Perdí tres apuestas seguidas con mi amigo gay
Era viernes por la tarde en el piso de Diego, un séptimo del barrio de Lavapiés. La luz cobriza del atardecer entraba sesgada por las persianas a medio bajar y rayaba el sofá donde estábamos los dos repantingados. El último Mundial de baloncesto había terminado hacía dos meses, pero Eurosport seguía emitiendo repeticiones de los partidos clave y nosotros, como buenos vagos, no podíamos despegarnos del televisor. Latas frías sudando en la mesa de centro, un bol de patatas fritas casi vacío, y ese ambiente perezoso que solo se da entre amigos viejos.
Yo, Camila, veintisiete años, colombiana de Cali, piel canela, cintura estrecha y piernas largas. Las tetas y el culo me los había hecho retocar dos años antes en Bogotá, antes de aterrizar en Madrid: tetas redondas que cualquier camiseta delataba, culo levantado que no se iba a venir abajo ni con cien años. Pelo negro a media espalda, un poco ondulado por el calor del piso, y unos ojos castaños que mi madre siempre dijo que eran lo más bonito que tenía. Diego, treinta y uno, madrileño, delgado y nervudo de tanto entrenar en su propio salón con barra de dominadas y unas pesas baratas. Pecho marcado bajo la camiseta gris desteñida, brazos venosos cuando tensaba el codo para llevarse la lata a la boca, abdomen plano partido por esa línea vertical que se hundía bajo la cinturilla del chándal. Barba oscura de tres días, pelo negro corto revuelto, ojos verdes que casi siempre estaban riéndose de algo aunque la boca estuviera quieta.
Llevábamos años así, picándonos por todo: política, fútbol, series, la última cita catastrófica de cualquiera de los dos. Diego era abiertamente gay desde los dieciocho. Yo lo conocí a los veintiuno, sirviendo cafés en el mismo local de Atocha. En todos esos años nunca hubo una sola tensión rara entre nosotros: ni un roce ambiguo, ni una mirada que durara más de la cuenta. Yo era, para él, casi otro tío.
Esa tarde estaban poniendo Lituania-Estados Unidos. Crucé las piernas en el sofá y solté la profecía:
—Estados Unidos los pasa por encima. Veinte puntos como mínimo. Esa NBA aplastante no se discute.
Diego me miró de reojo, sin levantar la cabeza del cojín.
—¿Segurísima?
—Segurísima. Te lo apuesto a lo que quieras.
Se rascó la barba un segundo. Vi cómo se le movían las comisuras antes de hablar.
—¿A lo que quiera? Vale. Pero nada de pasta, que sé que estás tiesa hasta fin de mes. Si pierdes… me la chupas. Hasta el final, sin escupir nada.
Casi escupo la cerveza. Me dio la risa floja, esa que sube por la garganta sin pedir permiso.
—¿En serio? ¿Mi boca? Diego, eres gay declarado. No te calientan las mujeres ni borracho. No vas a aceptar eso ni en broma.
—Por eso mismo —se encogió de hombros—. Para ti es apuesta segura. Y si gano yo, me das ciento cincuenta euros.
Cerró los ojos un instante, como si le pasara algo por la cabeza demasiado rápido y necesitara ordenarlo. No le di importancia.
—No tengo ciento cincuenta euros, ya te dije. Si gano, me los pagas tú a mí. Si pierdo… cumplo lo que pides. Pero te aviso: vas a tirar el dinero.
—Hecho —dijo con una calma extraña.
Chocamos las latas. El partido era una repetición y, despistada, no me había mirado el resultado. Lituania jugó como si fueran finales olímpicas. Defensa salvaje, triples imposibles, los americanos perdiendo los nervios. A falta de dos minutos ganaban los lituanos por catorce. Cuando sonó la bocina, mi cara debió ser un poema.
Diego apagó el volumen del televisor.
—Has perdido, Camila.
Sentí el calor subir por el cuello y aposentarse en las orejas. La boca se me secó.
—Joder. Vale. Cumplo. Pero sin reírte, ¿eh? Y sin grabarme.
—No me río —dijo serio—. Vamos al grano antes de que te lo pienses dos veces.
Me arrodillé frente a él en la alfombra rasposa del salón. Diego se desabrochó el chándal sin teatro, lo bajó hasta los muslos junto con el bóxer azul y se quedó así, repantingado todavía, con el sexo a la vista. Estaba semierecto: gruesa para su cuerpo flaco, recta, venosa, la cabeza brillando por una gota transparente. La miré un par de segundos antes de tocarla. Latía, viva, despierta, mucho más despierta de lo que un gay debería estar frente a una amiga.
—Está caliente —murmuré, no tanto a él como a mí misma.
—Llevo semanas sin acostarme con nadie —se justificó él, voz ronca—. No le des más vueltas.
Empecé despacio. Lengua plana sobre la punta, recogiendo la gota salada acumulada en la hendidura. La envolví con los labios, succión suave, lengua girando alrededor del frenillo. Diego soltó un suspiro corto que terminó en gruñido. Bajé un poco más, sintiendo cómo la cabeza me rozaba el paladar, cómo las venas se marcaban contra la lengua. La metí honda, abriendo la garganta, dejando que la saliva caliente chorreara por el tronco hasta los testículos. Subí y bajé con ritmo constante, succionando fuerte cada vez que llegaba arriba, contrayendo la garganta cada vez que llegaba abajo.
—Joder, Camila… así… —gruñó él, mano abierta sobre mi nuca, dedos enredados en el pelo sin empujar, solo sosteniéndose.
Aceleré. Mano izquierda sobre los testículos pesados, rodándolos despacio. La derecha sobre la base, ajustando lo que la boca no abarcaba. Diego se tensó entero: abdomen vibrando, muslos firmes, los pies aplastándose contra el suelo. Soltó mi nombre como si se le escapara y se corrió. Caliente, espeso, abundante, golpeándome el fondo de la garganta. Tragué sin parar, succionando para exprimir cada pulsación, lengua presionando por debajo hasta que la última gota salió del glande tembloroso.
Me senté a su lado en el sofá, labios hinchados, barbilla brillante.
—Saldado —dije, voz rota.
Él respiraba como después de correr.
—No me lo esperaba. Se siente distinto. Más caliente. Más húmedo. No sé.
—No digas nada —le corté—. Fue una apuesta. No me hagas sentir rara.
***
Una hora después, otra repetición: Argentina-Eslovenia, semifinal de aquel mismo Mundial. Yo seguía bebiendo cerveza con la barbilla limpia, intentando hacer como si nada. Diego no había vuelto a sacar el tema, pero tenía un brillo nuevo en los ojos que no me gustaba.
—Argentina pasa por encima a los eslovenos —solté—. La generación dorada está intacta. Vamos otra ronda.
—¿Otra apuesta? —preguntó él, sonrisa lenta—. Aprendes despacio.
—Aprendo cuando hay algo en juego. Si pierdo… —tragué saliva, sin saber muy bien qué iba a decir hasta que lo dije—. Si pierdo, me das por detrás. Una vez. Hasta que termines.
Casi le da un atragantamiento.
—¿Tú quieres que yo te folle por detrás? Camila, soy gay. Llevo siéndolo desde antes de cumplir los dieciocho.
—Exacto —le contesté, mirándolo a los ojos—. No vas a querer aprovecharlo de verdad. Es farol. Y si gano yo, me pagas trescientos euros, que esos sí los necesito para el alquiler.
—Yo trescientos los tengo —dijo él—. Pero si pierdes, cumples al cien por cien. Sin medias tintas.
Cerró los ojos otra vez, ese gesto suyo que ya había hecho antes. Esta vez no me molesté en preguntarme qué le pasaba por la cabeza. Asintió sin más.
—Hecho.
Argentina arrancó bien. Quince arriba al descanso. Pero los eslovenos remontaron en el último cuarto con una eficiencia metódica, casi alemana, y al final se la llevaron por seis. Cuando vi el marcador definitivo en la esquina de la pantalla, se me cayó el alma a los pies y un calor distinto me empezó a subir entre los muslos.
Silencio largo en el salón.
—Segunda derrota —dijo Diego.
Me temblaban las piernas cuando me levanté.
—Vale. Pero con mucho lubricante. Y despacio. Si me hace daño, paras.
Me llevó al dormitorio sin decir palabra. La cama estaba sin hacer, sábanas grises revueltas. Me bajé los pantalones cortos y la ropa interior de un tirón, antes de pensármelo. Me puse a cuatro patas: culo en pompa, moreno, redondo, esa silueta que tanto me había costado pagar a plazos en Bogotá. Diego sacó del cajón de la mesilla un bote de lubricante a base de agua. La tapa hizo clic en el silencio.
—Respira hondo —dijo, voz controlada—. Voy a tomármelo con tiempo.
Empezó con los dedos, fríos por el lubricante. Uno primero, abriéndose paso despacio. Otro después. Los movió en círculos, presionando con suavidad, esperando a que mi cuerpo se rindiera al ritmo. Cuando entró él, lo hizo centímetro a centímetro, una pausa por cada avance. El primer dolor se transformó en presión densa y, casi sin darme cuenta, en calor. Empecé a soltar gemidos que no eran fingidos.
—Joder, Camila… aprietas como un tío —susurró él, voz ronca pero baja, hablándole más a la pared que a mí—. Pero por fuera todo es suave. No me lo esperaba así.
Aceleró el ritmo cuando vio que aguantaba. Manos firmes sobre mis caderas, dedos clavándose en la piel. Su cuerpo flaco golpeando contra el mío con una eficiencia que no parecía la de alguien improvisando. Se corrió dentro: pulsaciones que sentí muy adentro, calor rebosando incluso antes de que saliera.
Caí boca abajo sobre las sábanas grises.
—Casi igual —dijo él al cabo de un rato, mirando al techo—. No me lo esperaba.
—No digas nada —murmuré contra la almohada.
***
A esas alturas yo tenía claro que algo se había desordenado. Pero en lugar de irme, me quedé. Cenamos pizza congelada en la cocina, con las luces a media potencia. Diego no me miraba a los ojos del todo. Yo tampoco. La tele seguía encendida en el salón con otra repetición esperando: Serbia-Alemania, primera fase, partido sin importancia.
—Una más —dije, sirviéndome otra cerveza—. Si pierdo, me quedo a dormir. Y mañana te despierto como tú quieras. Eliges tú.
—¿Y si gano? —preguntó él.
—Trescientos euros. Igual que antes. Sé que sigo sin tenerlos, así que sigo apostando lo mismo: el cuerpo.
Diego no se rio esta vez. No cerró los ojos tampoco. Asintió como quien firma un papel.
—Hecho.
Serbia perdió. Tres a cero, paliza absoluta. Ni siquiera me sorprendió.
Nos acostamos pegados, pero sin tocarnos demasiado. La habitación olía a su colonia, a sudor reciente, a sábanas que no se habían cambiado en una semana. Tardé en dormirme. Diego respiraba hondo a mi lado, espalda contra mi pecho, una mano suya rozando mi muslo sin moverla. A las seis de la mañana, cuando la luz empezó a colarse por la persiana medio rota, yo estaba despierta otra vez.
Me deslicé despacio bajo las sábanas. Diego dormía boca arriba, brazo cruzado sobre la frente. Aparté el elástico del bóxer con cuidado y lo besé en la base, lengua plana subiendo hasta la punta, despacio. La saqué con un beso húmedo y volví a empezar. El cuerpo de Diego respondió antes que su cabeza: la polla creció contra mi lengua antes de que él abriera los ojos.
La metí honda, succionando con fuerza, ritmo constante. Mano izquierda sobre los testículos. Diego despertó gimiendo, una mano colándose entre las sábanas para encontrar mi nuca.
—Joder, Camila… más adentro… —gruñó, voz tomada de sueño.
Aceleré. Garganta abierta, saliva escapándose por la comisura, succiones cada vez más fuertes. Sus caderas se levantaron buscando más. Se tensó entero, gruñó algo que parecía mi nombre y un par de blasfemias mezcladas, y se corrió: chorros calientes, abundantes, golpeando el fondo de mi boca. Tragué todo, succionando suave hasta la última pulsación, lengua presionando por debajo mientras él palpitaba débil contra mi paladar.
Salí de debajo de la sábana despacio, labios hinchados, barbilla húmeda otra vez. Diego me miraba desde la almohada con los ojos vidriosos, pecho subiendo y bajando como si hubiera corrido.
—Camila… —murmuró.
No le dejé seguir. Le tapé la boca con dos dedos.
—No digas nada —repetí—. Era la última apuesta.
Me levanté, cogí la camiseta del suelo y me fui al baño a lavarme la cara. Desde el espejo, me miré los labios hinchados y los ojos que no parecían los de quien acababa de pagar tres deudas.
Eran los de quien ya estaba calculando, en silencio, cuándo iba a ser la próxima vez que viéramos juntos un partido de baloncesto.