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Relatos Ardientes

La desconocida del chat y su cámara encendida

Era tarde, casi las cuatro de la tarde de un jueves sin nada. La casa entera para mí. Mis padres no volvían hasta la noche y yo llevaba dos horas tumbado en el sofá incapaz de concentrarme en ninguna otra cosa.

Mateo. Veinte años. Solo, con una tensión acumulada que no encontraba salida por ningún lado. Había probado de todo: porno, recuerdos, la imaginación trabajando al límite. Nada funcionaba. Lo que necesitaba era algo distinto. Alguien real al otro lado.

Así que abrí uno de esos sitios de chat para adultos que uno conoce pero nunca menciona. Me puse a explorar la lista de usuarios conectados. Nombres vacíos, nada que llamara la atención: handles genéricos, iniciales sin sentido, números que no decían nada sobre nadie.

Hasta que vi uno: Mara_sola.

No supe explicar por qué me detuve ahí. Quizás el «sola». Quizás la brevedad del nombre, su honestidad involuntaria. Quizás el hecho de que llevaba media hora buscando sin encontrar nada. Le escribí sin pensarlo demasiado.

—Hola.

—Hola —respondió al momento.

—Mateo. Veinte años.

—Mara. Treinta y siete.

Treinta y siete, pensé. Una mujer hecha y derecha. Sin las inseguridades de las chicas de mi edad, sin las dudas ni el miedo al ridículo que yo mismo todavía arrastraba.

La conversación fue creciendo sola, sin esfuerzo. Preguntas de nada al principio: de dónde eras, qué estabas haciendo, qué tipo de cosas te gustaban. Pero por debajo de todo eso corría algo distinto, una corriente que ninguno de los dos nombraba todavía y que los dos reconocíamos perfectamente.

Fui directo.

—¿Tienes Discord?

Hubo una pausa breve.

—Sí. ¿Por qué?

—Porque prefiero una voz a un texto.

Otra pausa. Más larga esta vez, como si estuviera evaluando algo.

—Está bien —dijo.

Me pasó su usuario. La busqué, la agregué. Ella aceptó en menos de un minuto.

***

Su voz fue lo primero que me llegó. Grave, con una cadencia tranquila, como si llevara toda la tarde esperando que alguien la llamara. Cámaras apagadas. Solo audio.

—Así que eres de los que prefieren escuchar —dijo.

—Soy de los que prefieren estar seguros de que hay alguien de verdad al otro lado —respondí.

Se rió. Un sonido seco, genuino, nada fingido.

Seguimos hablando. Ella tenía ese tono de quien ha pasado por suficientes situaciones como para no necesitar fingir sorpresa. Directa sin ser agresiva, segura sin ser arrogante. Me preguntó si estaba solo en casa. Le dije que sí.

—Yo también —dijo, y en las dos palabras cabía todo lo que ninguno de los dos estaba diciendo aún.

Me había puesto unos bóxers nuevos esa mañana. Negros, ajustados, de esos que dejan poco a la imaginación.

—Me compré ropa interior nueva esta semana —solté, así, sin más rodeos.

—¿Ah, sí? —su voz cambió apenas, un matiz apenas perceptible—. ¿De qué tipo?

—Bóxers. Negros. ¿Quieres verlos?

Silencio.

—Sí —dijo.

Le aclaré que no hacía fotos. Que las fotos quedaban, que los archivos viajaban. Que si iba a enseñarle algo, sería por cámara, y lo que pasara en esa llamada se quedaba ahí.

—Me parece bien —respondió, sin discutir.

Encendí la cámara de mi lado.

Me puse de pie frente al objetivo. Llevaba ya un rato pensando en ella, en su voz, en lo que podría haber debajo del silencio de esa cámara apagada. Y se notaba claramente en los bóxers.

Hubo una pausa larga al otro lado.

—Eso no son solo los bóxers —dijo finalmente.

—No.

—¿Qué es?

—Ya lo imaginas.

Otro silencio. Luego un sonido suave, casi entre dientes, que reconocí como aprobación.

—Sí que lo imagino.

Entonces encendió su cámara.

***

Estaba recostada en una cama con sábanas oscuras. La lámpara de noche encendida, luz cálida y baja, y ella con una camisola de tirantes fina, tumbada de medio lado mirando directamente al objetivo. La habitación detrás de ella era sencilla, ordenada, sin pretensiones.

Treinta y siete años. Un cuerpo que llevaba esos años bien. Lleno en los lugares exactos, sin ninguna disculpa que pedir y sin ningún gesto de inseguridad. Me miró a través de la cámara con una expresión tranquila, como si estuviera exactamente donde quería estar.

—Llevo un rato así —dijo—. Leyendo.

—¿Y qué leías?

—Algo que me puso a pensar.

—¿En qué?

—En lo que no tenía.—Hizo una pausa breve—. Hasta ahora.

La camisola le ceñía el pecho. Podía ver cómo respiraba, el movimiento lento y constante de su caja torácica.

—Acaríciate —le pedí—. Despacio. Como si tuvieras todo el tiempo del mundo.

Dudó un momento. Luego llevó una mano al escote, lentamente, sin apartar los ojos de la cámara. Sus dedos bajaron por la tela, rozando la curva del pecho por encima, explorando sin prisa.

—Más —dije.

—Tú primero —respondió.

Me bajé los bóxers. Me quedé delante de la cámara completamente expuesto, duro desde hacía rato. Ella se quedó en silencio mirando durante unos segundos que se hicieron largos.

—Así —dijo, con la voz un poco más tensa—. Quédate así.

—Tu turno.

Se incorporó despacio, sin prisa, con esa clase de seguridad que viene de saber lo que una tiene y no necesitar que nadie se lo confirme. Se quitó la camisola por la cabeza y la dejó caer al lado de la cama.

El pecho al descubierto. Grande, de piel clara, con los pezones ya oscuros y endurecidos antes de que nadie los tocara. Los miraba y pensaba en todo lo que habría hecho si hubiera estado en esa habitación con ella.

—¿Satisfecho? —preguntó.

—Todavía no.

Me senté frente a la cámara y rodeé mi polla con la mano. Lentamente, sin apurarme, empecé a moverme.

—Acaríciate los pezones —dije—. Con los dedos índice y pulgar. Sin prisa.

Ella obedeció. Se pasó los pulgares por encima de los pezones, los estiró ligeramente, volvió a soltarlos. La piel de alrededor se le erizó de forma visible incluso a través de la pantalla.

—Bien —dije—. Así.

—Tú también —ordenó—. Más despacio. Quiero ver cómo lo haces.

Reduje el ritmo. Cada movimiento calculado, lento, mientras la miraba a ella. La tensión del principio, toda esa tarde sin salida, empezaba a encontrar su camino.

—¿Cuánto tiempo llevas sola hoy? —pregunté.

—Toda la tarde. ¿Y tú?

—Igual.

—Se nota —dijo, y señaló con los ojos hacia la cámara de mi lado.

Se me escapó una risa. Ella también sonrió.

—Baja la mano —le pedí.

Llevaba una falda corta, de tela ligera, que le cubría los muslos. Pasó los dedos por encima de la tela, rozando la cara interna del muslo de arriba abajo y luego de vuelta arriba, con una lentitud deliberada que me estaba volviendo loco.

—Levántala —dije.

Lo hizo despacio. La tela subió hasta la cadera y se quedó ahí. Llevaba ropa interior de encaje oscuro, pequeña, tensa contra ella. Ya se notaba la humedad, la tela más oscura en el centro, marcada, dejando adivinar exactamente lo que cubría.

—¿La ves? —preguntó.

—Perfectamente.

—Está mojada.

—Lo sé. Se nota desde aquí.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó, con una voz que ya no era del todo tranquila.

—Tócate por encima. Sin quitártela todavía.

Pasó dos dedos sobre la tela, presionando apenas, y dejó escapar un sonido pequeño y contenido. Sus rodillas se separaron un poco más.

—Más —dije.

—Si sigo así no voy a querer parar —respondió.

—Eso es exactamente lo que quiero.

***

Pasaron unos minutos. Yo seguía con el ritmo lento, mirándola a ella. Ella se tocaba por encima de la tela con una presión creciente, los ojos fijos en la cámara de su lado, en lo que yo le estaba mostrando.

Luego, sin que yo se lo pidiera, metió los dedos por dentro de la ropa interior.

—Eso —dije.

Cerró los ojos un momento. Los volvió a abrir. Me miró directamente.

—Imagina que eres tú —dijo.

—Lo estoy imaginando.

—¿Qué harías?

—Empezaría despacio. Como estás haciendo tú. Hasta que me pidieras que fuera más rápido.

—¿Y si te lo pido ahora?

—Depende de si me lo pides bien.

Se mordió el labio. Sus dedos se movían debajo de la tela con un ritmo que iba creciendo sin que ella hiciera nada por disimularlo.

—Por favor —dijo, sin ironía, casi seria—. Más rápido.

Aumenté el ritmo de mi mano. Ella hizo lo mismo.

Los sonidos llegaban a través de los auriculares: su respiración, cada vez menos controlada, pequeños sonidos sueltos que escapaban sin que los buscara. Yo la miraba. Ella me miraba a mí. La distancia entre los dos dejó de importar por completo.

—No pares —dijo.

—No pienso parar.

—Más —pidió—. Así. Igual que yo.

Los dos al mismo ritmo ahora, los dos mirando al otro a través de las pantallas con la misma urgencia en las manos. La habitación de ella con la lámpara baja, la mía con la luz de la tarde entrando por la persiana a medias.

Sentí la tensión acumularse, subir despacio, ese punto de no retorno que uno reconoce sin equivocarse.

—Mara.

—Sí.

—Casi.

—Yo también —dijo, con la voz ya cambiada, más corta, la respiración rota en pequeños jadeos—. No pares, no pares ahora.

No paré.

Vi cómo se tensaba. Cómo los dedos se movían más deprisa y luego se detenían, apretados, mientras su cuerpo respondía. La espalda arqueada apenas. Un sonido largo que no intentó suprimir, ronco, que llegó a través de los auriculares y me entró directo en el pecho.

Y yo al mismo tiempo. La tensión llegó al límite y se rompió: una descarga lenta al principio y luego intensa, mi mano apretando sin pensar mientras lo veía todo a través de la pantalla, mientras la escuchaba.

Nos quedamos en silencio.

Los dos respirando. Los dos quietos.

***

—Eso no lo esperaba —dijo ella al final, con la voz recuperando su tono habitual.

—¿Qué esperabas?

—No sé. Algo peor. Más torpe. Más apresurado. —Hizo una pausa—. Los chicos de veinte años no suelen tener paciencia.

—Depende del chico.

—Supongo que sí.

Se incorporó en la cama. Recogió la camisola del suelo y se la puso. Yo también me vestí.

—¿Te busco otro día? —pregunté.

Me miró un momento a través de la cámara antes de responder.

—Sí —dijo—. Pero avisa antes. No siempre estoy sola.

Apagó la cámara.

Yo me quedé mirando la pantalla en negro un momento, todavía con el pulso alto y la mente dando vueltas a lo que acababa de pasar. Me limpié, recogí los bóxers del suelo, me senté en el borde de la cama.

Nunca supe su apellido. Nunca supe en qué ciudad vivía. No tenía su teléfono, no sabía cómo era su cara de perfil, no conocía nada de su vida fuera de esa habitación con la lámpara encendida y las sábanas oscuras.

Solo sabía que había una mujer llamada Mara que a veces estaba sola, que tenía una voz que te entraba por los oídos y se quedaba ahí, y que sabía exactamente lo que hacía y cómo pedirlo.

Cerré el portátil y me quedé un momento en silencio en mi habitación vacía, pensando en cuándo volvería a verla encendida al otro lado de la pantalla.

No tardé mucho en escribirle de nuevo.

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Comentarios (9)

Nico_mdq

Increible relato, me dejo sin palabras. Gracias!!!

ClaudioRosario

Lo que mas me gusto es como describiste esa primera impresion, es exactamente asi. Tremendo relato, uno de los mejores que lei aca en mucho tiempo. Gracias por compartirlo.

LucasNight42

Por favor seguí con esto, me quede con muchas ganas de saber como termina todo entre ellos.

Ibero54

Me recordo a una situacion parecida que tuve hace años... aunque la mia no termino tan bien jaja. Muy bueno.

CarmenRio

¿Tuvieron mas encuentros despues? Quedo muy intrigada con el final.

Gonzalo_Mdq

Muy bien narrado, se siente autentico. Espero la segunda parte!

RosaARG

buenisimo!!!

ElenaVirtual

jajaja la tension de ese momento es lo mejor, se siente tal cual como cuando pasa de verdad

Diegote_77

Se hizo corto, quiero mas :) Sigue escribiendo por favor.

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