Las peores noches que viví como escort masculino
Cuando tenía veintidós años firmé un trato conmigo mismo: dos años vendiendo mi cuerpo, ni uno más, y con eso pagaría la carrera y me mudaría de la ciudad. Terminé aguantando tres años y medio. La gente que nunca lo ha hecho cree que el trabajo sexual es lo que sale en el porno, pero la realidad es otra cosa. La realidad huele distinto, pesa distinto, y te deja marcas que no se ven en la piel.
Esto que voy a contar no lo he contado nunca. Ni a mis amigos, ni al psicólogo al que me mandaron cuando dejé el oficio. Pero hace falta que alguien escriba lo que pasa del otro lado de la puerta del hotel, porque hay mucha gente que paga por un cuerpo y cree que también compra el derecho a no tratarte como a una persona.
No voy a hablar de los buenos clientes. Los hubo: hombres casados que necesitaban una noche de consuelo, viudos que querían conversación antes que sexo, chicos jóvenes que no se atrevían a salir del clóset. Esos pagaban y volvían y me hacían la vida llevadera. Pero no son estos los que se me quedan en la cabeza cuando cierro los ojos.
Los que se me quedan son los otros.
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El primero del que me acuerdo se llamaba Ricardo. Eso decía su carnet, al menos. Era un tipo de unos ciento treinta kilos, con la cara siempre roja como si acabara de subir una cuesta, y un olor corporal que no se le quitaba ni recién duchado. Yo obligaba a todos mis clientes a asearse antes de empezar —era mi única norma inquebrantable—, y él cumplía, pero en cuanto se le aceleraba el corazón el sudor le brotaba como si tuviera un grifo abierto debajo de la piel.
Hay un detalle que cuesta explicar a quien no lo ha vivido: el tamaño de su cuerpo hacía que el pene le quedara casi escondido entre los pliegues del vientre. Para hacerle una felación tenía que apartar carne con las dos manos y meter la cara en un espacio donde el olor ya no era solo a sudor. Se me cerraba la garganta. Más de una vez tuve que apartarme con una arcada, disimularla tosiendo, y volver a bajar.
Penetrarlo era imposible. Yo tenía que montarme encima de él y hacer equilibrio sobre su estómago, buscando el ángulo, sin apoyar demasiado peso porque se quejaba. A veces se corría en diez minutos. A veces tardaba una hora. Una hora de cabalgar un monte sudoroso mientras él gemía y me pedía que le dijera cochinadas al oído. Cuando terminaba, yo me metía en la ducha de su habitación y me frotaba la piel hasta que se ponía roja.
Ricardo pagaba bien y pagaba puntual. Los clientes difíciles casi siempre lo hacen. Saben que el dinero es el único motivo por el que vuelves.
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La segunda historia es distinta. Fue una fiesta en un chalet de las afueras, con piscina climatizada y esculturas en el jardín. Me contrataron como protagonista de un espectáculo. Había doce invitados, todos hombres de más de cuarenta años, trajeados, con whiskies en la mano como si estuvieran en una reunión de negocios.
Cuatro de ellos eran los «actores». Los otros ocho, el público.
Empezó con una felación en ronda. Iban pasando, uno se abría la bragueta, yo se la chupaba, se apartaba y venía el siguiente. Eso lo había hecho otras veces, no me escandalizaba. Lo que me desestabilizó fue el silencio del público. No hablaban, no comentaban, no reían. Miraban como quien observa un experimento en un laboratorio.
Después vinieron las penetraciones, primero uno por uno, después dos a la vez. Yo intentaba disociarme, pensar en otra cosa, ir haciendo la cuenta mental del dinero que ganaría esa noche, pero hay momentos en los que el cuerpo te obliga a estar presente, y ese era uno.
No pienses. No pienses. No pienses.
Cuando los cuatro terminaron encima de mí, los ocho espectadores se pusieron de pie al mismo tiempo, como si alguien hubiera dado una orden silenciosa, y se acercaron al sofá. Entendí lo que venía antes de que nadie dijera nada. Se abrieron los pantalones, apuntaron, y me cubrieron de orina. Doce hombres meando sobre un chico de veintitrés años mientras sonreían.
El anfitrión me pagó el triple de lo acordado y me ofreció una propina aparte si me iba sin ducharme. Acepté la propina. En el coche, de camino a mi casa, bajé las ventanillas porque el olor del asiento me daba náuseas, y en casa estuve media hora debajo del agua caliente hasta que no quedó ni rastro.
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Hay un cliente al que todavía recuerdo con cierto cariño, lo cual dice mucho del panorama. Se llamaba don Emilio, tenía sesenta y dos años, era jubilado de un banco, y tenía un fetiche muy concreto: quería hacerme una felación primero y después quería que yo le orinara encima.
Don Emilio era educado hasta la exageración. Me llamaba de usted, me abría la puerta del ascensor, me preparaba un café antes de empezar. En la cama no era agresivo ni grotesco. Lo suyo tenía algo casi ceremonial. Se arrodillaba, me lo pedía con una mirada de disculpa, y cuando yo le orinaba sobre el pecho y la cara cerraba los ojos como quien reza.
Pagaba cada sesión con billetes nuevos, metidos en un sobre blanco con mi nombre escrito en caligrafía antigua. Nunca me hizo sentir sucio, y en este oficio esa frase vale más que el dinero.
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Otro que no voy a olvidar se llamaba Santiago. Tenía una finca a cuarenta kilómetros de la ciudad, con caballos, un galpón enorme y una casa con chimenea de piedra. Era uno de esos hombres que se pasan la primera hora contándote de todas las mujeres con las que han estado, enseñándote fotos en el móvil, presumiendo como si necesitara convencerse a sí mismo de algo.
Conmigo quería exactamente lo contrario. Quería ponerse a cuatro patas, que le tapara la boca con una mordaza y que lo tratara como a un animal. Azotes con la mano, con el cinturón, con una fusta de cuero que guardaba en el armario del pasillo. Ese tipo de sesiones no me incomodaban. Tenía clientes habituales con gustos parecidos y ya había aprendido a manejar la intensidad, a leer cuándo pedían más y cuándo estaban al límite.
Lo que pasó la tercera vez fue distinto. Después de una sesión particularmente dura, Santiago se sentó en el suelo, desnudo todavía, sudoroso, y me miró con una sonrisa rara.
—Te pagaría diez mil si te dejaras hacer algo conmigo en el establo —dijo.
—¿Qué clase de algo?
—Con uno de los caballos. Solo mirar. Tú arriba, él detrás.
Pensé que estaba bromeando. Le sonreí, a la espera del remate. No había remate. Me repitió la oferta como si me estuviera ofreciendo un viaje a la playa.
—No —le contesté—. De ninguna manera. Eso no es sexo, eso es terminar en un hospital o en la morgue.
Insistió. Subió a quince mil. No volví más a su finca, aunque durante meses me siguió escribiendo mensajes largos con ofertas cada vez más altas. Terminé bloqueándole el número.
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Hay peticiones que yo había oído como chistes o leyendas urbanas y que descubrí que eran reales. El cliente que quería que le defecaran encima, y después comerla. El que quería que le hiciera un corte pequeño en el antebrazo y le chupara la sangre. A los dos les dije que no, a los dos les cobré la hora mínima por haberme hecho perder el tiempo, y los dos se fueron sin discutir. Sospecho que están acostumbrados al rechazo y que pagar es su manera de reducir la vergüenza.
No quiero quedarme demasiado con esas escenas. Lo que me interesa contar es hasta dónde llega la imaginación de alguien que cree que el dinero le compra cualquier respuesta.
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Una noche me contrató una mujer. Se llamaba Beatriz y me citó en un hotel del centro, en una suite con vistas al río. La puesta en escena parecía de película: velas, champán, lencería negra, música suave. Me pagó por adelantado el doble de mi tarifa habitual y me pidió que fuera dulce.
Fui dulce. Le hice todo lo que me pidió, en el orden que me pidió. La desnudé despacio, le besé el cuello, el vientre, el interior de los muslos. Estuvo bien, incluso. Cuando terminamos, mientras me vestía, vi que tenía el móvil apoyado en el espejo de la cómoda, con la cámara apuntando a la cama. Había estado grabando todo.
—No te preocupes —me dijo, sin moverse, fumando un cigarrillo en la sábana revuelta—. Tu cara no sale. Eres solo un cuerpo.
Le pregunté para qué era el vídeo. Me contó con una calma que ponía los pelos de punta que su marido llevaba dos años engañándola con una compañera de trabajo, que ya lo sabía todo, que había contratado a un abogado, y que esa grabación era el golpe final. Se la iba a mandar al día siguiente, junto con los papeles del divorcio.
Me fui sin decir nada. Al día siguiente borré su número de mi agenda, pero durante semanas pensé en el marido. No lo conocía, no tenía por qué importarme, y sin embargo me quedó una sensación sucia, como si me hubieran usado para una venganza que yo no había firmado.
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Y llegamos a la noche del hospital, la que me puso punto final al oficio.
El cliente se llamaba Hernán. Era un hombre de cuarenta y cinco años, ejecutivo, guapo, con cuerpo de gimnasio. Me contrató por tres horas en un apartamento que alquilaba por noche en el centro. Antes de empezar me enseñó una cajita con pastillas azules y me dijo, sonriendo, que se había tomado dos.
—Quiero durar toda la noche —me dijo.
Durar la noche, para Hernán, significó tres horas y media de penetración casi ininterrumpida. Tenía un pene largo y ancho, y aunque al principio el lubricante hizo su trabajo, llegó un momento en el que ningún lubricante alcanzaba. Le pedí que parara. Me dijo que faltaba poco. Le pedí que parara dos veces más. Siguió. Pagaba bien y yo era joven y tonto, y pensé que podía aguantar un poco más, que al fin y al cabo era mi trabajo.
Aguanta. Aguanta. Aguanta.
Terminamos a las cuatro de la mañana. Cuando me levanté de la cama sentí un calor extraño, y al mirarme en el baño vi la sangre corriéndome por la cara interna del muslo. No era poca.
Me vestí como pude, bajé a la calle, paré un taxi y le pedí al chófer que me llevara al hospital más cercano. El médico de guardia me atendió sin hacer preguntas. Desgarro anal importante, dijo. Tres semanas de reposo, nada de penetración durante al menos dos meses, un tratamiento largo con antibióticos y cicatrizantes. Me recetó algo para el dolor y me mandó a casa en otro taxi al amanecer.
Estuve diez días sin poder sentarme bien. En ese tiempo hice las cuentas. Llevaba tres años y medio. Tenía suficiente dinero para vivir tranquilo un año largo. Tenía veinticinco. Tenía un diploma a medio terminar y una lista de cosas que siempre había dicho que haría «cuando lo dejara».
Lo dejé. Cambié de ciudad, terminé la carrera, encontré un trabajo de oficina, y hace años que nadie de mi entorno nuevo sabe nada de todo esto.
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Si alguien está leyendo esto y paga por sexo, te pido una sola cosa: trata a la persona que viene a tu casa como a una persona. No como a un pedido de comida, no como a una muñeca alquilada, no como a un recipiente. Del otro lado hay alguien que también tiene madre, que también tiene un cuerpo que duele cuando lo fuerzas, que también quiere volver caminando a su casa esa noche.
Y si no puedes hacerlo, al menos paga lo que cuesta tu depravación. Porque el hospital no lo paga el que te hizo daño. Lo pagas tú, en silencio, al amanecer, mientras decides si esa noche fue la última o si todavía te queda un poco más de aguante dentro.