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Relatos Ardientes

Lo que vi entre mi suegro y mis dos cuñadas

Trabajo instalando sistemas de videovigilancia en chalets de la sierra. Cuando mi suegro me pidió que le pusiera cámaras en la casa familiar y, después, en las residencias de sus dos hijas casadas, no le hice demasiadas preguntas. Era su dinero y era su familia. Le entregué un panel central con acceso remoto desde mi tablet, le expliqué cómo activar y desactivar zonas, le dejé el contrato firmado y me fui a casa pensando en otra cosa.

El primer aviso me llegó dos semanas más tarde, un martes a las once de la noche. Mi mujer ya dormía. Yo estaba en el salón con un whisky a medias y una notificación de movimiento parpadeando en la pantalla del móvil. Era el chalet de la sierra. Abrí la aplicación por puro reflejo profesional, para verificar que el sistema seguía dando señal, y vi a mi suegro entrando en el salón con Lucía cogida del brazo.

Lucía es la mayor de mis cuñadas. Pelirroja, casada con un abogado al que le importa la mitad que el dinero de su padre. Llevaba un vestido rojo y corto, demasiado corto para una visita rutinaria, y los labios pintados de un rojo distinto. Se acomodó en el sofá grande, cruzó las piernas con calma y aceptó la copa que él le servía.

—Por la única hija que sabe lo que vale —dijo mi suegro.

—Y por el único hombre que sabe pagarlo —contestó ella.

Tendría que haber apagado la pantalla.

No la apagué. Vi cómo él se sentaba a su lado, cómo le ponía la mano en la rodilla, cómo le subía la falda hasta dejar al descubierto un tanga negro y un trasero impresionante. Lucía sonreía. No era la sonrisa de una hija sorprendida; era la sonrisa de alguien que había hecho ese viaje muchas veces.

—Pero papá —dijo, sin apartarle la mano—, ¿no debería hacerme esto mi marido?

—Ese inútil —contestó él, y le mordió el cuello—. Tu marido no sabe tratar a una hembra como tú. A partir de ahora, ese trabajo lo hago yo.

Le desabrochó la blusa con dos dedos. No llevaba sujetador. Le tomó los pechos con las manos, despacio, como quien tasa una mercancía, y le dijo al oído algo que ella celebró con una carcajada baja. Después se desabrochó el cinturón, se bajó los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos y se quedó sentado en el sofá con la verga al aire.

—Ven aquí —le dijo.

Lucía se levantó. Se subió la falda. Se apartó el tanga con un dedo. Se puso a horcajadas sobre él y se ensartó de un solo movimiento limpio, como si lo hubiera hecho mil veces. Mi suegro soltó un gemido sordo y le clavó las uñas en las caderas.

—Siempre supe que eras una zorra —murmuró—. Pero no que lo fueras tan bien.

—Hago todo lo que tú me enseñaste, papá.

La cabalgaba con los ojos medio cerrados. Lucía se inclinaba hacia atrás, le ofrecía los pechos, los dejaba caer contra su boca. La cámara los enfocaba en plano cenital y yo los veía moverse a un ritmo que se aceleraba sin remedio. La copa de mi suegro se había volcado sobre la mesa y nadie la había recogido.

—Date la vuelta —le dijo él, después de un rato—. Quiero hacerlo desde atrás.

Ella obedeció en silencio. Se arrodilló sobre el sofá, apoyó los antebrazos en el respaldar y dejó el trasero al aire. Mi suegro se levantó, se puso de pie detrás de ella y la penetró con una embestida que la hizo soltar un gemido largo. La agarró por la nuca con una mano y por la cadera con la otra, y empezó a marcar un ritmo brutal, cada vez más rápido, cada vez más áspero.

—Lo haces mejor que él —jadeó ella.

—No me hables de ese cornudo.

Estuvieron así un buen rato. Yo no era capaz de cerrar la aplicación. Estaba sentado en el sofá de mi propio salón, con la tablet sobre las rodillas y la oreja pendiente del crujido del parqué del piso de arriba, donde mi mujer dormía sin sospechar nada.

—Voy a correrme —avisó él.

—En la boca, papá. Por favor.

Ella se giró, se arrodilló entre sus piernas y le metió la verga en la boca con la decisión de quien ha hecho ese gesto muchas veces. Le sostuvo los testículos con una mano y se la tragó hasta el fondo. Mi suegro le sujetó la cabeza con las dos manos y se corrió en su boca con un rugido. Ella no apartó la cara. Ni una gota se le escapó.

—Buena chica —le dijo él, después, acariciándole el pelo.

—Gracias, papá.

Cuando creí que había terminado, Lucía siguió chupando. Despacio, paciente, hasta que la verga volvió a endurecerse en su boca. Entonces se puso ella misma los pechos a un lado y a otro de la verga, los apretó con las palmas y los movió arriba y abajo. Mi suegro echó la cabeza contra el respaldar y soltó una risa ronca.

—Eres mejor que tu madre a tu edad.

—No quiero oír hablar de mamá.

La sentó sobre él de nuevo, le clavó la lengua en el cuello y la cabalgó hasta que ella tuvo el orgasmo. Después, sin descanso, la tumbó de lado, le dobló las piernas contra el pecho y le metió la verga por el otro agujero. Lucía dejó escapar un quejido nuevo, distinto, que no se parecía a los anteriores.

—Papá, despacio —murmuró—. Hace mucho que nadie me hace esto.

—Tu marido tampoco sabe esto, ¿verdad?

—No. Solo tú.

Le mordió el hombro mientras la penetraba. La tuvo así un buen rato, hasta que volvió a correrse, esta vez dentro. Lucía se quedó tendida en el sofá con los ojos cerrados y una sonrisa de hija obediente que no se borraba.

***

El segundo aviso llegó tres noches más tarde. Esta vez la cámara que se activó fue la del dormitorio de Lucía.

Su marido viajaba por trabajo dos veces al mes. Yo lo sabía porque mi mujer lo comentaba a veces, sin malicia, contando la vida ajena. Lucía estaba sobre la cama, en lencería negra, y no estaba sola. La acompañaba Mariana, mi otra cuñada, la pequeña, rubia, casada con un cirujano. Llevaba un conjunto de encaje blanco que la hacía parecer más joven de lo que era.

—No me imaginaba que tuvieras lencería tan provocadora, hermana —dijo Mariana.

—Te la enseño porque papá me ha pedido que te enseñe muchas cosas.

—Ya me imagino qué clase de cosas —contestó Mariana.

Y se acercó a su hermana. Le besó la boca despacio, con la naturalidad de alguien que cumple una orden que le apetece. Lucía le sostuvo la nuca con una mano y profundizó el beso. Ninguna de las dos pareció sorprenderse de lo que estaba pasando.

—Siempre me dieron envidia tus pechos —dijo Mariana.

Le bajó el sostén con dos dedos. Le tomó un pezón con los labios y lo lamió en círculos. Lucía cerró los ojos y soltó un suspiro. Después Mariana fue bajando con la lengua, por el ombligo, por la cadera, hasta llegar al elástico del tanga. Lo cogió con los dientes y se lo bajó hasta los muslos. La hermana mayor levantó las caderas para ayudarla.

—Túmbate —le dijo Mariana.

Y se metió entre sus piernas como si llevara años queriendo hacerlo. Yo veía la cámara cenital y veía a Mariana, la rubia menor, comiéndole el sexo a su hermana mayor con una concentración casi devota. La lengua entraba y salía. Los dedos se sumaban. Lucía se agarraba la cabeza con las dos manos, arqueaba la espalda, soltaba palabras sin sentido.

—Hermanita, esto es divino —jadeó—. Nunca pensé que se pudiera disfrutar así.

—Papá tenía razón —murmuró Mariana, sin levantar la cabeza.

—Papá siempre tiene razón.

El primer orgasmo de Lucía vino casi en seguida. Le tembló todo el cuerpo, se retorció contra la cara de su hermana, soltó un grito ronco. Después abrazó a Mariana, la giró de un movimiento y le devolvió la atención con la misma calma con la que la había recibido.

Le abrió las piernas, le apartó el tanga blanco, le lamió el sexo entero antes de centrarse en el clítoris. Mariana se agarraba a las sábanas con las dos manos. La cama crujía. La lámpara de la mesilla se movía con los empujones.

—Más, hermana, más —pedía Mariana.

—Pídelo bien.

—Por favor, hermanita, no pares.

Lucía no paró. Le metió dos dedos al mismo tiempo que la lamía, después tres, después curvó la mano hacia arriba y le buscó un punto muy concreto. Mariana levantó las caderas, le clavó los talones en la espalda y se corrió con un gemido tan largo que tuvo que morder la almohada para no despertar a los vecinos.

***

Cuando recuperaron el aliento, Lucía abrió el cajón de la mesilla y sacó dos consoladores negros. Los puso sobre la cama como quien reparte cartas. Eran grandes. Más grandes que cualquier marido razonable.

—Son más grandes que el mío —comentó Mariana, riéndose.

—Y que el mío.

Cogieron uno cada una. Se los llevaron a la boca al mismo tiempo, como si lo hubieran ensayado. Lucía la miraba mientras chupaba el suyo. Mariana sonreía con la boca llena. Después se tumbaron de lado, frente a frente, y empezaron a usarlos al mismo ritmo, una contra la otra, los pechos rozándose, las bocas a unos centímetros.

—¿Es tu primera vez con una mujer? —preguntó Mariana.

—La primera. Y no la habría hecho si papá no me lo hubiera pedido.

—Nos ha convertido en sus zorras, ¿lo sabes?

—Lo sé. Y no me arrepiento.

Lucía se giró sobre sí misma. Se puso a cuatro patas, dobló los brazos, dejó el trasero en pompa.

—Por detrás —pidió—. Como hace papá.

Mariana se arrodilló detrás de ella. Cogió uno de los consoladores, se humedeció los dedos con saliva, le abrió las nalgas y lo fue introduciendo despacio, con paciencia de hermana, deteniéndose cada vez que Lucía soltaba un quejido. Cuando estuvo dentro, empezó a moverlo. Despacio primero, después más rápido. Con la mano libre, le metió dos dedos en el sexo. Lucía jadeaba contra la almohada.

—Hermanita, vas a volverme loca.

—Papá me dijo que te gustaba esto.

—Papá lo sabe todo.

El segundo orgasmo la pilló a mitad de frase. Le tembló la espalda, se le doblaron las rodillas, se dejó caer de bruces sobre el colchón. Mariana la abrazó por detrás y le besó la nuca con una ternura que no encajaba con todo lo demás. Después le acarició el pelo durante un minuto largo.

—Te toca a ti —le dijo Lucía, cuando recuperó el aliento.

Mariana se giró, abrió las piernas y se entregó a su hermana mayor con la docilidad de la pequeña que siempre fue. Lucía cogió el segundo consolador, lo lubricó con la lengua y se lo metió en el sexo despacio, hasta el fondo, hasta arrancarle un gemido que no parecía suyo. Después le pasó la mano libre por los pechos, le pellizcó un pezón y lo retorció con calma.

—Avísame antes de correrte —le pidió.

—¿Para qué?

—Para hacerte una cosa que papá me hizo a mí.

Mariana sonrió y cerró los ojos. La cámara las grababa desde arriba, las dos hermanas en la cama, los dos consoladores idénticos, los dos cuerpos casados con dos hombres distintos que en ese momento no contaban para nada.

***

Cerré la aplicación. Apagué la tablet. Subí al dormitorio en silencio y me acosté al lado de mi mujer, que dormía profundamente, con la espalda hacia mí.

Al día siguiente, mi suegro me llamó por teléfono. Me preguntó por las cámaras, por el sistema, por si todo iba bien.

—Todo perfecto —le dije.

—¿Recibes muchas notificaciones?

—Las desactivé el primer día —mentí—. Me parecía invasivo.

—Buen chico —dijo él.

Hubo un silencio largo. Después colgó.

Esa noche, cuando mi mujer se durmió, abrí la tablet y entré en el sistema. Sabía que no era lo correcto. Sabía que era cómplice de algo enorme. Y aun así, abrí el panel y comprobé las cámaras una por una, hasta dar con la del chalet.

Estaba encendida. Mi suegro estaba en el sofá, en bata, con un whisky en la mano. Esperaba a alguien.

No sé si estaba esperándome a mí.

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Comentarios (7)

CuriosaNocturna

tremendo!!! no me lo esperaba así, quedé pegada hasta el último párrafo

Terco88

segunda parte urgente, no puede quedar ahi el asunto!!

MateoNqn77

me recordó a cosas que pasan en las familias y nunca se hablan. Muy bien escrito

RosSalta

como llegaste a ese monitor de seguridad? esa parte le dió mucha tensión al relato. Muy bueno igual

martina_lectora

el ritmo es muy bueno, se lee de un tirón sin darse cuenta. Seguí escribiendo!

JulioNqn

jajaja y uno pensando que su familia era la complicada... increible relato, muy bien narrado

Carolina_Mdq

me dejo con la boca abierta el final. Esperaba algo pero no tanto, tremendo giro

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