Mi madre me descubrió con la dueña de la cabaña
El 24 de diciembre nos despertó una postal: la cabaña sepultada en blanco, los abetos cargados de nieve y un silencio que solo rompía el viento contra los ventanales. Yo, en cambio, sentía el peso helado de la pala en las manos. Era el tercer día consecutivo que me tocaba despejar la entrada, y mis hermanas habían decidido, sin consultarme, que como no aportaba demasiado en la casa, podía perfectamente convertirme en el «pibe para todo» oficial de la familia.
—No te va a venir mal trabajar un poquito, hermano —dijo Camila con esa sonrisita de sabelotodo—. Así te vas acostumbrando. No podés vivir como un mantenido toda la vida.
Lo peor no fue el comentario. Fue que lo dijo justo delante de Brigitte y sus dos hijas. Las tres rubias soltaron una risita al unísono, y sentí cómo se me calentaban las orejas. Hannah me miró con una ceja levantada, Greta con esa expresión seria que parecía estar siempre juzgando, y Brigitte… Brigitte sonrió con esa mezcla de diversión y lástima que duele más que cualquier insulto.
Los últimos días habían sido una mezcla extraña de incomodidad y rutina. Yo intentaba esconderme en lo que ya ni siquiera podía llamar «mi cuarto». Mi madre, Carolina, se había encariñado tanto con Brigitte que, sin pedir permiso, me había desalojado. Ahora dormían juntas todas las noches y yo terminaba en el sofá del living. No sabía exactamente qué hacían entre esas cuatro paredes cuando se apagaban las luces, pero cada mañana se levantaban con una sonrisa que hablaba por sí sola.
Camila se había hecho íntima de Hannah. Agustina y Greta, en cambio, parecían haber desarrollado una especie de hermandad. Era irónico: al principio me hartaba que Agustina estuviera todo el día encima mío, y ahora la extrañaba. Desde el episodio del baño no había vuelto a buscarme. Ni una mirada cómplice. Nada.
Lo único que rompió la monotonía fue el momento en que Brigitte me sorprendió haciéndome la paja en el living. Estaba con el celular en una mano y la otra muy ocupada, mirando fotos viejas de Agustina. La rubia apareció como un fantasma, con una remera gris holgada que apenas le tapaba las caderas. La tela se le pegaba a los pezones endurecidos por el frío y, cada vez que se movía, dejaba entrever todo lo demás.
Me quedé congelado, con la verga en la mano y la cara ardiendo. Ella también se paralizó un segundo, los ojos fijos en mi erección.
—Perdón —murmuró con la voz un poco ronca—. Bajé a buscar agua… no quise interrumpir.
—Yo… eh… yo…
—¿Podrías evitar hacer eso en el living? —dijo, sonando demasiado parecida a mi madre—. Hay mujeres en esta casa, incluyendo a mis hijas. Mostrá un poco más de respeto.
Me puse colorado como un tomate. Para colmo, ella notó perfectamente que le estaba mirando todo. Se bajó la remera de un tirón y apretó las piernas. Sin decir nada más, caminó hacia la cocina. Cuando volvió con la botella de agua, yo ya me había tapado con un almohadón. Ella, en cambio, no tuvo la misma delicadeza: al subir la escalera la remera se le levantó y dejó a la vista la mitad de sus nalgas firmes y pálidas. Al llegar al descanso se giró, tomó un sorbo mirándome a los ojos y bajó la vista hacia el bulto que aún se marcaba bajo el almohadón. Siguió subiendo sin pronunciar una palabra.
Ese encuentro fue, sin duda, lo más sexual que me había pasado en semanas.
***
—¿Acá festejan la Navidad en Nochebuena? —preguntó mi madre.
—Para nada —respondió Brigitte, apoyada en el marco de la puerta con una taza humeante—. En Argentina adquirí esa costumbre de juntarme con los vecinos y brindar el 24 a la noche. Cuando quise hacerlo acá me llevé la depresión más grande de mi vida. Todo el mundo se había ido a dormir temprano. Me sentí una pelotuda caminando por la calle con un pan dulce y una sidra bajo el brazo.
—Acá la Navidad se celebra al mediodía del 25 —agregó Greta—. Pero no es lo mismo.
—Entonces vamos a ponerle onda nosotras —propuso Carolina con entusiasmo—. Festejamos esta noche, al estilo argentino. Mucha comida, sidra y pan dulce. ¿Te gusta la idea?
—Me encanta —respondió Brigitte, y la sonrisa se le amplió hasta iluminarle toda la cara.
—Mateo, no acumules toda la nieve en un solo lugar —agregó después, con tono maternal—. Si hacés una montaña muy grande se va a derrumbar y va a ser lo mismo que no haber limpiado.
Le respondí con un gruñido. Ya me estaba hartando que me hablara como si fuera mi segunda madre. Si no se daba cuenta de cuánto me molestaba, pronto se lo iba a dejar bien claro.
***
Después del desayuno busqué refugio en el cuarto de mi madre y… sorpresa: ya estaba ocupado.
Brigitte me miró con los ojos desorbitados. Estaba completamente desnuda, recostada contra las almohadas, con las piernas abiertas sin pudor y dos dedos hundidos hasta el fondo. Era una imagen brutalmente erótica, de esas que se graban en la retina y sirven para un millón de pajas futuras.
—Qué curioso —dije, sin poder disimular la sonrisa—. Si lo hago yo es falta de respeto. Pero si lo hacés vos…
—Lo hice para que veas lo incómodo que es que te sorprendan en una situación así —respondió, aunque la voz le sonó menos firme de lo que pretendía.
—Mentira. Ni siquiera sabías que yo venía para acá —cerré la puerta detrás de mí.
Ella no se cubrió del todo, pero juntó las piernas y se tapó con la mano. Las mejillas ya empezaban a teñirse de rosa.
—Sí sabía. Siempre venís a esta hora.
—No mientas, Brigitte. Te estás muriendo de vergüenza. No te gusta ni un poquito que te haya pillado masturbándote.
Tantas veces me había pasado a mí que, francamente, se sentía bien estar del otro lado. Aunque sea una vez.
—Claro que no… ¿creés que me intimida un mocoso como vos? ¿Cuántos años tenés? ¿Diecinueve?
—Tengo un poco más que eso —respondí con calma. Caminé despacio y me senté a los pies de la cama—. Si tan confiada estás, podés seguir.
—No me provoques —dijo, los ojos chispeantes. Volvió a abrir las piernas y siguió hundiendo los dedos. Las mejillas le ardían cada vez más—. Tengo el doble de tu edad. Estoy acostumbrada a lidiar con boludos. Se te achican los huevos solo con ver a una mujer como yo desnuda.
Ahí estaba: la verdadera Brigitte empezaba a asomar. Ya no era solo la dueña simpática y servicial de las cabañas. Esta rubia disfrutaba del control. Por eso seducía a mi madre tan descaradamente. Quería tenerla comiendo de su mano. Pero yo no pensaba dárselo tan fácil. Crecer entre arpías me había enseñado un par de trucos para este tipo de juegos.
—Vi un montón de mujeres masturbándose —dije, encogiéndome de hombros—. Podés seguir tranquila. Ni siquiera mi mamá me intimida cuando lo hace.
Brigitte abrió los ojos como platos. Los dedos se le detuvieron por completo.
—¿Viste a tu mamá masturbándose?
—Más de una vez. ¿No te diste cuenta de que duerme desnuda?
—¿Tu mamá duerme desnuda? —repitió, sin poder ocultar el morbo en la voz.
—Le gusta masturbarse a la noche y a veces lo hace creyendo que estoy dormido. Por cierto, muy entretenida la anécdota de la carpa que le contaste anoche. ¿Ya la replicaste con mi mamá? ¿Se pasan la noche tocándose?
La cara de Brigitte se desfiguró un instante, pero recuperó la compostura casi al segundo.
—Así que estabas despierto. Sabía que no podías tener el sueño tan pesado. Y la otra noche en el living… ¿en quién pensabas mientras te hacías la paja?
—Si creés que pensaba en vos y en tu amiga, estás equivocada. En cambio vos… vi cómo me mirabas la pija esa noche. Y bajaste sin bombacha, sabiendo que yo estaba en el sofá. Lo hiciste a propósito. ¿Te calienta que te miren? ¿O te calientan los pibes de la edad de tus hijas?
—Ay, Mateo, no te hagas el macho conmigo. No tenés idea de la cantidad de pelotudos con los que tuve que lidiar en mi vida. A pendejos como vos me los como crudos.
—Yo creo que no aguantás ni dos rounds —contesté, trepando por la cama con decisión.
Saqué la verga, dura como una piedra, y la apunté directo a su entrada. Brigitte me miró con una sonrisa desafiante, aunque los ojos delataban sorpresa.
—No te atreverías a…
No llegó a terminar la frase. La hundí de un solo empujón firme. La expresión le cambió por completo: no esperaba que fuera tan directo. Creía tener todo bajo control y, de repente, era yo quien mandaba.
—¿Qué hacés, pendejo? ¿Quién te dio permiso? ¡Uf… pará… despacito!
—Entonces… ¿la querés, pero despacito?
—No dije eso… ¡ay! Sacala…
—¿Segura? Hagamos una cosa: pedímelo otra vez y te juro que lo hago. Dale…
Empecé a bombear con un ritmo constante. Nos miramos a los ojos, en un duelo silencioso de voluntades. Ninguno quería ceder. Ella abrió más las piernas y yo me hundí hasta el fondo. Brigitte se mordió el labio inferior para no gemir.
Mi verga se deslizaba con una facilidad insultante. Estaba empapada. Le estaba dando duro y parejo cuando hizo algo que me tomó por sorpresa: se dio media vuelta y quedó boca abajo. Levantó ese culo redondo y firme, arqueando la espalda como una invitación imposible de ignorar. El entusiasmo me ganó de mano. Apunté directo al agujero fruncido entre sus nalgas.
—No, no… pará, ¿qué hacés?
—Te la meto por el culo… ¿no es lo que querías?
—No, ¿te volviste loco? ¿Cómo me la vas a meter por ahí? ¿Qué clase de mujer creés que soy?
—No sé, ni siquiera te conozco. Tenés cara de puta, pero… quién sabe.
—No soy ninguna puta.
—Entregaste la concha bastante fácil.
—Eso es porque… llevo mucho tiempo sin tener sexo con nadie. Estoy desesperada. Está bien, lo hice todo a propósito, tenés razón. Creí que con solo mostrártela te morirías de ganas. Pero no soy ninguna puta. Nunca me la metieron por atrás.
—¿Nunca? ¿Ni una sola vez?
—Ni una. No sé con qué clase de mujeres estás acostumbrado a lidiar, pero te aseguro que la mayoría no hacemos eso.
—Mmm… puede ser. O quizás la mayoría sí lo hace, solo que no anda contándolo por ahí.
—Me da igual. No me la metas por el culo, por favor.
—Está bien… pero con una condición.
—¿Cuál?
—Te tenés que tomar toda la leche en la cara.
—Ay, pendejo degenerado. ¿Creés que soy como las minas de los videos porno que mirás? Estás muy confundido.
—Solo me calentaría mucho ver tu linda carita llena de leche.
Se quedó en silencio unos segundos, evaluando la propuesta. Yo froté la cabeza hinchada de la verga contra sus labios húmedos, deslizándola sin entrar, provocándola. Finalmente soltó un suspiro resignado.
—Está bien. Pero nada de metérmela por atrás.
—Perfecto.
Volví a hundirme en su concha, inclinándome sobre su espalda. Brigitte soltó un suspiro largo, con la cara hundida en la almohada. La tomé firme de la cintura y le mostré todo lo que había aprendido en los últimos meses. Le di tan duro y profundo que tuvo que morder la almohada para ahogar los gemidos y que no resonaran por toda la cabaña.
—Despacio… despacio, por favor.
—¿No era que a los pendejos como yo te los comías crudos? ¿No aguantás una buena cogida?
—No es eso… es que se está moviendo toda la cama y se va a escuchar.
—¿Tenés miedo de que tus hijas vean lo puta que es su mamá? —lo dije en tono de broma, pero ella no lo tomó así.
—Me llegás a decir puta delante de mis hijas y te mato. Puta soy en la cama. Afuera me tratás con respeto.
—¿Entonces acá sí te puedo decir puta?
—Acá decime lo que quieras… haceme lo que quieras, menos metérmela por el culo.
—Me gustaría ver de qué sos capaz, ya que sos tan «puta en la cama».
—Ahora te voy a enseñar, pendejo maleducado.
Me acosté boca arriba. Brigitte se subió encima con movimientos felinos y me hundió de un solo golpe. Empezó a mover las caderas con una sensualidad que me dejó sin aliento. Las tetas le rebotaban pesadas y libres, como si estuvieran hechas de gelatina caliente. El sudor le cubría la piel pálida, y las gotitas brillaban como pequeñas perlas bajo la luz tenue de la habitación.
Le pellizqué los pezones con fuerza, los dos al mismo tiempo. Cerró los ojos, soltó un suspiro entrecortado y murmuró un suave «sí». Le gustó. Mucho. Así que me dediqué a apretarlos y retorcerlos como si fueran los diales de una radio antigua, disfrutando cómo el cuerpo le respondía con cada movimiento.
En ese preciso momento se abrió la puerta.
***
Yo ya contaba con que pasaría tarde o temprano. En mi familia la privacidad es un concepto decorativo. Pero Brigitte casi se muere del susto. Se quedó pálida como un fantasma, mirando hacia la puerta con los ojos desorbitados.
Carolina estaba parada en el umbral, con los brazos en jarra y una sonrisa cargada de picardía.
—Yo sabía que esto iba a pasar —dijo, cerrando la puerta con calma—. Desde que le viste la pija a mi hijo no dejás de decirme: «qué grande la tiene Mateo», «¿ya tiene novia?».
—Perdón, Carolina… no quería faltarle el respeto a tu familia —murmuró Brigitte, con la voz temblorosa. La cara era un desastre: vergüenza pura mezclada con miedo genuino—. No pienses que soy una degenerada, es que…
—No me importa —la cortó Carolina con una sonrisa tranquila mientras se quitaba la ropa en cuestión de segundos, hasta quedar completamente desnuda—. Mi hijo ya está en edad de coger con mujeres como vos. Lo único que me molesta es que a mí me tengas en ascuas, cuando a él le das todo.
—Todo no. El culo no lo quiere entregar —agregué yo, todavía enterrado dentro de ella.
—Qué lástima… con lo rico que es tener una verga bien metida en el culo —suspiró Carolina.
Los ojos de Brigitte se abrieron como platos. Supe en ese instante que ya había entendido que mi madre era bastante puta, pero claramente no se imaginaba hasta qué punto. Y mucho menos esperaba que Carolina se subiera a la cama desnuda y se sentara justo detrás de ella, sobre mis piernas.
Carolina le agarró las tetas pesadas desde atrás y le pasó la lengua lentamente por el cuello. Brigitte se estremeció de pies a cabeza. De pronto las caderas le empezaron a moverse con un ritmo más marcado, más sensual. Supe que mi madre estaba marcando el compás desde atrás. La rubia respondió al instante, y cuando Carolina le giró la cara y le comió la boca en un beso profundo y húmedo, mi verga palpitó con fuerza adentro.
—¿Te gusta la pija de mi hijo? —preguntó Carolina contra sus labios. Brigitte no respondió—. Dale, podés decirlo. Estamos en confianza. Ya sabemos que sos bastante morbosa. Seguramente te calientan los pendejos, ¿no?
—Un poquito… puede ser… —jadeó Brigitte.
—No estás siendo del todo sincera —insistió Carolina, y le llevó una mano al clítoris hinchado—. Te calienta coger con un pibe que podría ser amigo de tus hijas.
—Sí… —respondió Brigitte entre gemidos entrecortados.
—¿Por qué?
—Mmm… no lo voy a decir. Es… personal.
—Eso me intriga —Carolina le lamió el cuello otra vez, más lento—. Tanto como esa anécdota inconclusa de la carpa con tu amiga suiza. Sé que no me contaste todo. ¿Quién fue la primera en chupar concha?
—Ella… lo hizo porque yo se lo pedí —confesó Brigitte, la voz ronca—. Sabía que era lesbiana y que no se iba a negar. Le pedí que me la chupara.
—¿Y qué tal la chupa Ingrid?
—Uf… fue la mejor chupada de concha de mi vida. Se nota que a ella le gustó hacerlo. Le puso muchas ganas. Si me la chupan, me gusta que me lo hagan bien.
—Lo mismo digo —intervine, pellizcándole los pezones con más fuerza—. ¿Por qué no me mostrás cómo la chupás? Tenés cara de petera. Yo te devuelvo el favor de la misma manera.
Brigitte me dedicó una sonrisa cargada de desafío.
—Vamos a ver si sos tan bueno.
Giró sobre mí con agilidad. Su concha quedó encima de mi cara, húmeda y caliente, mientras la boca le bajaba directamente sobre la verga. Empezó a chuparme con hambre desde el primer segundo. Yo no me quedé atrás: le hundí la lengua y le di todo lo que había aprendido en los últimos meses.
Sentí cómo la concha de Carolina se frotaba contra la base de mi verga, justo donde Brigitte no llegaba con la boca.
—Ay, Carolina… me estás volviendo loca con eso… —gimió Brigitte, sacando la verga un segundo de la boca—. ¿No te da miedo hacer esto con tu hijo?
—Digamos que Mateo y yo tenemos mucha confianza —respondió Carolina con naturalidad, sin dejar de frotarse—. Ya me vio masturbándome y a veces dormimos juntos. Puede que haya roces. Por accidente.
—¿Y la noche que te conté lo de Ingrid? ¿También hubo roces?
—Uy, sí… aunque no por este lado. Sino por atrás. El chico aprovechó que yo no podía hacer nada.
—Qué sinvergüenza —murmuró Brigitte, pero lo dijo con una admiración ronca que sonó más a halago que a insulto. Me dio un chupón fuerte en el glande, como recompensa.
—Se nota que te calienta esto, y me gustaría saber por qué. ¿Sos un poquito degenerada?
—Uf… un poquito —Brigitte soltó una risita entrecortada y gimió cuando le pasé la lengua por el clítoris—. No me juzguen.
—¿Y a qué se debe que estas cosas te calienten tanto? —preguntó Carolina, sin dejar de frotarse.
—Es que… ¿me prometen que no le cuentan a nadie?
—Por supuesto.
—En este pueblito pasan cosas raras. Vivimos muy aislados casi todo el año. Solo hay gente nueva en temporada de vacaciones. Con el frío, la gente se encierra en casa, y a veces pasan cosas que no deberían pasar.
—¿Como qué? —insistió Carolina, sin dejar de moverse.
—Una vez espié a mi vecina por la ventana. Tiene mi edad y un hijo de la edad de Mateo.
—Ajá…
—Ya sospechaba que entre esos dos había algo raro. La madre era demasiado cariñosa con el hijo, sobre todo cuando creía que nadie miraba. Una noche me asomé y los vi.
—¿Qué hacían?
—No lo van a poder creer… pero les juro que estaban cogiendo.
—¿En serio? ¿El hijo con la madre? —Carolina fingió sorpresa tan bien que cualquiera hubiera jurado que era la primera vez que escuchaba algo parecido.
—Sí… ella estaba en cuatro sobre el sofá, y él, atrás, dándole por el culo. Yo nunca había visto algo así. No sé por qué me calentó tanto. Quizás por el aburrimiento… o por la falta de sexo. Me fascinó ver cómo ese chico le metía la verga a su propia madre.
—¿Por eso querías acostarte con Mateo? ¿Querías replicar esa fantasía?
—Algo así… aunque no soy de las que entregan el culo.
—Yo sí, y Mateo lo sabe —dijo Carolina con orgullo—. Por eso el desgraciado me arrimó por detrás toda la noche.
—¿Y entró algo? —La curiosidad de Brigitte era pura y morbosa.
—Un poco.
—Mostrame… ¿cómo fue?
—Ay, no sé… me parece demasiado. Es mi hijo.
—Dale, por favor… me muero de ganas de ver algo así.
—Mmm… lo hago con una condición: chupame la concha tal como se la chupaste a Ingrid esa noche. Porque no te voy a creer que «nunca chupaste una concha». Esa es la mentira más mala que escuché en mi vida.
—Se la chupé toda la noche —confesó Brigitte al fin—. Estuvimos cogiendo sin parar, ni siquiera dormimos. Fue la noche más lésbica de mi vida.
—Y me imagino que no fue la única.
—Hubo alguna más… y no solo con Ingrid.
—Mm… eso mismo quería.
No podía ver casi nada porque el culo de Brigitte me tapaba la cara, pero por los sonidos y los movimientos supe que ya le estaba comiendo la concha a mi madre.
—Mostrame —insistió Brigitte—. ¿Qué pasó mientras yo les contaba lo de Ingrid?
—Mmm… algo como esto…
Carolina se montó sobre mi verga y la apuntó directamente hacia su culo. Bajó despacio. El glande presionó contra el agujero apretado y comenzó a dilatarlo. Bajó un poco más y la cabeza entró.
—Uy… es lo más morboso que vi en mi vida —jadeó Brigitte, con la voz entrecortada.
—Qué degenerada… mirá con lo que te calentás —se burló Carolina, sin dejar de moverse.
—Perdón, no puedo evitarlo. Yo ni siquiera sabía que estas cosas me calientan tanto. ¿Eso fue todo lo que entró?
—Entró un poco más que esto.
Carolina subió y bajó varias veces, dilatándose con movimientos lentos y controlados. Luego dio un sentón más firme y mi verga entró casi hasta la mitad.
—Ay, es un montón… me vuelvo loca. ¿Eso fue todo?
—Sí, Brigitte. Eso fue todo. ¿No te parece demasiado? Le puedo permitir esto como un juego, pero si hubiera intentado ir más lejos, lo habría tenido que frenar.
—Sí, entiendo… pero ¿podrías ir un poquito más lejos? Te chupo la concha todo lo que quieras.
—No, Brigitte. Te volviste loca. Es mi hijo. No voy a ir más lejos solo para cumplirte una fantasía.
—Está bien… está bien… perdón si me pasé.
—No hay nada que perdonar. Vení… volvé a donde estabas. Mateo, quiero que le llenes la concha de leche.
—Pero habíamos acordado que le iba a acabar en la boca.
—Cambio de planes.
No se discute con mi madre, mucho menos en una situación así. Brigitte volvió a montarse sobre mí, ofreciéndome una vista perfecta de las tetas pesadas y firmes. Carolina la masturbaba con una mano mientras le besaba el cuello y la boca. La rubia rebotaba sobre la verga con un ritmo cada vez más desesperado, las caderas moviéndose como si quisiera tragarme entero.
Me pregunté por qué mi madre no había querido ir más lejos. Al principio no le encontraba sentido: ya me había entregado el culo varias veces. Si a Brigitte le daba tanto morbo, ¿no era la oportunidad perfecta?
Pero después lo entendí. Todo se trataba de poder y control.
Ahora Carolina tenía algo con qué manipular a Brigitte. Tenía a esa rubia dominante comiendo de su mano.
Cuando por fin acabé, ella se quedó quieta encima mío, apretando los músculos internos para ordeñarme hasta la última gota. Después, a pedido de mi madre, se acostó boca arriba en la cama. Carolina se lanzó a chuparle la concha sin más preámbulos.
—Ay… te estás tomando toda la leche de tu hijo… ¡qué morbo!
Sí que lo estaba haciendo. Los labios de Carolina se cubrieron de semen mientras juntaba con la lengua cada gota espesa para tragarla. Chupó con fuerza, succionando hasta el último resto.
Como todavía me quedaba una pequeña reserva, le ofrecí la verga a Brigitte. Ella la tomó en la boca sin dudar, chupándola con avidez mientras empujaba la cabeza de mi madre hacia abajo con una mano. La rubia tragó el semen que aún salía. No era mucho, pero fue suficiente para cumplir mi fantasía de ver esa cara preciosa recibiendo leche.
Cuando ya no quedó ni un solo rastro blanco, las dos formaron un sesenta y nueve perfecto. Empezaron a chuparse las conchas con una familiaridad sorprendente, como si se conocieran de toda la vida.
Decidí que era el momento de dejarlas solas. Me vestí en silencio y fui a darme una ducha.
***
Brigitte y Carolina pasaron toda la tarde encerradas en el cuarto. A mí no me quedó otra que matar el tiempo con videos en YouTube. Una tarde mortalmente aburrida. Mis hermanas se quedaron charlando con Greta y Hannah, como si yo no existiera.
Cuando nuestras madres se dignaron a salir empezaron los preparativos de la cena. Por fin, ¡comida! Mi regalo favorito. Habían descongelado un pavo y ya lo tenían dorándose en el horno. Solo con el olor se me hacía agua la boca.
Decidí ayudar con los preparativos. Puse el mantel y los platos; no quería que me siguieran tratando de inútil. Últimamente era yo el que más trabajaba en esa casa.
Todas fueron a bañarse por turnos. Cuando Hannah y Greta bajaron la escalera con los vestidos que iban a usar esa noche, casi me da un infarto en la pija.
Parecían gemelas. Vestidos blancos sin tiras, ceñidos al cuerpo como una segunda piel. Sin corpiño. Los pezones se marcaban perfectos, duros como tapitas de dentífrico. Y tan cortos que, mientras bajaban los escalones, alcancé a espiar por un segundo que no llevaban nada debajo. Apenas una sutil raya entre las piernas, pero fue suficiente para que tuviera que sentarme con las piernas cruzadas y esperar a que la verga se calmara. Al parecer, como no tenían ropa adecuada, Agustina y Camila les habían prestado los suyos.
—¿Qué tal me queda? —preguntó Greta, haciendo un giro de modelo frente a mí.
—Espectacular. Parece hecho para vos.
—¿No pensás que me queda demasiado corto?
—Tal vez —respondí, imaginando lo que pasaría con un solo movimiento descuidado—. Pero eso lo hace más interesante, ¿o no?
Greta y Hannah se rieron con ganas. Agustina puso los ojos en blanco y anunció que iba a bañarse. Era una pena que le hubiera prestado su mejor vestido a Greta; me hubiera encantado verla con él… y sin nada debajo.
Aún así, esta iba a ser una Navidad de lo más interesante. Casi me alegraba de haber venido a Suiza y haber quedado atrapado por la tormenta. En cualquier momento, Greta y Hannah me darían un hermoso regalo. Solo hacía falta un pequeño descuido para que viera exactamente lo que escondían entre las piernas.