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Relatos Ardientes

Lo que escuché del otro lado de la puerta

La ducha todavía goteaba cuando sonó el telefonillo. Me envolví con la toalla a la carrera, salí del baño resbalando sobre las baldosas mojadas, y apoyé el botón del interfono.

—¿Quién es?

—Rodrigo.

Me quedé mirando el aparato dos segundos. Rodrigo. Cuánto tiempo. Lo recordaba perfectamente: ese tipo que siempre aparecía en las reuniones de amigos sin haber sido exactamente invitado, que hacía chistes malos con una confianza que no se había ganado, que siempre andaba detrás de alguna chica que le daba la espalda. No era mala persona. Simplemente era pesado. Pero pesado de esa forma que, con los años y la distancia, se vuelve casi entrañable.

Lo cierto es que siempre me había gustado un poco esa dinámica entre nosotros. Sus insinuaciones eran predecibles, pero me hacían gracia a su manera. Sentirse deseada, aunque sea por alguien que no es tu tipo, tiene su propio encanto particular.

Hacía cuatro años que me había mudado aquí, a esta ciudad que al principio me parecía enorme y ahora ya reconocía como mía. Rodrigo y yo nos habíamos limitado a cruzar algún comentario en las redes, nada más. Hasta que dos semanas atrás me escribió: que venía por trabajo, que quería quedarse unos días después de la conferencia. Casi sin pensar le ofrecí el sofá. Esperaba que me dijera que no, que ya tenía hotel reservado. Me dijo que sí encantado.

—Subí. Último piso.

Fui corriendo a secarme el pelo un poco. Cuando todavía tenía el secador en la mano sonó el timbre del apartamento. Me asomé por la mirilla.

Había engordado bastante desde la última vez. El pelo, más largo. Los ojos, los mismos de siempre. Era él.

Abrí la puerta.

El silencio que siguió duró dos segundos completos. Me miró de arriba abajo sin disimulo, con la boca entreabierta.

—Hola —dije yo.

—Hola —repitió él, como si la palabra le costara—. Vaya.

—¿Es todo lo que tienes para decir después de cuatro años?

—Es que... no esperaba este recibimiento —dijo, recuperando la sonrisa torcida de siempre—. Debería venir más a menudo.

—No te emociones —le respondí, haciéndome a un lado para que entrara—. Recién llegué del trabajo y hacía un calor insoportable. Necesitaba ducharme. Espera un momento, ahora me cambio.

—¿Puedo ayudarte?

Le lancé una mirada que quería decir muchas cosas, ninguna favorable. Él levantó las manos en señal de rendición, riéndose solo.

Cerré la puerta de mi habitación y me puse lo primero que encontré: una musculosa blanca, unos shorts cortos y nada debajo, porque hacía demasiado calor para más capas. Cuando volví al salón, Rodrigo silbó.

—Sigo igual de irresistible, ya sé —dije antes de que abriera la boca.

—Más. Claramente más.

Di una pequeña vuelta, como siguiéndole el juego. Me gustaba hacer eso: darle un poco de lo que esperaba sin darle nada real. Él sonrió con esa cara de quien acaba de ganar algo cuando en realidad no ha ganado nada.

Pedimos pizza por teléfono mientras le hacía el recorrido del apartamento. No había mucho que ver: la cocina abierta al salón, el baño pequeño pero funcional, mi habitación con la cama que me había costado tres meses de sueldo, y el sofá grande que se convertía en cama cuando tenía visitas, que no era tan seguido como me hubiera gustado.

Rodrigo señaló el sofá-cama con una ceja levantada.

—¿Y si duermo contigo? Seguro que entramos los dos.

—Tú, quizás. Yo, no tanto.

Se rió. Eso era lo bueno de Rodrigo: nunca se lo tomaba a mal. Sus insinuaciones siempre habían tenido ese carácter de broma compartida, casi un ritual entre nosotros, sin presión real detrás.

Comimos en el salón, con la tele de fondo a bajo volumen, hablando de nada importante: los amigos en común, la conferencia del día siguiente, los cambios del barrio donde habíamos crecido. Era fácil hablar con él cuando no intentaba ser gracioso a la fuerza. Había algo genuino debajo de todo ese ruido.

A las once nos fuimos a dormir. Le di una toalla limpia, le expliqué los caprichosos botones de la ducha —el de la izquierda no funciona, el de la derecha hay que empujarlo dos veces— y lo dejé instalándose mientras yo cerraba la puerta de mi habitación.

***

No podía dormir.

Llevaba media hora dando vueltas, con el ventilador encima de mí y las sábanas enredadas, cuando escuché el agua correr en el baño. Rodrigo duchándose. Luego sus pasos por el pasillo, lentos, y el crujido del sofá al recibirlo. Después, silencio.

Estaba a punto de quedarme dormida cuando empecé a notar su respiración.

Al principio pensé que era mi imaginación. Pero no. Era inconfundible: una respiración que se iba acelerando de forma gradual, rítmica, acompañada por el suave pero constante sonido del movimiento. Repetitivo. Deliberado.

Me quedé completamente quieta.

Rodrigo se estaba masturbando en mi sofá.

La primera reacción fue algo cercano a la indignación. ¿En serio? ¿Aquí? ¿Con la puerta de mi habitación a cuatro metros? Me pregunté si levantarme y plantarle cara, decirle algo seco que dejara claro que las paredes de este apartamento no son de piedra. Pero cuanto más lo pensaba, más absurda me parecía la escena. Y mientras deliberaba, seguía escuchando.

Su respiración se fue haciendo más densa. El ritmo, más insistente.

Cerré los ojos.

No debería estar escuchando esto.

Pero no podía dejar de hacerlo.

Me imaginé la escena al otro lado de la pared: él tumbado en el sofá desplegado, la mano moviéndose bajo las sábanas o quizás por encima, sin molestarse demasiado en ocultarlo porque creía que yo dormía. Y mientras me lo imaginaba, algo en mi cuerpo reaccionó de una forma que no había previsto.

Era absurdo. Era Rodrigo. El tipo de los chistes malos.

Pero ahí estaba, en mi salón, en la oscuridad, pensando en quién sabe qué, y yo escuchándolo con el corazón más acelerado de lo normal.

Un jadeo llegó desde el salón. Contenido, pero real.

Luego, claramente, mi nombre.

Me quedé paralizada.

Lo repitió, más bajo esta vez, casi como si fuera para sí mismo. Como si no se diera cuenta de que lo había dicho en voz alta. Como si en esa imagen que tenía en la cabeza yo estuviera presente, cercana, alcanzable.

Algo se encendió en mí que no supe explicarme.

Pensé en él. No en el Rodrigo torpe de las reuniones, sino en este, el de ahora, tendido en mi sofá, en la oscuridad, pensándome. Pensé en esa mirada que había puesto cuando abrí la puerta todavía en toalla. En cómo me había agarrado de la cintura al saludarme, apenas un segundo más de lo necesario. En esa forma suya de mirarme que yo siempre había descartado como un ruido de fondo y que de repente tenía un peso diferente.

Mi mano se movió sola.

Primero sobre el vientre, despacio, como si no supiera adónde iba. Luego más abajo.

Al otro lado de la pared, la respiración de Rodrigo se hacía cada vez menos contenida. Podía escuchar el ritmo acelerándose, irregular, urgente. Lo imaginé con los ojos cerrados, concentrado, murmurando mi nombre sin querer.

Deslicé los dedos bajo la tela del short.

Estaba húmeda. Mucho más de lo que esperaba.

Me toqué despacio al principio, tanteando, sin rendirme del todo a la situación. Pero los sonidos del salón no me dejaban fingir que aquello era otra cosa.

—Uff... —llegó desde allí, un sonido gutural que cruzó el pasillo entero.

Cerré los ojos con fuerza.

Me lo imaginé levantándose, entrando a mi habitación sin llamar, con esa seguridad torpe que tenía cuando creía que tenía razón en algo. Sus manos en mi cintura, dándome vuelta, empujándome contra la pared. Su boca en mi cuello. Sus dedos colándose bajo la musculosa, apretando, explorando.

La imagen no tenía nada de romántica. Era directa y concreta y exactamente lo que quería en ese momento.

Metí un dedo. Luego otro.

Escuché su jadeo y mis dedos se movieron más rápido.

—Vale... —dijo él al otro lado, sin darse cuenta de que hablaba.

Casi me escapó un sonido. Me mordí el labio con fuerza.

Mi nombre en su boca. En la oscuridad, suena diferente.

Me imaginé sentada sobre él, controlando el ritmo, mirándolo a los ojos mientras decidía cuánto darle y cuándo parar. Me imaginé sus manos en mis caderas, sujetando pero sin forzar, siguiendo lo que yo marcara. Me imaginé inclinarme sobre su oído y decirle que sí, que siguiera, que justo ahí.

Me moví más, apoyando la mano libre sobre el colchón para hacer palanca, hundiéndome en la sensación mientras escuchaba los sonidos que él dejaba escapar sin saberlo. El ritmo al otro lado de la pared fue haciéndose más irregular, más urgente, menos controlado.

—Uff... sí... —escuché.

Y yo respondí en silencio, en la oscuridad de mi habitación, con los dientes apretados y la espalda arqueada, siguiéndole el ritmo sin que él lo supiera.

El final llegó casi al mismo tiempo.

Él primero, con un sonido que intentó sufocar y no pudo del todo, un jadeo ahogado que duró varios segundos. Yo unos instantes después, mordiéndome la palma de la mano para no hacer ruido, con todo el cuerpo temblando bajo las sábanas.

El silencio que siguió fue absoluto.

Escuché sus pasos dirigirse al baño. El agua correr un momento. Luego el crujido del sofá al recibirlo de nuevo.

Me quedé mirando el techo, todavía con el pulso acelerado, con una mezcla rara de satisfacción y algo parecido a la perplejidad.

Rodrigo. En serio.

Casi me reí. Me saqué los dedos despacio, me estiré entre las sábanas y me giré de lado.

Tardé exactamente tres minutos en quedarme dormida.

***

A la mañana siguiente lo encontré en la cocina, desayunando con el pelo revuelto y una expresión de lo más normal, como si no hubiera pasado nada. Porque para él, supongo, no había pasado nada. Creía que yo había dormido plácidamente durante toda la noche.

—Buenos días —dijo, levantando la taza.

—Buenos días —respondí, abriendo la nevera para no mirarlo directamente.

—Oye, espero no haberte molestado anoche. El sofá hace un ruido espantoso.

Le di la espalda un segundo más de lo necesario antes de contestar.

—Para nada —dije—. Dormí de maravilla.

Era completamente cierto.

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Comentarios (7)

jorgito88

tremendo relato, cuando llegué a lo del nombre se me cortó la respiración. muy bueno!!

NocheViajera

segunda parte por favor, no me dejes asi jaja

LauraV

me encantó como lo contaste, la tensión se siente desde el principio. sigue escribiendo!

Leandrito92

que buenoooo!!! de los mejores que lei acá en mucho tiempo

PilarGDL

me recordó a algo que me pasó hace años... esas cosas que uno escucha sin querer y de repente todo cambia. muy bien escrito

nocturno_lector

lo que mas me gustó es como armaste la tensión antes de que pase algo. esa sensación de querer ignorar y no poder. excelente

rositamx

jajaja pobre escuchar tu propio nombre en esa situación... tremendo momento. espero mas!

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