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Relatos Ardientes

La verdad de mi madre en la asamblea prohibida

La conversación con Hae-rin terminó por disipar la rabia que arrastraba desde la mañana. Había entrado al santuario convencido de que mi madre era una mujer sin pudor, una más entre tantas. La explicación que recibí me obligó a pensar las cosas de otro modo. En nuestra ciudad-estado, casi todas las mujeres vivían divorciadas, viudas o abandonadas por maridos que habían huido sin dejar rastro.

Eran madres ejemplares. Nos criaban como si fuéramos tesoros frágiles, nos cuidaban con una entrega que rozaba el sacrificio. Pero como mujeres, llevaban años sin que nadie las mirara con deseo. Quizá tenía sentido, después de todo, que alguien viniera a cubrir ese vacío.

Pensaba en eso mientras Hae-rin se mecía sobre mí, encajada con una precisión que me cortaba la respiración. Sus caderas anchas se movían en círculos lentos, deliberados. Mis manos recorrían la curva de su cintura y bajaban hasta sus glúteos firmes, apretándolos en cada descenso. Ella se inclinaba para darme la boca, y yo recibía su lengua con el sabor a vino tinto que aún le quedaba de la cena. Después se erguía y me ofrecía los pechos, dos pesos cálidos de pezones rosados que yo alternaba sin prisa, hasta que terminamos juntos.

Después no hubo prisa por hablar. Se acurrucó contra mi pecho y empezó a dejar besos pequeños sobre mi cuello. Yo le acariciaba el pelo, le olía la nuca. Estuvimos así un buen rato, en silencio, hasta que ella tomó la palabra.

—El funcionamiento de la asamblea es sencillo —dijo, con la voz aún ronca—. La mayoría de las reuniones son tranquilas, pero a veces organizamos juegos para los chicos.

—¿Qué tipo de juegos?

—Depende del ánimo. La semana pasada hicimos el de las sillas musicales, ¿lo conoces? Sentamos a los chicos en cada silla y las madres bailaban alrededor. Cuando la música paraba, cada una se sentaba sobre uno de ellos y se dejaba penetrar. La que perdía menos veces ganaba.

Me quedé sin palabras un instante. No conseguía imaginar a esas mujeres, las mismas que me habían visto crecer, jugando algo así.

—¿Y quién ganó?

Hae-rin sonrió contra mi pecho.

—Tu profesora Naima. La pobre no podía ni caminar al final, pero se fue feliz. Tu madre quedó segunda y se consoló con Marcus, el hijo de Naima. No es exactamente lo mismo, pero ese chico es enorme, así que volvió a casa más que satisfecha.

Sentí una punzada incómoda en el pecho. Celos, sin duda. Pero también algo más oscuro: la imagen de mi madre, blanca, castaña, atlética, dejándose tomar por aquel muchacho corpulento, encendía en mí algo que no quería nombrar. Y a la vez una idea de venganza, dulce y posible. Naima siempre había sido coqueta conmigo. No iba a costarme demasiado.

—¿Hoy hay actividad? —pregunté.

—Hoy no estaba previsto nada formal, pero mientras yo arreglaba unos asuntos con el obispo, las demás decidieron una temática de voyerismo. Las habitaciones privadas estarán abiertas. Quien quiera ver, puede entrar y mirar, siempre que no interrumpa.

—¿A qué hora empieza?

Miró su reloj.

—Hace cinco minutos.

Le solté el abrazo con suavidad y salí al corredor. De algunas puertas escapaban gemidos sordos, otras dejaban escapar el sonido seco de cuerpos chocando. Empujé la primera que encontré entreabierta.

***

Adentro, Naima cabalgaba a horcajadas sobre un chico delgado de piel pálida. Reconocí enseguida al hijo de Hae-rin, Joon, con los ojos cerrados y los puños apretados en las sábanas. Naima se movía con un control feroz, sus trenzas largas barriendo la espalda baja en cada subida. Levantó la cara, vio a la pequeña audiencia que la observaba contra la pared y sonrió como si estuviera dando una clase. Fue entonces cuando me distinguió a mí.

—Adrián —dijo, sin dejar de moverse—. Justo a tiempo. ¿Te gusta lo que ves?

No respondí. Avancé hasta la cama. Joon abrió los ojos, me miró un segundo y volvió a cerrarlos, demasiado ocupado en lo suyo. Naima me cogió la mano y la guio hasta sus caderas.

—Está todo lubricado —murmuró—. Si quieres, claro.

Quería. Llevaba semanas queriendo. Me coloqué detrás y entré despacio, midiéndola, escuchando cómo soltaba un quejido largo que se transformó casi enseguida en risa. Joon aprovechó la pausa para acercarse a sus pechos. A partir de ahí ya no hubo orden. Marcaba yo el ritmo, ella lo recibía con un agradecimiento sucio que iba diciendo en voz baja, y Joon iba donde podía.

Cuando terminé me incliné y le dejé un beso en la nuca, justo donde el sudor empezaba a brillar. Ella giró la cabeza apenas y me guiñó un ojo.

—Espero que esta no sea la última.

Le devolví la sonrisa y salí. Necesitaba aire.

***

Caminé despacio por el corredor, dejando que el cuerpo se calmara. En la siguiente puerta abierta estaba Margarita, la dueña de la pastelería de la plaza. Me había vendido pasteles desde que tengo memoria. Una mujer de cincuenta y pocos, rubia, baja, con esos kilos de más que en lugar de afearla la hacían parecer una de esas actrices clásicas de cine viejo. Tenía a Marcus debajo, con las manos clavadas en sus muslos, y se dejaba ir con los ojos cerrados, sin teatro. Detrás, otro chico de mi edad terminaba de vestirse en silencio. Me quedé un par de minutos viendo, más por respeto que por interés, y seguí.

***

La tercera puerta era la mía y no lo sabía.

Entré sin pensarlo y los vi. Mi tía Carolina, sentada al borde de la cama con las piernas cruzadas, observando como una directora de orquesta. Y en el centro, a cuatro patas, mi madre. Encima, embistiéndola con una concentración fría y obscena, estaba Mateo. Mateo, mi mejor amigo desde la infancia. El hijo de Carolina.

Me quedé clavado en el umbral. La furia me subió por el pecho como agua hirviendo. Y al mismo tiempo, sin que yo pudiera negarlo, una erección dura y dolorosa empujó contra mi ropa. No podía moverme. No podía irme. Mi madre arqueaba la espalda, su pelo castaño se le pegaba a los hombros y soltaba un quejido cada vez que él la tomaba hasta el fondo.

Mateo terminó con un gruñido sordo. Mi madre tembló debajo de él. Carolina se acercó entonces y le susurró algo a su hijo en la oreja, una caricia rápida en la nuca, y él se apartó casi sin mirarla. Fue cuando Carolina giró la cabeza y me descubrió en la puerta.

Salí al pasillo casi corriendo.

—¡Adrián, espera! —oí a mi espalda.

Carolina me alcanzó descalza, todavía sin vestir, sin pudor. Me sujetó del brazo con las dos manos. Sus ojos, tan parecidos a los de mi madre, se habían llenado de algo nuevo. No vergüenza exactamente. Más bien una urgencia.

—Sé que te molesta lo que viste —dijo en voz baja—. A mí también me molesta, sobrino. Mateo lleva años obsesionado con tu madre. Ven conmigo. No aquí. A una habitación cerrada. Déjame compensártelo.

—No quiero compensaciones —respondí, intentando soltarme.

Pero ella me empujó contra la pared y me besó. Fue un beso largo, denso, sin dulzura. Y en mitad de ese beso sentí cómo me empujaba algo redondo y pequeño con la lengua, hacia el fondo de mi boca. Una pastilla. Intenté apartarla. Me sostuvo la nuca. Tragué casi por reflejo. Diez segundos después el corredor empezó a inclinarse.

***

Cuando abrí los ojos estaba acostado boca arriba, desnudo, en una cama distinta. La luz era cálida. Carolina me sostenía los tobillos desde detrás, manteniéndome doblado de un modo extraño, casi infantil, las piernas un poco abiertas.

—Despertaste, mi amor —dijo.

—Mira hacia delante —añadió.

Levanté la cabeza. Mi madre estaba al pie de la cama, también desnuda, con la cara surcada de lágrimas. No dijo una palabra. Subió, se inclinó sobre mí y me besó en la boca con una desesperación que me dejó sin aire. No era el beso de una madre. Era otra cosa. Sus manos me sostenían la cara como si tuviera miedo de que desapareciera. Cuando por fin se separó, todavía tenía los labios temblando.

—Mamá —dije, con la voz ronca por la pastilla y por la rabia que volvía—. Estoy enojado. Muy enojado. Verte con Mateo… mi amigo de siempre. ¿Desde cuándo, mamá?

Ella bajó los ojos. Empezó a hablar despacio, como si llevara años ensayando esas frases.

—Desde que dejaste de ser un niño, Adrián. Desde que te crecieron los hombros, desde que te cambió la voz, desde el día en que te vi salir del baño con una toalla y no pude dejar de mirarte. Empecé a tener pensamientos que no debía. Me odiaba por eso. Eres mi hijo. Juré que iba a contenerme, que no iba a hacerte daño nunca. Y me contenía, te lo juro. Cada noche, sola, me mordía los labios y pensaba en ti.

Hizo una pausa para tragar saliva.

—Después apareció Mateo. Fuerte, parecido a ti, con la misma forma de reírse. Y un día pasó. Yo le decía que era un sustituto, que era casi como si fuera mi otro hijo, pero te juro que cada vez que estaba con él pensaba en ti. En tu cara. En tu voz. En cómo me llamarías si te dejaras. Me daba asco yo misma, mi vida. Pero no podía parar.

Las lágrimas le caían sobre mi pecho. Yo seguía atado por las manos cariñosas de Carolina, y empezaba a entender que aquella inmovilización no era violencia. Era una escena. Una ofrenda.

—Ahora ya eres mayor de edad —siguió mi madre—. Ya entiendes lo que es la asamblea. No quiero seguir conteniéndome, Adrián. Quiero que seas tú. Quiero ser tu mujer, no tu sustituta. Si tú me dejas.

La rabia se me deshizo en el pecho. No del todo, pero lo suficiente. Aparté una de mis manos, la pasé por su mejilla y le limpié una lágrima con el pulgar.

—Yo también, mamá —dije, y oírme decirlo me dio vértigo—. Llevo mucho tiempo. Pensándote.

Ella sonrió con la boca entreabierta, todavía húmeda.

***

Carolina me abrió un poco más las piernas. Mi madre se subió encima en posición amazona, con las rodillas a los costados de mis caderas. Bajó despacio, observándome la cara como quien mide un milagro. Cuando me sintió dentro cerró los ojos y soltó un quejido que sonaba más a alivio que a placer. Empezó a moverse despacio, con un balanceo pequeño, casi un cabeceo. Sus pechos rebotaban suavemente sobre mi pecho cuando se inclinaba a besarme. Repetía mi nombre como si fuera una palabra recién aprendida.

—Hijo —decía, y se reía con vergüenza al darse cuenta—. Mi amor. Mi hombre.

El ritmo se volvió más urgente. Tembló la primera vez con un grito ahogado contra mi cuello, sin dejar de moverse. La segunda fue más larga y más callada, casi un derrumbe. Yo aguanté lo que pude, pero verla así no me dejaba opciones. Terminé dentro de ella con la boca pegada a su garganta y el pulso golpeándome los oídos.

Se dejó caer encima de mí, temblando. Le dije «te quiero» en voz tan baja que casi no se oyó. Ella lo escuchó.

***

No nos habíamos dado cuenta de que la habitación se había llenado. Naima estaba apoyada en el marco de la puerta. Mateo, con la mirada baja, junto a ella. Hae-rin observaba desde un sillón con esa calma que tenía siempre. Margarita y Joon, detrás. Nadie hablaba.

Carolina soltó por fin mis tobillos y se dejó caer al suelo, exhausta. Pero no fue ella la que rompió el silencio. Fue Mateo. Se acercó a su madre, se arrodilló delante y le tomó las dos manos.

—Mamá —dijo—. Ya no quiero seguir disimulando contigo. Llevo años. Llevo años imaginándote.

Carolina no respondió con palabras. Lo besó con un hambre vieja, contenida durante demasiado tiempo. Se tendieron sobre la alfombra sin separarse. La habitación se transformó otra vez. Mateo se hundió en su madre con un empujón largo y limpio, y empezaron a moverse al ritmo lento de quienes saben que tienen toda la noche.

Naima se acercó a la cama mordiéndose el labio. Margarita la siguió. Las dos se arrodillaron en el suelo, una al lado de la otra, con los codos sobre el colchón. Hae-rin tomó asiento al borde, satisfecha de espectadora.

—Adrián —dijo Margarita, con una voz extrañamente tímida—. Si te queda algo, úsanos.

Quedaba. Pasé de una a otra alternando, despacio al principio, luego con un ritmo que perdió la cuenta del tiempo. Mi madre, todavía en la cama, llamó a Joon con un gesto y se montó sobre él en silencio, sin dejar de mirarme. La forma en que apretaba al chico, la sonrisa pequeña que me dedicaba mientras lo hacía, era una declaración. Esto no es contigo. Lo nuestro es otra cosa.

Cuando sentí que ya no aguantaba, mi madre se bajó de Joon, se acercó, me apartó suavemente de Margarita y se arrodilló entre mis piernas. Naima y Margarita subieron a buscarme la boca y los pezones. Carolina llegó de algún lado y se metió debajo, lamiendo despacio. Mi madre me miró desde abajo, con los ojos brillantes, y me tomó en su boca con una seguridad que ya no era de madre. Era de mujer que reclama lo que es suyo.

Terminé contra su lengua y ella tragó sin apartarme la mirada.

***

Pasaron meses. La asamblea dejó de ser un secreto incómodo y se convirtió en algo parecido a un hogar. Mi madre y yo dormíamos abrazados, despertábamos juntos, salíamos al mercado tomados del brazo sin que a nadie le pareciera raro. Carolina y Mateo hicieron lo mismo. Las reuniones fueron tomando una forma menos urgente, más doméstica, como si todos hubiéramos dejado de tener prisa.

A veces, todavía, mi madre me apretaba contra ella en mitad de la noche y me susurraba al oído lo mismo que aquella primera vez, cuando todavía le temblaba la voz: eres mío y yo soy tuya. Yo le besaba la frente y me quedaba dormido pensando que la asamblea había sido, en el fondo, la única forma honesta de decir lo que ya estaba ahí desde hacía años.

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Comentarios (6)

MarcoNoche

tremendo!!! me engancho desde el principio, uno de los mejores que lei en mucho tiempo

ElisaLectora

Que situacion mas intensa, me dejo pensando un buen rato despues de terminar. Muy bien escrito la verdad

Norberto_K

Por favor seguí, quede con ganas de saber como termina todo esto!!

laurita_82

No me esperaba ese arranque para nada, me sorprendio muchisimo. Seguí escribiendo!

Rodrigo_SF

Me imagino la cabeza del protagonista en ese momento jaja. Muy buena narrativa, se siente real

Santi_87

genial, pocas veces un relato me mantiene tan atento de principio a fin

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