Lo que planeo hacerle cuando vuelva a verla
Lucía tiene algo que no puedo explicar con una sola palabra. No es solo su cuerpo, aunque su cuerpo me desordena la cabeza cada vez que la recuerdo. Es la manera en que me mira cuando sabe exactamente lo que estoy pensando. Esa media sonrisa que se le forma antes de hablar, como si ya supiera que voy a decir que sí a todo lo que proponga.
Nos conocimos hace poco más de un año en una cena de amigos en común. Ella se sentó frente a mí, y durante dos horas cruzamos miradas que decían mucho más de lo que cualquiera en esa mesa habría podido descifrar. Intercambiamos teléfonos con la excusa de un libro que yo le recomendé. El libro nunca se mencionó de nuevo.
Lo nuestro empezó con mensajes. Al principio, normales. Luego, cada vez más largos, más tarde en la noche, más honestos. Hasta que una madrugada ella me escribió lo que quería que le hiciera, con una claridad que me dejó con la pantalla del móvil brillándome en la cara y el corazón desbocado. Respondí con lo que yo quería hacerle a ella. Esa noche ninguno de los dos durmió.
***
La primera vez que nos vimos a solas fue en su apartamento. Me abrió la puerta descalza, con un vestido suelto de tirantes que dejaba adivinar que no llevaba nada debajo. Me gustó que no hubiera hecho nada especial. Nada de velas ni de música. Solo ella, su sofá y dos copas de vino que se quedaron a medias en la mesita.
No llegamos ni a terminar la primera copa. La besé despacio al principio, tanteando, y ella me devolvió el beso con una intensidad que me obligó a frenar un segundo solo para mirarla. Tenía los ojos entrecerrados y la respiración ya cambiada. Le bajé un tirante del vestido con los dedos, luego el otro, y el algodón se deslizó hasta su cintura. Sus pechos quedaron a la vista, redondos, con unas aureolas anchas y rosadas que me hacían perder la concentración desde la primera vez que las imaginé.
Los besé con calma, acariciando cada pezón con la lengua mientras ella echaba la cabeza hacia atrás. Me gustaba sentir cómo se le endurecían en mi boca, cómo su mano se enredaba en mi pelo y apretaba cuando yo acertaba con el ritmo. Le susurré algo al oído, algo que habíamos escrito en uno de aquellos mensajes de madrugada, y noté que todo su cuerpo se tensó de anticipación.
Le subí el vestido hasta las caderas. Llevaba unas bragas blancas de algodón, simples, ajustadas. Hay algo en la ropa interior blanca que me descontrola. Quizá porque se transparenta todo, porque no esconde nada. Ya estaban húmedas cuando las rocé con los dedos por encima de la tela, y ese detalle me hizo tragar saliva.
Me arrodillé frente a ella. Le aparté la tela con cuidado y la besé ahí, despacio, con la boca abierta, recorriendo cada pliegue hasta encontrar el punto exacto que la hacía apretar los muslos contra mis mejillas. La lamí con paciencia, alternando presión y suavidad, usando los labios y la lengua en combinaciones que había ensayado mentalmente durante semanas. Cuando le introduje un dedo, curvándolo hacia arriba, gimió bajito y me agarró del pelo con fuerza.
—No pares —dijo en un susurro que apenas le salió.
No paré. Seguí con la boca pegada a ella, sintiendo cómo se humedecía más y más, cómo su cuerpo se movía contra mi cara buscando el ángulo exacto. Añadí un segundo dedo y aceleré el ritmo, y ella se corrió con un espasmo largo que la hizo apretarse entera y soltar un quejido que intentó contener mordiéndose el labio.
Se quedó quieta un momento, recuperando el aliento, con los ojos cerrados y una sonrisa que me dijo todo lo que necesitaba saber.
***
Lo que vino después fue idea suya. Unas semanas antes, habíamos hablado de juguetes. Ella sacó de su mesita de noche un plug con forma de gota y una piedra decorativa en la base, del tamaño justo, no demasiado grande ni demasiado pequeño. Me lo puso en la mano y me pidió que se lo colocara yo.
La puse boca abajo sobre la cama, con una almohada debajo de las caderas. Apliqué lubricante con los dedos, acariciándola primero por fuera, en círculos lentos, dejando que se acostumbrara al tacto. Le introduje un dedo despacio y ella apretó las sábanas. Esperé. Cuando sentí que se relajaba, moví el dedo con suavidad, entrando y saliendo, y con la otra mano le acaricié la espalda, el costado, la curva de la cintura.
—Así —murmuró contra la almohada—. No dejes de hablarme.
Y le hablé. Le dije lo que estaba viendo, lo que sentía, lo que me provocaba tenerla así. Le describí en detalle lo que iba a hacerle cuando el juguete estuviera en su sitio. Mi voz bajó hasta convertirse en un susurro pegado a su oído, y cada palabra la hacía estremecerse un poco más.
Retiré el dedo y coloqué la punta del plug contra ella. Lo fui introduciendo milímetro a milímetro, girándolo con cuidado, y cuando la base quedó encajada, la piedra brillando entre sus nalgas, solté el aire que no sabía que estaba reteniendo. La imagen me golpeó con una fuerza que no esperaba.
Esto es mucho mejor que cualquier fantasía.
La giré suavemente, la besé, y ella me desabrochó el cinturón con dedos impacientes. Me sacó la camiseta, me bajó el pantalón y me tomó con la boca antes de que pudiera reaccionar. Su lengua subía desde la base hasta la punta, lenta, húmeda, haciendo una pausa en cada punto sensible como si tuviera un mapa de todo lo que me hacía perder la razón. Tuve que apartarla después de unos minutos porque estaba demasiado cerca del borde y no quería terminar así.
Me puse el preservativo y la penetré despacio, sosteniéndola por las caderas. La sensación fue distinta con el juguete dentro de ella, más apretada, más intensa. Ella abrió la boca sin emitir sonido y me clavó las uñas en los hombros. Empecé a moverme con un ritmo firme, controlado, y a cada embestida sentía cómo su cuerpo respondía con un temblor involuntario.
En la habitación de al lado había gente. Eso lo sabíamos los dos, y eso convertía cada gemido contenido en algo más excitante que cualquier grito. Ella se tapaba la boca con la mano y me miraba con los ojos muy abiertos, brillantes, como si no pudiera creer lo que estaba sintiendo. Le aparté la mano y la besé para ahogar el sonido en mi boca.
Aceleré. Ella enroscó las piernas alrededor de mi cintura y me pidió más, casi sin voz, y yo le di más. Le apreté los pechos, la mordí en el cuello, le susurré exactamente lo que me estaba haciendo sentir. Su cuerpo se arqueó y sentí que se corría otra vez, una contracción larga y rítmica que me arrastró con ella. Terminé dentro, con la frente apoyada en su hombro y el corazón latiéndome en las sienes.
Nos quedamos quietos un rato largo, entrelazados, escuchando nuestras respiraciones volver a la normalidad. Ella me acarició la nuca y dijo algo que no entendí del todo, algo que sonó a satisfacción pura.
***
Han pasado varios días desde ese encuentro y no he dejado de pensar en el siguiente. Le escribí anoche con una idea que llevaba dándome vueltas desde entonces, y ella respondió con una sola palabra: «Cuéntame».
Quiero que quedemos en una cafetería del centro, como si no nos conociéramos. Ella en una mesa, yo en otra. Le pediré que lleve puesto el plug antes de llegar, y las bragas blancas que sé que le ajustan bien. Nos sentaremos a tomar un café como dos desconocidos mientras por debajo de la mesa, en el bolsillo de mi chaqueta, mis dedos jugarán con el mando de un vibrador nuevo que le he comprado.
La miraré desde mi mesa y le enviaré un mensaje: «¿Estás lista?». Ella levantará la vista del teléfono y me sostendrá la mirada mientras yo subo la intensidad un nivel. Quiero ver cómo aprieta la taza, cómo cruza y descruza las piernas, cómo intenta mantener la compostura mientras su cuerpo le dice otra cosa. Quiero que ese momento se estire hasta que ya no pueda más, hasta que me escriba «Vámonos» con los dedos temblándole sobre la pantalla.
Después iremos a su apartamento. Y lo que pase allí será material para otro relato, porque tengo la intención de que dure mucho más que la última vez. Quiero explorar cada rincón que todavía no he tocado, cada sonido que todavía no le he sacado, cada límite que ella quiera empujar conmigo.
Eso es lo que hago cuando no estoy con Lucía. Pienso en ella. Planeo. Imagino. Y cada fantasía me deja con más ganas que la anterior, como un hambre que se alimenta de sí misma y no se sacia.
Su último mensaje llegó hace diez minutos. Dice: «El viernes. A las seis. No llegues tarde».
No pienso llegar tarde.