Lo que mi padre cobraba por el coche
Empezó con el coche.
Siempre empieza con algo así: un privilegio, una necesidad cotidiana que de repente alguien convierte en moneda de cambio. Para mí era el Citroën plateado que mi padre dejaba aparcado en el garaje entre semana y que los fines de semana quedaba «libre» según su criterio. Con ese coche podía llegar a la facultad en veinte minutos en lugar de una hora en autobús, podía quedar con mis amigas sin depender de horarios, podía sentir que tenía algo parecido a autonomía con veintiún años viviendo todavía en casa de mis padres.
Él lo sabía. Lo sabía desde mucho antes de que yo lo entendiera.
***
La primera vez fue una noche de octubre. Mis amigas habían organizado una excursión a la sierra para el sábado siguiente y yo era la única con carné que podía conducir. Mi padre estaba en el garaje cuando bajé a pedírselo, con el capó abierto y un trapo en la mano.
—¿Te lo presto? —repitió, sin mirarme—. Depende.
—¿De qué depende?
Se limpió las manos despacio y me miró de una manera que reconocí sin saber muy bien desde cuándo era capaz de reconocerla. No era la primera vez que notaba esa mirada. Llevaba semanas recibiéndola y eligiendo no darle nombre.
—Ya sé cómo puedes pagarlo —dijo.
Lo que siguió no lo voy a describir en detalle. Solo diré que el suelo de cemento del garaje estaba frío esa noche, que el olor a aceite de motor se me metió en la nariz mientras trabajaba, y que cuando terminé subí las escaleras sin decir nada y me encerré en el baño durante un cuarto de hora.
El sábado encontré las llaves sobre mi cómoda.
***
Desde esa primera noche el trato quedó establecido sin que ninguno de los dos lo pusiera en palabras. No hacía falta. Yo necesitaba el coche. Él quería lo que había descubierto que podía conseguir. El intercambio era simple: sus llaves a cambio de mi boca.
Desde el principio intenté imponer mis propias condiciones dentro de lo que podía controlar. Nada de arrodillarme si podía evitarlo. Nada de quitarme ropa. Nada de dejar que tomara demasiado control. Lo ponía en el sofá o en el borde de la cama, me colocaba a su lado, pasaba un brazo por su espalda y con la mano libre le hacía lo que había que hacer hasta que terminaba. Rápido, mecánico, sin miradas innecesarias.
Me decía a mí misma que así mantenía el control. Que era yo quien decidía cómo y cuándo. Me lo creía, o me esforzaba en creerlo.
Lo que no podía controlar del todo eran sus manos. Mientras yo trabajaba, él me subía la camiseta por la espalda y me recorría la piel con las palmas abiertas, bajando a veces hasta el borde de mis vaqueros. Yo elegía ignorarlo. Era más fácil que reaccionar.
Lo que sí me ponía realmente tensa era cuando aprovechaba momentos fuera de cualquier trato: una palmada rápida en el trasero cuando yo estaba de espaldas en la cocina, un roce que duraba demasiado al pasarme algo en la mesa, delante de mi madre incluso. No podía decir nada. Él tenía toda la ventaja: si yo abría la boca, él también podía abrirla. La cornuda sería mi madre, pero la zorra sería yo. Al fin y al cabo, quien pagaba todo era él.
Me callaba, cogía las llaves y ponía la radio a todo volumen en la autopista.
La vida social había mejorado enormemente. Mis amigas me trataban como si tuviera todo resuelto. Nadie notaba nada raro. Así que durante unos meses me convencí de que aquello era una negociación como cualquier otra, de que era yo quien llevaba las riendas.
Qué equivocada estaba.
***
Una noche de diciembre, tarde, estaba en mi cuarto estudiando para los exámenes cuando empezó a filtrarse un sonido a través de la pared medianera. Ese ritmo sordo e inconfundible que, una vez identificado, ya no puedes dejar de escuchar aunque quieras.
Me quedé quieta con el bolígrafo suspendido sobre el folio.
El sonido seguía. Amortiguado por el cuarto de mi hermano en medio, pero presente. Carne contra carne, respiraciones aceleradas, el chirrido periódico de un somier. Creí reconocer la voz de mi padre. Creí reconocer la de mi madre.
Me puse tensa. Y entonces vino algo que no quería reconocer: una curiosidad caliente y molesta que se instaló en el estómago y que no se marchaba. Apoyé la oreja contra la pared durante dos segundos, no más, y me aparté enseguida. Me quedé sentada en el borde de la cama con esa mezcla incómoda de vergüenza y excitación instalada entre las piernas sin saber qué hacer con ella.
Cerré los libros. Deslicé la mano dentro de mis pantalones cortos.
Tardé menos tiempo del que me habría gustado. Me odié a mí misma aproximadamente un minuto después.
Al cabo de un rato el sonido al otro lado de la pared terminó con un silencio abrupto. Pasos cuidadosos bajando las escaleras. El televisor encendiéndose en el salón. El ruido característico de una lata de cerveza.
Mi teléfono vibró sobre la almohada.
«Baja.»
***
Me puse unos vaqueros ajustados y una camisa blanca de botones. No quería darle ninguna señal de que estaba disponible para más de lo habitual. Me dejé las zapatillas de estar en casa, tragué saliva y bajé.
Estaba recostado en el sofá con la cerveza en la mano y el fútbol en la tele. La luz del salón le daba un aspecto completamente ordinario. Cualquiera que hubiera entrado habría visto a un hombre de mediana edad viendo el partido tranquilamente. Nadie habría imaginado nada más.
—¿Vas a usar el coche este fin de semana? —preguntó sin apartar la vista de la pantalla.
—Sí. Mis amigas y yo tenemos planeado ir a la playa.
—Perfecto. Dame lo mío ahora, que mañana no voy a estar en casa y no quiero líos.
—¿Ahora? —Mi madre estaba durmiendo arriba. Mi hermano también.
—Sí, ahora. ¿Hay algún problema?
Hice el amago de sentarme a su lado en el sofá, empujando el mando y la bolsa de patatas hacia un lado para hacerme sitio. Pero él me miró con el ceño fruncido.
—¿Qué haces?
—Sentarme.
—No. De rodillas.
El estómago se me cerró de golpe.
—Venga ya —protesté en voz baja, mirando hacia las escaleras.
—Además, quítate la camisa. Y el sujetador. Quiero verte las tetas.
Lo dijo con el mismo tono con que habría pedido que le acercara el mando a distancia.
—No puede ser en serio.
—Es completamente en serio. De rodillas y con las tetas al aire. Si no te parece bien, llama ahora mismo a tus amigas y cancela la playa, porque el trato es ahora.
Me ardía la cara. Miré hacia las escaleras, luego hacia él, luego otra vez hacia las escaleras.
Mis amigas llevaban dos semanas esperando ese viaje. No había margen para decir que no.
Solté el aire despacio y empecé a desabrocharme la camisa.
La doblé y la dejé sobre la silla más cercana. Luego me desabroché el sujetador por detrás y lo dejé encima. El aire del salón era frío y se me erizó la piel de inmediato, endureciéndome los pezones. Él me miraba ahora sin disimular. Se relació los labios, todavía húmedos de cerveza, y abrió las piernas sin ningún gesto de pudor, recostándose en el sofá con la tranquilidad de alguien que sabe exactamente cómo va a terminar la noche.
***
Caminé hacia él con los pechos al aire, notando cómo se movían a cada paso sobre el parqué frío del salón. Me coloqué entre sus piernas abiertas, doblé las rodillas y me arrodillé.
Él volvió a mirar el partido. Ni siquiera se molestó en sacar nada. Esperó a que yo le desabrochara el botón, le bajara la cremallera y le sacara la polla con la mano. Ya estaba medio dura cuando la liberé, caliente y pesada entre mis dedos.
Me quedé un momento mirándola sin moverme.
Otra vez aquí.
Empecé por la base, pasando la lengua despacio hacia arriba por la parte inferior, con la lengua bien plana, hasta llegar a la punta. Le di varios lametones cortos alrededor del glande antes de volver a bajar por el otro lado. Escupí sobre la punta y lo repartí con la palma, cubriéndolo todo hasta que brilló bajo la luz del salón.
Luego lo engullí de un golpe hasta casi el fondo.
La sentí en la garganta, palpitando contra las paredes. Subí despacio, inhalando por la nariz. Volví a bajar. Establecí el ritmo: constante, controlado, con los labios apretados y la lengua trabajando en cada recorrido. Los sonidos húmedos y obscenos empezaron a llenar el salón, compitiendo con el partido.
El comentarista describía una jugada en el centro del campo. Él se metió un puñado de patatas en la boca, masticando tranquilamente, como si yo no estuviera allí arrodillada a sus pies.
Mejor así. Que ni me mire.
Noté una mano fría en el pecho izquierdo. Todavía helada de la lata de cerveza. La piel se me erizó de golpe y los pezones se me endurecieron todavía más sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Un estremecimiento que no quería reconocer me recorrió la espalda de arriba abajo, y se me escapó un sonido ahogado contra su polla.
Su mano se detuvo un segundo. Luego apretó más, rozando el pezón con el pulgar.
Seguí moviéndome sin detenerme.
Los minutos pasaron. Él no se corría. La mandíbula me empezaba a doler y las rodillas ya casi no las sentía del frío y la presión contra el parqué. Maldito alcohol.
Tenía que terminar con aquello cuanto antes.
Cerré los labios alrededor de la punta y empecé a mover la lengua en círculos rápidos sobre el glande, presionando el frenillo con la punta. Al mismo tiempo, con tres dedos de la mano derecha, lo masturbaba desde mis labios hasta la base, apretando con firmeza en cada movimiento. Esto nunca fallaba.
Su respiración cambió. Más corta, más irregular. Puso una mano sobre mi cabeza. Luego la otra.
—Ahí te viene —susurró.
Seguí. Rápido, constante, sin levantar la cabeza.
Entonces una de sus manos abandonó mi coronilla y me agarró el pecho con fuerza, apretándolo sin ningún cuidado, pellizcándome el pezón hasta arrancarme un gemido involuntario. En la tele, el estadio estalló en gritos. Gol.
Lo que vino después fue rápido y sin aviso.
Su mano en mi nuca me empujó hacia abajo de golpe. La polla me llegó hasta el fondo de la garganta antes de que pudiera prepararme. Intenté respirar por la nariz pero ya era demasiado tarde: el primer chorro caliente y espeso se disparó directamente contra la parte más profunda de mi garganta cuando todavía estaba procesando lo que estaba pasando.
Parte del semen se fue por el camino equivocado. Me ardió la nariz de dentro hacia fuera. Los ojos se me llenaron de lágrimas al instante y empecé a toser contra su polla, con la garganta contraída, mientras él seguía terminando. Hilos calientes me escurrieron por la comisura de los labios. Más me subieron hacia la nariz.
Le golpeé los muslos con las palmas de las manos, desesperada, intentando que me soltara. Pero él mantenía la mano en mi nuca con firmeza y no me liberó hasta que terminó del todo.
Cuando finalmente me soltó, me separé jadeando y tosiendo, con los ojos anegados y la cara ardiendo. No podía respirar bien. Sentía semen goteando por la nariz, espeso y pegajoso, mezclado con saliva. El pecho que me había estado apretando me dolía.
Caí sentada en el suelo del salón, tosiendo en silencio, intentando recuperar el aliento sin hacer ruido que llegara hasta arriba.
Él se subió los pantalones con calma. Se abrochó la bragueta. Recogió la cerveza y le dio un trago largo mirando la repetición del gol en la pantalla.
—Vete a dormir —dijo, sin mirarme—. Las llaves estarán mañana en la mesilla.
Se levantó, apagó la tele y subió las escaleras.
Yo me quedé en el suelo del salón durante un rato, tosiendo en la oscuridad, con la cara roja y los ojos llenos de lágrimas, escuchando cómo sus pasos se alejaban por el pasillo de arriba. El frío del parqué me subía a través de los vaqueros. Me limpié la cara con el dorso de la mano y me quedé mirando el techo sin moverme.
Al menos tengo el fin de semana.
Me puse la camisa sin el sujetador, recogí el sujetador doblado del respaldo de la silla y subí las escaleras de puntillas, evitando el escalón que crujía. Me encerré en el baño, abrí el grifo frío y me lavé la cara durante mucho rato, mirándome en el espejo bajo la luz del fluorescente.
Al día siguiente las llaves estaban en la mesilla, tal como había prometido.
Fui a la playa con mis amigas, me bañé en el mar, reí fuerte y bebí cerveza fría hasta que los pies dejaron de quemarme de caminar sobre la arena. Nadie notó nada raro. Así funcionaba aquello. Así siguen funcionando muchas cosas que no deberían funcionar de ninguna manera: en silencio, con las apariencias intactas y las llaves siempre donde se prometió que estarían.