Mi hija entró al despacho y no salimos iguales
Me llamo Rodrigo. Tengo 46 años y vivo en una finca de olivos al sur de Extremadura, donde la tierra es roja y arcillosa y el verano dura lo que el verano quiere. Aquí produzco aceite de oliva virgen extra, igual que lo hicieron mi padre y el padre de mi padre antes que yo. Es un trabajo físico y solitario que te da fuerza en los brazos, callos en las palmas y un silencio en la cabeza que en la ciudad no entenderían.
Vivo solo con Elena desde que ella volvió de Salamanca hace tres meses. Tiene veinte años. Estuvo dos cursos en la universidad y un día llamó para decirme que no era lo suyo, que los libros no le daban lo que buscaba. Preguntó si podía volver. Le dije que esto era su casa. Su madre y yo llevamos separados desde que Elena tenía doce: no fue un divorcio traumático, fue que ella necesitaba la ciudad y yo no podía dejar los olivos. Así de limpio y así de definitivo.
Elena ha heredado mis hombros anchos y mi terquedad, pero tiene los ojos oscuros de su madre y esa manera de moverse que hace que la gente se gire en la calle sin saber exactamente por qué. Desde que volvió trabaja conmigo en la finca: limpia aceitunas, controla la prensa, atiende a los clientes que vienen a llevarse el aceite en garrafas. Los turistas que pasan camino de Portugal la ven y preguntan si es mi hija. Ella sonríe con esa educación que le enseñé yo y esa insolencia que aprendió sola.
Era un martes de agosto. Cuarenta y dos grados. El tipo de calor seco que aplana el pensamiento y hace que cada movimiento cueste el doble. El almacén llevaba cerrado desde las dos de la tarde. Yo estaba en el despacho revisando albaranes, tratando de concentrarme en los números, cuando oí sus pasos descalzos en el pasillo.
Entonces entró ella.
Llevaba una camiseta mía, gris y vieja, que le llegaba hasta la mitad del muslo. Solo la camiseta. La tela estaba húmeda de sudor y se le pegaba al cuerpo de una manera que no dejaba margen para la imaginación. Los pezones se le marcaban duros y oscuros bajo la tela empapada, dos puntos que atraían la mirada como imanes. Caminó hasta el marco de la puerta y se apoyó en él, masticando una aceituna verde con esa concentración que pone siempre en las cosas pequeñas. El jugo le resbaló por la barbilla y no se lo limpió.
—Hace demasiado calor para seguir en el almacén —dijo.
Levanté la vista de los albaranes el tiempo justo y luego la bajé.
—Sigue hasta las seis. Luego paras.
Ella no se fue. Se quedó en el marco de la puerta, y yo sentí que me miraba aunque yo no la mirara. Hay un tipo de silencio entre dos personas que no es silencio en absoluto: es una pregunta suspendida en el aire que ninguno de los dos quiere ser el primero en formular. Llevábamos semanas dentro de ese silencio.
—¿Sabes cuánto tiempo llevas esquivándome? —preguntó.
Levanté la vista. Fue un error que no me arrepentí de cometer.
Estaba apoyada con un hombro en el marco, con los brazos cruzados bajo el pecho. La camiseta se tensaba. Sus ojos me miraban con una expresión que no sabría nombrar pero que reconocía, porque era la misma que me miraba a mí mismo desde el espejo cuando intentaba no pensar en lo que pensaba.
—Vete a tu cuarto, Elena.
Ella se despegó del marco y caminó hacia el escritorio sin apresurarse, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Se sentó en la esquina del escritorio, apartó una carpeta con el muslo y cruzó las piernas. La camiseta subió otro centímetro.
—¿Cuánto tiempo? —repitió, más despacio.
El calor del despacho era físico, casi un peso sobre los hombros. Me aparté de los albaranes y la miré directamente por primera vez en semanas. Fue la segunda vez que me equivoqué ese día.
—No puedes estar aquí haciendo esto —dije.
—¿Haciendo qué? —preguntó, con una inocencia que no era inocencia—. ¿Hablar contigo?
—Sabes perfectamente lo que estás haciendo.
Ella se descruzó las piernas despacio. No llevaba ropa interior. Vi su coño desnudo, depilado casi por completo, con una franja fina de vello oscuro y los labios ya brillantes de humedad. Lo vi todo en un segundo breve y definitivo, y ese segundo me marcó como hierro en la piel. Sentí la polla endurecerse dentro del pantalón con una violencia que llevaba meses conteniendo.
—Sí —dijo, con una calma que me desconcertó más que cualquier provocación—. Sé exactamente lo que estoy haciendo. La pregunta es si tú vas a seguir fingiendo que no lo sabes tú también.
Me levanté de la silla. La silla raspó el suelo de cerámica. Elena no se movió. Al contrario, se llevó dos dedos a la boca, los chupó despacio, y luego los bajó entre sus piernas abiertas y se acarició el coño delante de mí, sin apartar los ojos de los míos. Los dedos salieron mojados y brillantes.
—¿Ves? —dijo—. Así llevo semanas, Rodrigo. Todos los días, en mi cuarto, pensando en ti.
La agarré por la cintura con las dos manos. No fue un gesto suave. Ella jadeó, pero era el jadeo de alguien que lleva tiempo esperando exactamente eso.
—Tienes veinte años y eres mi hija —le dije, con la mandíbula apretada.
—Y tú tienes cuarenta y seis y llevas tres meses durmiendo con la puerta con llave —respondió, sin apartar los ojos de los míos—. Ninguno de los dos se está engañando a sí mismo. Rodrigo.
Que dijera mi nombre en vez de llamarme papá fue lo que rompió algo en mí. O quizás fue lo que confirmó que ese algo llevaba tiempo roto y que los dos lo sabíamos.
La tumbé sobre el escritorio de un movimiento. Los albaranes volaron al suelo. El golpe de su espalda contra la madera resonó seco en el silencio del despacho. Elena ni parpadeó. Abrió las piernas y me miró desde abajo con esa expresión que mezcla el desafío y la rendición de una manera que no debería existir y que sin embargo existe en la realidad de ciertas habitaciones cerradas.
Me metí entre sus piernas. El calor de su piel irradiaba incluso antes de tocarla, como si todo el verano hubiera estado acumulándose en su cuerpo esperando ese momento. Podía oler su coño desde donde estaba: un olor caliente, denso, hembra, que se mezclaba con el sudor y con el aceite y con el polvo del despacho.
—Esto no puede deshacerse —le dije. Era una advertencia. Era también lo último que me quedaba por decir antes de que dejara de importar cualquier otra cosa.
—No quiero que se deshaga —respondió.
Le subí la camiseta hasta el cuello. Se quedó quieta, dejándome mirar, sin apresurarse. El trabajo al sol le había dado ese cuerpo: brazos fuertes, vientre plano con una ligera curva en las caderas, tetas firmes que le cabían enteras en la mano, con los pezones oscuros y duros como piedras pequeñas. Me sostuve sobre mis brazos y la miré durante un segundo que fue también una despedida de todo lo que habíamos sido antes de ese martes de agosto.
Bajé la boca a uno de sus pezones y lo chupé con fuerza, hasta que ella arqueó la espalda contra la madera y soltó un gemido ronco. Le mordí despacio, tirando de él con los dientes, y luego pasé al otro. Ella me clavó los dedos en la nuca, empujándome contra su pecho, sin dejarme apartarme.
—Más —dijo—. Más fuerte.
La chupé hasta dejarle los pezones enrojecidos y húmedos de saliva. Le lamí el sudor del esternón, el hueco entre las tetas, la línea del vientre hasta el ombligo, y seguí bajando. Cuando llegué a su coño abierto, ella intentó cerrar las piernas por instinto y yo se las volví a abrir con las manos, sujetándola por los muslos con firmeza.
—No te muevas —le dije.
Le pasé la lengua entera de abajo arriba, despacio, saboreando por primera vez lo que llevaba meses imaginando sin permitirme imaginar. Sabía a sal, a mujer, a algo caliente y limpio que me nubló la cabeza. Elena soltó un grito breve y se agarró al borde del escritorio con las dos manos.
—Joder —jadeó—. Joder, papá.
La palabra me golpeó en las tripas y me endureció aún más. Le chupé el clítoris hinchado, lo atrapé entre los labios y lo tiré con suavidad, y luego con menos suavidad. Le metí la lengua entera dentro del coño, follándola con ella, mientras subía una mano y le apretaba una teta. Elena empezó a moverse contra mi boca, empujando las caderas hacia arriba, sin ningún pudor, buscándome.
—No pares, no pares, no pares —repetía en un hilo—. Voy a correrme, Rodrigo, no pares.
Le metí dos dedos dentro mientras seguía chupándole el clítoris. Estaba empapada, ardiendo, y se cerraba alrededor de mis dedos con una fuerza que me hizo pensar en cómo se cerraría alrededor de mi polla en cuanto entrara. Elena se corrió con un espasmo largo, con los muslos temblándole a ambos lados de mi cara, mordiéndose el dorso de la mano para ahogar un grito que salió igualmente.
Me levanté con la barbilla brillante de ella y la miré. Tenía las mejillas rojas, el pelo pegado a la frente, los ojos entrecerrados de aturdimiento. Sonrió despacio.
—Ahora yo —dijo.
Se incorporó sobre el escritorio, bajó las piernas al suelo y se arrodilló delante de mí sin dejar de mirarme. Me desabrochó el cinturón, me bajó el pantalón y el calzoncillo de un tirón y mi polla saltó dura hacia arriba, gruesa, con la punta ya mojada de líquido preseminal.
Elena la miró un segundo. Luego levantó los ojos hacia los míos, sacó la lengua y me lamió toda la longitud desde la base hasta la punta, despacio, dejándome ver cómo lo hacía.
—Llevo meses queriendo hacer esto —dijo.
Se la metió entera en la boca. No jugueteó, no se hizo la tímida: la tragó hasta el fondo, hasta que sentí la punta chocarle contra la garganta y ella tuvo que respirar por la nariz para no atragantarse. Empezó a mamármela con un ritmo constante, mojada, ruidosa, con las mejillas hundidas cada vez que aspiraba. Le puse una mano en la nuca, agarrándole el pelo, sin forzarla pero sin dejarla escapar tampoco.
—Así, Elena —le dije con la voz rota—. Chúpamela así.
Ella gimió con la polla dentro y la vibración me subió por toda la columna. Sacó la boca un segundo para respirar, con un hilo de saliva colgándole del labio, y me miró desde abajo con los ojos brillantes.
—¿Te gusta cómo te la mamo, papá?
—Me gusta demasiado. Sigue.
Volvió a metérsela y esta vez me la chupó con más ganas, ayudándose con la mano en la base, girando la muñeca mientras subía y bajaba la cabeza. Me lamió los huevos, uno por uno, se los metió en la boca. Luego volvió a la polla y la chupó hasta dejármela empapada y palpitante. Sentí el orgasmo asomarse antes de tiempo y la aparté por los hombros.
—Para —le dije—. Para o me corro en tu boca.
—Quiero que te corras en mi boca —dijo—. Pero antes fóllame.
La levanté del suelo agarrándola de los brazos y la tumbé otra vez sobre el escritorio. La sujeté por las muñecas con una mano, encima de su cabeza, contra la madera del escritorio. Ella no resistió. Al contrario, dejó caer el peso de los brazos en mis manos como si llevara meses esperando que alguien los sostuviera.
—Mírame —le pedí.
Me miró.
Empujé hacia adelante y entré en ella despacio, centímetro a centímetro, porque quería que lo sintiera todo sin posibilidad de error sobre lo que estaba pasando. Su coño estaba tan mojado que la polla entró sin resistencia, pero estrecho, muy estrecho, cerrándose alrededor de mí como un puño caliente. Elena abrió la boca, cerró los ojos un momento breve, y volvió a mirarme con esa expresión de alguien que por fin llega adonde lleva tiempo queriendo llegar.
—Joder, qué grande —susurró—. Me llenas entera.
—No pares —dijo entonces, más alto—. No pares nunca.
No paré.
Empecé a moverme con un ritmo que el despacho fue absorbiendo como podía: el crujido constante del escritorio, el roce de su piel desnuda contra la madera oscura, el chapoteo húmedo de mi polla entrando y saliendo de su coño empapado, nuestra respiración mezclada con el calor inmóvil de agosto que se colaba por la persiana entornada. Sus piernas se enroscaron en mis caderas y sus talones me presionaron la espalda baja, arrastrándome más adentro.
—Dímelo —dije sin detenerme.
—¿Qué quieres que te diga?
—Lo que piensas cuando te encierras en tu cuarto por las noches.
Ella giró la cabeza hacia un lado y soltó una risa baja que se convirtió en un jadeo cuando aumenté el ritmo.
—Pienso en esto —admitió—. Exactamente en esto. En ti así. En tu polla dentro de mí, follándome sobre este escritorio. Me toco pensando en tu polla, todas las noches.
La agarré por las caderas con ambas manos y cambié el ángulo. Se la metí hasta el fondo, hasta que sentí el golpe seco de mis huevos contra su culo. El escritorio crujió con más fuerza. Ella apretó los labios para contener un sonido y luego los soltó, porque la finca estaba sola y no había nadie que oír en kilómetros a la redonda.
—¿Cuánto tiempo llevas pensando en esto? —le pregunté.
—Desde que volví de Salamanca.
—¿Y antes de volver?
Una pausa. Sus caderas empujaban hacia mí sin que ella lo decidiera conscientemente.
—También —dijo al fin—. Desde mucho antes. Desde el verano que cumplí dieciocho, cuando te veía cargar las garrafas sin camisa y me tenía que meter en la ducha helada para no volverme loca.
Esa palabra me dejó sin argumento y sin ganas de tenerlo. Me incliné sobre ella hasta que nuestras caras quedaron a centímetros. Sus ojos eran negros y muy abiertos. La besé con toda la fuerza que llevaba meses guardando en algún lugar donde no tenía nombre, y ella me lo devolvió con exactamente la misma cantidad. Le metí la lengua en la boca y ella la chupó como había chupado mi polla, con hambre, sin recato.
Me salí de ella un momento y la giré sobre el escritorio, boca abajo. La camiseta se le había subido del todo. Le vi el culo redondo, blanco donde el bañador tapaba y dorado por todas partes, y le abrí las nalgas con las dos manos. Su coño quedó expuesto, brillante, hinchado, con mis restos y los suyos mezclados. Le clavé la polla de un solo empujón, hasta el fondo, y ella gritó contra la madera del escritorio.
—¡Ay, joder, sí!
La empecé a follar por detrás, con las manos en sus caderas, tirando de ella hacia mí cada vez que empujaba. Sus tetas rebotaban contra el escritorio. El culo se le movía en olas cada vez que la golpeaba. Le di una palmada en la nalga izquierda, fuerte, y ella se retorció y empujó el culo hacia atrás pidiendo más.
—Otra —dijo.
Le di otra en la nalga derecha. La piel se le puso roja al instante. Elena gemía sin filtro ya, sin acordarse de contenerse.
—Papá, papá, papá —repetía—. Fóllame más fuerte, papá.
La tomé sin cálculo ni gentileza, con esa urgencia del que ha esperado demasiado tiempo y ya no tiene paciencia para el decoro. Le agarré el pelo con una mano y le tiré la cabeza hacia atrás, hasta que su espalda se arqueó y pude ver su cara de perfil, con la boca abierta y los ojos cerrados. Con la otra mano le busqué el clítoris por delante y se lo froté al mismo ritmo con el que la follaba por detrás.
—Me vuelvo a correr —jadeó—. Me vuelvo a correr, no pares.
—Córrete —le dije al oído, doblado sobre su espalda—. Córrete en mi polla, Elena.
Se corrió con un espasmo que le recorrió todo el cuerpo. Su coño se cerró alrededor de mi polla con una fuerza casi dolorosa, ordeñándome, y yo tuve que apretar los dientes para no correrme dentro en ese mismo momento. El calor del despacho se volvió irrespirable, cargado de nuestro olor y del sudor seco de agosto. En algún momento ella me arañó la espalda con las uñas cuando volví a girarla, y yo lo agradecí porque dejaba marca, porque decía que esto había ocurrido de verdad y que no había manera de meterlo de vuelta en la caja donde lo habíamos guardado tanto tiempo sin nombre.
La puse otra vez boca arriba sobre el escritorio, con las piernas abiertas y colgando del borde. La miré: temblaba, sudaba, tenía las tetas rojas de mis dedos y el cuello lleno de marcas de mi boca. Volví a metérsela y esta vez la follé sin ritmo, con embestidas duras y profundas, sabiendo que no iba a durar.
—Elena —dije, con la voz más grave de lo que pretendía.
—Aquí estoy —respondió—. Córrete dentro. Quiero sentirlo.
—¿Estás segura?
—Dentro, Rodrigo. Todo dentro.
El orgasmo me llegó desde la base de la columna, largo e imparable. Me vacié en ella sin calcular consecuencias, chorro tras chorro, sintiendo cómo la corrida caliente le llenaba el coño hasta desbordar, porque en ese momento las únicas consecuencias que existían eran el sonido que hacía su cuerpo contra el mío y el crujido del escritorio y nada más en el mundo. Elena llegó segundos después por tercera vez, con un sonido ahogado que se le escapó de la garganta, apretando las piernas alrededor de mis caderas, reteniéndome dentro, como si quisiera guardar cada gota.
Me quedé enterrado en ella hasta que la polla empezó a ablandarse. Cuando salí, un hilo espeso de semen le resbaló por el interior del muslo hasta la madera del escritorio. Ella se lo tocó con dos dedos, se lo llevó a la boca y se los chupó despacio, mirándome.
***
Nos quedamos sobre el escritorio hasta que la respiración volvió a algo parecido a la normalidad. Ella tenía la cabeza apoyada en mi hombro y yo miraba el techo de yeso agrietado del despacho, contando grietas como si eso pudiera ordenar lo que acababa de pasar.
—¿Arrepentido? —preguntó.
—Pregúntame mañana.
—Te pregunto ahora.
Tardé en responder.
—No —dije.
Ella cogió mi mano, la puso sobre su vientre y cerró los ojos. Afuera, el viento movía las ramas bajas de los olivos con ese sonido seco y repetitivo que conocía de toda mi vida, que era el fondo sonoro de todo lo que había hecho y todo lo que iba a hacer.
***
Eso fue en agosto. Ahora es diciembre y las cosas son como son.
Elena sigue trabajando en la finca. Dormimos en cuartos separados de cara a la galería, aunque la galería somos solo nosotros dos, porque aquí no viene nadie que no venga a comprar aceite. Por las noches ella viene a mi cuarto o yo voy al suyo, y lo que ocurre en esas horas es nuestro con la misma certeza que la tierra roja y el silencio de esta parte del mundo. No hemos vuelto a hablar de lo que pasó en agosto como si fuera algo que hubiera que analizar. Simplemente pasó, y seguimos.
Hace tres semanas me dijo que estaba embarazada.
Me lo dijo de noche, tumbada a mi lado, con la misma calma con que me dijo aquella tarde en el despacho que no quería que nada se deshiciera.
—¿Qué hacemos? —pregunté.
—Lo que tú quieras —dijo.
—No es lo que yo quiera. Es lo que tú quieras.
Tardó en responder.
—Quiero tenerlo —dijo—. Si tú también lo quieres.
Le di muchas vueltas esa noche. Pensé en el pueblo, en los médicos, en los riesgos que había leído en algún artículo sin saber que iba a necesitar saberlo. Pensé en el peso de ese secreto multiplicado por tres. Pensé en todo lo que debería haber calculado antes de que llegáramos hasta aquí.
Y luego la miré en la oscuridad y supe que la decisión estaba tomada desde mucho antes de que me hiciera la pregunta.
—Yo también —le dije.
Ella asintió una sola vez, sin dramatismo, como si eso cerrara el asunto, y volvió a mirar el techo sin decir nada más.
Los olivos tardan décadas en alcanzar su tamaño definitivo. Se plantan con una paciencia que excede la vida de quien los planta. Mi padre plantó la mitad de los que tengo yo. Yo he plantado los que cultivará alguien después de mí. Hasta hace poco no sabía quién sería ese alguien. Ahora empiezo a saberlo.
Lo que ha pasado no tiene nombre limpio ni justificación que funcione fuera de estas paredes y de esta tierra roja. Hay días en que me siento al borde de algo que no puedo ver el fondo. Hay otros días, la mayoría, en que salgo al campo con Elena al amanecer y el aire huele a aceite y a tierra seca y a nada más, y en esos momentos todo lo que existe es esto: la finca, los olivos, ella a mi lado.
Cuando Elena me pregunta qué vamos a decirle al niño cuando sea mayor, le digo la única verdad que tengo: no lo sé todavía. Tenemos tiempo. Lo urgente ahora es cuidarla, cuidarlos, y esperar que la tierra siga dando lo que siempre ha dado.
Por las noches, cuando el silencio de Extremadura cae sobre la finca como una manta pesada, Elena y yo estamos aquí, sin más testigos que los olivos viejos que lo ven todo y no le cuentan nada a nadie.