La transexual que me dejó obsesionado para siempre
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
Nadie sabía mi verdad. Iba a los partidos solo por sus piernas, hasta que aquella tarde él levantó la vista y me sostuvo la mirada como si supiera todo.
La regla era simple: máscara puesta, ni una palabra. Lo que Marcos no sabía era a quién estaba tocando de rodillas en mi salón.
Nunca había pagado por sexo, y mucho menos a una trans. Pero esa madrugada, con el carro lleno de gasolina y la cabeza llena de morbo, di una vuelta de más.
Esperaba mentiras la noche que lo confronté. No esperaba mojarme imaginándolo de rodillas, transformándose en lo que siempre había querido ser.
Cuando el técnico arregló mi computadora creí que todo había terminado. No sabía que ya conocía a Marina, mi secreto mejor guardado, y pensaba usarlo en mi contra.
Marisa paseaba por la casa con un vestido ceñido, sin imaginar que esa noche su nuera convertiría la cena familiar en algo que ninguno olvidaría.
Llevaba años escondiendo a la mujer que gritaba bajo mis manos. Esa noche, una viuda y su sirvienta descubrieron quién mandaba de verdad en aquella casa.
De pie frente a ellos, solo con el conjunto de encaje rosa, esperé la orden. La bolsa con el vestido pesaba en mis manos, y yo ya temblaba antes de que todo empezara.
Crecí escuchándola a través de la pared, odiando a cada hombre que pasaba por su cama. Esa madrugada, con la casa en silencio y la selección en la tele, fue ella quien acortó la distancia.
Creí que mi secreto estaba a salvo entre estas paredes, hasta que escuché su ventana cerrarse de golpe y supe que alguien acababa de ver quién soy de verdad.
Llevábamos cuatro días huyendo cuando nos atraparon. Mi abuela se desnudó entre el barro y la noche, y supe que aquella locura era nuestra única forma de salir vivos.
Bastó una carta más baja que la suya para que aquella jaula rosa pasara de ser una broma a convertirse en mi nueva realidad durante dos meses enteros.
Podía nublar una ciudad entera con su deseo, pero esa noche fue Renata quien cerró el candado, se guardó la llave en el bolsillo y le sonrió como una carcelera enamorada.
Cerré con llave el cambiador, abrí la maleta y dejé de ser Tomás. Esa noche, en el club, no imaginaba que mi propio jefe iba a empujar la puerta.
En el instante del beso nupcial, el novio más poderoso del salón despertó dentro del vestido de su esposa, sobre unos tacones que ya no podía controlar.
Cada noche soñaba con tacones, encaje y un nombre que no era el mío. Hasta que Valeria abrió la caja de terciopelo y todo dejó de ser un sueño.
Llevaba semanas imaginándome con ropa de mujer. Esa noche me puse la lencería de tiras rojas, me saqué una foto y esperé a que alguien me escribiera algo prohibido.
Lo escribí pensando que nadie lo leería jamás. El día que mi madre abrió ese cuaderno, todo entre nosotros dejó de tener marcha atrás.
Las amigas de mi hermana llamaban a mi puerta con cualquier excusa. Lo que jamás imaginé es quién terminaría delante de ella a las tres de la madrugada.