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Relatos Ardientes

La noche del hammam antes de mi boda

Me llamo Yusuf Karami y la noche que cambió todo fue la víspera de mi boda. Junio de 1989, un pueblo a pocos kilómetros de Tetuán, en el norte de Marruecos. Tenía veinte años y al día siguiente iba a casarme con Aisha Daoudi, la hija de la familia más respetada de la zona.

Yo había pedido expresamente que la despedida fuera íntima. Sin amigos del pueblo, sin invitados externos. Solo mis dos hermanos mayores —Tarek, de treinta y dos años, y Idris, de veintiocho— y los tres hermanos de Aisha: Ahmad, el primogénito de treinta y cuatro; Khalil, de treinta y uno; y Samir, el más joven, de veintinueve. Y, presidiéndolo todo, Omar Daoudi, mi futuro suegro, cincuenta y dos años de presencia silenciosa y autoridad calmada.

Yo sabía por qué quería esa noche así. Lo sabía desde que Tarek e Idris me habían iniciado años atrás, en el cumpleaños de mis dieciocho, en el cuarto trasero de la casa familiar. Aquella tarde había sido un secreto entre los tres, un descubrimiento que nunca se nombraba a la luz del día pero que volvía a aparecer, callado y consentido, cada cierto tiempo. Y sospechaba —no, sabía— que en la familia Daoudi pasaba algo parecido entre los hermanos. Aisha era una mujer hermosa y yo la quería de verdad. Pero esa noche no era para ella.

La cena se sirvió sobre la gran mesa baja del salón principal de Omar. Tajine de cordero con ciruelas y almendras, couscous humeante, pasteles rellenos de carne especiada, dátiles frescos, higos partidos, té de menta en jarras de plata. Todos descalzos, todos con chilabas blancas o claras, todos con la mirada brillante por el calor de la tarde y por el narguile que circulaba lleno del mejor hachís de Omar.

Yo fumaba despacio. Cada calada me bajaba un poco más la guardia, me aflojaba las piernas, me suavizaba los pensamientos. No era un humo que me confundía: era un humo que me destapaba. Lo que llevaba semanas contenido empezaba a salir a flote.

—Esta noche celebramos a Yusuf —dijo Omar levantando su vaso de zumo de granada—. Que mañana sea un buen día. Y que esta noche, entre nosotros, sea solo nuestra.

Levantamos los vasos. Bebí mirándolo. Él me sostuvo la mirada más tiempo del que hubiera mirado a un futuro yerno cualquiera. Yo dejé que lo hiciera.

Tarek contó historias de cuando éramos niños. Idris las exageraba. Ahmad habló de su propia boda. Khalil imitaba a las suegras del pueblo. Samir se reía a carcajadas. Y Omar me observaba a mí. Cada vez que me llevaba el narguile a la boca, sus ojos seguían el recorrido del humo. Cada vez que yo cruzaba o descruzaba las piernas, él lo notaba.

—Hijo —dijo cuando los platos principales ya estaban casi vacíos—, vamos al hammam. Está preparado solo para nosotros.

Nos levantamos los siete sin que nadie tuviera que pedirlo dos veces.

***

El hammam privado de Omar era amplio, recubierto de mármol claro, iluminado por lámparas de aceite que dejaban temblar la luz contra las paredes. El vapor olía a eucalipto y a jabón negro. Dejamos las chilabas en los bancos de la antesala y entramos descalzos, con el cuerpo ya pesado por el hachís y por la cena.

Nos lavamos con agua caliente, nos frotamos con jabón negro, y luego nos sentamos en las bancadas de mármol. Sudábamos en silencio. El vapor subía en espirales blancas alrededor de los cuerpos.

Omar hizo un gesto a sus tres hijos. Lo entendieron al instante. Ahmad, Khalil y Samir se envolvieron en toallas y salieron sin protestar, cerrando la puerta tras ellos. Quedamos cuatro: Omar, Tarek, Idris y yo.

Omar se acercó. Caminaba como camina un hombre que no tiene prisa porque sabe que nadie le va a decir que no. Se sentó a mi lado, tan cerca que su muslo grueso tocó el mío. No retiré la pierna. Él tampoco.

Su mano grande, pesada, callosa, se posó en mi rodilla. Subió despacio por la cara interior del muslo. Yo cerré los ojos. Cuando su boca encontró mi cuello, yo ya estaba listo.

Me besó. No fue un beso suave. Fue un beso que decía «sé lo que quieres y sé lo que voy a darte». Su lengua entró en mi boca con seguridad y la mía la recibió con la misma claridad. Tarek e Idris, en sus bancadas, miraban sin decir nada. Yo sabía que estaban ahí. Yo quería que estuvieran ahí.

Omar me hizo girar con calma sobre el mármol. Me puso a cuatro patas. Sentí su cuerpo grande detrás del mío, el peso de su pecho contra mi espalda, el vapor caliente entre nosotros. Cuando empujó dentro de mí, yo solté un gemido que llevaba semanas guardando.

Me folló despacio al principio. Profundo. Sus manos sujetaban mis caderas con esa firmeza que no necesita demostrar nada. Cada embestida me abría un poco más, me llevaba un poco más lejos del Yusuf que mañana iba a firmar el contrato matrimonial.

Tarek habló primero, con esa voz grave que le conocía desde niño:

—Mira cómo se entrega. Igual que la primera vez.

Idris se reía bajo, con la mano lenta sobre su propia verga.

—Siempre fue así. Siempre lo supo.

Omar no decía nada. Solo me follaba con un ritmo cada vez más profundo. Cuando se corrió dentro de mí, lo hizo con un gruñido ronco que me recorrió la espalda como una corriente. Sentí su lefa caliente llenándome y me dejé caer sobre el mármol, jadeando.

***

Tarek se acercó primero. Se arrodilló frente a mi cara y me sujetó la barbilla.

—Abre, hermanito.

Abrí. Su verga gruesa entró en mi boca como había entrado tantas veces antes, en aquellas tardes que nadie más conocía. Yo lo recibía de memoria, con la lengua reconociendo el contorno, con los labios sabiendo el ritmo.

Idris se colocó detrás de mí. Sentí su lengua antes que sus dedos, recorriendo el surco caliente, probando lo que Omar acababa de dejar dentro. Idris siempre había sido el más hambriento de los dos. Después entró él, con un empujón firme, y empezó a follarme con ese ritmo nervioso suyo, mientras Tarek me sujetaba la cabeza y me follaba la boca con embestidas controladas.

Mi cuerpo se sacudía hacia delante con cada empuje de Idris, lo que clavaba más profundo a Tarek en mi garganta. Yo gemía contra la verga de mi hermano mayor, los ojos cerrados, sintiendo cómo el calor del mármol y el vapor se mezclaban con el calor que tenía dentro.

Cuando se corrieron —Tarek primero, en mi boca; Idris después, dentro de mí— me dejaron descansar un momento sobre el mármol caliente. Pero la noche no había terminado.

***

La puerta del hammam se abrió. Entraron Ahmad, Khalil y Samir, ya desnudos, ya duros, sin toallas. Se detuvieron a contemplar la escena: yo a cuatro patas, jadeando, con el semen de tres hombres mezclándose dentro de mí.

Ninguno dijo nada. Solo se acercaron.

Ahmad fue el primero. Se arrodilló detrás de mí y entró sin avisar. Su verga era la más gruesa de los tres, y me arrancó un gemido largo que me dejó sin aire. Khalil se colocó frente a mi cara y me ofreció la suya. La abrí. Samir, el más joven, esperó su turno con una sonrisa que conocía por las cenas familiares pero que nunca había visto desnuda.

Probaron varias posturas. A cuatro patas primero, luego de pie sostenido entre los tres como un peso ligero, después tumbado boca arriba sobre el mármol caliente con Samir sentado sobre mi cara. Yo dejaba que me movieran. Mi cuerpo había encontrado un ritmo propio que ya no necesitaba mi permiso.

Mientras tanto, en la otra esquina del hammam, Idris se había arrodillado frente a Omar y empezaba a mamársela despacio. Tarek le besaba los pies y le subía las manos por las pantorrillas. Omar los miraba a ellos y luego me miraba a mí, y en sus ojos había algo tranquilo y oscuro que solo entendí muchos años después: era un hombre acostumbrado a tener lo que quería, y esa noche me tenía a mí.

Ahmad se corrió primero, con un gruñido sordo. Luego Samir, jadeando contra mi mejilla. Khalil fue el último, sobre mi pecho, con la mano todavía sujetándome el pelo.

***

Cuando terminé tumbado sobre el mármol caliente, el cuerpo derretido, los ojos cerrados, sentí que alguien me levantaba con cuidado. Me lavaron con agua tibia, me secaron, me untaron con aceite de argán y de rosa. Manos firmes y cuidadosas recorrieron mi espalda, mis nalgas, mis muslos. Me pusieron una bata de seda azul que olía a lavanda fresca. Me llevaron en brazos hasta el dormitorio principal de la casa de Omar y me dejaron sobre la cama de matrimonio.

Dormí sin sueños.

***

Me desperté con el sol entrando por la ventana entreabierta. La luz era dorada, suave. El aire olía a menta. Sobre una mesa cercana había una bandeja con higos partidos, dátiles, uvas negras, queso de cabra, miel y una tetera de plata humeante.

Y sentado a los pies de la cama, desnudo, con la verga ya dura, estaba Omar.

—Buenos días, Yusuf.

No había hachís en mi sangre. No había humo entre mi cabeza y el mundo. Lo veía todo con una claridad limpia: la luz, el desayuno, el cuerpo grande de mi futuro suegro, su mirada paciente esperando lo que yo decidiera.

Me incorporé despacio. Lo miré. Y entonces fui yo quien se acercó.

Lo besé. Primero suave, luego con hambre. Me subí a horcajadas sobre él, dejé que la bata de seda azul se abriera, llevé su verga con mi propia mano hasta mi entrada todavía sensible y bajé sobre él. Lo cabalgué despacio, con los ojos abiertos, sin apartar la mirada. Esta vez no había vapor que disculpara nada. Esta vez era yo eligiendo.

Omar me sujetaba las caderas sin imponer nada. Acompañaba. Me dejaba llevar el ritmo. Me dejaba ser quien decidía cuán profundo y cuán rápido. Cuando se corrió dentro de mí por segunda vez en menos de doce horas, lo hizo con un gruñido bajo que se mezcló con mi propio gemido.

Me quedé quieto sobre él. Lo besé otra vez, esta vez con calma. Él me susurró contra los labios:

—Cada vez que vengas a esta casa, mi puerta seguirá abierta. Aunque seas el marido de Aisha. Sobre todo siendo el marido de Aisha.

No dije nada. Solo asentí. Era una promesa que iba a cumplirse muchas veces a lo largo de los años.

Después nos sentamos los dos a la mesa. Comimos higos, dátiles, queso con miel. Bebimos té de menta en silencio, mirándonos a veces, sonriéndonos otras. Al cabo de una hora me vestí con la chilaba de novio, blanca y con bordados de hilo dorado, y bajé al patio donde ya me esperaba mi familia.

Aisha estaba hermosa esa tarde. La quise de verdad. La sigo queriendo. Pero esa mañana, en aquel dormitorio del piso de arriba, supe que una parte de mí —la parte que mi cuerpo había aprendido a los dieciocho años, y que la noche anterior había desbordado en el vapor del hammam— iba a seguir siendo de Omar.

Y eso, hasta hoy, es algo que solo siete hombres saben.

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Comentarios (7)

LoboNorte_77

tremendo relato, me enganche desde la primera linea!!!

tomas_sur

El hammam muy bien descripto, te pone en el lugar. Buenisimo compañero

Maxi_Rdz

No lo puedo creer que termine ahi, quiero saber que paso despues!!

MartinCba91

La tension que construiste es increible, muy bien escrito. Sigue asi

Carlitos_Mx

Me recordo a una situacion extraña que vivi yo antes de mi casamiento jaja. Esas cosas siempre pasan en el peor momento. Muy identificado con el relato

DiegoAr22

Se hizo corto!!! mas mas mas

alternativo360

Exelente, uno de los mejores que lei ultimamente

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