Las cámaras del jacuzzi y la pareja vecina
Cuando revisamos el video del jacuzzi, descubrimos que no habíamos estado solos ni un solo segundo.
Cuando revisamos el video del jacuzzi, descubrimos que no habíamos estado solos ni un solo segundo.
Creí que íbamos a una carne asada con amigos, pero cuando vi a mi marido besar a otra frente a mí, entendí que esa noche iba a cruzar un límite.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
El ascensor se detuvo entre pisos, y el silencio se llenó de miradas, confesiones sucias y una calentura que ya nadie quiso frenar.
Cuando volví con otra botella, mi esposa ya estaba desnuda en el centro del círculo y todos la miraban como si la noche apenas empezara.
Damián me pidió que me pusiera el plug antes de salir de fiesta. Yo no sabía que la verdadera noche empezaba cuando su mejor amigo se plantó frente a mí en la pista.
Cuando lo trajeron a la piscina, todavía sonreía. Dejó de hacerlo en cuanto entendió que allí mandaban ellas.
Habíamos firmado el contrato sabiendo que el sábado sería peor que el viernes. Lo que no imaginábamos era hasta dónde pensaba llevarnos al bosque.
Cuando entré en aquel ático con las cuerdas colgando de las vigas, entendí que esa noche no me pertenecería a mí misma.
Crucé la puerta y no oí nada. Ese silencio significaba una sola cosa: esa noche mi Ama no estaba para juegos, y yo iba a pagar cada minuto de su mal humor.
Quería que entendiera que ningún título ni ascenso significa nada cuando está desnudo sobre mis baldosas, esperando que yo decida cuánto vale.
Carmen lo había planeado todo: las duchas del sótano, las parejas nerviosas y una sola regla, que nadie se quedara mirando desde fuera.
Entramos buscando un gangbang y solo había dos hombres sentados con la toalla puesta. No imaginaban la suerte que acababan de tener.
Salí del trabajo con un calor insoportable y se me ocurrió pasar por la sauna. No sabía que aquel desvío iba a terminar con los tres metidos en algo mucho más grande.
Nos quedamos dormidas desnudas al sol, y cuando abrimos los ojos cuatro pares de ojos jóvenes nos miraban desde el borde de la pileta.
—Solo a mirar —susurró ella en la puerta del club. Pero las manos de desconocidos ya buscaban su piel, y yo era incapaz de apartar la vista o de detenerlo.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Éramos cinco y él era uno solo, pero ninguna salió de aquella casa sin gritar su nombre al menos dos veces aquel fin de semana de calor.