Las peores noches que viví como escort masculino
Cuando tenía veintidós años firmé un trato conmigo mismo: dos años vendiendo mi cuerpo, ni uno más, y con eso pagaría la carrera y me mudaría de la ciudad. Terminé aguantando tres años y medio. La gente que nunca lo ha hecho cree que el trabajo sexual es lo que sale en el porno, pero la realidad es otra cosa. La realidad huele distinto, pesa distinto, y te deja marcas que no se ven en la piel.
Esto que voy a contar no lo he contado nunca. Ni a mis amigos, ni al psicólogo al que me mandaron cuando dejé el oficio. Pero hace falta que alguien escriba lo que pasa del otro lado de la puerta del hotel, porque hay mucha gente que paga por un cuerpo y cree que también compra el derecho a no tratarte como a una persona.
No voy a hablar de los buenos clientes. Los hubo: hombres casados que necesitaban una noche de consuelo, viudos que querían conversación antes que sexo, chicos jóvenes que no se atrevían a salir del clóset. Esos pagaban y volvían y me hacían la vida llevadera. Pero no son estos los que se me quedan en la cabeza cuando cierro los ojos.
Los que se me quedan son los otros.
***
El primero del que me acuerdo se llamaba Ricardo. Eso decía su carnet, al menos. Era un tipo de unos ciento treinta kilos, con la cara siempre roja como si acabara de subir una cuesta, y un olor corporal que no se le quitaba ni recién duchado. Yo obligaba a todos mis clientes a asearse antes de empezar —era mi única norma inquebrantable—, y él cumplía, pero en cuanto se le aceleraba el corazón el sudor le brotaba como si tuviera un grifo abierto debajo de la piel.
Hay un detalle que cuesta explicar a quien no lo ha vivido: el tamaño de su cuerpo hacía que la polla le quedara casi escondida entre los pliegues del vientre. Para mamársela tenía que apartar carne con las dos manos, hundir la cabeza en un pozo húmedo de grasa y pelo, y buscarla a ciegas con la lengua hasta que la sacaba a flote. Era una polla corta y gruesa, oscura, con el glande morado, y siempre estaba pegajosa por más que él se hubiera duchado tres veces. Se me cerraba la garganta. Más de una vez tuve que apartarme con una arcada, disimularla tosiendo, tragar saliva y volver a bajar, a chuparle los huevos primero para reunir valor, y después a metérmela entera hasta la campanilla mientras él me apretaba la nuca con una mano sudada.
—Así, chiquito, así, no pares, mámamela toda —jadeaba, y el estómago le temblaba como una gelatina encima de mi frente.
Follármelo era imposible en cualquier postura convencional. Yo tenía que montarme encima de él y hacer equilibrio sobre su estómago, buscando el ángulo con la mano, agarrándole la polla por la base para meterla porque él ni siquiera se la veía. Me la clavaba yo mismo, despacio, sintiendo cómo el glande me abría el culo con un tirón seco, y después empezaba a subir y bajar sobre esa verga corta como si cabalgara un caballo enfermo. No podía apoyar demasiado peso porque se quejaba de que le aplastaba las piernas, así que tenía que sostenerme con los muslos, con las rodillas hundidas en el colchón, tensando los gemelos hasta que me ardían.
—Dime cochinadas —me pedía—. Dime que soy tu machote, que te encanta mi verga, dímelo al oído.
Y yo se lo decía, con la boca pegada a esa oreja gorda, mientras él me metía dos dedos en el culo junto con la polla para sentirse a sí mismo entrando. Le decía que era el mejor, que me llenaba, que ninguna verga me había hecho lo que la suya, y él gemía y me pellizcaba los pezones con los dedos rechonchos hasta dejármelos morados. A veces se corría en diez minutos, con dos espasmos gordos que le sacudían toda la panza, y me vaciaba la corrida dentro del culo en un chorro caliente que después me bajaba por el muslo cuando me bajaba de encima. A veces tardaba una hora. Una hora de cabalgar un monte sudoroso mientras él me pedía que le escupiera en la boca, que le mordiera las tetillas, que le tirara del pelo. Cuando por fin terminaba —con un gruñido largo, agarrándome las caderas para clavarme hasta el fondo—, yo me quedaba unos segundos quieto encima, sintiendo cómo se le encogía la polla dentro de mí y cómo la corrida me escurría del culo apretado contra su ingle. Después me sacaba con cuidado, me metía en la ducha de su habitación y me frotaba la piel hasta que se ponía roja, hasta que el jabón me entraba en el ano desgarrado y me hacía saltar de dolor.
Ricardo pagaba bien y pagaba puntual. Los clientes difíciles casi siempre lo hacen. Saben que el dinero es el único motivo por el que vuelves.
***
La segunda historia es distinta. Fue una fiesta en un chalet de las afueras, con piscina climatizada y esculturas en el jardín. Me contrataron como protagonista de un espectáculo. Había doce invitados, todos hombres de más de cuarenta años, trajeados, con whiskies en la mano como si estuvieran en una reunión de negocios.
Cuatro de ellos eran los «actores». Los otros ocho, el público.
Empezó con una felación en ronda. Me hicieron arrodillar sobre un cojín en el centro del salón, desnudo, con las manos cruzadas detrás de la espalda como me indicó el anfitrión. Iban pasando uno a uno: se acercaban, se abrían la bragueta, sacaban la polla ya medio dura y me la ponían en los labios. Yo abría la boca y me la tragaba entera, chupaba con la lengua alrededor del glande, subía y bajaba mamando fuerte para hacerlos terminar antes, y ellos me follaban la boca sin miramientos, agarrándome del pelo, empujándome la cabeza contra la pelvis hasta que el glande me tocaba el fondo de la garganta y me hacía toser. Cuando estaban a punto, se apartaban, se guardaban la polla mojada de mi saliva y venía el siguiente. Eso lo había hecho otras veces, no me escandalizaba. Lo que me desestabilizó fue el silencio del público. No hablaban, no comentaban, no reían. Miraban como quien observa un experimento en un laboratorio, con los vasos de whisky sudándoles en la mano y las pollas empalmadas apretadas contra el pantalón del traje.
Después vinieron las penetraciones. Uno de los cuatro me tumbó boca abajo sobre el sofá de cuero, me abrió las nalgas con las dos manos, escupió sobre mi culo y me clavó la polla de un solo empujón hasta el fondo. Grité contra el cojín. Empezó a follarme con embestidas largas y secas, sin ritmo, cada golpe le hacía chocar los huevos contra los míos. Cuando se corrió lo hizo dentro, y se retiró despacio para que los espectadores vieran cómo la corrida me chorreaba por el perineo. Los otros tres siguieron, uno tras otro, sin dejarme cerrar. El segundo me puso boca arriba, me levantó las piernas sobre sus hombros, me miró a los ojos mientras me destrozaba a pollazos y me escupió en la cara antes de vaciarse dentro. El tercero me sentó a horcajadas sobre él, en un sillón, y me hizo cabalgarlo mientras me apretaba el cuello con una mano y con la otra me daba golpes en el culo.
El cuarto quiso doble. Llamó a otro de los que ya se habían corrido, le pidió que se acostara boca arriba en la alfombra, me hizo montarme sobre él con esa polla otra vez dura, y cuando ya la tenía dentro se puso él detrás, me empujó el pecho contra el pecho del de abajo, y me metió su polla junto a la otra, en el mismo agujero. Se me escapó un aullido. Sentí que me partían en dos, dos glandes empujándose para hacerse sitio, la carne del culo estirada hasta un límite que no sabía que tenía. Empezaron a moverse a contratiempo, uno entrando cuando el otro salía, follándome entre los dos como si yo fuera una funda que se pasaran de mano. Yo intentaba disociarme, pensar en otra cosa, ir haciendo la cuenta mental del dinero que ganaría esa noche, pero hay momentos en los que el cuerpo te obliga a estar presente, y ese era uno.
No pienses. No pienses. No pienses.
Los ocho espectadores se habían acercado en semicírculo, mudos, con las pollas fuera. Cuando los dos que me estaban follando terminaron, con un jadeo doble, y se retiraron soltándome un chorro doble de corrida caliente que me bajó por los muslos, los ocho se pusieron de pie al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado una orden silenciosa, y se acercaron al sofá donde me habían dejado tirado, con las piernas abiertas y el culo abierto y goteando. Entendí lo que venía antes de que nadie dijera nada. Se abrieron los pantalones del todo, sacaron las pollas empalmadas, apuntaron, y me cubrieron de orina. Doce hombres meando sobre un chico de veintitrés años mientras sonreían. El primer chorro me dio en la cara, caliente, ácido, se me metió en la boca abierta y por la nariz. Los siguientes fueron cayendo por todo mi cuerpo: en el pecho, en la polla flácida y roja del roce, en el culo destrozado donde se mezclaba con la corrida de los cuatro anteriores y bajaba en un río amarillo hasta el cuero del sofá. Aguanté con los ojos cerrados hasta que el último terminó.
El anfitrión me pagó el triple de lo acordado y me ofreció una propina aparte si me iba sin ducharme. Acepté la propina. En el coche, de camino a mi casa, bajé las ventanillas porque el olor del asiento me daba náuseas, y en casa estuve media hora debajo del agua caliente hasta que no quedó ni rastro.
***
Hay un cliente al que todavía recuerdo con cierto cariño, lo cual dice mucho del panorama. Se llamaba don Emilio, tenía sesenta y dos años, era jubilado de un banco, y tenía un fetiche muy concreto: quería mamármela primero y después quería que yo le orinara encima.
Don Emilio era educado hasta la exageración. Me llamaba de usted, me abría la puerta del ascensor, me preparaba un café antes de empezar. En la cama no era agresivo ni grotesco. Lo suyo tenía algo casi ceremonial. Me sentaba en el borde de la cama, se arrodillaba entre mis piernas con las manos limpias y las uñas cortadas, y me sacaba la polla con una delicadeza rara, como si estuviera desenvolviendo un regalo. Me la lamía primero por la base, subiendo con la lengua plana hasta el glande, y después se la metía entera en la boca con los ojos cerrados. Chupaba sin prisa, con una técnica dulce y precisa que hacía pensar que llevaba media vida haciéndolo. Me acariciaba los huevos con la yema de los dedos, me apretaba el perineo con el pulgar, y no paraba hasta que yo estaba a punto. Entonces sacaba la polla de su boca, se la ponía en la mejilla, y me miraba desde abajo con una mirada de disculpa, esperando la señal.
Se echaba boca arriba en el suelo del baño, encima de una toalla blanca que colocaba siempre en el mismo sitio. Yo me ponía de pie, con las piernas abiertas sobre su cara, apuntaba mi polla y empezaba a orinarle sobre el pecho y la cara. Él cerraba los ojos como quien reza, abría un poco la boca para que le entrara el chorro, y se acariciaba su propia polla con una mano mientras la otra recorría el líquido caliente por su piel. Se corría casi siempre a los pocos segundos, con un temblor callado, mientras yo seguía meando encima de él hasta vaciar la vejiga.
Pagaba cada sesión con billetes nuevos, metidos en un sobre blanco con mi nombre escrito en caligrafía antigua. Nunca me hizo sentir sucio, y en este oficio esa frase vale más que el dinero.
***
Otro que no voy a olvidar se llamaba Santiago. Tenía una finca a cuarenta kilómetros de la ciudad, con caballos, un galpón enorme y una casa con chimenea de piedra. Era uno de esos hombres que se pasan la primera hora contándote de todas las mujeres con las que han estado, enseñándote fotos en el móvil, presumiendo como si necesitara convencerse a sí mismo de algo.
Conmigo quería exactamente lo contrario. Quería ponerse a cuatro patas sobre una alfombra frente a la chimenea, desnudo, con el culo arriba y la cara pegada al suelo, y que yo lo tratara como a un animal. Le tapaba la boca con una mordaza de cuero que él mismo me pasaba, le ataba las muñecas a la espalda con una cuerda, y empezaba con azotes. Primero con la mano, palmadas fuertes en las nalgas hasta que se le ponían rojas y marcadas con los dedos. Después con el cinturón, doblado en dos, chasquidos secos que le dejaban surcos morados. Después con una fusta de cuero que guardaba en el armario del pasillo, la que él pedía que usara solo cuando ya estaba «listo». Yo le abría las nalgas con la mano libre y le daba fustazos directos en el agujero, y él gemía a través de la mordaza y se le escapaba un hilo de saliva.
Cuando ya estaba a punto de venirse solo con los golpes, yo me sacaba la polla, me la escupía en la mano, se la restregaba por el ojal enrojecido y se la clavaba de golpe. Lo follaba duro, agarrado a las cuerdas de las muñecas como si fueran riendas, tirando de él contra mi pelvis, dándole nalgadas mientras me lo tiraba. Él se corría solo por dentro, con la polla goteando sin que nadie se la tocara, cuando yo le llenaba el culo de leche. Ese tipo de sesiones no me incomodaban. Tenía clientes habituales con gustos parecidos y ya había aprendido a manejar la intensidad, a leer cuándo pedían más y cuándo estaban al límite.
Lo que pasó la tercera vez fue distinto. Después de una sesión particularmente dura, Santiago se sentó en el suelo, desnudo todavía, sudoroso, con la corrida bajándole por la cara interna del muslo, y me miró con una sonrisa rara.
—Te pagaría diez mil si te dejaras hacer algo conmigo en el establo —dijo.
—¿Qué clase de algo?
—Con uno de los caballos. Solo mirar. Tú arriba, él detrás.
Pensé que estaba bromeando. Le sonreí, a la espera del remate. No había remate. Me repitió la oferta como si me estuviera ofreciendo un viaje a la playa.
—No —le contesté—. De ninguna manera. Eso no es sexo, eso es terminar en un hospital o en la morgue.
Insistió. Subió a quince mil. No volví más a su finca, aunque durante meses me siguió escribiendo mensajes largos con ofertas cada vez más altas. Terminé bloqueándole el número.
***
Hay peticiones que yo había oído como chistes o leyendas urbanas y que descubrí que eran reales. El cliente que quería que le defecaran encima, y después comerla. El que quería que le hiciera un corte pequeño en el antebrazo y le chupara la sangre. A los dos les dije que no, a los dos les cobré la hora mínima por haberme hecho perder el tiempo, y los dos se fueron sin discutir. Sospecho que están acostumbrados al rechazo y que pagar es su manera de reducir la vergüenza.
No quiero quedarme demasiado con esas escenas. Lo que me interesa contar es hasta dónde llega la imaginación de alguien que cree que el dinero le compra cualquier respuesta.
***
Una noche me contrató una mujer. Se llamaba Beatriz y me citó en un hotel del centro, en una suite con vistas al río. La puesta en escena parecía de película: velas, champán, lencería negra, música suave. Me pagó por adelantado el doble de mi tarifa habitual y me pidió que fuera dulce.
Fui dulce. Le hice todo lo que me pidió, en el orden que me pidió. La desnudé despacio, le fui besando el cuello, los pezones ya duros que se le marcaban a través del encaje, le bajé por el vientre con la boca, le lamí el interior de los muslos hasta que abrió las piernas del todo. Le comí el coño con paciencia, chupándole el clítoris con los labios, metiéndole la lengua entre los labios hinchados, mientras ella me agarraba la cabeza con las dos manos y me guiaba el ritmo. Le metí dos dedos hasta que se le empezó a contraer todo por dentro y se corrió contra mi boca, empapándome la barbilla.
Después me pidió que la follara despacio. Me puse encima, le abrí las piernas, me hundí en su coño mojado de un empujón lento y me quedé quieto un segundo, sintiéndola respirar contra mi cuello. Empecé a moverme con embestidas largas, hondas, mirándola a los ojos como me pedía, saliendo casi del todo antes de volver a entrar. La besé en la boca mientras la follaba, mordiéndole el labio, mientras ella me clavaba las uñas en la espalda y me pedía «más adentro, así, así». Se corrió otra vez debajo de mí, apretándome la polla con espasmos húmedos, y yo aguanté hasta que me pidió que me viniera dentro del condón. Estuvo bien, incluso. Cuando terminamos, mientras me vestía, vi que tenía el móvil apoyado en el espejo de la cómoda, con la cámara apuntando a la cama. Había estado grabando todo.
—No te preocupes —me dijo, sin moverse, fumando un cigarrillo en la sábana revuelta—. Tu cara no sale. Eres solo un cuerpo.
Le pregunté para qué era el vídeo. Me contó con una calma que ponía los pelos de punta que su marido llevaba dos años engañándola con una compañera de trabajo, que ya lo sabía todo, que había contratado a un abogado, y que esa grabación era el golpe final. Se la iba a mandar al día siguiente, junto con los papeles del divorcio.
Me fui sin decir nada. Al día siguiente borré su número de mi agenda, pero durante semanas pensé en el marido. No lo conocía, no tenía por qué importarme, y sin embargo me quedó una sensación sucia, como si me hubieran usado para una venganza que yo no había firmado.
***
Y llegamos a la noche del hospital, la que me puso punto final al oficio.
El cliente se llamaba Hernán. Era un hombre de cuarenta y cinco años, ejecutivo, guapo, con cuerpo de gimnasio. Me contrató por tres horas en un apartamento que alquilaba por noche en el centro. Antes de empezar me enseñó una cajita con pastillas azules y me dijo, sonriendo, que se había tomado dos.
—Quiero durar toda la noche —me dijo.
Y desde el primer minuto quedó claro que iba en serio. Se sacó la polla ya empalmada de las pastillas: larga, gruesa, con las venas marcadas y el glande hinchado y morado. Me hizo arrodillarme y mamársela primero, sin miramientos, empujándome la cabeza hasta el fondo, haciéndome tragármela entera hasta que se me saltaban las lágrimas y babeaba sobre sus huevos. Me la sacaba de la boca de golpe, me daba con ella cachetadas en la cara, y me la volvía a meter. Después me tumbó boca abajo sobre la cama, me abrió las piernas con las rodillas, me untó el culo con lubricante frío de un bote grande, y me la clavó hasta el fondo de un solo empujón.
Empezó a follarme con un ritmo mecánico, largo, sin pausa. A los veinte minutos me hizo cambiar de postura. Me puso boca arriba, me subió las piernas sobre sus hombros, y volvió a entrar. A los cuarenta minutos me puso a cuatro patas y me folló desde atrás, agarrándome de las caderas, dándome nalgadas que me sonaban en toda la habitación. A la hora me sentó encima de él y me hizo cabalgarlo, mientras me pellizcaba los pezones y me lamía el cuello. A la hora y media todavía no se había corrido. La polla le seguía dura como una piedra, empujada por la química de las pastillas, indiferente al cansancio.
El lubricante hizo su trabajo al principio. Después llegó un momento en el que ningún lubricante alcanzaba. Sentí un ardor sordo primero, después una quemazón cortante cada vez que salía y volvía a entrar. Le pedí que parara. Me dijo que faltaba poco. Le pedí que parara dos veces más, con la voz apagada contra la almohada. Siguió. Pagaba bien y yo era joven y tonto, y pensé que podía aguantar un poco más, que al fin y al cabo era mi trabajo.
Aguanta. Aguanta. Aguanta.
A las tres horas cambiamos otra vez. Me puso boca arriba en el borde de la cama, con las piernas dobladas contra el pecho, y me volvió a clavar la polla en un culo que ya no sentía suyo. Cada embestida era una punzada seca. Yo apretaba los dientes y contaba los golpes para no pensar. Se corrió por fin a las tres y media de la mañana, con un gruñido largo, vaciándose dentro con una descarga que sentí caliente y ardiente al mismo tiempo, como si me estuviera echando agua hervida en una herida abierta. Se retiró despacio, satisfecho, y cuando la polla le salió del culo salió también otra cosa: un hilo de corrida rosado, mezclado con sangre.
Terminamos a las cuatro de la mañana. Cuando me levanté de la cama sentí un calor extraño entre las piernas, y al mirarme en el baño vi la sangre corriéndome por la cara interna del muslo en un reguero espeso y oscuro. No era poca.
Me vestí como pude, bajé a la calle, paré un taxi y le pedí al chófer que me llevara al hospital más cercano. El médico de guardia me atendió sin hacer preguntas. Desgarro anal importante, dijo. Tres semanas de reposo, nada de penetración durante al menos dos meses, un tratamiento largo con antibióticos y cicatrizantes. Me recetó algo para el dolor y me mandó a casa en otro taxi al amanecer.
Estuve diez días sin poder sentarme bien. En ese tiempo hice las cuentas. Llevaba tres años y medio. Tenía suficiente dinero para vivir tranquilo un año largo. Tenía veinticinco. Tenía un diploma a medio terminar y una lista de cosas que siempre había dicho que haría «cuando lo dejara».
Lo dejé. Cambié de ciudad, terminé la carrera, encontré un trabajo de oficina, y hace años que nadie de mi entorno nuevo sabe nada de todo esto.
***
Si alguien está leyendo esto y paga por sexo, te pido una sola cosa: trata a la persona que viene a tu casa como a una persona. No como a un pedido de comida, no como a una muñeca alquilada, no como a un recipiente. Del otro lado hay alguien que también tiene madre, que también tiene un cuerpo que duele cuando lo fuerzas, que también quiere volver caminando a su casa esa noche.
Y si no puedes hacerlo, al menos paga lo que cuesta tu depravación. Porque el hospital no lo paga el que te hizo daño. Lo pagas tú, en silencio, al amanecer, mientras decides si esa noche fue la última o si todavía te queda un poco más de aguante dentro.
Si este relato te dejó con ganas, conocé escorts masculinos en Argentina: perfiles verificados y contacto directo.