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Relatos Ardientes

La fantasía que empezó con unos gemidos en el baño

La alarma sonó a las siete y media. Me levanté sin ganas, con el pelo pegado a la cara y los ojos entrecerrados, y casi me golpeé la rodilla con el sillón-cama antes de recordarlo todo de un golpe.

Marcos.

Marcos estaba durmiendo ahí. Marcos, un amigo de hacía once años que se había quedado sin departamento y al que yo, con toda mi buena voluntad y sin pensar demasiado en las consecuencias, le había ofrecido el sillón por unos días. Marcos, que anoche había estado encerrado en el baño durante quince minutos con el agua abierta a medias y cuyos gemidos sofocados yo había escuchado desde la cama con el corazón latiéndome más rápido de lo razonable.

Me paré en el umbral y lo observé en la penumbra. Dormía de costado, mirando hacia donde estaba yo. Tenía el pelo revuelto en todas direcciones, la nariz gruesa, los labios demasiado carnosos para su cara, y de la boca entreabierta le colgaba un hilo de baba hasta la almohada. Había engordado bastante en los últimos años, eso era evidente. La camiseta le quedaba pequeña, el elástico del bóxer asomaba por encima de la sábana.

Nadie lo había llamado lindo nunca. Yo tampoco.

Y sin embargo me había acostado pensando en él. Ese era el problema. Ese era exactamente el problema que no sabía cómo procesar mientras lo miraba babear sobre mi almohada a las siete y veinte de la mañana.

Bajé la vista instintivamente hacia la sábana que lo tapaba a medias. Sentí algo que se parecía a la curiosidad y que era definitivamente más incómodo que eso. Sacudí la cabeza y fui a hacer café.

***

La cocina estaba separada del living solo por una barra desayunadora. Puse el agua en la cafetera y escuché el clic del despertador de Marcos, su quejido, el crujido del sillón. Antes de que pudiera decidir si quedarme o desaparecer, abrió los ojos y me vio.

Salí corriendo hacia mi cuarto. Me puse el primer short que encontré y volví como si nada hubiera pasado.

—Perdón, me había olvidado que estabas —dije, buscando las tazas en la alacena.

—Con ese susto ya estoy completamente despierto —respondió, con la voz pastosa de alguien que todavía no terminó de nacer del todo.

Se sentó en el borde del sillón y, con un movimiento que intentó parecer casual y no lo era para nada, se acomodó el almohadón sobre la entrepierna. Yo me di vuelta hacia la mesada. Sentí su mirada recorriéndome la espalda, los hombros, las caderas.

—¿Solo o con leche? —pregunté.

Tardó un segundo de más en responder.

—Solo. Y vos... ¿tomás la leche?

Revolví los ojos.

—¿No te parece muy temprano para eso?

—Jaja, es un chiste. Pero si no querés que sea chiste, tampoco me niego.

Un idiota. Un idiota redomado con el que me había masturbado la noche anterior. La situación era objetivamente ridícula.

—¿A qué hora te vas? —pregunté.

—¿Ya me estás echando?

—Preguntaba nomás.

Se arrimó a la barra en bóxers y apoyó los codos sobre el mármol. Tomamos el café de pie, con esa incomodidad específica de dos personas que comparten un secreto que ninguna de las dos debería saber. Él me miraba con esa media sonrisa suya, y yo miraba la taza, y las dos cosas eran igualmente inútiles.

Se arregló rápido después. Me dijo que terminaba a las seis y salió cerrando la puerta con cuidado.

Me quedé sola en la cocina y respiré.

***

El día en la oficina fue una ruina total.

Abrí cuatro documentos. Cerré cuatro documentos. Intenté responder correos y a mitad del segundo me perdí. Cerré los ojos para concentrarme y lo único que apareció fue Marcos: su cara que no era linda por ningún ángulo, su panza que se asomaba bajo la camiseta, esa voz ronca y pastosa de las siete de la mañana.

Cuanto más intentaba no pensar en él, más detallada y más concreta se volvía la imagen. Lo imaginé levantándose del sillón y caminando hacia donde yo estaba. Lo imaginé apoyándome contra la pared del pasillo. Lo imaginé diciéndome algo estúpido y yo sin poder importarme menos lo estúpido que era.

Agarré mi cartera y fui al baño.

Entré al último cubículo y eché el pestillo. La ropa interior estaba completamente húmeda. La guardé en la cartera. Me apoyé contra la pared fría y cerré los ojos.

Me lo imaginé entrando por las puertas de vidrio de la oficina, cruzando la sala hasta llegar a mi escritorio, levantándome de la silla sin decir una sola palabra. Me imaginé sus dedos, gruesos y seguros, recorriéndome la cintura. Me imaginé abriéndole el cinturón yo misma porque él tardaba demasiado en encontrar el cierre.

Tenía tres dedos adentro cuando se abrió la puerta del baño.

Me paralicé. Escuché pasos. Alguien tecleando en el celular. Apreté el botón del inodoro para cubrir cualquier sonido y fui a lavarme las manos con el agua muy fría.

Me miré al espejo. Las mejillas rojas, el pelo un poco desordenado, los ojos con una expresión que no me gustó reconocer.

—Vale, ¿estás bien? Estás toda colorada —me dijo Lucrecia cuando volví al escritorio.

—Sí, es el calor.

Me senté. No respondí ningún correo más. Pensé, en cambio, en el plan.

Era viernes. Marcos se iba el lunes a la mañana. Tenía ese fin de semana entero para hacer exactamente lo contrario de acostarme con él: calentarlo hasta que se volviera loco, que se muriera de ganas, que no pudiera dormir pensando en lo que no iba a conseguir. Eso era lo que quería. Eso era todo.

Claro que sí.

***

En el supermercado de la vuelta compré dos botellas de vino tinto.

En el colectivo había planificado todo con más detalle del que jamás había puesto en ninguna presentación de trabajo: llegar, hacer tiempo, ducharme a las seis menos cuarto con la puerta del baño entreabierta, salir con la toalla justo cuando Marcos llegara. Sorpresa. Qué casualidad. Quedarme hablando un rato todavía con la toalla puesta, después decirle que había tenido un día larguísimo y proponer abrir el vino.

Simple. Perfecto.

A las diez para las seis entré al baño.

El agua caliente me cayó encima y lo olvidé todo por un momento. Me enjabonué despacio, sin apurarme, prestándome una atención que no era habitual. Masajeé los hombros, recorrí las costillas, la cintura, el vientre. Permanecí muy atenta a cualquier sonido de la puerta de entrada durante todos esos minutos.

No llegó ninguno.

Salí. Me envolví en la toalla. Fui a la cocina por un vaso de agua y esperé junto a la barra, mirando la puerta.

Nada.

A las siete y cuarto me rendí y fui a vestirme. Un top blanco ajustado y un short cortísimo. Me miré en el espejo largo del baño. No estaba nada mal. Estaba, de hecho, bastante bien.

A las siete y media sonó el teléfono.

Un mensaje de Marcos: «Hice amigos acá y me invitaron a tomar algo. Hacé la tuya tranquila, vuelvo medio tarde.»

Sostuve el teléfono con más fuerza de la necesaria. Contesté solamente «ok» y lo tiré sobre la cama.

Fui a la cocina. Abrí una de las botellas. Me serví una copa y me la tomé de un trago.

Me serví otra.

***

Con la tercera copa en la mano me paré frente al espejo del cuarto.

Me miré. El top se pegaba exactamente donde yo quería que se pegara. El short no disimulaba prácticamente nada. Me recorrí con la mano libre despacio: las curvas de la cintura, la cadera, las costillas. Las mejillas me ardían un poco por el vino. La cabeza me funcionaba lenta y agradablemente.

Apoyé la copa sobre la mesa de luz.

Abrí el cajón de abajo.

Fui al living. Corrí las cortinas que daban al balcón. Me quedé parada mirando el sillón donde Marcos había dormido las últimas dos noches, donde sus sábanas seguían arrugadas exactamente como las había dejado esa mañana. Me saqué el top. Después el short. Me arrodillé sobre los almohadones.

Coloqué el vibrador en el lugar que durante todo el día había imaginado ocupado de otra manera. Lo prendí. Empecé a moverme despacio, con los ojos fijos en la puerta de entrada.

Con una mano me apretaba el pecho. Con la otra sostenía el vibrador en su lugar. Imaginé la puerta abriéndose. Imaginé a Marcos entrando y quedándose helado en el umbral, con la boca muy abierta, sin poder creer lo que tenía delante.

—Mirá lo que no podés tener —dije en voz alta.

Me sonó ridículo. No paré.

Subí la intensidad. Me aferré al respaldo del sillón con la mano libre y empujé contra el vibrador con más fuerza. Cuando llegó el orgasmo fue largo y agotador, y me quedé quieta ahí arriba durante casi un minuto antes de poder moverme.

Me levanté. Ordené todo, guardé el vibrador y me cambié. Con la cabeza más fría me puse algo más cómodo. Agarré la copa y la botella y fui a sentarme en el sillón, pero estaba húmedo. Terminé en un rincón del piso, con la copa apoyada en la rodilla y la espalda contra la pared.

Prendí Netflix. Me quedaban tres capítulos de una serie policial que había estado postergando desde hacía semanas. Los vi todos, copa en mano, bastante borracha para cuando llegó el final.

Aplaudí sola.

Ya era casi la una de la mañana. Todavía no había hecho la cama de Marcos.

***

Fui a armarla. Tomé las sábanas de la silla donde él las había dejado y me agaché para colocar la primera cuando se abrió la puerta de entrada.

—¡Ah, mirá esto! ¡La reina de los recibimientos!

Marcos cerró la puerta de un manotazo y entró tambaleándose ligeramente. Me puse de pie.

—¿Me estabas esperando?

—Por suerte que no. Si no, tenía que haber estado en cuatro toda la noche.

—Eso es un reclamito —dijo.

Se acercó a saludarme y me tomó de la cintura con las dos manos, más envolvente de lo habitual, con menos distancia que cualquier saludo anterior. Me dio un beso en la mejilla, pero no se alejó. Se quedó con la cara a centímetros de la mía, con el aliento cargado de whisky barato.

—¿Reclamito yo a vos? —intenté zafarme de sus brazos, pero me apretó más fuerte. Su panza contra mi vientre, mis pechos contra su pecho.

—Me encantaría —dijo, muy despacio.

—Andá, no jodás. Vení, ayudame a tender la cama.

Me agaché de nuevo sobre las sábanas.

—Uy, uy —dijo, y me pegó una palmada seca en la nalga.

—Dale, Marcos.

—Te regalaste.

—Ayudame.

Sentí que se acercaba desde atrás. Sus manos se posaron sobre mis caderas, apretando la tela con los pulgares. Su cuerpo contra el mío, sin distancia, sin ambigüedad posible.

—Me encanta cómo decís mi nombre —murmuró cerca de mi oreja.

Me puse de pie. Él me recorrió desde la cadera hasta el pecho, por encima de la tela, y empezó a apretar con las dos manos.

—Basta, Marcos.

—¿Ves? Justo así.

Empezó a trabajar sobre mis pezones. Primero los rodeó con las yemas de los dedos, muy despacio. Después frotó. Después pellizcó con una firmeza que me cortó el aliento.

—Dale, para.

—¿Paro?

Me pellizcó más fuerte.

—¡Ah! No... basta...

No me moví. Él levantó el top con una mano y con la otra empezó a bajar hasta meter los dedos dentro del short. Los deslizó despacio por el borde, con una calma que no cuadraba para nada con lo borracho que estaba.

—¿Cómo basta? —preguntó—. Si estás completamente empapada.

—Por favor...

Su dedo entró despacio. Después salió. Después volvió a entrar.

—¿Uno más?

Lo metió antes de que yo pudiera responder nada.

—Ahh... Marcos...

Se acomodó detrás de mí. Podía sentirlo completamente duro entre mis nalgas mientras me masturbaba con los dedos, mientras con la otra mano seguía trabajando sobre mi pecho, jalando de vez en cuando con más fuerza, sin aviso.

—Decime que te gusta.

—No.

—Decímelo.

—No.

Sus dedos se movían más rápido. Yo me había aferrado al brazo que tenía alrededor mío y lo apretaba sin darme cuenta. El único sonido en el cuarto era la respiración de los dos y el ruido húmedo de sus dedos moviéndose dentro de mí.

—Marcos... voy a acabar...

—Y dale entonces.

—No quiero.

—Sí querés.

—No...

Empecé a temblar primero en las piernas. Después en el vientre. Me aferré más fuerte a su brazo. Le clavé las uñas sin proponérmelo. Cuando llegó el orgasmo, el sonido que salió de mi boca fue imposible de contener.

Tardó lo que pareció un minuto entero en soltarme. Me acomodé la ropa. Me di vuelta para mirarlo.

Él tenía una mancha en el pantalón y una expresión que no supe cómo interpretar.

No dijimos nada durante varios segundos.

—Me voy a bañar —dije finalmente—. Tendé la cama.

Cuando salí del baño, Marcos estaba tirado boca abajo sobre la sábana que yo había puesto, roncando con la boca abierta, exactamente igual a como lo había encontrado esa mañana.

Me fui a mi cuarto. Cerré la puerta.

El segundo día había terminado.

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Comentarios (7)

granluis

increible!!! me quede sin palabras

MarisolFM

Necesito una segunda parte si o si. Que tension tan bien construida!!

Nico_mdq

Me paso algo parecido una vez, escuchar sin que el otro sepa que lo escuchas tiene algo muy especial. Muy bien contado, de verdad

CristinaLect

Como hiciste para no moverte?? esa situacion pide a gritos actuar jaja

fan_relatos22

La pared como limite que a la vez conecta... muy buena imagen. Me gusto mucho

ElViajante90

jajaja tremendo, gracias por compartirlo!

FantasiasLect

De los mejores que lei en esta categoria. Segui publicando!!

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