Mi jefe entró al camión conmigo esa noche
Llegué a España con una maleta y la sensación de que mi vida cabía ahí dentro. Caracas se había vuelto un lugar imposible y mi prima Esther me ofreció el sofá de su piso en Valencia mientras encontraba algo. Al cuarto día me llamaron de una nave de logística cerca de Sagunto para una entrevista. Estaba a media hora en autobús, en un polígono donde el sol pegaba sobre el asfalto como si quisiera recordarme que el verano allí también es serio.
Iba con ilusión. Tenía referencias buenas y experiencia con carretillas elevadoras desde antes, en un puerto donde había trabajado tres años. Lo que no sabía es que esa entrevista iba a hacer mucho más que cambiarme el sueldo.
Me recibió una mujer rubia, la jefa de recursos humanos, y a su lado un hombre con la camisa arremangada hasta los codos. Tendría unos cuarenta y tantos, pelo negro con canas en las sienes y una mirada que se quedaba fija en uno demasiado tiempo. Aitor. Me dijo el nombre y me dio la mano.
—Tú eres Camilo, ¿verdad? —preguntó leyendo el papel.
—Sí, mucho gusto.
Me hicieron una prueba con la carretilla. La nave todavía olía a cartón nuevo y a aceite de máquina. Mover los palés salió fluido, sentí los pedales como si los conociera de toda la vida. Volvimos al despacho y me hicieron las preguntas de rigor: dónde vivía, si tenía papeles en regla, si entendía las normas de seguridad. Yo contestaba mirando a la mujer, pero notaba cómo Aitor no me quitaba los ojos de encima.
Cuando ella terminó su parte, él se acomodó en la silla, juntó las manos sobre la mesa y me sonrió. Una sonrisa de medio lado que después aprendería a leer.
—Una última pregunta, Camilo. ¿Tienes hijos?
Lo miré confundido un segundo. La pregunta no encajaba en ese contexto, pero contesté con naturalidad.
—No, no tengo. Vivo solo aquí.
Asintió despacio, como si guardara la respuesta en algún cajón interno. Luego se levantó, me extendió la mano y dijo que el puesto era mío. Le apreté la mano con firmeza. La de él se quedó un instante de más sobre la mía.
Salí de la nave con el contrato apretado contra el pecho y una sensación rara en el estómago. No era miedo, no eran nervios. Era otra cosa.
***
Los primeros dos meses los pasé en tareas de adaptación. Inventario, etiquetado, ayudar a los compañeros con el sistema informático. Eran labores menores que normalmente se daban a los nuevos para que se familiarizaran con el ritmo del almacén.
Aitor tenía una mesa al fondo del primer pasillo, justo a la altura de los muelles de carga. Desde ahí supervisaba el flujo de camiones, atendía llamadas y discutía con los colaboradores que organizaban las rutas. Cada vez que yo pasaba cerca, levantaba la cabeza. No siempre saludaba con palabras. A veces solo era una sonrisa breve, una inclinación, una mirada larga. Y yo le devolvía la sonrisa, porque me caía bien y porque ya empezaba a notar que aquello no era solo cordialidad.
Las jornadas eran de mañana y de tarde. La empresa no tenía turno de noche. Yo prefería el de tarde porque me dejaba la mañana libre para arreglar papeles y mandar dinero a mi madre. Aitor también solía cubrir el de tarde. No sé si por la operativa o por otra razón.
Cuando llegó el momento de pasarme a las labores principales, esperé que me asignaran a uno de los compañeros más antiguos para la inducción. Era lo habitual. Llevaban a los nuevos durante dos días, les explicaban el funcionamiento de los muelles, los códigos de los palés, las rutas de los camiones, las hojas de carga. Pero esa mañana, Aitor se levantó de su mesa, se acercó a mi puesto y me dijo:
—Hoy te enseño yo.
Sentí el calor en la cara antes de poder controlarlo. Iván, uno de los colaboradores que normalmente daba las inducciones, levantó la vista del ordenador con la boca medio abierta. Otros dos compañeros se miraron. Aitor no era un jefe que se manchara las manos. Y de pronto se las manchaba conmigo.
—Vamos —me dijo, sin hacer caso a las miradas.
Pasamos toda la mañana entre los muelles. Me explicó las luces de los semáforos del andén, los protocolos de cada cliente, cómo distinguir un palé que se podía apilar de otro que no. Hablaba con autoridad, pero también con paciencia. Cuando me agachaba para mirar una etiqueta, él se agachaba conmigo. Cuando subía a la carretilla, él se quedaba al lado y me ponía la mano en la barra para indicarme un giro. La mano siempre rozaba la mía un instante antes de retirarse.
A media mañana paramos para tomar un café en la máquina del fondo. Estábamos solos.
—Aprendes rápido —me dijo, soplando el vaso.
—Tú enseñas bien.
Se rio entre dientes y bajó la mirada al café. Tenía las pestañas largas y oscuras, lo noté ahí por primera vez.
***
Lo que pasó en las semanas siguientes fue una mezcla de éxito laboral y guerra fría con el resto de la nave. Los compañeros que llevaban años en la empresa empezaron a meterse conmigo. Comentarios por lo bajo en el vestuario, encargos imposibles, retrasos provocados a propósito en la línea de carga para que yo quedara mal en los reportes. Más de uno me dejó claro que el favoritismo de Aitor no me hacía amigos.
Pero él se enteraba de todo. Una tarde, Iván me gritó delante de todos por una etiqueta mal pegada que ni siquiera había puesto yo. Aitor estaba al fondo de la nave, escuchó la escena y vino caminando. No le gritó. No hizo aspavientos. Solo se paró delante de Iván y le dijo en voz baja:
—Si tienes un problema con un trabajador mío, vienes a mi mesa y lo hablamos. No le gritas en mi nave.
Iván se quedó callado. Se hizo un silencio raro. Aitor se giró hacia mí, me puso la mano en el hombro un segundo y se fue. Yo me quedé temblando, mitad de adrenalina, mitad de algo más.
A partir de ese día, los ataques se hicieron más sutiles, pero seguían ahí. Yo me esforzaba al doble para no darles munición. Llegaba antes, me iba después, hacía las hojas de carga sin un error. Quería que él estuviera contento. No quería defraudarlo.
Y él lo notaba. Empezó a venir a mi puesto sin motivo aparente. Me preguntaba si había comido, si había descansado, si me costaba el alquiler. Me trajo un día un termo de café porque sabía que la máquina estaba estropeada. Pequeñas atenciones que cualquier compañero hubiera hecho, pero que en él pesaban distinto.
***
La noche que todo cambió fue un jueves de noviembre. Había bajado mucho el volumen de trabajo, faltaban dos camiones por cargar y la nave estaba prácticamente vacía. Iván se había ido a las seis. Los demás colaboradores también. Solo quedábamos Aitor en su mesa, un compañero llamado Rubén montando palés en el otro extremo y yo, en el muelle número siete, cargando un camión que salía hacia Murcia a las once.
Eran las nueve y media. La luz general estaba apagada en la zona del fondo y solo funcionaban los focos de los muelles activos. Dentro del camión casi no se veía nada, solo lo que entraba desde fuera. Yo iba por la mitad de la carga cuando lo escuché caminar.
Sus pasos sobre el suelo de cemento eran reconocibles. Suela dura, paso firme. Levanté la vista y lo vi parado al lado del muelle, con las manos en los bolsillos del pantalón, observándome. Me bajé de la carretilla y la dejé atravesada en la entrada del muelle. Sin pensarlo, tapaba el paso a cualquiera que viniera. Le pregunté si todo estaba bien.
—Sí, todo bien —dijo—. Quería ver cómo te apañas con el camión de Murcia.
—Voy por la mitad. Los palés frágiles están atrás del todo.
—Vamos a verlos.
Subió la rampa y entró conmigo. Dentro olía a cartón y al polvo dulce de los detergentes que cargábamos. La luz que entraba desde el muelle nos llegaba en franjas, dejando todo lo demás en penumbra. Caminamos hasta el fondo del camión. Él me iba diciendo qué miraba, asentía a cada palé, me felicitaba por cómo había distribuido el peso.
Y entonces se paró. Me puso la mano en el hombro y me dijo:
—Has hecho un trabajo cojonudo estos meses, Camilo.
Yo agaché la cabeza. La mano se quedó ahí. No era una palmada, no era un gesto de superior a empleado. Era una mano que esperaba.
—Gracias —murmuré.
—Mira, esa etiqueta de ahí abajo está torcida —dijo, señalando un palé del fondo—. Despégala y vuélvela a poner.
Me arrodillé sin pensar. La etiqueta estaba en la esquina del palé, a la altura de su cintura. La despegué con cuidado, la miré y, cuando levanté la cara para preguntarle si la pegaba más arriba, me encontré con sus ojos directamente sobre los míos. Él no estaba mirando la etiqueta. Me estaba mirando a mí. Y la mirada no tenía nada de jefe.
Me llené de un valor que no sé de dónde salió. Me quedé arrodillado.
—¿Está bien así? —pregunté, enseñándole la etiqueta.
Asintió con la cabeza, despacio, sin apartar los ojos. Y entonces lo vi. La cremallera del pantalón estaba bajada. No mucho. Lo justo para que yo, desde abajo, lo notara.
—Tienes la cremallera abierta —le dije, con una sonrisa que ni yo me reconocí.
Se rio bajito.
—Pues súbemela tú.
Fue una orden tan suya como cualquier otra que me había dado en la nave.
Levanté la mano y le agarré la cremallera. La piel de mis dedos rozó la tela del bóxer y, debajo, algo duro. Subí la cremallera dos dientes y me quedé ahí. Él pegó un pequeño respingo.
—¿Qué haces, cabrón? —murmuró, pero no se movió.
—Lo que me pidió.
Volvió a reírse, esta vez más nervioso. Me preguntó si le había agarrado la polla. Yo sonreí y le dije que no pasaba nada, que no se asustara. Él soltó las manos del bulto y dejó caer los brazos a los costados, como rindiéndose. Yo bajé la cremallera otra vez, despacio, y metí la mano dentro del pantalón.
Estaba duro. Caliente. Cerró los ojos.
Le saqué la polla con cuidado. Mojada de su excitación, brillaba en la penumbra del camión. Acerqué la cara y me la metí en la boca lentamente, sintiendo cómo se hinchaba aún más al contacto con mi lengua. Bajé hasta la base, hasta que la punta me golpeó la garganta. Él respiró hondo y se llevó las manos a mi cabeza, pero no apretó. Me dejó marcar el ritmo.
Empecé despacio. Subiendo y bajando, jugando con la lengua en el frenillo, retirándome para besarle la base, lamiendo los testículos por encima de la tela. Él soltaba pequeños suspiros que se mezclaban con el zumbido lejano de los focos. Volví a metérmela hasta el fondo y me quedé ahí, presionando con la garganta, sin respirar. Cuando salí buscando aire, él ya tenía la respiración entrecortada.
—Joder, joder —repetía en voz baja.
Le abracé las piernas con un brazo y le agarré el culo con la otra mano. Apreté. Lo mantuve contra mí mientras aceleraba el ritmo. No quería soltarlo. Sentí cómo todo el cuerpo se le tensaba, cómo los músculos del muslo se le endurecían contra mi mejilla.
—Camilo, me corro —dijo de pronto, sin aire.
No me retiré. Apreté más fuerte y aceleré aún más. Su mano se cerró un poco en mi pelo, no para empujar, solo para sostenerse. Y entonces sentí el calor en la garganta, ese chorro espeso que iba bajando mientras yo tragaba sin pensar. Tragué todo. Él soltó un gemido corto y ahogado, se dobló un poco hacia adelante y se quedó así, temblando, con la mano todavía en mi cabeza.
Despegué la boca despacio. La polla se le iba ablandando entre mis labios. Lo miré desde abajo, todavía arrodillado, y él bajó la vista hacia mí con los ojos blanquecinos del orgasmo y una sonrisa que no había visto nunca.
—Cabrón —susurró—. ¿Qué me has hecho?
***
Me levantó tirando suavemente de mis hombros. Me besó. Un beso largo, sin asco por lo que acababa de tragar, con la lengua entrando despacio. Después se arrodilló él. Me bajó el pantalón hasta los muslos, me sacó la polla y me empezó a comer con torpeza, pero con ganas. No tenía la práctica que yo, se notaba que era nuevo en aquello, pero le ponía empeño.
—Avísame cuando vayas a correrte —me dijo entre lametones.
—Vale.
Me agarró las nalgas con las dos manos y se puso a chuparme. Yo apoyé las manos en el palé del fondo para no caerme. La luz del muelle nos llegaba en líneas paralelas y le iluminaba el pelo cuando movía la cabeza. No duré mucho. Llevaba tantas semanas mirándolo, imaginándolo, que en cuanto sentí su lengua firme, supe que iba a ser cuestión de minutos.
—Ya, ya —le dije.
Se levantó rápido, sacó la polla y me masturbó con la mano que aún tenía calor de mi boca. Se me escapó un gemido más fuerte de lo que quería, lo apreté contra mí y me corrí en su mano y en el suelo del camión. Él no apartó la mano hasta que quedé vacío.
Nos quedamos así un instante, frente a frente, sin decir nada. Se subió el pantalón, se ajustó la camisa, se pasó la mano por el pelo. Yo hice lo mismo, todavía con las piernas temblando.
Antes de bajar la rampa, me cogió de la nuca y me besó una vez más. Corto, casi un susurro de labios.
—Joder, tío —dijo—. No me equivoqué al elegirte.
Bajó al muelle, se metió las manos en los bolsillos otra vez y caminó hacia su mesa como si nada. Yo terminé de cargar el camión a las once en punto. Cerré la lona. Dejé los albaranes firmados en bandeja de salida. Me marché a casa en autobús, mirando por la ventanilla las luces de la autovía sin verlas.
Esa noche, en el sofá del piso de mi prima, me costó dormir. No por culpa, no por miedo. Por otra cosa.
***
De aquello hace ya casi un año. La relación con Aitor sigue, y nadie en la nave sospecha. Nos vemos los jueves por la noche, cuando la operativa baja, y en algún hotel de la zona los fines de semana que él logra escaparse. Tiene mujer y dos hijos mayores que no viven con él. Yo no le pido más de lo que me da. Él tampoco me pide más de lo que le doy.
A veces, en mitad del trabajo, paso cerca de su mesa y él levanta la cabeza un instante. Una sonrisa breve, una inclinación, una mirada larga. Como el primer día. Y yo le devuelvo la sonrisa, porque sé que esa noche, cuando los demás se vayan y solo queden los focos de los muelles encendidos, va a haber otro camión y otra etiqueta torcida.
Y yo voy a estar arrodillado, esperando órdenes.