sacudió en oleadas que no parecían terminar, y no podía hacer nada para frenarlas.

***

No me dieron tregua. En una maniobra rápida, Emilio me volvió a acomodar, esta vez de espaldas contra su pecho, sin retirarse de mi ano. Y un instante después, ese pene grueso, el que había estado en mi boca, se abrió paso en mi vagina, llenándome por completo.

Estaba hipersensible. Aún venía bajando del orgasmo anterior cuando empezó una serie de embestidas cada vez más profundas, más intensas. Intenté contener otra oleada, pero no tenía cómo. Con las manos atadas, el cuerpo sostenido por Emilio, solo podía recibir cada clavada con un grito ahogado, retorciéndome entre los dos. Postergué lo más posible lo inevitable, hasta que sentí desde lo más hondo una contracción que no era placer ni dolor, sino algo que no tenía nombre.

—¡Paren! ¡Paren! —grité.

Emilio me levantó en el acto y me dejó caer de costado sobre la cama. La salida simultánea de ambos miembros fue una descarga más, un vacío súbito que me dejó temblando, encogida sobre las sábanas, murmurando cosas que no recuerdo.

Me soltó las amarras. Intentó abrazarme y yo lo rechacé sin querer, porque cualquier roce me resultaba insoportable. Me quedé así, doblada, sollozando de una forma que no era tristeza, mientras los otros se iban. Eso último me lo contó él después, porque yo perdí toda noción de tiempo.

Cuando volví a ser yo, ya no tenía el antifaz. Estaba tapada con el edredón, y Emilio me acariciaba el pelo con esa ternura que reserva para los momentos en que algo se me rompe un poco. Me miró con preocupación.

—¿Estás bien, bebé?

—Mejor —susurré.

Busqué a los otros con la vista. La habitación estaba vacía. Solo él y yo.

—¿Y los demás?

—Ya se fueron —me respondió—. Es parte de la experiencia. Que nunca sepas quiénes fueron.

Me pasó una taza de té tibio, muy dulce. El calor me asentó el cuerpo. Me acurruqué contra su pecho y me dormí ahí, abrazada a él, sin preguntar nada más.

Han pasado varios días desde ese sábado. Todavía tengo los labios sensibles, y cada vez que escribo estas líneas, la mente se me va a esa habitación iluminada apenas, a esas manos que nunca vi, a esa voz conocida que me sostuvo entre dos mundos. No sé si volvería a pedirlo. Pero sé que no dejo de pensarlo.

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Comentarios (9)

Fercho22

Increible relato!!! me dejo sin palabras

MarcosBsAs

Por favor que haya una segunda parte, esto no puede quedar ahi. Me la pasé leyendo dos veces

NocheLectora22

Se me hizo cortísimo, queria que siguiera. La tensión desde el principio te atrapa y no te suelta. Muy bien escrito

Valentina_sf

jajaja el titulo ya lo dice todo. Excelente!!!

VicenteBA

Buenisimo, seguí escribiendo que tenés mucho talento. Espero el próximo con ansias

RogelioMx

Que fantasia tan bien narrada. Ojalá todos los relatos fueran así de buenos

DiegoPaz

De los mejores que leí en este sitio. La forma en que esta narrado te mete dentro de la historia, sentes la misma incertidumbre que la protagonista. Ojalá haya continuacion

Gabi_sin_sueño

Tremenda noche de sabado jajaja. Me gusto mucho

Carla_norte

Me encantó. Pocas veces un relato me genera esa sensacion de no saber que va a pasar. Gracias por compartirlo

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