El castigo que no esperaba al volver a casa
Lucía siempre había sido la chica simpática, la que te hacía reír sin proponérselo, la que llegaba a cualquier sitio y en diez minutos ya conocía a la mitad de los presentes. A sus veinte años, con una melena castaña que nunca terminaba de domarse del todo y unas gafas de pasta verde que le daban un aire de estudiante aplicada, no era lo que los demás llamarían una belleza clásica. Pero tenía algo: una energía difícil de ignorar, una forma de llenar los silencios con palabras que nunca sobraban del todo.
Por eso sorprendió a todos cuando anunció que se marchaba. «Necesito vivir sola», le dijo a su padre, con la misma convicción con la que se hacen las declaraciones que uno después lamenta. Empacó tres cajas, firmó un contrato de alquiler que no había leído bien y se fue.
Nueve meses después, el piso ya no era suyo.
Las cuentas no cerraban. El sueldo de camarera a media jornada no alcanzaba para el alquiler, la luz y comer algo que no fuera pasta tres veces por semana. Volvió a casa de su padre con una mochila y el orgullo hecho añicos, sin saber muy bien qué iba a encontrarse al otro lado de la puerta.
Lo que encontró fue a Carmen.
Su padre, Ernesto, un hombre de 47 años que había enviudado seis años antes, llevaba ya un tiempo viviendo con ella. Carmen tenía 40, era alta, de cabello negro recogido siempre en un moño tenso, y una mirada que hacía que uno revisara mentalmente qué había hecho mal antes incluso de que ella dijera nada. No era antipática, exactamente. Era precisa. Las cosas eran de una forma o de otra, y punto.
Y estaba Marcos, el hijo de Carmen.
Diecinueve años, hombros anchos, ojos color avellana que te miraban un segundo de más. Estaba apoyado en el marco de la puerta de la cocina cuando Lucía entró por primera vez con su mochila, y la saludó con una inclinación de cabeza y una media sonrisa que ella no supo muy bien cómo interpretar.
—Bienvenida —dijo, y siguió con lo que estaba haciendo.
Lucía sintió un cosquilleo extraño que prefirió ignorar.
***
La conversación sobre las condiciones de su regreso tuvo lugar en el salón, con los cuatro sentados alrededor de la mesa de centro. Ernesto hablaba poco. Carmen llevaba la reunión.
—Puedes quedarte —dijo—, pero aquí hay reglas. Toque de queda a las once de la noche. Ayuda en la casa. Y si no se cumplen…
Hizo una pausa.
—Hay consecuencias.
Lucía firmó el papel que le pusieron delante casi sin leerlo. Era un documento casero, algo que Carmen había redactado con la misma precisión con la que hacía todo lo demás: horarios, obligaciones, «medidas correctivas» en caso de incumplimiento. Ernesto le dio una palmada en el hombro, como si aquello fuera perfectamente normal. Marcos observaba desde el sillón del fondo con los brazos cruzados y una expresión que Lucía no supo leer.
Ella pensó que era una formalidad. Que nadie iba a cumplirla al pie de la letra.
Se equivocaba.
***
Las noches eran lo más difícil.
La casa era antigua, las paredes delgadas, y los sonidos viajaban. Los gemidos de su padre y Carmen llegaban amortiguados pero inconfundibles a través del tabique: la voz grave de Ernesto soltando un «así, joder, así», el jadeo agudo de Carmen que se cortaba en sílabas y volvía a subir, el chirrido rítmico del somier marcando un compás que Lucía trataba de ignorar tapándose con la almohada. No siempre lo conseguía. Y cuando no lo conseguía, se descubría con la mano metida bajo el elástico del pijama, los dedos resbalando por un coño que estaba mucho más mojado de lo que quería admitir, frotándose el clítoris al ritmo del somier de al lado hasta que se corría mordiéndose el dorso de la otra mano para no hacer ruido.
Por la mañana, Marcos aparecía en la cocina con el pelo revuelto y una camiseta que le quedaba ceñida en los hombros. Le servía el café sin preguntar cómo lo quería, porque ya lo sabía, y la miraba mientras ella hablaba. Lucía hablaba mucho cuando estaba nerviosa. Marcos escuchaba.
Un día, sin querer, entró en el baño cuando él estaba dentro.
La puerta no tenía seguro. Marcos se giró, sorprendido, y Lucía tuvo tiempo de ver más de lo que hubiera querido: la polla colgando pesada entre los muslos, gruesa incluso en reposo, el vello oscuro alrededor, los cojones tensos. Dio media vuelta y cerró. Él no dijo nada. Ella tampoco. Pero esa noche, en la cama, mientras se metía dos dedos hasta el fondo y giraba la muñeca con desesperación, la imagen que tenía detrás de los párpados no era la de ningún chico de la facultad. Era esa polla. Y cuando se corrió apretó la almohada contra la boca para ahogar el nombre que casi se le escapa.
A partir de ahí, cuando se cruzaban en el pasillo o en la cocina, había un instante de reconocimiento que ninguno de los dos nombraba, un segundo donde los dos sabían lo que el otro estaba recordando.
***
El viernes por la noche, después de clase, Lucía se quedó con unos amigos.
Habían quedado en un bar cerca de la facultad. Rodrigo, un compañero de segundo año con quien llevaba semanas evitando reconocer que le gustaba, le compró la primera cerveza y se quedaron hablando en un rincón hasta que el bar empezó a vaciarse. Se besaron. Sus manos le rodearon la cintura, le apretaron los costados, bajaron hasta agarrarle el culo por encima de los vaqueros. Ella se dejó llevar, porque hacía mucho que no se dejaba llevar y porque el calor de ese momento era exactamente lo que necesitaba.
Cuando miró el teléfono, eran las doce y cuarto.
El corazón le dio un vuelco. Salió del bar casi corriendo.
***
La casa estaba a oscuras cuando llegó, salvo por la luz del pasillo. Entró con cuidado, cerrando la puerta despacio, y se quedó paralizada a mitad de la escalera.
Marcos estaba en el rellano, en camiseta y pantalón de chándal. La miró. Ella le hizo un gesto con la mano: por favor, silencio. Él asintió, pero entonces la puerta del dormitorio de su madre se abrió.
Carmen salió con una bata entreabierta y el pelo suelto. Tenía el aspecto de alguien que ha sido interrumpida en algo, y no estaba contenta. Miró el reloj de pared. Miró a Lucía.
—Una hora y cuarto de retraso —dijo.
No levantó la voz. No hacía falta.
—Mañana hablamos del castigo. Ve a tu cuarto.
Lucía notó la mirada de Marcos clavada en su espalda mientras subía los últimos peldaños.
***
Pasó la noche sin dormir, diciéndose que no iba a permitirlo. Que al día siguiente haría las maletas. Que aquel papel no valía nada. Que era una adulta.
Pero por la mañana seguía allí. El desayuno fue tenso y silencioso: Ernesto miraba el café, Carmen no miraba a nadie en particular, y Marcos la observó durante un momento desde el otro lado de la mesa antes de bajar los ojos al plato. Lucía no supo si lo que vio en esa mirada era compasión o algo más complicado.
A media tarde, cuando Ernesto y Carmen salieron a una comida familiar, Lucía seguía en su habitación con los apuntes abiertos y la concentración en algún lugar completamente distinto.
Carmen entró sin llamar.
Traía un cinturón de cuero en la mano. Ancho, oscuro, doblado por la mitad.
—¿Qué es eso? —preguntó Lucía, aunque ya lo sabía.
—Lo que acordamos. Inclínate sobre la cama.
Lucía sintió el estómago tensarse. La puerta estaba abierta. Podía oír el televisor encendido en el salón, los pasos de Marcos en el pasillo.
—Cierra la puerta —dijo.
—No. —Carmen no se movió—. En esta casa no hay secretos.
Lucía abrió la boca para protestar, pero la mirada de Carmen era acero puro. Se levantó despacio, con las manos temblando, y se inclinó sobre el colchón apoyando las palmas en la colcha.
—Así no. Pantalones abajo.
Esto no puede estar pasando.
Pero pasó. Con manos temblorosas y la cara ardiendo de vergüenza, se bajó los vaqueros y las bragas hasta los muslos. El aire frío del cuarto le erizó la piel del culo desnudo. Se sentía completamente expuesta, con las nalgas al aire y el coño apenas cubierto por la postura, infantilizada de una manera que le revolvía el estómago y que, al mismo tiempo, le producía un latido caliente entre las piernas que no sabía cómo nombrar.
—Separa un poco los pies —ordenó Carmen, con la misma voz con la que dictaba la lista de la compra.
Lucía obedeció. Al hacerlo notó cómo el coño quedaba expuesto por detrás, y notó también, con una punzada de horror, que estaba húmedo. Que llevaba húmedo desde que Carmen había entrado con el cinturón en la mano.
Los golpes fueron veinte. Carmen los contó en voz alta, con calma, como si estuviera midiendo ingredientes. Cada chasquido del cuero resonaba en las paredes y se perdía por el pasillo. Lucía apretó los dientes y luego los labios y luego mordió la sábana, porque al tercero los ojos le ardían y al séptimo ya no podía contenerse del todo y se le escapó un gemido ronco que no supo si era de dolor o de otra cosa. Las marcas cruzaban las nalgas en franjas que palpitaban como brasas. A cada golpe el cuerpo daba un tirón hacia delante, los pechos se restregaban contra la colcha, los pezones se le pusieron duros por la fricción y por algo más. Y por debajo, en medio del ardor, sentía cómo la humedad entre los muslos se volvía un hilo tibio.
—Diecinueve. Veinte.
Cuando terminó, Carmen dejó el cinturón sobre la cómoda con cuidado. Se quedó un segundo mirando el cuadro que dejaba Lucía: inclinada sobre la cama, con el culo marcado de rojo y las piernas apenas juntas.
—Levántate cuando puedas —dijo, y salió sin cerrar del todo.
Lucía se quedó boca abajo en la cama, con el trasero ardiendo y algo en el pecho que no sabía si era rabia, humillación o las dos cosas juntas, revueltas con algo que todavía no quería examinar y que le latía entre las piernas con una insistencia obscena.
***
La tarde pasó despacio.
A las siete, escuchó pasos en el pasillo. Un golpe suave en la puerta.
—¿Puedo pasar? —Era la voz de Marcos.
Lucía se sentó en la cama con una mueca, ajustándose la ropa.
—Sí.
Entró con las manos en los bolsillos. Llevaba una camiseta vieja y tenía ese gesto de quien quiere preguntar algo pero no sabe exactamente cómo empezar. Se quedó de pie junto a la puerta un momento. Luego se sentó en el borde del escritorio y la miró directamente.
—¿Estás bien?
—Sí —respondió ella, demasiado rápido.
—No tenías que aguantar eso.
—Firmé el papel.
—El papel era una tontería.
Lucía no respondió. Marcos siguió mirándola, sin la media sonrisa de siempre, sin la distancia habitual. Solo directo.
—Lo oí todo —dijo él en voz baja—. Cada golpe.
Ella sintió que la cara le ardía otra vez.
—Y también te oí gemir.
—Cállate.
—No lo digo mal. —Marcos se pasó la lengua por el labio—. Lo digo porque yo estaba fuera con la puerta apoyada, con la polla dura en la mano, escuchándote.
Lucía tragó saliva. El corazón le golpeaba en la garganta. Debería haber dicho algo, cortarlo, echarlo. En lugar de eso preguntó, con una voz que no reconoció como suya:
—¿Te corriste?
—No. Me aguanté. Quería venir a verte primero.
Marcos se levantó del escritorio y dio un paso hacia ella. Despacio, como si le diera tiempo a retroceder.
No retrocedió.
***
Los besos llegaron sin que ninguno de los dos lo decidiera exactamente. Primero un roce, luego otro, luego sus manos en la nuca de ella y los dedos de ella metiéndose por debajo de la camiseta, arañándole la piel del vientre. Marcos olía a jabón limpio. Besaba profundo, con lengua, mordiéndole el labio inferior hasta hacerla jadear dentro de su boca.
—Estás temblando —murmuró él contra su oído.
—Cállate y quítame la camiseta.
Se la sacó por la cabeza de un tirón. El sujetador siguió a los pocos segundos, y Marcos se quedó un momento mirándole las tetas, no muy grandes pero firmes, con los pezones ya duros de puro nervio. Bajó la cabeza y le atrapó uno con la boca, chupando fuerte, luego el otro, mientras una mano bajaba por su vientre y se colaba dentro de los vaqueros que ella no había terminado de subirse bien después del castigo. Los dedos de él encontraron el coño empapado y se detuvieron.
—Joder, Lucía.
—Ya lo sé —dijo ella, con la cara escondida en su cuello—. Ya lo sé, no lo digas.
—Estás chorreando.
—He dicho que no lo digas.
Él se rió bajito y le metió dos dedos hasta el fondo de una sola vez. Lucía echó la cabeza atrás y soltó un gemido que tuvo que ahogar contra su hombro. Marcos empezó a bombear los dedos despacio, con la palma frotándole el clítoris a cada empuje, mientras con la otra mano le tiraba del pelo para hacerla mirarlo.
—¿Te ha gustado que te pegara?
—No.
—Mentirosa. —Curvó los dedos dentro de ella y Lucía se arqueó—. Estás así por eso.
—Estoy así por ti —jadeó ella—. Llevo semanas así por ti, imbécil.
Marcos se sonrió contra su boca y la tumbó en la cama con cuidado, dándole la vuelta para no aplastarle el culo marcado. Le bajó los vaqueros y las bragas del todo, se los sacó por los pies y los tiró al suelo. Se quedó de pie mirándola: desnuda, con las nalgas todavía cruzadas de franjas rojas, los muslos abiertos, el coño brillante entre el vello castaño.
—¿Te duele mucho? —preguntó, pasándole las yemas por una de las marcas.
—Un poco. —Ella se estremeció al contacto—. No pares.
Marcos se quitó la camiseta y los pantalones. La polla saltó dura contra su vientre, exactamente como Lucía la había recordado en la cama noche tras noche, gruesa y con la punta ya mojada. Ella se incorporó sobre los codos y estiró la mano para agarrársela. La sintió pesada, caliente, la piel resbalando sobre algo durísimo por dentro. Se inclinó y se la metió en la boca sin pensarlo mucho, chupando la punta primero, luego bajando hasta donde le entraba.
—Joder… —Marcos le puso la mano en la nuca, no empujando, solo sosteniéndola—. Así, así, mírame mientras me la chupas.
Lucía levantó los ojos, con las gafas medio torcidas y la polla de él llenándole la boca, y le sostuvo la mirada mientras se la sacaba y se la volvía a meter, lamiéndole los cojones entre una cosa y otra. Un hilo de saliva le colgaba de la barbilla. Marcos la dejó hacer un minuto más y luego, con un gruñido, la apartó.
—Para, para, que me corro.
Abrió el cajón de la mesilla, sacó un preservativo y se lo puso con manos que le temblaban un poco. Lucía se dejó caer de espaldas y abrió las piernas para él, mordiéndose el labio.
—¿Segura? —preguntó él, colocándose entre sus muslos con la punta ya rozándole la entrada.
Lucía respondió agarrándole el culo con las dos manos y tirando de él hacia abajo.
La polla entró de un empujón hasta la mitad y Lucía soltó un gemido roto. Marcos se quedó quieto un segundo, dejándola acostumbrarse, y luego empujó otra vez, más hondo, hasta el fondo.
—Ay, joder…
—¿Bien?
—Muévete. Muévete ya.
Empezó a follarla despacio, sacándola casi entera y volviéndola a meter hasta el fondo, con embestidas largas que a Lucía le arrancaban un gemido detrás de otro. Cada vez que la caderas de él chocaban contra las suyas, el culo le rebotaba contra el colchón y el ardor de las marcas se reavivaba, mezclándose con el placer de una manera que la volvía loca. No sabía si quería que parara o que siguiera más fuerte. Pidió más fuerte.
—Más… más rápido, por favor…
Marcos le pasó las manos por debajo de las rodillas y le levantó las piernas, doblándolas contra el pecho, abriéndola del todo. Desde ese ángulo la polla entraba más profunda todavía, y Lucía notó cómo cada empuje le llegaba a un sitio que le tensaba el vientre entero.
—Así… así, joder, así…
—Calla, que nos van a oír los vecinos —jadeó él, sin dejar de bombearla.
—Que me da igual…
Se tapó la boca con el dorso de la mano y siguió gimiendo contra sus propios nudillos mientras Marcos la embestía cada vez más rápido, el somier crujiendo debajo, la cabecera golpeando suave contra la pared. Ella bajó la otra mano y empezó a frotarse el clítoris con dos dedos, aprendiendo el ritmo de él, y sintió cómo se acercaba deprisa, deprisa, deprisa.
—Marcos, me voy a correr…
—Córrete, córrete encima de mí, quiero notarlo.
El orgasmo llegó de golpe, como una ola que hubiera tardado demasiado en llegar. Se le contrajo todo el coño alrededor de la polla de él y soltó un gemido largo que no consiguió tapar del todo, aferrándose a su espalda con las uñas clavadas. Marcos aguantó un par de embestidas más, apretando los dientes, y de pronto se quedó rígido encima de ella, gruñendo bajo, con la polla palpitando dentro del preservativo mientras se corría en oleadas.
Se dejó caer sobre ella con cuidado, respirando fuerte contra su cuello.
Estuvieron un minuto sin moverse. Luego él salió despacio, se quitó el preservativo, hizo un nudo y lo tiró a la papelera. Rodó a su lado y se quedaron tumbados mirando el techo, sudados, con las piernas todavía entrelazadas.
—Tu madre nos va a matar —dijo Lucía.
—Probablemente —respondió él, sin parecer especialmente preocupado. Le pasó un dedo por una de las marcas del culo—. La próxima vez que te ponga a tiro con el cinturón me avisas.
—¿Para qué?
—Para escuchar mejor.
Ella le dio un manotazo flojo en el pecho y él se rió, atrayéndola contra su hombro.
Afuera, el sol ya había bajado del todo. La casa estaba en silencio.
Lucía pensó, con una mezcla de ironía y algo que se parecía bastante a la satisfacción, que quizás volver a casa de su padre no había sido la peor decisión que había tomado en su vida.